sábado, 19 de septiembre de 2026

"Los mitos de Cthulhu" según José Ossandón.

"Afirmo que varios famosos escritores inmortalizaron el nombre de Valparaíso en obras que hasta hoy se leen y forman parte de los estantes de las más importantes bibliotecas de Europa.

Algunos de ellos: Joseph Conrad, Edgard Allan Poe, Robert Stevenson, Herman Melville y Howard Phillips Lovecraft relataron historias ocurridas en nuestro Puerto, narraciones oscuras, misteriosas, con aroma a madera de barco desvencijado.

(...)

Valparaíso está condenada al mito.

A pertenecer a la memoria del mundo enmarcada en madera noble.

La historia la condecora con cintos de plata y coronas de oro. Lo malo es que precisamente fue esta historia la que se tragó a nuestro Viejo Pancho.

Con cerrito y todo."

¿Valparaíso vive entre las sombras?

En La llamada de Cthulhu, un carguero Vigilant de la compañía Morrison, zarpó desde el puerto de Valparaíso hasta el puesto de amarre en la Bahía de Darling. En otro punto, el narrador ubicó la ciudad de R'lyeh, donde yace Cthulhu, en algún punto del Pacífico Sur. ¿Cómo es que el maestro pensó en estas coordenadas lejanas del Cono Sur, hacia el fin del mundo, "donde el diablo perdió el poncho", para configurar el territorio geográfico de algunas de sus visiones de pesadilla? ¿Podemos decir entonces que Valpo tuvo un pasado lovecraftiano que aún merodea sus rincones y sus orillas? Hay un autor, José Ossandón, que publicó en El Mercurio un artículo llamado "Valparaíso vive entre las sombras" (2002). En ese artículo reflexiona sobre estas extrañas referencias lovecraftianas en Chile. De hecho, ofrece antecedentes sobre un posible Vigilant real, no exclusivo de la imaginación del genio de Providence. Rafael Llopis, citado por Ossandón en su artículo, llegó a sostener que ese Vigilant real sirvió como referencia directa para el carguero legendario. No se ha comprobado la veracidad de su existencia, pero lo que es indudable es la mención del puerto y del océano Pacífico como territorios liminales de un universo narrativo ominoso, quizá uno de los más espeluznantes de la literatura en escala cósmica. 

En Chile y, en particular, en Valparaíso, he vivido hartas pellejerías, cuestiones que me harían renunciar ahora mismo, pero también he pasado momentos increíbles, rozando el éxtasis. Son esas pocas cosas satisfactorias y luminosas las que me tienen acá todavía, pese a todo. No puedo renegar de su historia, la historia de Chile, la propia historia de Valpo, sin antes morderme la lengua.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Una charla orwelliana

Fui a una charla en el Museo Histórico de Placilla, llamada “Historia, memoria y ficción. Una aproximación a propósito de la novela 1984 de George Orwell” por el historiador Salvador Rubio. Me llamó muchísimo la atención el diseño del afiche del evento. En él, aparecía el ojo del Gran Hermano, reflejando en grande el número 1984 sobre un fondo negro y un piso rojizo, con la pequeña silueta de un hombre que caminaba en dirección al ojo. Se podría decir que ese hombre representaba a cualquier asistente, andando a paso lento y firme, seducido por la intriga de la novela o por la idea distópica que le subyace. La propia publicidad de la charla tenía, por ende, ese efecto magnético. Al llegar al museo, les pregunté a los caballeros en la entrada sobre el “evento de Orwell”. Uno de ellos, el organizador, respondió que pasara no más, adelante, con confianza. “Aquí todos somos orwellianos”, dijo, mientras seguía caminando rumbo al interior del salón.

Salvador Rubio comenzó la charla diciendo que nos íbamos a decepcionar: que, en realidad, no se trataba sobre 1984 de Orwell, sino que sobre la historia en la ficción. La obra orwelliana sería una excusa para hablar sobre estas dos cuestiones, en apariencia, tan distintas entre sí, pero conectadas mediante el dispositivo artístico. En efecto, el punto de Rubio era ese: explayarse respecto de cómo el cine, la literatura y la música moldean nuestro pasado y, por extensión, nuestra propia concepción de nuestra historia. Aprovechó de mencionar un libro suyo, hecho en coordinación con otros autores, llamado “Ficción, performance, comic y videojuegos”. Algunas aproximaciones a fuentes no convencionales para la investigación histórica”. Rubio señaló que la obra se gestó en pleno periodo de pandemia, y tenía todo el sentido, puesto que, durante ese tiempo, hubo un cierre masivo de lugares públicos, entre ellos, las bibliotecas, lo que impedía, por cierto, acceder a los libros y poder seguir estudiando. Así que el historiador empezó a considerar otras posibilidades, dentro de un contexto cada vez más digitalizado. El videojuego en línea y la historieta visual resurgían como una opción viable al documento físico, dado el contexto de emergencia. Por supuesto que el libro nunca podrá ser reemplazado, pero esos formatos digitales se volvían preponderantes en función de la distancia social y el encierro absoluto. Lo recuerdo perfectamente: uno podía tomar los libros de su propia colección y ponerse a estudiar cabeza gacha, aunque todo te empujara a la conectividad constante. Parecía que la historia (su estudio, su transcurso) hubiera quedado suspendida en esa maraña paranoica, virológica y política. De alguna forma, los relatos tenían que encontrar su punto de respiración, la salida a la intemperie para su hermenéutica.

Al rato después, el historiador habló sobre la disciplina de la historiografía y la memoria, en sus tres formas de relacionarse. Citó a Pierre Nora para desromantizar la memoria, para “despojarla de ese ropaje heroico y mostrar los hechos con crudeza”. Citó también a Henry Rousso para referirse a la historia del tiempo presente. Ahí propuso el trabajo con testimonios de “personas que siguen vivas y vivieron los hechos”. Finalmente, citó a Michel-Rolph Trouillot y su tesis sobre el “pasado silenciado”. En definitiva, se trataba de ahondar en los archivos olvidados a propósito por el poder, con tal de reivindicar la lectura crítica de la propia historia en su conjunto. Fue en ese momento de la charla que la cosa se puso menos teórica y Rubio se aprontó a hablar de literatura, al fin. Puso en la diapositiva la portada de “Los orígenes del totalitarismo” de Hannah Arendt y, precisamente, la portada de “1984” de George Orwell. “¿Quién representa mejor el pasado?”, se preguntó Rubio. La pregunta iba también dirigida a nosotros. Nadie respondió. Así que el historiador lo hizo solo. Se inclinó por 1984, por el hecho de ser una obra narrativa. Había en la construcción novelesca una cuestión que la hacía mucho más accesible al público y, al mismo tiempo, un aparato de ficción que le permitía pensar la propia historia referida desde otros ángulos, digamos, mucho más heterodoxos, más allá de la estricta rigurosidad historiográfica o del apego excesivo a las fuentes y al principio de realidad. Recordar que el año de publicación de la novela fue en 1949, por lo que parecía estar hablando del futuro, aunque, leída como representación histórica, en realidad, es un espejo de su propio presente. Así lo afirmó Rubio al citar, esta vez, a Hobsbawn y su libro “La era de las catástrofes”. En realidad, la novela 1984 reflejaba el caos y la crisis de la primera mitad del siglo XX en Europa. Recorría, por su nervio narrativo y argumental, el desastre de la Primera Guerra Mundial, seguido del ascenso de estalinismo en la URSS, pasando luego por el “crac” del año 29, hasta llegar a la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, con una bomba atómica como el clímax definitivo del conflicto y como la expresión calamitosa de una civilización autodestructiva.

La novela orwelliana, en ese sentido, el del impulso destructivo y bélico del siglo pasado, contenía la posibilidad de un discurso a contracorriente, además de una resonancia con otros contextos históricos muy distintos en la forma, pero similares en el fondo. Otras obras literarias del siglo XX contaban también con ese poder representativo. Las llamadas distopías. Rubio se dio el tiempo de señalar a Kafka con El proceso y El Castillo; a Aldous Huxley con Un mundo feliz; y a Ray Bradbury con Fahrenheit 451 como ejemplos inequívocos de obras que convirtieron su presente en una ficción distópica con la capacidad suficiente de resonar con el futuro: nuestra propia época. ¿Cuánto de Kafka queda aún en los anaqueles rígidos de la memoria histórica? ¿Cuánto de Huxley en el hedonismo de la inmediatez y en el placebo de la infoxicación? ¿Y cuánto de Bradbury en ese afán soterrado por alimentar a la IA con libros físicos, demostrando una voluntad de exterminio pantagruélica? Son preguntas que me surgen al volver sobre las distopías reseñadas por Rubio. No me dio el tiempo para preguntarle sobre estas inquietudes. Me tuve que retirar antes de la charla, por motivos urgentes. De todas formas, habría sido interesante saber qué cosa hubiera respondido. Qué nexo secreto encontraría entre estas obras, más allá del formulado en estas disquisiciones. Qué lectura histórica podría llegar a concluirse de un presente y de un futuro tan aciago.

Minutos antes de irme, recuerdo que Rubio había declarado lo siguiente: “representar el pasado no es un privilegio de los historiadores. Se trata de un ejercicio mental que hacemos todos, todo el tiempo”. La ficción misma, la narrativa, la novelesca, en este caso, era la adecuada para retrotraer cuestiones que, hoy por hoy, todavía resultan peligrosamente próximas. El gran ojo del afiche, proyectado en el salón, seguía sobrevolando nuestras conciencias. Al rato, puede resultar algo vertiginoso y agobiante. Salí de allí, entumido, quizá por la ventilación del recinto, con una sensación de intranquilidad, por la urgencia que me apuraba, pero convencido de que nada de lo que pasara, de ahí en adelante, podría evitar el descalabro de las acciones y sus efectos en el mundo. Solo tocaba mirar al tiempo con ese mismo ojo agudo, algo irritado, supurando una visión oculta.

“En España la actividad literaria es incesante, en Chile nadie te pesca”, dijo el poeta Andrés Morales. Muy de acuerdo con la segunda afirmación planteada por el señor Morales. Si lo dice él, poeta de cierta trayectoria, imagínese el resto y aquellos que no tienen los suficientes contactos ni lobby. Habrá que salir un rato de chilito para poner las cosas en perspectiva (y, de paso, desintoxicarse). Buen jueves.

sábado, 12 de septiembre de 2026

Fui a una charla en el Museo Histórico de Placilla, llamada “Historia, memoria y ficción. Una aproximación a propósito de la novela 1984 de George Orwell” por el historiador Salvador Rubio. Me llamó muchísimo la atención el diseño del afiche del evento. En él, aparecía el ojo del Gran Hermano, reflejando en grande el número 1984 sobre un fondo negro y un piso rojizo, con la pequeña silueta de un hombre que caminaba en dirección al ojo. Se podría decir que ese hombre representaba a cualquier asistente, andando a paso lento y firme, seducido por la intriga de la novela o por la idea distópica que le subyace. La propia publicidad de la charla tenía, por ende, ese efecto magnético. Al llegar al museo, les pregunté a los caballeros en la entrada sobre el “evento de Orwell”. Uno de ellos, el organizador, respondió que pasara no más, adelante, con confianza. “Aquí todos somos orwellianos”, dijo, mientras seguía caminando rumbo al interior del salón.

(Continúa…)
Dicho por una amiga escritora: “quizás no tenemos ideas políticas similares, sin embargo, tu mente es muy profunda y posee misterios... eso te hace dominar la escritura, expresando ideas inteligentes y atingentes”.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Mario Montalbetti: “La inteligencia artificial no produce lenguaje, produce otra cosa mediocre”

Mario Montalbetti, poeta peruano, reciente premio José Donoso, paseándose a la IA:

-¿Qué capacidad de resistencia conserva la poesía frente al lenguaje político, publicitario y propagandístico?

-Mínima, porque los lenguajes políticos, publicitarios, futbolísticos, religiosos, etc. son lenguajes cerrados en sí mismos con reglas y formas particulares. Lo que no es obvio es que frente a esos lenguajes exista un “lenguaje poético”, en particular porque tendría que ser un lenguaje que no se encierre y que se abra a todo lenguaje y lo critique.

-En otro plano, ¿Qué desafío representa para la poesía la inteligencia artificial y su capacidad para producir lenguaje?

-La inteligencia artificial no produce lenguaje. Produce otra cosa, en general mediocre y predecible, que pasa por lenguaje.

-¿Le teme a la Inteligencia artificial?


domingo, 6 de septiembre de 2026

El diplomático lemuriano

El martes pasado, un hombre llamado Martín Carlos Adrián Lemurión se hizo conocido por presentarse como “ciudadano de la República de Lemuria”, tras ser detenido por circular en vehículo con patentes “falsas”. Ante la presencia de carabineros, el hombre explicó que era un diplomático lemuriano y que estaba ejerciendo su derecho soberano a la autodeterminación. Por supuesto, los carabineros hicieron caso omiso de sus declaraciones y lo detuvieron igual, siendo liberado después con motivo de la investigación en su contra. Los medios lo ridiculizaron al instante, por la extravagancia de sus dichos, asumiendo que no podía declarar su soberanía independiente, por el solo hecho de moverse dentro de la jurisdicción chilena. Otros tantos, en redes alternativas, apoyaron el fundamento del diplomático, el cual abogaba por el derecho consagrado en el artículo 5, apartado 2 de la Constitución. “El Estado debe respetar los derechos naturales de las personas y los tratados internacionales ratificados por Chile. (…) el artículo número 1 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Nueva York dice que el Estado debe respetar la autodeterminación de las personas”, agregó el lemuriano, al ser consultado por sus argumentos. Siguiendo ese mismo razonamiento, Lemurión sostuvo que él puede declararse independiente, por lo que todos sus documentos no son falsos, solo pertenecen a esa otra nacionalidad, aquella en la que se declara soberano y oriundo de Lemuria.

Conviene señalar que Lemuria sería un continente perdido ubicado en el Océano Índico. Sus habitantes eran miembros de una civilización sumamente avanzada y, de acuerdo al mito, vivían en armonía con la naturaleza, siguiendo un orden espiritual. Se dice que, después de la caída de Lemuria, muchos de sus sobrevivientes se asentaron en diversos lugares de Asia, África y América, lo que explicaría por qué este hombre se reclama heredero natural de aquella civilización, en pleno suelo chileno. “El derecho a la autodeterminación implica que tú puedes declarar tu propio país, hacer tus reglas. Y entenderte con tratados internacionales y diplomáticos con los otros países. Es lo que yo estaba haciendo”, volvía a afirmar Lemurión, muy seguro de sí mismo. Ninguno de los medios oficiales lo tomó en serio.

En la patente y en el documento de Lemurión figuraba, además, la “República Errante de Menda Lerenda”. Según consta, en la propia página web, “es una micronación proclamada oficialmente en 1999 que define al individuo como una República independiente en sí mismo. Acoge como territorio nacional la superficie que ocupa su soberano en cada momento, sin transgredir otro espacio o territorio. La documentación legitimada por Estado miembro de la Comunidad Europea acredita que toda persona pueda ser soberano de su propia República Independiente”. La proclamación sostenida en la página me remite, de inmediato, al pensamiento de autores como Antonio Escohotado, quien, de hecho, es citado junto a una frase de un tal Moisés Naím. “De la piel para adentro, mando yo. Ahí empieza mi exclusiva jurisdicción, y elijo si debo o no cruzar esa frontera.
Soy un estado soberano”, reza la frase de Escohotado, en consonancia con los fundamentos mendalerendianos. También recordé el pensamiento filosófico y político de Max Stirner. Su defensa radical del individuo autónomo, frente a las abstracciones que lo limitan, sintoniza perfectamente con la idea de la República Errante. "Lo único sagrado en el mundo es el yo en su singularidad", afirmaba Stirner, en un abierto rechazo a las ideas de Estado, de nación e incluso de sociedad en cuanto colectivo. Visto de esta manera, tanto Escohotado como Stirner podrían ser perfectamente padres espirituales de Menda Lerenda, algo así como “padres de la patria”, pero de esa patria en la que cada uno, como individuo soberano, puede declarar su propia independencia, su propio camino y su propio destino.

Ahora bien, ¿qué relación podría tener Lemuria con la República de Menda Lerenda? No es tanto su vinculación genuina como su trasfondo para explicar algo mucho más simple: el derecho natural. Como se sabe, este derecho se opone al derecho positivo, al plantearse como algo anterior al Estado mismo y consustancial a todos los seres humanos por el solo hecho de haber nacido como tales. De acuerdo a esto, Lemurión simplemente habría reclamado, con argumentos jurídicos y referencias extrañas, su derecho natural como ciudadano libre e independiente. No es tanto la forma, sino que el fondo. Quienes lo ridiculizaron, sin saberlo, atendieron su forma conspiranoica o delirante, sin preocuparse por la idea matriz, la idea de que somos, en estricto rigor, individuos soberanos, más allá de las convenciones reinantes. Puedes declararte como un perteneciente al reino o a la república que se te ocurra, aunque sea una perdida en el tiempo o fantasmática, sin que ello signifique perjuicio alguno sobre tu persona. El punto está en que, frente al aparato de los distintos Estados, las corporaciones, los grupos secretos y las transnacionales no podemos hacer nada más que declarar, de manera simbólica, nuestra autonomía, aun sabiendo que nos pueden pasar a llevar como quieren, siendo etiquetados bajo un rótulo numérico, un Rol Único Tributario o Nacional, que no dice nada sobre nosotros mismos (una pura máscara), circunscribiendo nuestra capacidad de acción a las normativas vigentes y reconocidas por el ordenamiento legal.

El ejercicio de Lemurión, por su perfil “fuera de la caja”, no tuvo otro efecto que una victoria moral o una acción artística, sumada a una agresiva viralización. Sin embargo, dejó volando una inquietud para debate: ¿qué tan libres y soberanos podemos ser, en un sistema que constantemente sabotea nuestros límites y usufructúa de nuestra energía? ¿Quién es el verdadero usurpador de identidad? ¿El ciudadano ficticio de una nación ficticia, o la propia farsa legal de un sistema corrupto y corruptor?

sábado, 5 de septiembre de 2026

“América es un pandemonio”. Un recorrido vital desde Jornadas de Palabra Abierta a Encuentros de la América Románica.

La primera vez que participé con una ponencia académica fue en el 2012, en el año final de mi carrera de pregrado, hace casi catorce años. La expuse en las Terceras Jornadas de Cultura y Literatura Latinoamericanas “Palabra abierta”, organizadas por el Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades en la Universidad de Chile. Se trataba de una versión reducida de mi tesis de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánica, titulada "América es un pandemonio: ruina de un mito y ocaso de un héroe en Los perros del paraíso de Abel Posse". Antes de mandarla a la convocatoria, tenía serias dudas sobre el eje temático. No sabía si mi trabajo podría enmarcarse en algunas de las líneas disponibles.

Quería participar en aquella instancia a como diera lugar, animado por una chica que, en ese entonces, estaba estudiando un Magister y se movía en este mundo del cual siempre me sentí ajeno. Así que le expliqué a la organización que mi ponencia trataría de una reflexión sobre “Latinoamérica”, específicamente, una visión crítica sobre la proyección histórica y ontológica de nuestro continente, a partir de la lectura de una obra enmarcada bajo la categoría de nueva novela histórica que permite problematizar el hecho histórico oficial del Descubrimiento de América, con el fin de repensar precisamente su situación y su "ser" actuales. Quería saber si ese tema propuesto era válido para poder postular a las Jornadas de Palabra Abierta de la Chile. Para mi sorpresa, la respuesta fue afirmativa. Dijeron que, aparentemente, mi trabajo entroncaba con más de un eje, al intersectar la Nueva Novela Histórica y el Pensamiento Latinoamericano. “No hay problema con eso. ¡Al contrario!”, señaló la cuenta de facebook asociada a la organización de las Jornadas. Fue así que debuté en ese estimulante campo de críticas, ensayos y proposiciones.

La idea del programa era debatir en torno a la literatura y el pensamiento crítico sobre y desde América Latina, buscando establecer un diálogo interdisciplinario capaz de abordar “las múltiples manifestaciones de la cultura latinoamericana”. Eso era, al menos, lo que la organización se proponía, de manera elegante, en su visión del evento. Tengo recuerdos vagos sobre la exposición de dicha ponencia con un límite de tiempo considerable. La emoción y el nerviosismo hicieron lo suyo, pero salí airoso. No hubo preguntas ni réplicas. Me sentía regocijado por haberme atrevido a sacar la voz allí donde el resto de ponentes solo buscaban hacer valer su propio discurso. Nada de malo en ello, aunque se extrañó, precisamente, una instancia de conversación orgánica, más allá de lo puramente formal y constreñido al protocolo.

Tiempo después, recibí un diploma de mi participación en las Jornadas de Palabra Abierta. Debía estar agradecido con el premio simbólico, porque la propia experiencia de haber estado en ese lugar de grandes deliberaciones tenía que tener, por sí mismo, un valor más allá de lo tangible. Como era de esperarse, logré licenciarme y cumplir mi etapa en la Universidad. Luego, la tesis sobre la América como un pandemonio volvió a su periodo de hibernación, acumulando residuo en los anaqueles del ILCL, sin otro valor concreto que su carácter de archivo en la biblioteca. Tuvieron que pasar muchos años de incertidumbre en lo vivencial, de desilusión en lo académico y en lo laboral, y de un soterrado proceso de maduración para volver a considerar mi participación en alguno que otro congreso o seminario. Aún no encontraba las ideas necesarias, aún no había forjado lo suficiente mi estilo en la escritura. Tenía que “foguearme” primero, antes de dar ese paso, nuevamente. Y ese aprendizaje lo logré con mi persistencia en la prosa y en la narrativa de crónicas.

Durante casi diez años, me volqué por completo a esta faceta que creía perdida entre exabruptos líricos, pensamientos extravagantes sin demasiado anclaje y procesos existenciales que aún estaba esperando superar, para tener algo realmente genuino que decir. Todo este arrojo, aunque engorroso y agridulce, me permitió afinar la pluma y probar el pulso en la palabra. De esa forma, conseguí escribir una enorme cantidad de textos: narraciones, especialmente crónicas, cuentos, relatos, anécdotas, reseñas, artículos, críticas, reflexiones ensayísticas, que suman, a la fecha, más de dos mil páginas y contando.

Al transitar de manera vertiginosa por esta vereda de la escritura narrativa, viví cuestiones que creía imposibles, hasta antes de mi iniciación en la materia. Publicaciones de libros, lanzamientos, lecturas varias, carretes, jolgorio, amoríos, encuentros con gente afín, un auténtico éxtasis o, al menos, su sombra. También, acorde al espíritu trágico, viví muchísimos desencuentros personales, diferencias políticas, desilusiones amorosas, rencillas de gran calado psicológico que hasta el día de hoy me persiguen. Bailé a la orilla del risco, disfruté la vista, mientras el mundo cambiaba, de manera drástica, a mi alrededor, y la poderosa realidad obligaba a tomar acción o perderse en la marea de los acontecimientos. Fueron estas cosas las que me dieron el motivo necesario, la materia prima, el “nigredo” alquímico para llevar la escritura a un siguiente nivel.

Algo debía romperse dentro de uno para calibrar estas intuiciones. Algo debía ser lo suficientemente espeso como para adquirir una riqueza imprevista. Entonces me apronté a estudiar un Magister en Escritura Narrativa de No ficción. El ejercicio de las crónicas tenía el potencial para capturar el tiempo posible y llevarlo a otro plano, todavía más ambicioso. Además, volví sobre mi antigua tesis de licenciatura, aquella que permanecía en los anaqueles del antiguo ILCL. Como si fuera un grimorio, traté de desentrañar la metáfora profunda del pandemonio en relación con la realidad americana, y volví sobre el mito, su potencial literario, en un afán de reivindicación. Al fin reencontré una tesis que, sin saberlo, contenía muchas resonancias en el presente histórico y en el estado de cosas actual.

De partida, se hacía necesario regresar al mito enarbolado en la novela de Posse, aunque fuera bajo el dispositivo de la desacralización. En un contexto mundial en el que las potencias extranjeras amenazan, cada vez más, las soberanías de nuestras humildes repúblicas, la tesis sobre el pandemonio americano podría adquirir una fuerza mayor, al afirmar la integración de “lo caótico” y de “lo abierto” como partes constitutivas de su ser y de su destino. Es en esta compleja coyuntura que supe sobre una convocatoria al XII Encuentro de la América Románica de la Comunidad Ciudad de los Césares. La organización apuntaba a celebrar treinta años de un “Convivium americano” (1996-2026). Según ellos, estos Encuentros constituían jornadas de estudio y de camaradería que han congregado a hombres y mujeres de la Patria Americana y “a todos los que se sienten animados por visiones superiores de vida, de cultura y de comunidad”. El propio nombre de la Ciudad de los Césares construye “un mito y un símbolo que une a las patrias del Cono Sur americano con la Tradición Universal”. Sin duda, un comienzo muy vivificante.

Tras mi propia noche oscura del alma, tenía que haber, al menos, un viso de claridad, o de aspiración trascendente. De lo contrario, volvería a aquel abismo interior del que estuve a punto de no salir jamás. Esta convocatoria a los Encuentros organizados por Ciudad de los Césares se me presentaba como la oportunidad de volver al ruedo, para probarme a mí mismo que sí se puede, que la escritura tenía que tener su teoría de la oscuridad, pero era la oscuridad necesaria para entrenar una mirada más nítida. Les mandé la misma ponencia de mis años de pregrado, la de “América es un pandemonio”, solo que sustituyendo “Latinoamérica” por “Hispanoamérica”. Sabía que ese cambio sería el adecuado para alinearse con la visión de los señores de la Ciudad de los Césares. Lo hice, como siempre, sin mayores expectativas, acostumbrado, de un tiempo a esta parte, a los rechazos y a las ausencias. Hasta que, finalmente, me envían un correo con la aceptación de mi ponencia en los Encuentros. Estos se realizarían en el Senado de la República de Chile. En ese instante, había logrado que una misma tesis, la del pandemonio americano, fuera aceptada en dos contextos completamente diferentes, y en etapas de mi vida del todo distintas.

El propio mito como generador de historia se había encarnado en mis proyectos. Lo pandemónico, en cuanto integración de lo abierto y de lo caótico, se plasmó más allá de su calidad hipotética: adquirió un relieve vital. El propio Erwin Robertson, director de Ciudad de los Césares, recuerdo que remarcó lo del “pandemónium”, dando a entender que era una idea poderosa y vibrante. Dijo además que el caos primordial era el que permitía el advenimiento de los dioses y de los hombres. El caos primigenio, según la Teogonía de Hesíodo, era la entidad primera que posibilitó la existencia de los dioses, todos surgidos del mismo abismo. Tenía todo el sentido del mundo con respecto a lo caótico. “Así es, y pensé que ya lo sabía”, señaló, luego de la ponencia, a la salida del hemiciclo del Senado. La América chilena nos esperaba fuera, terminada la jornada, y el caos seguiría vigilante, pletórico, en los rincones barrocos y durante la serenidad del día.
El primer documento oficial de Valparaíso, el auto de posesión que tomó Pedro de Valdivia, comienza así:
"En el puerto de Valparayso, que es en este valle de Quintil, término y jurisdicción de la ciudad de Santiago del Nuevo Estremo, a tres días del mes de setiembre de 1544 años, el muy magnifico señor Pedro de Valdivia, electo gobernador y capitán general, en nombre de S.M., dió poder ante Antonio de Valderama, escribano de S.M., a Juan Bautista de Pastene, su teniente capitán general en la mar y piloto de su navío llamado San Pedro, y a Geronimo de Alderete, tesorero de S.M., e a rodrigo de Quiroga, e a mi Juan de Cárdenas, escribano mayor del juzgado en estos reinos de la Nueva Estremadura, para efectuar lo que en el se contiene, el tenor del cual es este que se sigue: (...)".

viernes, 4 de septiembre de 2026

Ponencia "América es un pandemonio" en XII Encuentro de la América Románica.

Ponencia "América es un pandemonio. Ruina de un mito y ocaso de un héroe en Los perros del paraíso de Abel Posse", expuesta en el contexto del XII Encuentro de la América Románica. Senado de la República de Chile.


"Creo que el mito es el gran motor, mito y motor tienen que cambiar una letra… Sin la creación de grandes utopías basadas en los mitos no se puede vivir. Desde la antigüedad el pensamiento occidental nos enseña eso… Todas las historias de las grandes religiones ordenadoras del mundo nos enseñan eso. Así que yo creo que en esta etapa de desmitificación, de chatura pragmatista, estamos viviendo la crisis filosófica y poética más grande que agrede a nuestro continente. Nos están robando la última riqueza que nos queda que es la de generar mitos, de creer en utopías y la de nacer y avanzar". (Posse en Rita Corticelli, «Entrevista a Abel Posse. Revitalizador de mitos»).

El mito como última verdad de la historia, rezaba Borges. La concepción del mito en la obra de Posse implica su proyección sobre el ser y la historia de América. Posse apuesta decisivamente por una revitalización del mito para repensar la historia hispanoamericana. En este sentido, el mito se entiende desde su carácter primigenio. Así es posible apreciarlo en su novela Los perros del paraíso de 1983. En dicha novela desentraña la problemática respecto a la historia de Hispanoamérica, a partir de la elaboración de otra mirada al hecho histórico del Descubrimiento presidido por la España de los Reyes Católicos durante el siglo XVI. Todorov enfatiza el carácter paradigmático de este hecho: “Cierto es que la historia del globo está hecha de conquistas y de derrotas, de colonizaciones y de descubrimientos de los otros; pero, como trataré de mostrarlo, el descubrimiento de América es lo que anuncia y funda nuestra identidad presente”. (Todorov, 14).

Cabe plantear que la narrativa de Posse se construye a partir de un cuestionamiento que implica debatir el origen y el ser americano, principalmente a través del factor histórico. De acuerdo a Jorge Osorio Vargas (2011): “esta reescritura incorpora una explícita desconfianza hacia el discurso historiográfico en sus versiones oficiales, permitiéndose reflexionar la posibilidad de conocer y reconstruir el pasado histórico oficialmente documentado y conocido desde una perspectiva diferente”. (Osorio Vargas, 2011: 2).

En Los perros del paraíso, dada su condición particular de “nueva novela histórica”, se desarrolla de manera decisiva una apropiación y manipulación del gran relato del Descubrimiento de América a través de recursos narrativos que, por su carácter transgresor, tensionan los límites entre la ficción y la verdad. De este modo, en la novela se construyen tres relatos desde la ficción: la vida de Colón y su búsqueda del Paraíso Terrenal; la consolidación de los Reyes Católicos y el Imperio de la Reina Isabel; y las reuniones entre incas y aztecas.

Ahora bien ¿Cuál de los relatos mencionados resulta ser más significativo y medular para la novela, en relación con sus características de “nueva novela histórica” que reescribe los relatos históricos oficiales para aportar otra perspectiva diferenciada? ¿Y qué implicancias tiene dicho relato para la conformación de una respuesta al cuestionamiento contemporáneo sobre la historia y el ser de Hispanoamérica?

En base a las preguntas formuladas, cabe desarrollar lo siguiente: en la novela Los perros del paraíso la búsqueda por el Paraíso Terrenal culmina con la llegada al continente, derivando en la ruina del mito y en el ocaso de la figura heroica de Colón, conceptos que permiten conformar un relato sobre América como un “pandemonio”, siendo ésta una metáfora sobre la historia y la identidad hispanoamericana para la posteridad.

Sobre el pandemonio: “el poeta londinense John Milton acuñó la palabra “pandemonium” en su poema épico “El paraíso perdido” (“Paradise Lost”) en 1667. Milton buscaba una palabra que representara un desorden tumultuoso”. (César Gotta, Alfredo E. Buzzi y María Victoria Suárez, 2008: 150). Un referente más actual se refiere al término como a todo: “(…) lo que la sociedad y la organización moderna pretenden ocultar: la lujuria, el dolor, la enfermedad, la muerte y el asco; es el mundo de las pasiones, de los excesos y de los dolores (…) Pandemonium es el reino de la dominación y del poder”. Friedmann, 2012.

De acuerdo a estos antecedentes, entonces este “pandemonio” aplicado al universo americano en la ficción será usado metafóricamente para aludir, en primera instancia, desde su etimología, al “espacio de todos los demonios”: universo que se gesta a raíz de todo aquello que implica sometimiento y degradación de los otros, el rostro abyecto de la otredad, y la expresión de la “maldad”; aquello que provoca y constituye alteración sobre otros; el caos que se manifiesta de forma particularizada mediante el dispositivo de la violencia. La violencia, en este sentido, es una de las manifestaciones articuladoras de este pandemonio como metáfora que se refiere a la realidad y entidad del universo americano.

En segunda instancia, se entenderá pandemonio no exclusivamente desde un sentido de la violencia y la alteración del otro, sino que, en relación con lo anterior, desde una concepción relacionada con la “vacilación” histórica de Hispanoamérica, su confusión respecto a su tiempo y espacio, y su indeterminación ontológica, el caos que ella misma ha engendrada en sí misma como un mundo huérfano de raigambres identitarias sólidas, sumiéndolo en una “puesta en abismo” de su existencia.

Al comienzo de la novela Los perros del paraíso se ilustra todo un panorama desalentador sobre el Occidente renacentista, operación que precisamente retrata su decadencia, que se manifiesta de manera particular en la España del siglo XV. Se justifica, por ende, la necesidad de un “cambio”, una renovación, un hombre y un mundo nuevos, los cuales solo son posibles de concebir y de realizar bajo una concepción mítica de la historia:

Occidente, jadeaba, ansiaba su sol muerto, su perdido nervio de vida, la fiesta soterrada. Tanteaba en la oscuridad del sótano conventual la estatua de la diosa griega (que en realidad alguien había arrojado al mar). Los hombres vacíos, casi sin sombra, buscaban su estatua.

Occidente, vieja Ave Fénix, juntaba leña de cinamomo para la hoguera de su último renacimiento.

Necesitaba ángeles y superhombres. Nacía, con fuerza irreparable, la secta de los buscadores del Paraíso. (Posse, 1983: 13)

Este es el espíritu de la época. Sin embargo, también es posible identificarlo con el espíritu de nuestra época contemporánea, desde nuestro ser y estar históricos como hispanoamericanos. Colón en la novela es entonces representado como el héroe que posibilitará el advenimiento de un Paraíso posible. Una especie de figura mesiánica que, sin embargo, se presenta más bien secular, aunque con caracteres de semidios y espíritu idealista, incluso quijotesco.

René Ceballos en Los perros del paraíso, la otra mirada al Descubrimiento, afirma: “Don Quijote, Colón y Nietzsche –al aparecer simultáneamente– no fungen como simple referencia literaria, histórica o filosófica, más bien estas figuras incorporan en sí mismas el cambio radical en el pensamiento (contemporáneo) y son formas metonímicas de insinuar el rompimiento de un tiempo y el paso hacia una nueva forma de concebir el mundo. (Ceballos, 2007: 103).

Concebir América como paraíso perdido implica pensar primeramente en aquellos españoles que experimentan y protagonizan dicha perdida. La búsqueda por reencontrar ese paraíso perdido, entonces, cobra diferentes intereses, desde Colón en su búsqueda mítica, y en los Reyes Católicos, quienes establecen un contrato económico con el almirante, determinando materialmente su misión.

De tal manera, América queda representada con toda propiedad como esa construcción imaginaria, ese crisol de deseos y anhelos provenientes desde otras latitudes. El crítico Arturo Andres Roig señala al respecto: “Y por lo mismo que el porvenir de América está dado en el futuro de Europa, es un “país de sueño”, pero no para los americanos que en su impotencia no se sueñan a si mismos, sino para todos aquellos que se sienten cansados de la vieja Europa convertida en un arsenal. Una pura futuridad, basada en una carencia de pasado histórico”. (Roig, 3). Al ser puro futuro, América queda representada como un universo históricamente indeterminado, tanto desde los propios hispanoamericanos (o sea, desde la búsqueda mítica de una “raíz” o de una “unidad” americana común) como desde los españoles.

Pensar la historia de América resulta, para el narrador posseano, una puesta en abismo. Pero entonces, si el hecho de hacer: “[…] una novela trashistórica, metahistórica -una metáfora- utilizando la historia como clave para interpretar el absurdo de nuestra América” (Posse en Pites, «Entrevista a Abel Posse», op. cit., p. 123) implica, de partida, la renuncia a buscar una América perdida que se apropia del dispositivo utópico usado por los españoles (y el propio Colón en Posse) para soñar sus propias historias o escapar de ellas, entonces se están asumiendo la historia de América y su supuesta identidad uniforme como “entelequias”, las cuales en la novela se traducen en la mitificación del Paraíso Terrenal, lo cual es posible extrapolar a la propia América en cuanto universo que en su diversidad está constantemente mitificando su historia: encarnando un eterno retorno de sí mismo, de sus propias (des)ilusiones.

Abel Posse, pese a la historia cíclica de sangre y derrotas, demuestra un optimismo respecto de nuestra América, en una revaloración de España como “padres”: “Creo haber respondido: sin España y sus errores y grandezas, América sería insignificante. Al vestirnos con el sayo de España y con su idioma, nos enriquecemos de una espiritualidad y una cultura superior. Esto se ve claro en los poetas, en Neruda o Vallejo” (Aracil Varón, 2005: 217). Posse ha hecho patente, de manera narrativa, el problema de la idealización de ambos mundos: el español y el hispanoamericano. Esto ha llevado a las tan conocidas y relamidas leyendas negra y rosa, y retrotrae precisamente, cara a cara, la puesta en abismo del ser y la historia de Hispanoamérica. La constante pulsión paradójica, discordante, de su vórtice existencial e histórico.

Posse afirma, desde luego, el “absurdo de nuestra América”. Cabe señalar que el absurdo debiese ser, en ese sentido, el punto de partida más que el punto de llegada de la historia hispanoamericana. Concebir la condición “pandemónica” de Hispanoamérica debiese apuntar, en este sentido, a la integración de lo caótico y lo “abierto” como formas de estructurarla proteicamente. No se trata ya de la edénica América perdida, fruto del espejismo de la conciencia de los “ángeles caídos” de España; sino que de la América que se sumerge en su propia vorágine, en su propia indefinición histórica, material y ontológica, y que, al mismo tiempo, pugna por trascender su histórico ostracismo en relación con el mundo para fundirse en él e instaurar las “máculas”, las señas de opacidad y alteración (alteridad) propias de la cultura hispanoamericana.

Ante este panorama proyectado desde la ficción en Los perros del paraíso, la literatura hispanoamericana contemporánea configura respuestas: otros mitos u otras figuraciones que, partiendo de la perturbadora verdad de un abismo de identidad y de una espiral mítica histórica, resultan en generación de visiones y universos complejos, abiertos a toda próxima y futura lectura. Carlos Fuentes, en El espejo enterrado (1992) plantea el viaje de iniciación a las raíces mexicanas. Fuentes señala: “En las tumbas de sus sitios religiosos se han encontrado espejos enterrados cuyo propósito, ostensiblemente, era guiar a los muertos en su viaje al inframundo […] Un espejo: un espejo que mira de las Américas al Mediterráneo, y del Mediterráneo a las Américas”. (Fuentes, alfaguara, 2010, 11). Esta visión sobre los espejos enterrados resulta en una figuración que permite comprender poéticamente el ser y la historia hispanoamericana, como reflejo difuso de dos mundos encontrados y que nunca acaban de reconocerse entre sí.

Otro exponente de la respuesta al abismo existencial y vorágine mítica histórica americana lo configura Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo. Comala como el infierno, el espacio tiempo de los muertos, donde todo se presenta indeterminado: los personajes son muertos que pululan errantes, meras voces extraviadas, huérfanas, faltas de arraigo. Juan Preciado va en busca de su padre Pedro Páramo. Su ingreso a Comala se relaciona con su viaje al infierno. Su padre está muerto desde el principio, por lo que podemos decir que la búsqueda por las raíces hispanoamericanas también lo está, y de paso, quien emprende tal misión está precisamente ingresando en el terreno de la muerte. En relación con el “pandemonio” americano de Los perros del paraíso, entonces, la recreación del mundo hispanoamericano en su historia mítica, cíclica, y hasta cierto punto, fatídica, y en su gran fosa existencial y ontológica, se transmuta desde lo inconmensurable que resulta en última instancia: desde una certeza de saberse muerta cada vez que se profundiza en su universo.

América como un pueblo y, al mismo tiempo, una gran entidad “orgánica”, compuesta de voces, ecos, sombras, que los americanos encarnan en sí mismos histórica y ontológicamente, (muertos que no saben que lo están), pululando, tanteando espacios y tiempos fragmentarios, completamente otros en su levedad. Se “demonizan” en su determinante devenir, en su círculo vicioso, el siempre volver sobre sí de su historia, su muerte itinerante. Las Américas, las distintas Hispanoaméricas existentes se materializan y se evaporan en su secreta penitencia.




Bibliografía


Aracil Varón, Mº Beatriz (2005) Abel Posse: de la crónica al mito de América. Cuadernos de América sin nombre. Universidad de Alicante.


Ceballos, René: “Los perros del paraíso, la otra mirada al Descubrimiento”. Comunicación Nº 5, 2007 (pp. 93 -113). Alemania: Universität Leipzig.


Friedmann, Reinhard. “Demonología organizacional y saberes vampiros. El lado oscuro de las organizaciones. Un viaje guiado al inframundo organizacional”. Marzo 2012. http://www.wordpress.com. 30/05/2012. <http://etcuniacc.files.wordpress.com/2012/03/reinhard-friedmann-ensayo.pdf >.



· Osorio Vargas, Jorge. “Novela Histórica y Extrañamiento: tensiones y pleitos entre la meta ficción y la historiografía”. 10/02/2011. Critica.cl. 28/05/2012. <http://critica.cl/literatura/novela-historica-y-extranamiento-tensiones-y-pleitos-entre-la-meta-ficcion-y-la-historiografia>.
Posse, A (1983): Los perros del paraíso. Barcelona: Editorial Argos Vergara, S.A.


Roig, Arturo Andrés (2004) Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano. [Primera edición. México: Fondo de Cultura Económica, 1981] En: http://es.scribd.com/doc/6148989/Teoria-y-Critica-Del-to-no


Todorov, Tzvetan (1987) La Conquista de América. La cuestión del otro. México: Siglo XXI.



Pandemonium, John Martin, 1841

lunes, 31 de agosto de 2026

Cuando caminaba ayer por calle Salvador Donoso, a la altura de Plaza Victoria, me topé con una amiga ex colega. Iba con su esposo y su pequeño hijo. Me saludó y me presentó ante ellos: "Él es el que escribe", dijo. Enseguida hablamos sobre cuestiones relativas a la pega, para luego despedirnos y continuar nuestro camino en la Calle de la Niñez. "El que escribe", esa fue mi carta de presentación. Así se me reconoce todavía, pese a todo. No creía que en Valpo eso fuese posible aún, pero ahí llegó la amiga a confirmarlo, por mera coincidencia. Seguí andando por la Calle de la Niñez, recorriendo esas anchas veredas repletas de parejas con sus cabros chicos, mientras el epíteto del que escribe era lo único tangible que me acompañaba en ese paseo de domingo por la tarde, rodeado de toda clase de juguetes, de colores chillones y de pompa.

domingo, 30 de agosto de 2026

"Eso" (1990): El ominoso "payaso maldito" de Tim Curry (RIP)

Tim Curry siempre será el “IT original” para nuestro imaginario de horror, el que vino a invadir y a contaminar, con su presencia cósmica, nuestras mentes todavía imberbes, y hay quien dice que la nueva versión del payaso, interpretada por Bill Skarsgard, se ajusta más al diseño concebido por King en su novela, porque se muestra realmente como un ser venido de otro mundo. Sin embargo, el IT de Curry es el más memorable de nuestra generación, pese a no ser exactamente fiel al libro, por algunas cuestiones que conviene profundizar.

En el año 1981, antes de la publicación de la novela, King escribió un ensayo llamado “Danse Macabre”. Ahí aborda el tema de los “puntos de presión de fobia” que consisten en la develación de miedos atávicos arrastrados desde la época de las cavernas, si hablamos en términos de humanidad, o desde la tierna infancia, si nos referimos a la historia individual de cada persona. En el Pennywise de Curry, se aplicaba perfectamente ese mecanismo perverso de la explotación de miedos intrínsecos, como se pudo ver en algunas escenas en donde el payaso maldito jugaba con la mente de los personajes. Además, el aspecto del payaso y su comportamiento se asocia mucho a “lo siniestro”, desde la mirada de Freud, aquello que simula familiaridad, pero que se presenta como algo extraño y retorcido.

Hay un fenómeno en la red, conocido como el “Valle inquietante”, en donde se describe una sensación perturbadora en las personas al reconocer una asimetría, un defecto o un exceso en ciertos rasgos humanoides que no alcanzan a definirse completamente. Quién dudaría que el Pennywise de Curry aplicaba en nosotros esa misma sensación, antes de que se hiciera viral. Y se vuelve todavía más terrorífico, por el simple hecho de que muchos de nosotros lo vimos precisamente cuando éramos unos niños. ¿Habrá sido tal la fuerza interpretativa de Curry, en el papel de Eso, que, por su culpa, cualquier payaso extravagante ya no resulta lo suficientemente espeluznante? ¿O fue su papel en aquella miniserie el que justamente le aplicó un “aura caótica”, sarcástica y ominosa?

Recuerdo mi primer encuentro, como niño en los noventa, con el payaso maldito. Fue en el extinto videoclub Magia de Avenida Pedro Montt. Época prime de los vhs. Había que caminar un pasillo largo, como si se tratara de una especie de portal interdimensional. Al final del pasillo encontrabas la tienda y estaba llenísima de películas en vhs alineadas en muebles y en estructuras que facilitaban su vitrina. En una de ellas, se encontraba la sección de terror. Junto a clásicos como Cuentos de la Cripta o las Caras de la Muerte, la mirada del Pennywise de Curry capturó por completo mi atención. El asombro y la perturbación que sentí en esos momentos fueron genuinos. Mi padre era socio del videoclub, y entre las tantas películas que arrendaba los días sábado, ya no me acuerdo cómo, pero terminamos viendo la miniserie completa en el reproductor vhs de la casa.

Tengo entendido que la miniserie de “Eso”, dirigida por Tommy Lee Wallace, se estrenó en televisión abierta en Chile, por canal 13, en noviembre de 1992, casi en la misma época en que daban Twin Peaks. Yo la vi un tiempo después, y luego se repitió por cable en varias ocasiones. El Pennywise de Curry realmente parecía estar en todas partes y encarnarse allí donde olía el miedo de los niños, su alimento predilecto. Fueron todas estas cosas, sin mayor explicación, desplegadas con unos efectos irreales, las que crearon una atmósfera de pesadilla y las que dotaron de esa aura siniestra al payaso. Había una cierta opacidad en la definición de la imagen de la miniserie y un manejo en la tensión narrativa que le daban a Eso el espacio idóneo para su protagonismo absoluto. Ninguno de nosotros llegó a intuirlo, en ese momento, pero fue nuestro visionado, nuestra perturbación y nuestra inquietud de entonces el que alimentó al monstruo y lo hizo enorme. Bienvenida sea la monstruosidad de Eso, cortesía de Tim Curry, que en “poder” descanse.

sábado, 29 de agosto de 2026

En calle Chacabuco en Valpo está ubicada la empresa Ducasse, una de las pocas especializadas en el área industrial con más de medio siglo de existencia en el país. El apellido Ducasse es también el apellido original del legendario Conde de Lautreamont, poeta "maldito" y decadentista uruguayo del siglo XIX. ¿Simple coincidencia o un simbolismo soterrado, demasiado hermético para su comprensión?

miércoles, 26 de agosto de 2026

El oscuro umbral en Valp-horror

“¿Qué es lo real? ¿Quién me asegura que lo que estamos viviendo, en este momento, es concreto, material?”, sostuvo Sergio Fritz durante la presentación de su libro "El umbral de la Matriz. Relatos porteños de horror cósmico”, en el primer encuentro de “Valp-horror" en el Barrio Puerto, organizado por el Colectivo Chivato. De inmediato, asocié sus palabras a la condición liminal de la ciudad que vela y sigue velando mis pasos errantes. Encontré una respuesta en esa inquietud. Y tocó la ocasión de que Fritz justo se refirió a la placa de la Cueva del Chivato a un costado del “ex Mercurio” quemado y abandonado desde la asonada de octubre. Elegí el incendio del edificio de El Mercurio como el tema para mi proyecto de narrativa de no ficción, tal vez movido por cuestiones que aún no logró dimensionar del todo, y que tienen ese carácter ominoso irreductible al mero razonamiento o al sentido común. Había en esos espacios, como señalaba el “Señor de los Hielos”, un poder atávico, un mito, una zona inefable “donde se entrecruza la ficción con lo que llamamos real”.

¿Cuánto de real y cuánto de ficción hay en la historia sobre ese sector que separaba el puerto del viejo Almendral de Valpo? ¿Cuánto de real y cuánto de ficción había en esa cueva y en el chivato que la habitaba? ¿Qué de relación hay entre esa leyenda porteña y la propia historia del edificio del Mercurio de Valparaíso? Son preguntas que me van surgiendo, a medida que medito sobre el lado oculto de la ciudad, mi ciudad, la única que me sé de memoria. Mientras tanto, seguía escuchando a Fritz y me acordé de su frase enunciada en el contexto del Encuentro de Artes Oscuras: “el puerto es una puerta”. En efecto, Valparaíso tiene esa cualidad liminal, ese umbral, ese portal originario del sector donde se construyó la Iglesia de La Matriz, la más antigua, y desde la cual germinó toda la ciudad como si se tratase de un organismo crepitante, repleto de formas inciertas.

Fritz citó a Thomas Ligotti para hablar de la realidad ortodoxa y la realidad heterodoxa. Esta última, oculta al racionalista, sería aquel plano pesadillesco y de extrañamiento que conspira detrás de lo cotidiano. En Valparaíso, convivirían ambas realidades, pero con un constante arranque de lo heterodoxo que se resiste a su encasillamiento y desafía a todo aquel que pretende fijar una pura mirada, las más de las veces, aséptica y ajena al propio relato profundo de la ciudad, porque cómo era posible que justo afuera algunos pastabaseros de Plaza Echaurren se pusieran a robar, angustiados, en el mismo momento en que Lovecraft velaba nuestro imaginario en esa casona antigua, e incluso durante la misma noche en que se realizaba un festival de Jazz multitudinario en plena calle, a la altura de subida Cumming. El caos orgánico de la ciudad brotaba alegre, ebrio, drogado, en esas disquisiciones, y solo los porteños comprendían el código del umbral maldito sin sucumbir a su exuberancia.

Al rato, después de Fritz, se presentaría otro libro: "Horror en Valparaíso", de Jorge Latrille. Me llamó la atención que la editorial le haya cambiado el nombre original a la obra, que se iba a llamar “Valparaíso, mi horror”, en alusión a la clásica película de Aldo Francia. Hubiera sido genial. De todas formas, el autor proyectó en la sala algunas preguntas que siguen resonando en mi conciencia. “¿Qué lugar de Valparaíso les daría miedo recorrer solos a las tres de la mañana?”. Las respuestas fueron todas muy distintas, porque en la ciudad el miedo se disemina de manera orgánica, sin una jerarquía clara. Algunos señalaron el Barrio Puerto. Otros, la Echaurren. Hubo uno que se refirió a Montedónico o a otros sectores altos de los cerros de Valpo. El propio autor se refirió a lugares como los viejos ascensores, la claustrofobia que encarnaban; las inmensas escaleras que dan a lugares sin salida aparente; las casonas del siglo antepasado que aún se mantienen pese a los continuos desastres y sobre las cuales “penan” ciertas energías densas; las poblaciones numerosas en la zona más alta de los cerros, muchas de ellas con códigos indescifrables incluso para el transeúnte del plan; los recorridos de muchos buses, entre ellos, la mítica “O”, cuyas maniobras eran el terror de cualquier pasajero extranjero o cualquier conductor aficionado. Suma y sigue. Y podría agregar además a ciertos personajes que pululan el sector de Bellavista de noche y que, de un momento a otro, presos de un impulso tanático, de un arranque emocional, se abalanzan contra otros, sus ex parejas o adversarios, a traición. Puro Valp-horror. Lo heterodoxo expresado en un despliegue de violencia emocional. Absurdo conflicto, gritos y sangre dibujando el relieve nocturno del asfalto.

En el miedo, en ese miedo recóndito del puerto, también había un itinerario, una ruta de misterio que tocaba descifrar y recorrer en forma temeraria, con tal de conocer los secretos de esta gran “Tierra Quemada” sin otra fundación que la orfandad. Lo supe varias veces. Había que ser atravesado por el miedo en el puerto para propiciar el sacrificio y reencarnar una nueva visión. Por cierto, Valpo debe ser una de las pocas ciudades en el mundo en la que los Cementerios se construyeron en una parte elevada, a medio camino del Cerro Panteón. Metafóricamente, en Valparaíso los muertos ascienden y son enterrados mirando al cielo. Me extrañó, eso sí, que nadie en la sala haya recordado el famoso sector de la “Calahuala” o “Puertas Negras”, sectores repetidos, en su tiempo, por mi bisuabuela, como sumamente peligrosos. Puede que tengan su cosa heterodoxa, esa cuestión oscura exacerbada por el relato legendario que se ha hecho de ellos. Volveré sobre esos sitios, alguna vez, como quien vuelve a recuperar la sombra de su audacia, porque, se preguntaba Ligotti: “¿Quién no ha detectado la cualidad espectral de las cosas, incluyéndonos a nosotros mismos?”. Valparaíso es eso: una ciudad espectral, y nosotros, los porteños, nos reconocemos en ella.

Es pulento cuando uno de los cabros más chorizos de Cuarto te reconoce como "jefe" y le pone bueno al desarrollo de la prueba. Hay una jerga particular en estos cabros, un código que hay que saber leer. Uno se reencanta, a ratos, con el ejercicio de la profesión, cuando se siente respetado, y cuando sabe que lo que se está haciendo tiene algún sentido más allá del meramente curricular.

lunes, 24 de agosto de 2026

En clases en la mañana, me tocó explicarle al curso el concepto de argumentación dialéctica. Para eso, esbocé en la pizarra dos figuras señaladas por flechas recíprocas. Como a mí me gusta usar el lenguaje no verbal para enseñarles, no me limité a exponer los contenidos por escrito, también les hice algunos gestos con las manos. Levanté la mano izquierda, seguida de la derecha, en un movimiento que imitó, sin quererlo, la performance que muchos de los chiquillos han estado repitiendo últimamente. “¿Está farmeando aura, profe?”, preguntó un cabro de adelante. “¿Por qué?”, le contesté. “por cómo hace”, dijo el mismo cabro, entonces hizo ese típico movimiento de manos con las palmas hacia arriba. Algunos de sus amigos rieron al unísono, y comenzaron a imitarlo. Pronto, lo que era una sencilla representación quinésica del ejercicio dialéctico de un debate, se transformó en un masivo “farmeo de aura” en plena clase de lenguaje. No hacían faltan las palabras ni los silogismos, solo bastó ese juego en que se disputan, de manera desenfadada, ciertos gestos y apariencias, con tal de proyectar confianza o estilo. Lo asocié de inmediato a la famosa aura benjaminiana, al referirse a la presencia única y auténtica de una obra de arte, en la época de su reproductibilidad técnica. Lo que tiene de irrepetible: eso sería el aura de la obra. Incluso hay una cita de un tal Alois M. Haas, filósofo alemán, que habla de lo “áurico” para señalar esa presencia inefable relacionada con la experiencia mística en el arte y en la cultura. No sé hasta qué punto este “farmeo de aura” tenga que ver con el concepto de aura de Walter Benjamin o con el aura contemplativa de Haas. De hecho, pienso que no tienen nada que ver, en estricto rigor, pero ha sido este desafío absurdo el que, al menos, le ha permitido a los cabros abrirse a la posibilidad de la existencia de ese no sé qué, ese algo intangible, muy similar a la idea de “tener ángel” para reflejar carisma y encanto natural, aunque sea esta, en el fondo, una metáfora de la acumulación y del prestigio exógeno. “Buen farmeo de aura, profe”, repitió, al final de la clase, el alumno que comenzó la talla, pese a no entender nada de lo que lo le enseñé con respecto a la capacidad argumentativa. Desde ese momento, supe que el aura podría determinar incluso el éxito de una clase y hasta la acogida con el grupo curso. Quien aprendió a “farmear el aura” podría proyectarla con soltura, porque el aura se manifiesta en el estilo, y el estilo mismo puede volverse un destino.

domingo, 23 de agosto de 2026

Farmeando el aura poética

Tres poemas con referencias al aura, en una resonancia poética con la moda del momento. Distintas recreaciones del aura en un poema de Nuestra Imbatible Soledad y en dos poemas del imaginario gragkiano:


Que no absorban tu aura


Brilla y apágate, me decías, cuando nuestras vidas orbitaban

En torno a una cándida florescencia de la memoria.

En un exquisito error de cálculo crecimos uno con el otro

cuando ya éramos vértices extraviados en la esfera de lo desconocido.


Libres de raíces y de mitos volvemos a teñir nuestra sangre

Demostrando que fluimos a través de aguas huérfanas y seculares

Demostrando que los desiertos de nuestro espíritu

Esconden jardines interiores, que brotarán

Una vez las luces de nuestros padres desaparezcan,

Haciendo de nosotros fantasmas que pululan en dimensiones embrionarias

Mientras buscamos, ciegos de virtud, nuevas máscaras que adoptar,

Nuevos corazones que palpitar.


El mundo real y su sombra omnívora

No dejes que absorban lo más verde de ti misma.


Y una vez que me apagas es cuando soplas en mi rostro para escarbar

Las cáscaras de ti misma en mí,


Y prefieres encarnar tus intocables caprichos como en una manía del origen,

pero nunca serás fruto sin haber sido raíz.


Y que no absorban lo más verde de ti misma

que no absorban tu aura.



2008






Atrapa musas [elegía]


Lleno del aura brava de la noche

raíces en el suelo crecen como garras

Los tallos de beldad se diluyen en sangre

y su presencia se vuelve informe.



Invisible a los ojos, duele en el corazón

el llanto de las ninfas amarga sus mieles.



El ángel del precipicio

como me hizo nombrar el altisonante

me llama a explotar mi talante

me llama a socavar ventanas y furias.



Esparciendo los dotes de las parcas

exigente hasta la locura, arrojo mi nebulosa

entre fiestas y credos paganos.



Viejos amores entre mis brazos

imitando la moda del destino

entierro lo anodino de sus pesadillas

y las filtro entre razones seculares.



Calladas en su sed planetaria

nutren al insecto interior

el estado larvario de su propio temor.

El futuro es una excusa

y para vírgenes de recónditas matrices

el tesoro y pretensión de su circular vida.



El viñedo que invita a ahogar la tristeza

lo que mejor se ahoga es la palidez profunda

de apostar por tierra y desencadenar un mundo

un tumulto de fuego e inocencia.



Lo que tendría que ahogarse

es la esperanza de la inspiración

que no es sino la libido de vísceras al aire

y manía poética de ser la nada misma.



Y de pronto me vuelvo hueso

un roído hueso que añora ser carne

que quiebra por alcanzar el cielo.



Lleno del aura brava de la noche

raíces en el suelo como manos sórdidas

y la única excusa para crear y para amar

es que la musa muere

como poema en la hoja.




2008





Noche globular


Noche globular, surcando el vector de las estrellas.

El monstruo cotidiano, un intruso que incinera,

ya viene sigiloso para hacer víspera,

de lo que puede desalentar sin oxígeno,

claro, sin membranas automáticas

para la transmisión de un pulcro obsequio

en días de visión fotofóbica.



Entes de porcelana, furia concentrada

la mesa ya está lista, la vela ya está puesta.



Tómate todo antes que enfríe,

tómate todo antes que enfríe.



Hoy, reprimido, cámara de Locus Amoenus,

cada plato no fue roto,

cada espacio no fue digerido.



Me abastezco de agujas dolorosas

y así me permito paliar el karma de la rutina.



Entonces cargo plenamente con:

Los utensilios de la sutura doméstica,

el origen consuetudinario de mi manía.



Noche globular, la avidez artificial,

los poros sometidos, traviesos y febriles.

Evitas que tu azul y deliciosa aura

se envuelva hacia mi envoltorio de lociones,

y rehúsas mascullando la orgía a tu alrededor.



¡Despierta! a tu lado, un glorioso plato de sopa,

mientras imploras incolora de jugo y pistilos.

Ahora báñate en tenebroso polen estival.

Haz de ti un haz de alergia sustancial, abundante, potente.

Que no se vea, por favor, el gas histérico de tu trivialidad,

que no se vea como te estoy aprovechando,

el gas extinto después que pases a ser

nada más que maravilla dérmica.

Apenas degustando los restos,

y la casa como una ígnea flor abierta,

hecha la cuna del Sol negro.



El vector de las estrellas,

en espera de lo que sería

la soberbia dilatación de tus horizontes

y también cuentan para el menú,

las auras flemáticas, dietéticas

como tú, ahora, en esta globular noche.



Recuerda:

Tómate todo antes que enfríe,

tómate todo antes que enfríe.




2007

Valparaíso se convierte en el tablero de ajedrez de un thriller noir retrofuturista steampunk

Las cinco plagas” nos sitúa en una versión ucrónica y retrofuturista de Chile. Janus, busca refugio en su mansión de invierno en Valparaíso para intentar acallar sus propios demonios, pero el horror golpea directamente a su puerta, dado que su novia es abducida y las reglas del enemigo son brutales: es su vida a cambio de la de ella. “A partir de allí, la película se transforma en una frenética partida de ajedrez, donde las calles del puerto son los escaques o casillas del tablero. Es una lucha descarnada de inteligencia entre dos archienemigos”, detalló Talarico.

El universo de la película destaca por una fauna de personajes fascinantes y siniestros, como los son los doctores de la gran plaga; asesinos seriales del pasado inspirados en mitos locales como Émile Dubois; videntes que leen el destino entre las sombras; e inspectores de la Interpol que parecen cazar fantasmas, entre otros".

jueves, 20 de agosto de 2026

Con un colega nos pusimos a conversar seriamente respecto del sueldo docente y el cálculo del valor hora cronológica. ¿Cómo es posible que nos paguen un cuarto de lo que realmente deberíamos ganar al mes? ¿Por qué el cálculo se realiza solo contemplando las horas trabajadas a la semana? El colega buscó en chat gpt que eso está definido legalmente por el Estatuto Docente, sin apelación, pero concordamos en que se trata de algo injusto. Al no existir argumentos razonables para justificar estas medidas, revelamos lo que, en definitiva, se trata de una estafa piramidal a gran escala. "Si se les explicara a todos los estudiantes de pedagogía que en el mercado laboral docente van a recibir, por ley, un cuarto de lo que en realidad deberían ganar, ¿Crees que aumentaría la dotación de profesores? ¿Cómo explicas el alto abandono del sistema? Solo sé que la matrícula bajaría de manera drástica. En cualquier otra profesión, esto sería un escándalo", agregó el colega, siguiendo la consecuencia última de este razonamiento. No me quedó otra que asentir. En efecto, seguimos trabajando, a sabiendas de que todo está mal. "Ya compa, no lo molesto más. Lo dejo tranquilo. En este momento voy a ir a buscar mi billetito de Arturo Prat", dijo, mientras se preparaba para ir a hacer la última clase del día, haciendo un gesto con el dedo en el que simulaba tomar un billete de diez lucas.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Noventa años del asesinato de Federico García Lorca: un homenaje gragkiano

Poema escrito hace ya casi veinte años en alusión a la obra de García Lorca. Pertenece al imaginario gragkiano, en el poemario inédito Sangrías & el luto de la quinta estación (2008). En Bodas de sangre, el homenaje a Federico García Lorca es evidente. Consiste en una recreación de los hechos ocurridos en el drama, leyendo sus simbolismos desde la mirada tétrica, enfatizando, por ejemplo, el carácter oscuro de la luna y la amenaza latente de los cuchillos, las armas blancas, en su crudeza visceral. Metáforas e imágenes alusivas al evento de la boda entremezclado con la traición y la violencia:


Bodas de sangre

El campanal está sonando para los errantes
Echen tragos de la mejor cosecha
para aquellos que creen en la sangre
y enseguida se lavan las manos
a los mendigos de las viñas
a las apariciones del campo
a las flores y frutos repletos de hiel
a todos ellos, dedico el canto de la víbora
inserto ya en pensamientos remotos
casi satelitales como el amor lunático
capaz de encender las armas blancas
color lunar, las armas blancas, análogas
con el desastre del homicidio sacro.

La luna cómplice corrompe
el espacio de un vacío secreto.

Incluso en tierras prodigiosas
incluso en serenas utopías
incluso con las siete virtudes
su presencia volverá a acechar.

El resplandor de Géminis despierta a los vampiros
bombeados por el mismo pulso
la misma nervosidad
y aparece en forma de cometa fugaz
cumpliendo presagios
como si se tratara de magia o lotería.

Por eso el amor lunático
capaz de encender las armas blancas
trajo consigo las mutilaciones
que dan por resueltas las bodas de sangre.

Así la luna corrompe
el espacio de un vacío secreto
y el campanal está sonando para los errantes.

domingo, 16 de agosto de 2026

"Valparaíso es para mí, hoy, una cuestión cerebral. Mil veces más bonito que en cifras, en proyectos portuarios y en edificios es en mi imaginación. Como la música es superior al lenguaje, mi interior, mi cerebro hace y deshace a Valparaíso. Valparaíso no impone ideas definidas. Cada cual lo imagina a su manera". Joaquín Edwards Bello, en Fantasmas de Valparaíso, reunido en el libro Memorial de Valparaíso de Alfonso Calderón y Marilis Schlotfeldt.
Rebeca Droguett: “Frente a la inmediatez de la era digital, los manuscritos conservan un valor y patrimonial insustituible. Tener acceso al papel original permite visualizar la vida de la escritura: ver los tachones, las anotaciones al margen, la evolución de las ideas y la caligrafía de mi abuelo es una experiencia reveladora e insustituible para comprender su proceso creativo. Por supuesto, no vemos la tecnología como una rival: el formato digital es un aliado extraordinario para la democratización y difusión masiva de su obra, pero el documento físico sigue siendo la huella viva e irremplazable de la historia”.

Ciento veinte años del Terremoto de Valparaíso (1906)

Hoy se cumplen 120 años del terremoto de Valparaíso (1906). El puerto le daba la bienvenida al siglo con un cataclismo de tremendas proporciones. Justo en el momento en que me puse a escribir esto, comenzó a temblar. Sarcástica coincidencia. Hace un par de horas, de hecho, había salido para recorrer la feria de Plaza O Higgins en busca de algún libro, y también había temblado, solo que, en ese momento, no me di ni cuenta, y seguí andando por la plaza hasta dar con un puesto de libros próximo a calle Victoria. Ahí encontré el libro "Memorial de Valparaíso" de Alfonso Calderón y Marilis Schlotfeldt, un libro macizo en donde se realiza un recorrido vital de la ciudad a partir de una multitud de crónicas, apreciaciones y experiencias. Estaba a quince. Lo compré de inmediato, confiado en que me ayudaría para poder seguir escribiendo mi proyecto de narrativa de no ficción.

Al hojear algunas páginas, di con algunas referencias sabrosas. En una, escrita por Daniel de la Vega, le daban la razón al difunto Eduardo Serey, el entrañable "Viejo Pancho", al señalar que efectivamente el Almendral y el Puerto "estaban separados por el asalto de unas olas arrogantes", y la única forma de transitar por ambas dimensiones de la ciudad era cruzando la legendaria Cueva del Chivato. Lo que se llamaba el sector Puerto, no era todo Valparaíso, sino que llegaba "hasta el sitio en donde ahora se encuentra El Mercurio". Hay ahí, sin duda, un misterio y una resonancia histórica sobre la cual tendré que profundizar, más adelante.

En otro punto, en la sección "Valparaíso. Tocata y fuga", Calderón comienza precisamente aludiendo al terremoto de 1906 como uno de los mayores hitos en la memoria del porteño, muy a su pesar. Se señala que doña Juana Ross había mandado a construir un edificio asísmico a un costado de la Plaza Victoria, el mismo que cayó ante la fuerza implacable del terremoto. Calderón además recuerda un libro que mostraba escenas desastrosas en el sector de la actual Avenida Argentina. Algunos sujetos que fueron pillados robando y saqueando fueron fusilados. El autor podía ver sus rostros de horror retratados en esas páginas.

Otra cosa que lo impactó profundamente fue el derrumbe de los cerros en donde se encontraba el cementerio. En el plan se alcanzaban a ver los ataúdes y las lápidas amontonadas, y no se trataba solo de muertos anónimos, también estaban allí los nichos de los antiguos fundadores de la ciudad. En una cita a d'Halmar, se hablaba de una verdadera "cólera celeste" que había castigado al puerto. El plan se vestía de muerte y la tierra cobraba su porción de tragedia humana. Puede que, sin siquiera darme cuenta, haya estado leyendo atentamente estos pasajes repletos de caos telúrico, en el preciso instante en que ocurría otro sismo. Hay movimientos imperceptibles, así como secretos todavía incomprensibles para el peatón errabundo. Seguí caminando por las aceras de Pedro Montt e Independencia, a paso firme, con el libro en mano, como si el registro de sus palabras pudiera contener el poder abrasivo de la naturaleza, seguido, muy de cerca, por el de la historia.
Si busco perfeccionar mi pluma al momento de escribir crónicas sobre Valparaíso desde Valparaíso (siempre a la sombra y de forma errante), es necesario releer a los maestros en la materia. El libro "Memorial de Valparaíso" de Alfonso Calderón y Marilis Schlotfeldt estaba a quince en la Feria de Plaza O Higgins. Había uno de Sara Vial, "Valparaíso, el violín de la memoria", que también me lo quería llevar, pero su precio excedía mi presupuesto.
Eugenio Trias: "en esta vida hay que morir varias veces para después renacer. Y las crisis, aunque atemorizan, nos sirven para cancelar una época e inaugurar otra".

viernes, 14 de agosto de 2026

En cuanto a escribir desde las vísceras, me inclino por la línea de Uribe: la del odio lúcido, la de la repulsa a la pertenencia hipócrita, la del rechazo a los protocolos sectarios.

jueves, 13 de agosto de 2026

De mis tiempos de cronista conocido en la escena porteña, solo resta un libro descatalogado y un recuerdo tumultuoso.

martes, 11 de agosto de 2026

Lo estudiamos mucho en el ILCL, PUCV: "Rama afirmaba que «La literatura es la respuesta que una sociedad da a los desafíos de su propia historia.» (...) Rama evitó el aislamiento de la torre de marfil; creía en el libro como un objeto social y en la literatura como una herramienta para la autonomía regional. Fue un puente entre las academias de Estados Unidos y las realidades de los Andes, el Caribe y el Cono Sur. Hoy, al conmemorar su centenario, la figura de Ángel Rama se desprende de las etiquetas temporales para consolidarse como un referente de rigor. Su herencia no es una ideología cerrada, sino un método de lectura: la convicción de que para entender lo que somos, primero debemos comprender cómo nos hemos narrado”.