Aventurarse en el pensamiento, en cuanto viaje, oficio, regocijo, atentado, de alguna u otra forma categórica e inevitablemente entra en analogía y remite sin lugar a dudas al acto mismo de vivir. Apela a la facultad universal y gratuita del acto de pensar en su dimensión más democrática. A nadie le está vetado el ejercicio del pensamiento. El gran dilema que se vive en la actualidad dice relación, sin embargo, con una falencia en el ámbito intelectual del ser humano. Se sabe pensar, pero no se piensa. Y si se piensa, no se sabe qué, cómo, dónde, cuándo ni por qué pensar. A eso apunta desde ese paradigma la razón de ser de un taller como el establecido por el curso: la idea del pensar como una actividad, si bien innata, susceptible a ser desarrollada mediante su ejercitación, su práctica. La profesora, durante la clase a que asistí, apuntaba precisamente a algo que yo llamo “alfabetización del pensamiento”, en el sentido de que la facultad de pensar, si bien es inherente al ser humano, desde una perspectiva cartesiana, algo chomskyana, requiere de un oficio, de una disciplina, de un trabajo constante para su desarrollo y su desenvolvimiento. Esto lo relaciono con el fenómeno académico: el grado de formalidad y rigor teórico promovidos por los discursos de la academia representan, por así decirlo, un estadio hacia el cual apuntan actualmente la mayoría de los intelectuales y estudiosos relacionados con alguna institución del saber.
Ahora bien, la profesora –desde este punto- nos interpeló como curso sobre el ensayo de Pensar y Escribir escrito por Javier Marías. Aquí entraron en juego interesantes perspectivas postuladas por algunos compañeros. Rescato dos. La primera se refería a la relación filosófica de la Verdad y cómo nos situamos –como pensadores- ante ella. El compañero dijo a grandes rasgos que hay personas que obrando como intelectuales no precisamente buscan la Verdad en cuanto categoría absoluta. La segunda fue manifestada por una compañera. Decía algo sobre el rol de la ciencia en la concepción moderna del mundo y de las cosas. Ante todo la ciencia se ha establecido como saber y conocimiento “exacto” del mundo. En esa instancia previa, saco a colación la obra de Bunge “La ciencia, su filosofía y su método”, precisamente relacionada con el conocimiento científico, sus fines y características. A raíz de ello, la profesora desarrolla el tema del conocimiento científico en complemento con la obra de Marías sobre pensar y escribir. Se llega a señalar que a pesar de que el conocimiento científico se constituya como formal, exacto y universal, (ejemplifica con el lenguaje de la biología o las matemáticas, ayudada por una compañera) supone un error “extrapolar” ciertas verdades para todos los fenómenos, puesto que no se cumplen para todos los casos existentes. A partir de ahí, intervengo y señalo dos referencias a las palabras de compañeros. Una de la primera perspectiva sobre la Verdad. Agrego que en tiempos clásicos, estaban los sofistas que usaban el saber para ganar dinero, y los filósofos de la escuela de Sócrates y Platón que buscaban esa anhelada Verdad, el logos griego. Luego, me refiero al saber y la gente que tiene acceso al conocimiento. Señalo esto de acuerdo a Foucault y Marx, por el tema del poder (saber como poder) y la lucha social por el saber.
El resto de la clase la profesora continuó con sus planteamientos sobre el pensar, pero ahora en referencia a Marías sobre el pensar y el escribir. He aquí que ella hace hincapié en el programa del curso, que versa fundamentalmente sobre los modos de conocimiento académico y su realización mediante la escritura formal, como la creación de trabajos investigativos, tesis, informes, artículos, textos por el estilo. Es interesante cómo estas miradas se entrecruzan con referencias literarias y poéticas, de acuerdo a mi área de estudio. Así por ejemplo, Enrique Lihn hablaba del oficio de la escritura, la meta poesía, la reflexión sobre el lenguaje, lo cual es posible conectar con la producción textual en cuanto estudio y trabajo. Es necesario entonces reconsiderar el rol de la escritura en su dimensión productiva, no sólo como generación de textos y grafías, sino que como oficio que “da forma” al pensamiento, aunque en el caso de Lihn, al tratarse de lenguaje poético, la reflexión lingüística apunta hacia un escepticismo sobre la trascendencia del lenguaje y la escritura: no tanto –como señala en su poema Porque escribí- porque escribí estoy vivo, sino que escribir como un acto que precipita la muerte. Luego viene la referencia explícita a la relación lectura-escritura, que pasa de ser considerada como una pareja dispareja, a ser reevaluada como ejercicios complementarios, casi como formando un ying-yang. A decir de Borges, su orgullo venía más por los libros que ha leído como por los que había escrito. Escribir también es leer (se escribe sobre algo, y sobre ese algo se realiza una lectura). Leer es escribir (se escribe un texto mental sobre lo leído). La profesora habló además sobre el problema paradigmático a nivel país, respecto a los bajísimos índices de lectura y escritura en la población, sobre lo cual concordamos que tuvo como causa el auge desmedido de la cultura visual e inmediatista impulsada por la TV, gran cáncer que ataca venereamente el desarrollo del pensamiento y la dimensión verbal del ser humano.
Dichas reflexiones me llevan a establecer conexiones diversas y heterogéneas entre los conceptos de lenguaje, pensamiento, escritura y lectura. Pero con respecto a la clase, más que nada apuntamos a los lineamientos establecidos por el curso, sobre el oficio de la escritura y la necesidad de formar e instruir verbalmente nuestros pensamientos. Sin embargo, en este punto fundamental presento ciertas críticas. El saber académico no debiese ser uno, sino que múltiple. Un rigor en la textualidad no implica por ende un academicismo, sino que a lo sumo una intelectualización, lo cual tampoco es necesario. No se considera el rol de la creación poético-literaria en este juego, la cual, aunque implica también un trabajo, apunta también hacia una constante innovación y creatividad, que la mayoría de las veces se ve coartada por la “extrapolación” del discurso academicista. Ahora bien, esto puede ser resuelto con un comentario de la profesora, que señalaba que la forma de pensar y de escribir dependía de ciertos contextos, discursos o disciplinas particulares, relativizando así la hegemonía de una sola visión.
Una segunda crítica va en dirección hacia los agentes del pensamiento. A pesar de que el pensamiento es universal (chomskyanamente hablando, así como el lenguaje es una facultad universal) evidentemente no todos tienen acceso a las formas del pensar más sofisticadas, incluso no todos leen y escriben en el mismo nivel. Aún en pleno siglo XXI, era en que se sitúa la Sociedad del Conocimiento y la Información, puedo asegurar que el saber y el pensar constituyen privilegios. Existe una democratización en la enseñanza y aprendizaje verbal, en la alfabetización, pero no todos piensan ni se erigen como las luminarias. Saber es poder. En este punto es posible leer los temas aquí abordados desde una perspectiva social, ética e histórica. La interrogante que me asalta aquí es ¿En qué medida el pensar y el escribir se constituyen como universales, como derechos fundamentales inalienables que debiesen democratizarse de forma categórica? Quizá de eso se trata. Pero poseo un dilema ético en este punto. Será posible apelar a una selección natural darwiniana, en la cual el desarrollo del intelecto apunte hacia el aumento del poder y el privilegio, o a una visión democrática en la cual todos sin excepción tienen el mismo derecho a los mismos niveles de pensamiento solo por ser humanos. O en realidad se trata de una paradoja, a modo de Sócrates: entre más se sabe, menos se sabe (¿entre más poder, menos poder?). De ser así, el conocimiento solo sería útil para fines maquiavélicos y no por una causa común universal. A estas alturas, me inclino por aquella primera posibilidad, puesto que es evidente que no todos tienen las mismas capacidades, lo cual no da pie para ir en contra de los menos capaces. Solo un imperativo moral hace que me incline por la segunda en desmedro de la primera, puesto que desde una concepción idealista, quijostesca, puedo confiar en que todos los seres humanos, solo por el hecho de serlo, tienen el mismo derecho al conocimiento y el intelecto, llegando ese ideal incluso a constituirse como una fe. Pero como decía Nietzsche: fe significa no querer saber la verdad. En la práctica, la filosofía o el amor por saber es tarea de excéntricos. No hay felicidad ni plenitud en el saber. Solo peligro y aventura, destinada a la fatalidad de su propia imperfección, su absurdo. No quisiera apelar al mito bíblico –conocimiento es igual a muerte-. Pero la búsqueda de la Verdad excluye sistemáticamente la posibilidad de ser feliz. Entonces, desde una visión pedagógica, apelo porfiadamente a la democratización del saber y el pensamiento. Porque pensar –así como escribir, así como respirar- son, al fin y al cabo, tentativas para desafiar a la gravedad, para desafiar a la muerte.