“¿Qué es lo real? ¿Quién me asegura que lo que estamos viviendo, en este momento, es concreto, material?”, sostuvo Sergio Fritz durante la presentación de su libro "El umbral de la Matriz. Relatos porteños de horror cósmico”, en el primer encuentro de “Valp-horror" en el Barrio Puerto, organizado por el Colectivo Chivato. De inmediato, asocié sus palabras a la condición liminal de la ciudad que vela y sigue velando mis pasos errantes. Encontré una respuesta en esa inquietud. Y tocó la ocasión de que Fritz justo se refirió a la placa de la Cueva del Chivato a un costado del “ex Mercurio” quemado y abandonado desde la asonada de octubre. Elegí el incendio del edificio de El Mercurio como el tema para mi proyecto de narrativa de no ficción, tal vez movido por cuestiones que aún no logró dimensionar del todo, y que tienen ese carácter ominoso irreductible al mero razonamiento o al sentido común. Había en esos espacios, como señalaba el “Señor de los Hielos”, un poder atávico, un mito, una zona inefable “donde se entrecruza la ficción con lo que llamamos real”.
¿Cuánto de real y cuánto de ficción hay en la historia sobre ese sector que separaba el puerto del viejo Almendral de Valpo? ¿Cuánto de real y cuánto de ficción había en esa cueva y en el chivato que la habitaba? ¿Qué de relación hay entre esa leyenda porteña y la propia historia del edificio del Mercurio de Valparaíso? Son preguntas que me van surgiendo, a medida que medito sobre el lado oculto de la ciudad, mi ciudad, la única que me sé de memoria. Mientras tanto, seguía escuchando a Fritz y me acordé de su frase enunciada en el contexto del Encuentro de Artes Oscuras: “el puerto es una puerta”. En efecto, Valparaíso tiene esa cualidad liminal, ese umbral, ese portal originario del sector donde se construyó la Iglesia de La Matriz, la más antigua, y desde la cual germinó toda la ciudad como si se tratase de un organismo crepitante, repleto de formas inciertas.
Fritz citó a Thomas Ligotti para hablar de la realidad ortodoxa y la realidad heterodoxa. Esta última, oculta al racionalista, sería aquel plano pesadillesco y de extrañamiento que conspira detrás de lo cotidiano. En Valparaíso, convivirían ambas realidades, pero con un constante arranque de lo heterodoxo que se resiste a su encasillamiento y desafía a todo aquel que pretende fijar una pura mirada, las más de las veces, aséptica y ajena al propio relato profundo de la ciudad, porque cómo era posible que justo afuera algunos pastabaseros de Plaza Echaurren se pusieran a robar, angustiados, en el mismo momento en que Lovecraft velaba nuestro imaginario en esa casona antigua, e incluso durante la misma noche en que se realizaba un festival de Jazz multitudinario en plena calle, a la altura de subida Cumming. El caos orgánico de la ciudad brotaba alegre, ebrio, drogado, en esas disquisiciones, y solo los porteños comprendían el código del umbral maldito sin sucumbir a su exuberancia.
Al rato, después de Fritz, se presentaría otro libro: Horror en Valparaíso, de Jorge Latrille. Me llamó la atención que la editorial le haya cambiado el nombre original a la obra, que se iba a llamar “Valparaíso, mi horror”, en alusión a la clásica película de Aldo Francia. Hubiera sido genial. De todas formas, el autor proyectó en la sala algunas preguntas que siguen resonando en mi conciencia. “¿Qué lugar de Valparaíso les daría miedo recorrer solos a las tres de la mañana?”. Las respuestas fueron todas muy distintas, porque en la ciudad el miedo se disemina de manera orgánica, sin una jerarquía clara. Algunos señalaron el Barrio Puerto. Otros, la Echaurren. Hubo uno que se refirió a Montedónico o a otros sectores altos de los cerros de Valpo. El propio autor se refirió a lugares como los viejos ascensores, la claustrofobia que encarnaban; las inmensas escaleras que dan a lugares sin salida aparente; las casonas del siglo antepasado que aún se mantienen pese a los continuos desastres y sobre las cuales “penan” ciertas energías densas; las poblaciones numerosas en la zona más alta de los cerros, muchas de ellas con códigos indescifrables incluso para el transeúnte del plan; los recorridos de muchos buses, entre ellos, la mítica “O”, cuyas maniobras eran el terror de cualquier pasajero extranjero o cualquier conductor aficionado. Suma y sigue. Y podría agregar además a ciertos personajes que pululan el sector de Bellavista de noche y que, de un momento a otro, presos de un impulso tanático, de un arranque emocional, se abalanzan contra otros, sus ex parejas o adversarios, a traición. Puro Valp-horror. Lo heterodoxo expresado en un despliegue de violencia emocional. Absurdo conflicto, gritos y sangre dibujando el relieve nocturno del asfalto.
En el miedo, en ese miedo recóndito del puerto, también había un itinerario, una ruta de misterio que tocaba descifrar y recorrer en forma temeraria, con tal de conocer los secretos de esta gran “Tierra Quemada” sin otra fundación que la orfandad. Lo supe varias veces. Había que ser atravesado por el miedo en el puerto para propiciar el sacrificio y reencarnar una nueva visión. Por cierto, Valpo debe ser una de las pocas ciudades en el mundo en la que los Cementerios se construyeron en una parte elevada, a medio camino del Cerro Panteón. Metafóricamente, en Valparaíso los muertos ascienden y son enterrados mirando al cielo. Me extrañó, eso sí, que nadie en la sala haya recordado el famoso sector de la “Calahuala” o “Puertas Negras”, sectores repetidos, en su tiempo, por mi bisuabuela, como sumamente peligrosos. Puede que tengan su cosa heterodoxa, esa cuestión oscura exacerbada por el relato legendario que se ha hecho de ellos. Volveré sobre esos sitios, alguna vez, como quien vuelve a recuperar la sombra de su audacia, porque, se preguntaba Ligotti: “¿Quién no ha detectado la cualidad espectral de las cosas, incluyéndonos a nosotros mismos?”. Valparaíso es eso: una ciudad espectral, y nosotros, los porteños, nos reconocemos en ella.
