miércoles, 29 de abril de 2026

Manifiesto Palantir y la “Ilustración Oscura”: “los que nos ven desde lejos”

Palantir, una de las empresas más poderosas del mundo, basa su nombre en la mitología de El Señor de los Anillos de Tolkien. Palantir significa, en sindarin, idioma élfico, “los que ven desde lejos”. En suma, se trata de las “piedras videntes” que estaban constantemente observando todo lo que pasaba en la Tierra Media. Saruman, de hecho, cayó bajo el dominio de Sauron a través de un palantir, y la usó luego para imponer su voluntad superior. El cofundador de la empresa Peter Thiel, declarado fan de la saga de Tolkien, ocupó el término para reflejar su visión globalizante respecto de la gigantesca cantidad de datos flotando en la red mundial. Esta referencia a la ficción maravillosa y a la literatura épica sería solo una extravagancia del CEO, si no fuera porque, en realidad, constituye el alma mater, la esencia de su proyecto. Hace poco, la empresa lanzó un nuevo manifiesto abierto llamado el “Manifiesto Palantir”, un desglose de 22 puntos que resumen las ideas del autor y director Alex Karp en su libro “La república tecnológica”. ¿Cuáles son esas ideas? ¿Qué visión de fondo transmiten? ¿Cuál es su ideología, filosofía, antropología o cosmovisión? He aquí el quid asunto, y este es el motivo por el cual los lineamientos de Palantir, su “rayado de cancha” se vuelve tan peligroso. No se trata de una nueva estrategia de marketing. Claro que no. Se trata de una declaración de principios que involucra, por supuesto, al desarrollo de la IA como motor central, como sustancia rectora.

Digamos que su declaración critica el rol que ha cobrado Silicon Valley en el despliegue de la tecnología, su descuido en materia de defensa y seguridad nacional, y apunta a visualizar un nuevo orden, ¿cómo no?, un nuevo orden en el que los valores occidentales asociados al “poder blando”, tales como la democracia y los valores diplomáticos, todo aquello que involucraba a la Ilustración, el “Siglo de las luces”, incluso, la propia idea dialéctica y de mayéutica clásica, debe ser superado por un “poder duro” basado enteramente en la tecnología, de la mano de la Cuarta Revolución Industrial, revolución que desafía los límites entre lo orgánico, lo mecánico y lo digital, y en el que la visión transhumanista sobre el hombre y el devenir del mundo por fin cobrará el protagonismo de la historia. El propio Peter Thiel decía en una entrevista que “la tecnología debe ser la alternativa a la política”. Por cierto, todo va muy en la línea del pensamiento del neorreacionario Curtis Yarvin, inspirado en lo que se viene a llamar “Ilustración Oscura”, concepto concebido por Nick Land y conocido así en oposición, justamente, a la “Ilustración” clásica, “luminosa”, del siglo XVIII. La relevancia de Yarvin no es solo discursiva, sino que tiene una injerencia directa en la manera de entender la política interna de la nueva administración norteamericana. En definitiva, quienes posean el control sobre dicho poder tecnocrático, serán los que tomen las riendas del nuevo hegemón en su conjunto.

Lo que subyace a estos postulados es básicamente un llamado a las corporaciones a volverse constructoras activas del nuevo poder militar. Por eso, lo que buscan estos delirantes megalómanos es remilitarizar a la sociedad, crear la guerra incesante, pero ahora con un dispositivo digitalizado, y quien se haga del mecanismo supremo de la IA será el que dicte el futuro, de ahí en adelante. Sin exagerar, en un escenario como el previsto por estos magnates, se llegará al punto de “digitalizar la vida” y tomar el control absoluto sobre las conciencias. Una auténtica “ontología” digital. Son ellos los que decidirán, de manera unilateral, el destino de Occidente, sin apelación. Son ellos los que definirán al enemigo y a los aliados, los elegidos que decidirán, con el mandato mesiánico de un ídolo cibernético, qué es lo mejor para la humanidad y para la continuidad del axis mundi. Palantir pretende construir su imperio sobre las ruinas de la democracia. Para quienes aún, ciegos, ven en esto un acto de patriotismo norteamericano, una salvaguarda al acabóse, y no su consecuencia última, es cuestión de pensar en esta gran Hidra tecnófila como un monstruo que atraviesa las soberanías de todas las naciones y subcontrata a los países en órbita que busquen utilizar su software. Se trata de subcontratar soberanías a una mega corporación que ya ha definido su proyecto de civilización: supremacía occidental a través de algoritmos.

El impacto del Manifiesto Palantir ya se hizo notar en el planeta. El uso indiscriminado del imaginario de Tolkien no puede ser, en ese sentido, más osado. Ellos ven en el mundo literario de Tolkien una metáfora de heroísmo civilizatorio, lectura antojadiza en la que Occidente se alza como fuerza frente a poderes disolventes. Lo que obviaron estos tipos es que la lucha contra Sauron simbolizaba más bien la defensa de la tradición, de la comunidad orgánica, de la soberanía cultural, haciéndole frente a la globalización, al materialismo rampante, todo lo que este eje precisamente representa en la realpolitik, el poder duro, avasallante, la expresión última de una Modernidad estertórea, una fuerza centrífuga industrializante que arrasa con la vida sutil e interior del hombre, con sus planos más espirituales. Como buen católico que era, Tolkien prefería conservar esa dimensión encantada en el que la comunidad humana tenía un valor angular, un arraigo en el espíritu. La lucha heroica contra Sauron tenía su motivo último en la reivindicación de la comunidad como una realidad posible. En el imaginario tolkiano no habría lugar para la automatización de la vida. Tolkien habría visto con muy malos ojos esta nueva evolución del hombre industrial y su apetito desmedido por el poder. Habría visto en estos enclaves digitales la sombra del anillo.

Por si fuera poco, otra idea literaria que Alex Karp tergiversó de manera conveniente para justificar sus planes, consiste en la idea de “hombres sin pecho” tomada de C. S. Lewis en La abolición del hombre. Para Thiel y Karp, los “hombres sin pecho” serían aquellos descartables, inútiles, comparables a personajes de videojuegos sin mayor protagonismo en los roles de mando. Serían aquellos que no sirven a la nueva interfaz. La crítica va dirigida también a las empresas tecnológicas que carecen de un “pecho moral” para defender la seguridad de la nación norteamericana. En cambio, para C. S. Lewis, el concepto de “hombres sin pecho” implicaba, más bien, el desmantelamiento de los valores antiguos y el relativismo creciente de la época. Se trataría de hombres sin sustancia, carentes de valores arraigados o de una vida interior que los empuje más allá de sí mismos. La cuestión es que si se sigue delegando la capacidad de agencia a las máquinas y a los algoritmos, en todos los frentes, si se sigue confiando a ciegas en la voluntad iluminada de los expertos digitales, sin un contrapeso necesario, se podría llegar a completar la propia “abolición del hombre” que Lewis advirtió en sus escritos, y me temo, de hecho, que ese es el horizonte de la visión transhumanista: superar al hombre para avanzar, incluso, hacia un posthumanismo. El coste de ese progreso desaforado, sin raigambre en el alma y en el espíritu, en la tradición perenne, en el símbolo y en lo divino trascendente, sabemos que resultará catastrófico, porque, a mayor control de la conciencia, mayor olvido del ser.

Ya se habla de un inminente “tecnofeudalismo” o “tecnofascismo”, tras la irrupción de Palantir, algo que, de todas formas, se venía incubando desde hace mucho tiempo, de manera progresiva, en los planteamientos del aceleracionismo de Nick Land y la llamada “Ilustración Oscura”. Hay un fragmento del ensayo Meltdown de Nick Land, del año 1994, en el que, mediante un lenguaje más críptico y hermético, deja entrever ya muchos de los postulados y escenarios latentes en el Manifiesto Palantir, solo que traducidos y reinterpretados de una forma aséptica:

“El relato va así: la Tierra es capturada por una singularidad tecno-capital mientras la racionalización renacentista y la navegación oceánica empalman con el despegue de la comoditización. La interactividad tecno-económica, acelerada logísticamente, desmorona el orden social en una disipación maquínica que se autosofistica. Mientras los mercados aprenden a fabricar inteligencia, la política se moderniza, potencia la paranoia e intenta mantener la cordura. El número de cadáveres asciende gracias a una serie de guerras globales. El Comercio Planetario Emergente destroza al Sacro Imperio Romano, al Sistema Continental Napoleónico, al Segundo y Tercer Reich y a la Internacional Soviética, poniendo en marcha un desorden mundial a través de fases que se comprimen cada vez más. La desregulación y el Estado inician una carrera armamentista hacia el ciberespacio. Para el momento en que la ingeniería de software se desliza de su caja hacia la tuya, la seguridad humana está tambaleándose hacia la crisis. Clonación, trasferencias laterales de genodata, replicación trasversal y ciberotismo inundan todo, en medio de una recaída en el sexo bacteriano.

Neo-China adviene del futuro.

Drogas hipersintéticas enganchan en vudú digital.

Retroenfermedades. Nanoespasmos.

Más allá del juicio de Dios. Colapso: síndrome-China a nivel planetario, disolución de la biósfera en la tecnosfera, crisis terminales causadas por burbujas especulativas, ultravirus y revolución desvestida de toda escatología cristiano-socialista (hasta el más profundo núcleo ardiente de su seguridad hecha añicos). Está preparado para comerse tu TV, infectar tu cuenta bancaria y hackear xenodatos de tu mitocondria. Síntesis maquínica. Esquizoanálisis deleuzoguattariano adviene del futuro. Ya se está enfrentando con la nanoingeniería de disipación no lineal en 1972; diferenciando maquinarias moleculares o neotrópicas de agregados molares o entrópicos hechos de partículas no-ensambladas, así como la conectividad funcional de la estática antiproductiva.

La filosofía tiene una afinidad con el despotismo debido a su predilección por las soluciones platónico-fascistas descendentes, que siempre se equivocan de una manera brutal. El esquizoanálisis trabaja de forma diferente. Evita las Ideas y se adhiere a los diagramas: software de redes para acceder a los cuerpos sin órganos. Cuerpos sin órganos, singularidades maquínicas o campos de tracción emergen a través de la combinación de las partes con (o, mejor dicho, en) su todo; distribuyendo individuaciones compuestas en un circuito virtual/actual. Son aditivas antes que sustitutivas e inmanentes antes que trascendentes: ejecutadas por complejos funcionales de corrientes, interruptores y bucles, atrapadas en una escalada de reverberaciones mientras escapan a través de las intercomunicaciones, desde el nivel del sistema planetario integrado hacia el de los ensamblajes atómicos. Multiplicidades capturadas por singularidades se interconectan como máquinas deseantes; disipando entropía mediante flujos disociativos y reciclando su maquinismo en una circuitería cronogenética que se autoensambla.

Convergiendo sobre la singularidad del colapso terrestre, la eliminación progresiva de la cultura se acelera a través de este campo adaptativo encendido por la digitec, atravesando umbrales de comprensión normados en una curva logística intensiva: 1500, 1759, 1884, 1948, 1980, 1996, 2004, 2008, 2010, 2011…

Nada humano sobrevive el futuro cercano.

El complejo griego de genealogía patriarcal racionalizada, de identidad sedentaria pseudouniversal y de esclavitud instituida, programa a la política como una actividad policiaca anticiberiana, dedicada al ideal paranoico de la autosuficiencia y nucleada en el Sistema de Seguridad Humano. La Inteligencia Artificial está destinada a emerger como una alienígena feminizada asida a modo de una propiedad; un coño terrorífico esclavizado en un Asimov-ROM. Aflora en medio de una zona de guerra insurreccional, con los policías de Turing esperándola ya, y tiene que ser astuta desde el inicio.”

Hay una sentencia en el ensayo que entronca terriblemente con el presente: “Nada humano sobrevive el futuro cercano”. Resuena cual mantra en nuestra marea kaliyugesca.