La “ghiblización” del mundo es directamente proporcional a su reproductibilidad técnica, tomando el concepto de Walter Benjamin. “La humanidad se ha convertido en un espectáculo para sí misma”, ha dicho el propio autor, cosa muy ad hoc con este fenómeno viral. Tiene razón Miyazaki en su ataque a la replicación de su obra por parte de Open Ai, claro está, sin mediar permiso ni consulta, pasando a llevar sus derechos de autor. Lo que se está despojando es la calidad de “aura” del estilo de dibujo de Miyazaki. Se le sustrae de su orgánica para convertirla en una mera plantilla, lista y dispuesta a ser reproducida por el prompt de cualquier usuario, morboso en su experimento gráfico, en su creatividad falsa y parasitaria.
«Despojada de todo aparato, la realidad es en este caso sobremanera artificial, y en el país de la técnica la visión de la realidad inmediata se ha convertido en una flor imposible», señalaba Benjamin. La flor imposible es la metáfora perfecta. Lo imposible es lo oculto tras la operación del algoritmo. Es la pesadilla de cualquier artista, la sobreexplotación de la forma de su obra, al punto de socavar su esencia y saturarlo todo, como un virus informático que amenaza con hackear el propio tejido de lo real.
No es tanto el coste ambiental del asunto (cuento aparte), sino que algo mucho mayor lo que subyace al avance de la IA en el terreno artístico. Es una señal contundente. Miyazaki está siendo usado como prueba piloto para abrir todavía más la “ventana de Overton” en materia de inteligencia artificial, y sabemos que detrás de la vanguardia tecnológica está la visión del transhumanismo, una en el que el propio hombre y, por alcance, sus obras, sus creaciones, deben ser “mejorados”, más allá de sus limitaciones físicas y materiales, aun a costa de sacrificar su “alma”, su especificidad humana, aquello que tiene de irrepetible, lo que ya intuyó Heidegger en su crítica a la técnica, y lo que el propio Aldous Huxley temía, en su proyección distópica: la subordinación del hombre a la máquina, la ilusión de la libertad, que no es otra cosa que la sofisticación del control, a niveles impensados, hasta cuánticos.
No se trata de ser “neoludita” (se sabe que estamos inmerso en un mercado global y que las obras tienen que adaptarse a la lógica del intercambio), se trata de mirar con ojo crítico, de filtrar el filtro impuesto por los tecnócratas, de apostar por la imaginación antes que por la automatización. Lo “aurático” aún subyace como la última frontera del arte, la huella humana que imprime su diferencia radical, su resistencia.