Tras la caravana que llevaba al Sabino por calle Condell, se juntaron varias personas para despedirlo, sus conocidos y más fervientes seguidores, amistades de toda la vida. No solo despedían su figura, sino que una forma de habitar la ciudad, ese paso ligero, abnegado y liviano de sangre, carente de la lógica del interés, con generosidad auténtica. Y lo terrible es que ninguno de nosotros está libre de caer por descuido ante la violencia del primer energúmeno que se te cruce en el camino. Conviene tener ojo. Lo que le fue arrebatado con su cruel partida, las esquinas y vericuetos del puerto ya lo resienten. Un vacío que sucede al luto, al recogimiento por el abandono. Luego, la ciudad lo recordará y buscará justicia, pero seguirá andando, a pesar suyo, como tantos otros. Valparaíso está lleno de esos pesares, de esas búsquedas injustas y de esos olvidos que se recuerdan cada tanto. Pareciera ser la tónica de sus días. De esa forma, se cumple el ciclo y otro rostro más quedará impreso en el código de la pérdida, código que ya hemos internalizado lo suficiente por estos rincones.