En la sala de profesores hay un estante lleno de libros, una especie de biblioteca. Allí encontré un libro grande del tamaño de una guía telefónica o de aquella edición Anagrama de 2666 de Bolaño. Se trataba de Una vida crítica (2013) de Héctor Soto, un abogado de profesión, oriundo del puerto, que se volvió periodista por oficio. Fue crítico de cine en su ciudad natal, publicando reseñas en los diarios La Unión y El Mercurio. Soto además fue director de Primer Plano, revista de cine de la Universidad Católica de Valparaíso creada a comienzos de los setenta, en pleno proceso de transformaciones sociopolíticas en el país. Su libro Una vida crítica contiene justamente aquellos textos que cristalizan más de cuarenta años de “cinefilia”. Cuando lo revisé y leí algunos de sus comentarios sobre películas clásicas y modernas, a lo largo de más de setecientas páginas, recordé el libro que tengo reposando en el tintero, un libro larguísimo que también versa sobre mi obsesión con el cine, pero que, aparte de críticas, incluye crónicas sobre distintas experiencias, visionados y reflexiones. Tiene por nombre “Celuloide Celulosa”, en referencia a las materias primas del cine y la literatura, respectivamente, un nombre que se nos ocurrió a mí y a un amigo de la u, con el que compartimos la pasión por el séptimo arte. De hecho, hasta hicimos un cortometraje con ese mismo nombre, el que fue financiado con fondos Confía y fue estrenado en la cineteca de Sausalito, en un evento de lo más bizarro. Hay acá tres cuestiones que me emparentan con Héctor Soto, pese a no haberlo leído antes, en mis tiempos de experimentación cinematográfica universitaria: la voluntad de la crítica cinéfila, el propio ejercicio de la escritura y la cualidad de porteño nacido y criado. A Soto le costaba pensar en la crítica como literatura, y decía que el poder era “un plato que siempre ha mirado desde lejos y, que como los chunchules, no le apetecía”. Habrá que leer al caballero. En su libro tiene la costumbre de fechar cada crítica con detalle en el año y el día, cuestión que tomaré prestado para mi propia obra sobre cine. Decía Soto que “el cine tiene un pacto genético con la realidad”. Y yo comienzo mi libro Celuloide Celulosa citando a Enrique Lihn, quien decía que “la realidad es la única película que nos quita el sueño".