Pillé el libro "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar" de Luis Sepúlveda, en la feria de Plaza O Higgins y lo compré de inmediato. Recordé haberlo leído hace casi tres décadas, cuando era escolar e iba al mismo colegio frente a la plaza. Año 96. Cada tanto se me aparecía en librerías y entre vendedores de la calle. Volví sobre aquella portada icónica de Miles Hyman, y sobre las enseñanzas del gato Zorbas a la gaviota Afortunada, entonces me propuse volver a leer la novela. ¿El gato se llamaba así por Zorba, el griego? ¿El puerto de Hamburgo no tendría algo de Valpo? La novela estaba pensada para jóvenes de 8 a 88 años. En el momento en que la leí por primera vez tenía ocho. ¿Volverá a mí de nuevo, cuando llegue a esa edad, si es que llego? Puede que este libro se trate de mis primeras aproximaciones serias a la lectura y a la literatura. "Solo vuela, el que se atreve a hacerlo", repetía el gato Zorbas, en esta fábula, pero hay quienes remontan el vuelo tarde y vuelven a tierra, olvidando algo. Hay también quienes nunca vuelven. No hay un único cielo.