El lunes se supo de un hombre llamado Rodrigo Huenchún, quien fue declarado muerto falsamente en pleno periodo de pandemia. Huenchún ingresó al Hospital Carlos Van Buren en Valpo, afectado por una enfermedad. Luego, se comunicó su sensible fallecimiento a toda la familia. Pero no contaban con que, en realidad, Huenchún seguía vivo. Es más, no habría asistido a urgencia en ningún momento. A causa de ese error, sepultaron a otra persona con su mismo nombre en el Cementerio 3 de Playa Ancha. La tumba y la lápida con los datos de Huenchún continúan allí. Para no creerlo.
Por si esto fuera poco, lo más terrible para el hombre "no muerto" ha sido el asunto legal. Producto de aquella declaración de muerte, no ha podido encontrar trabajo, le ha costado realizar trámites, postular a subsidios y prestaciones, porque, según toda la base de datos, él, en efecto, ya "expiró", por ende, ya no existe para el sistema. Automáticamente, perdió todos sus derechos como persona viva, por la sencilla razón de haberse declarado legalmente su muerte. Nuestro hombre no muerto ha confesado que, pese a sentirse más vivo que nunca, no ha podido hacer nada que involucre una relación directa con el aparato estatal, porque este aún reconocía su falso deceso como legítimo.
Hace un par de años, con tal de revertir esta situación, Huenchún llevó su caso a la justicia. Un tribunal decretó la nulidad del certificado de defunción. Aun así, los problemas siguieron. El hombre intentó sacar su Clave Única, pero la página del Registro Civil continuaba encontrándolo fallecido. “Cuando tú estás fallecido, pierdes la posibilidad de tener cualquier tipo de derecho, en todos los sentidos“, señaló la abogada de Huenchún. Una paradoja de proporciones.
Además, surgió otro embrollo. No se ha logrado identificar todavía la verdadera identidad de la persona enterrada en el lugar de nuestro buen hombre no muerto. Ni siquiera se sabe su sexo ni el paradero de su presunta familia. Hasta el día de hoy, nadie ha ido a reclamar el cuerpo enterrado ahí hace más de cinco años. Se trata, sin duda, de una cuestión grave que guarda resonancias con aquel cuento de Edgar Allan Poe, "El entierro prematuro", en donde se explora, de manera espeluznante, el fenómeno de la tafofobia o el miedo a ser enterrado vivo por descuido.
La interrogante recae, esta vez, sobre el muerto verdadero y la tergiversación de su identidad. “A pesar de que esta persona está aquí, no se sabe su nombre, pero aquí abajo hay alguien que vivió, que respiró, que comió en este país”, dijo Huenchún, muy preocupado por el destino del muerto con quien quisieron suplantarlo. Por su parte, la fiscalía continúa investigando la presunta identidad de la persona enterrada, y si es posible, se determinará quién o quiénes fueron los culpables de haberla confundido, resultando en tan calamitosa y macabra inhumación. ¿Cómo declararte vivo, cuando todo el sistema grita tu muerte y te niega la existencia? Nuestro hombre no muerto, Huenchún, mientras tanto, seguirá luchando por su derecho a existir y exigirá una indemnización por todos los años en el que se le declaró extinto, sin otra prueba que un documento burocrático, frío como lápida de puerto frente a la brisa nocturna del mar.