domingo, 21 de junio de 2026

El solsticio de invierno coincidió este año con el día del padre. Solstitium quiere decir, en latín, "Sol quieto". Subráyese la asociación y el símbolo.
Al nochero del condominio le pagan por resguardar el acceso a la residencia durante toda la madrugada, generalmente sin compañía, instalado en una caseta con amplia vista, pero abierta a la intemperie. Mientras todos en la cuadra duermen, él resiste el sueño y vigila. Cuando ya no pasa nadie, a veces le acechan sombras. Para espantar el cansancio, merodea el interior del condominio a paso lento, con una linterna de luz muy debilitada, apenas un destello en medio de la oscuridad de los alrededores. Le envuelve la helada y para eso se cubre con el chaquetón de la empresa. Confía en la tranquilidad del entorno y en sus pasos seguros. Se toma el tiempo de rondar todo el perímetro, iluminando los espacios vacíos y las zonas oscuras. El nochero está cansado, pero procura hacer su trabajo contra todo pronóstico. Le sirve para quitarse de encima el peso del sueño y el de su conciencia impacientada. De vuelta de la ronda, oye rumores de un zorro en las inmediaciones. No lo encuentra y apenas escucha el crujido de un columpio abandonado en la plaza de juegos, escarchada por el frío. Se devuelve y recorre todo el perímetro hasta llegar de regreso a la caseta. Guarda las llaves, las sagradas llaves del acceso principal, prende el calefactor, prepara un café a la vena para aguardar la pronta mañana, continúa vigilando, se mantiene atento a los vehículos que salen a rumbo desconocido y anota en la bitácora "sin novedades", como si se tratara de un registro personal, más allá del protocolo. Al nochero del condominio le pagan por resguardar la residencia y mantenerse vigilante, a la intemperie. Procura mantener los ojos abiertos, pese a la irritación. Se dice a sí mismo, la seguridad es lo primero, el sueño puede esperar. No sabe si lo volverán a llamar mañana. Nada le asegura quedarse. Por lo pronto, le queda tiempo antes de que amanezca. Continúa observando, demasiado paciente, el guardián callado, un domingo a primera hora. Lo sé, porque también estuve ahí.