martes, 17 de febrero de 2026

Una polilla entró rauda a la pieza, sin alcanzar a notarla. La observé durante varios segundos. Revoloteaba por la pieza en busca de alguna salida. Chocaba con las paredes y con el librero a un costado. Lo triste es que ella entró por la luz artificial, a un cuarto chico como el mío y huyó de la inmensidad de la noche. Intenté empujarla hacia la ventana, pero la polilla, desesperada, no entendía lo que estaba pasando, solo huía de mi presencia como si se tratase de un troll recién despierto. Ya agotada, la polilla caía varias veces, y yo la volvía a levantar, de puro susto, hasta que llegó a una esquina próxima al librero, donde cayó definitivamente, o eso es al menos lo que yo creí que pasó, porque la polilla no volvió a remontar su vuelo y desapareció entre el montón de cachivaches. No quise seguir insistiendo, así que la dejé ahí tranquila, viva o muerta. Apagué la luz de la pieza y encendí, en cambio, la luz del velador, una luz mucho más tenue, la luz de los que se van a quedar dormidos, pronto.

Similitud fecal (poema)

Del imaginario gragkiano



Hay un hedor que lo envuelve todo

Incluso el espacio más recóndito

Una materia informe que desafía cualquier patrón

Un golem sin voluntad propia

Una criatura orgánica

Carente de ánimo y rebosante de peste

Que, sin embargo, recorre todos los sistemas civilizatorios

Y esconde los más íntimos secretos de la tierra

En nuestra digestión, encuentra su ley milenaria

Su rito iniciático, su ruedo mercenario

Solo aparece cuando pugna por su escapatoria

Lo intentamos ocultar con artificios y discursos rimbombantes

Pero revela nuestra desnudez radical

Con desesperación, sentimos la urgencia

La frustración, la tensión de aquello

Que solo se expresa al ser expulsado

Suficientemente fuerte y repulsivo

Como para no mirarlo de frente

En la boca del excusado, porque esa cosa viscosa

Reclama su trono, capaz de transgredir los límites

Aberración evolutiva

milagro de la biología

o excreción de lo divino

síntesis de lo humano y lo bestial

esa cosa obliga al asco, pero no deja de presionarnos

conoce nuestras entrañas mejor que nosotros mismos

nos conoce mejor que cualquier entramado filosófico

es el espejo sucio en el que tememos reconocernos

nuestra más vergonzosa y dolorosa herencia

hay mucho de nosotros en la cosa

algo palpitante, horrendo y vital

tiramos de la cadena y de la llave cuando ya no queda de otra

observamos su descenso a los infiernos, su catábasis

como en un simulacro de nuestro destino

porque, muy en el fondo, sabemos lo que nos espera:

la asfixia, el torrente, la mugre y luego la oscuridad

una oscuridad escandalosa, y la materia se revuelve

y vuelve a caer, y con suerte llegará al océano

donde se mezclará con sus hermanas

nacidas de la misma víscera y de los mismos fluidos

para formar una gran obra, una gran mancha negra

producto de una infinita red de evacuaciones

corremos a evacuarla cuando conspira por dentro

en el momento menos oportuno

porque, como Dios, no da tregua

obliga al movimiento absurdo y vergonzoso de la vida

y ya germinada desde nuestro recto

como un tubérculo maldito

la despreciamos y la desterramos de la memoria

pero vuelve insistente, cual pesadilla eterna

y volverá hasta el fin de los días

cuando ya no queden ganas ni almas

en el terruño prohibido

porque su flujo resignifica el ciclo

porque el ciclo acarrea vicios y humillaciones

y la cosa, vástago y testigo del organismo humano

no cesará de ser creada a costa de nuestra naturaleza

y en eso consistirá el futuro, alcantarilla del tiempo

nos sobrevivirá la mierda, tubería del espíritu

nos sobrevivirá el excremento infinito de la historia

y lo absoluto habrá encontrado su lugar

allí donde todo es expulsado

en el soberano reino del desecho.