Artículo realizado para el ramo de Seminario de Graduación.
15 de abril del 2012
El tema del Otro a nivel universal habla del propio hombre y de su permanente conflicto con su identidad. Por ende, es posible situar el debate respecto al Otro en múltiples aristas que conciernen a los hombres, su experiencia en el mundo y sus interrelaciones, tanto entre ellos mismos como entre los seres que le acompañan. A juzgar por la experiencia histórica, es posible señalar que el hombre en general ha presentado serios conflictos con el Otro, o mejor dicho, con la alteridad. Es cosa de remontarse a los tiempos de discriminación racial, por ejemplo, en los Estados Unidos, hacia los “negros”. En la actualidad, las guerras religiosas en Medio Oriente son producto de este conflicto. La Segunda Guerra Mundial resulta también un ejemplo paradigmático de conflicto con la alteridad para nuestra historia contemporánea. Si nos remontamos al Imperio Romano, podemos evidenciar un caso ejemplar de dicho conflicto, en la categorización de los “bárbaros”, aquellos que se encontraban fuera de la polis, los extranjeros, y además aquellos que no hablaban la lengua de la “civilización”.
De este mismo modo, en la novela de Coetzee, la alteridad es relacionada con un constante ejercicio de alienación por el Otro, con la misma denominación de bárbaro para todo aquel que no forme parte de los dominios del Imperio. La figura del Magistrado como narrador protagonista y, en primera instancia, como representante del aparato de poder del Imperio, será quien durante el transcurso de la obra devele el encuentro con la alteridad y el estado de alienación presente en los sujetos imperiales, en un ejercicio de crítica y conmiseración. Respecto a la alteridad, es posible señalar que:
Tradicionalmente se ha definido alteridad como aquello que resiste ser reducido a lo mismo, a una identidad, como la que define una unidad, un sistema, una comunidad o una personalidad, si el otro fuera reducible a lo mismo dejaría de ser otro y sería idéntico a lo mismo; eso no quiere decir que la alteridad sea lo mismo que lo inasible, sino que toda alteridad conlleva algo de inasibilidad. (García Struck, 2008: 62)
Esta definición es posible extenderla a aquellos seres humanos “otros”, distintos a una determinada comunidad que los confronta. En este sentido, se puede aludir a las relaciones establecidas con esos otros, las cuales, como ya se ha señalado, dada su incomprensión, se configuran de manera conflictiva y violenta. Los sujetos y colectivos que rechazan a esos otros divergentes y diferentes, históricamente se organizan en focos de poder político, social y económico (llámese Estado, República o Civilización, según sea el caso específico) que legitiman mecanismos de represión de los otros, como la violencia, ya sea esta tortura física o psicológica, o la privación de la libertad, mecanismos que explican o también manifiestan el estado de alienación. Un pasaje de la novela retrata algunos aspectos de la tortura:
Es el momento más íntimo que hemos tenido hasta ahora, un momento que él ahuyenta con un ligero ademán.
—No, me está malinterpretando. Ahora hablo sólo de una situación determinada, de una situación en la que investigo para dar con la verdad, en la que tengo que presionar para encontrarla. Al principio sólo obtengo mentiras, así es, primero mentiras, entonces hay que presionar; después más mentiras, entonces hay que presionar más; luego el desmoronamiento, tras éste seguimos presionando, y por fin la verdad. Así es como se obtiene la verdad. (Coetzee, 2004: 5)
Vemos cómo estas prácticas de violencia son recurrentes para reprimir a los prisioneros, muchas de las veces sin una justificación clara, puesto que de forma decidida los agentes de poder (por ejemplo, el Coronel Jull) buscan a toda costa, en nombre del Imperio y de la “civilización” (y todo lo que ella implica) conspirar contra los llamados “bárbaros”, encarnación de los otros en la novela. En este punto es donde se comienza a relacionar la noción de alteridad con la alienación.
El concepto de alienación es complejo, por lo cual cabe precisarlo para entender sus implicancias. El término ha sido utilizado por una serie de importantes pensadores, desde Hegel con su visión dialéctica idealista, pasando por Marx con una perspectiva sobre la alienación como el estado del hombre que no maneja los medios de producción, hasta llegar a la disciplina psicológica y psiquiátrica, que entiende la alienación como una especie de disfunción del yo o anulación de la personalidad. A pesar de esta complejidad, todos concuerdan en la carga negativa del concepto. De acuerdo a Barreiro (1976):
En el uso del concepto de alineación que hemos de destacar pues, de manera especial, tiene dos rasgos: el tipo de relación inerte, deshumanizada, "reificadora" que el individuo tiene con sus semejantes y su ubicación como entidad impotente, estática, dentro de una estructura social que lo envuelve, que dirige toda su vida, sin que sienta deseo ni vislumbre la posibilidad de introducir en ella modificaciones radicales. (Barreiro, pág 3)
En la novela, los bárbaros son víctimas de esta clase de trato deshumanizante, siendo que en la práctica no representan ninguna amenaza real para el Imperio. Se trataría a todas luces de un caso generalizado de “paranoia narcisista”, enajenación por el poder, la cual es transmitida hacia el pueblo como aquellos otros alienados dentro del radio de influencias del Imperio, despojados de si mismos y cautivos de la autoridad. Una alienación a todas luces negativa, invasiva y destructora de la conciencia:
No existe a lo largo de la frontera mujer que no haya visto en sueños la mano morena de un bárbaro surgiendo bajo su cama para agarrarle el tobillo. Ni tampoco hombre que no se haya atemorizado con visiones de los bárbaros celebrando orgías en su hogar, rompiendo los platos, incendiando las cortinas y violando a sus hijas. Estas imaginaciones son producto de la excesiva tranquilidad. Que me muestren un ejército de bárbaros y entonces lo creeré. (Coetzee, 2004: 7)
Es en este sentido que la alteridad es concebida como alteración, es decir, todo lo ajeno a una determinada comunidad es inmediatamente perverso, síntoma evidente de discriminación, particularmente xenofobia. La diferencia es enfrentada desde la alienación de los sujetos, y un determinado yo busca auto afirmarse mediante la negación del otro, su “satanización” y, posteriormente, su apropiación definitiva.
Una sección clave de la novela provoca una serie de hechos que llevan al Magistrado a literalmente “dejar de ser él mismo”. Se trata de cuando el Magistrado conoce a una chica bárbara que andaba mendigando por el pueblo. De ahí en adelante el Magistrado comienza a encariñarse, haciéndose cargo y cuidando de ella. No sólo se trata de una relación fraternal, sino que además el Magistrado comienza a experimentar deseos eróticos. Realmente experimenta una suerte de “alteridad sensual” a través de ella. En este sentido, el Otro representado por la chica bárbara no es rechazado ni reprimido mediante mecanismos de enajenación, sino que es el yo del Magistrado aquel que se entrega hacia aquel Otro mediante un extraño sentimiento de compasión y deseo. De acuerdo a la lectura que Sidekum hace de los planteamientos de Levinas: “El deseo no parte de mí, él va hacia otro, de su mirada que reclama justicia, de su palabra por la cual él se revela y del infinito”. (Sidekum, 2005: párr. 38)
Sin embargo, será precisamente este episodio el comienzo de la tragedia del Magistrado, y al mismo tiempo, su incipiente “iniciación”, las experiencias tortuosas que lo llevarán al aprendizaje y la transformación de si mismo, en una especie de redención cristiana mediante la vía del sufrimiento por el Otro. El Magistrado se embarca en un viaje a la frontera del desierto para llevar a la niña con sus semejantes, para lo cual es acompañado por tres hombres en la expedición. Luego de varios días de ajetreado desplazamiento, logran encontrarse con algunos bárbaros en la cima de una colina. En este punto, el Magistrado intenta entablar comunicación, haciendo todo lo posible para transar con ellos, dado que él siempre creyó que los bárbaros eran nada más que gente inofensiva viviendo al margen del Imperio y reclamando espacios de tierra:
Nunca había visto antes gentes del norte en su propio territorio en igualdad de condiciones: los bárbaros que conozco son los que van al oasis a comerciar y los pocos que acampan en el río, y los pobres cautivos de Joll. ¡Qué acontecimiento, y qué vergüenza también, estar aquí hoy! En el futuro mis sucesores coleccionarán los artefactos de este pueblo para exhibirlos junto a mis huevos de ave y mis enigmas caligráficos. Y aquí estoy yo arreglando las relaciones entre los hombres del futuro y los hombres del pasado, devolviéndoles, con disculpas, un cuerpo del que hemos chupado la sangre —¡un mensajero, un chacal de un Imperio disfrazado de cordero! (Coetzee, 2004: 60-61)
Es este esfuerzo del Magistrado por generar lazos estables con el Otro, los bárbaros de la frontera, marginados y sometidos a las invasiones imperiales, lo que desencadenará su condena de parte de los agentes del poder del Imperio. Al volver de la expedición, él se da cuenta que los oficiales de seguridad lo inculpan, principalmente el Suboficial del Tercer Departamento, por “alta traición” debido a una supuesta alianza con el enemigo. Debido a esto, es privado de libertad y encerrado hasta esperar un proceso legal en su contra. De este modo es que el Magistrado sufre la enajenación de aquellos que compartían su condición de agentes del Imperio, de “civilizados”. Ahora él deja de ser si mismo, es convertido en Otro, en “bárbaro” ante los ojos de sus semejantes, y por eso será víctima del odio y la violencia generada por este miedo y desconocimiento del Otro manifiesto por los sujetos representantes del Imperio. Experimentará en carne propia cómo un bárbaro es y sufre ante la mirada de esos otros imperiales, ahora amenazantes y completamente ajenos. Una experiencia que lo lleva a los límites de la alteridad, el sacrificio por el otro que implica un aprendizaje y lección moral.
Próximamente, el Magistrado se percata de que la conspiración imperial contra los bárbaros se acentúa. Cuando escapa de la prisión divisa algo extraño en el pueblo: vestigios de alguna inundación. Al preguntarle a uno de los nuevos soldados rasos custodios, le informa que efectivamente fueron los bárbaros quienes rompieron el dique e inundaron los campos, como en una suerte de escarmiento. A partir de ese momento entonces suceden una serie de eventos relacionados con la persecución de los bárbaros responsables y de él mismo en calidad de “traidor y extranjero”. Es el episodio cuando las fuerzas imperiales capturan a unos bárbaros supuestamente culpables del incidente, y son castigados ante un público eufórico de manera ignominiosa, aquel que ilustra gráficamente el mayor ejemplo de alienación colectiva generada por la represión de la alteridad en los bárbaros:
—¡Venga, no tengas miedo! —la animan. Un soldado le pone una vara en la mano y la conduce hasta el círculo. Está desconcertada, turbada, todavía se tapa la cara con una mano. Le profieren gritos, bromas, consejos obscenos. Ella levanta la vara y la abate de repente sobre las nalgas del prisionero, la suelta y corre hacia lugar seguro entre un fragor de aplausos. (Coetzee, 2004: 88)
En este caso, se da una alienación vertical, activa -de las fuerzas del Imperio hacia el pueblo sometido- y una alienación pasiva de los propios dominados manifiesta explícitamente en el odio extremo por el Otro, que se traduce en la violencia física y humillación pública, una gran empresa de “anulación de la diferencia (la alteridad)”, la cual a su vez opera como el mecanismo de la violencia para difundir el miedo y el horror, el “shock”, en medio de la masa alienada, despojada de su condición de sujeto y enajenada en su desconocimiento del Otro. Mediante estas operaciones es cómo los imperiales abren un “umbral” entre la alteridad y la alienación, entendidos bajo esta lógica como conceptos recíprocos, aunque relacionados de tal manera que la alteridad cobra el matiz negativo de la alienación, difuminando la posibilidad de un lazo armónico y ético para con el Otro.
A partir de este punto, en adelante, el Magistrado concreta la consumación de su aprendizaje e iniciación. Tras enfrentar cara a cara el horror de la alienación gatillada por el Imperio y reproducida por el pueblo sometido, es cuando se da cuenta que su sacrificio, su trascendencia del yo imperial egoísta, su búsqueda de un equilibrio moral, de una justicia que el mismo Estado tergiversa en nombre del odio y la exterminación del Otro, le ayudarán a solidarizar con los bárbaros, logrando una identificación y denunciar lo que él cree un Imperio que monopoliza su hegemonía, invadiendo y exterminando a todos los otros que representen una diferencia a su entidad.
El Coronel Jull, como líder representante del Imperio, configura una especie de alineación dominante, activa, por ende, en este sentido ejerce una violencia deliberada hacia la alteridad. Resulta ilustrativo el episodio en el cual el Coronel discute con el Magistrado y lo ridiculiza llamándole sarcásticamente el “Único Hombre Justo”, descartando de sentido y trascendencia histórica sus tentativas de rebelión contra el Imperio y a favor de los bárbaros. Vemos cómo el Coronel concibe a la historia como un privilegio de los poderosos, los “civilizados”. La Historia (oficial) la cuentan los vencedores, de acuerdo a su pensamiento.
Es posible, hasta este punto, considerar a los bárbaros como aquellos que, representados vagamente como los extranjeros de la frontera, “distintos a nosotros quizá solo en su forma de hablar y en sus costumbres” a decir del Magistrado, son claramente utilizados a través de su constante alusión por parte de los agentes de poder del Imperio, con intenciones conspirativas y como estrategia de manipulación mediante el miedo -al esparcir rumores sobre la llegada de los bárbaros y su nefasta consecuencia para el pueblo, dado su carácter vil y amenazante- y el horror –al torturar en público a algunos “representantes de la barbarie” que a todas luces son simples extranjeros inocentes-. Por esto, se puede perfectamente aludir al título de la obra, que configura de esta manera la lógica de la alienación: son los agentes de poder imperial aquellos que maquinan el mito de la “llegada de los bárbaros” como si se tratase de una invasión inminente de fuerzas extranjeras, y es el pueblo quien reproduce tal mito en un “suspenso” que mantiene al pueblo sumido en el miedo, y por ende, en la alienación e impotencia. De este modo, el elemento diegético y ficcional de la novela representa el modo en que operan muchos de los imperios y regímenes totalitarios de la Historia, reforzado con el alcance universal de aquella representación gracias a que no explicita nombres ni referencias concretas. El Magistrado, una vez más, lo revela:
La inteligencia oculta de los Imperios sólo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era. De día persiguen a sus enemigos. Son taimados e implacables, envían a sus sabuesos por doquier. De noche se alimentan de imágenes de desastre: saqueo de ciudades, aniquilamiento de poblaciones, pirámides de huesos, hectáreas de desolación (Coetzee, 2004: 111).
Ejemplos fidedignos de esto lo constituye la conspiración bélica de EE. UU contra Medio Oriente, específicamente, Irak, aludiendo a la supuesta posesión ilícita de armamento nuclear. En el caso de Chile, la misma persecución y criminalización de los “marxistas-leninistas” disidentes a la Dictadura Militar, constituye un fenómeno en el cual, desde un foco de poder se proyecta un Enemigo, en este caso, el “cáncer comunista”, y se le atribuyen cualidades negativas y antitéticas. Esos otros como elaboraciones ficticias de la megalomanía dictatorial constituirían la verdadera amenaza, el Mal que es preciso erradicar, empresa que opera como un gran montaje y funciona para afianzar la hegemonía e invasión de ese centro gravitacional de poder.
En la novela, el pueblo, a pesar de su condición de masa alienada, también parece alzarse contra la autoridad. Un episodio describe un claro ejemplo de “desobediencia civil” contra los llamados soldados que vienen de otros partes del gran Imperio, y que son concebidos como extranjeros al pueblo donde transcurre la historia. Una breve afirmación de autonomía de parte de las personas sometidas, y al mismo tiempo, un pequeño golpe a la alienación dominante la cual, sin embargo, acaba por ser reprimida, sin remedio, revelando la violencia que también ejercen los agentes imperiales contra el propio pueblo sometido, concebido de esta manera como “otros” bajo el yugo de los sujetos que detentan el poder.
Por otro lado, la figura del Magistrado, al encarnar en si mismo la experiencia de la alteridad sufrida por los bárbaros, cumple con el ciclo iniciático que lo convierte no precisamente en ese Otro representado por los personajes y por él mismo, sino que en un Yo que se abre a la posibilidad de la diferencia, aunque su perspectiva sea, a pesar de todo, la de un colonizador que humaniza a los otros concebidos como bárbaros, a la manera de los viejos relatores de la conquista latinoamericana, como Bartolomé de las Casas, y ve en ellos la fragilidad e imperfección propias de todo ser humano:
Nadie puede aceptar que hombres con arcos y flechas y viejos mosquetes oxidados que viven en tiendas y nunca se lavan y no saben leer ni escribir hayan aniquilado a un ejército imperial. ¿Pero quién soy yo para burlarme de las ilusiones que nos ayudan a vivir? ¿Hay algún modo mejor de pasar estos últimos días que soñando con un salvador que espada en mano disperse a las huestes enemigas y nos perdone los errores que otros han cometido en nuestro nombre y nos conceda una segunda oportunidad de construir nuestro paraíso terrenal? (Coetzee, 2004: 119).
La verdad revelada y defendida por el Magistrado, sólo pudo adquirir sentido y trascendencia no tanto por un mero ejercicio discursivo y paternalista de compasión por el otro (el discurso lascasiano y, hasta cierto punto, católico-cristiano) sino que mediante una suerte de “alteridad terapéutica” forjada por el sufrimiento de los otros, en un sentido épico, el viaje del yo fuera de sí y hacia los otros y el retorno o aprendizaje que recrea a ese yo, otorgándole, debido a la superación del sacrificio, nuevos aires y nuevas luces. Tal vez, en la revelación de esta terrible certeza:
(…) se puede iniciar la adquisición de una necesaria liberación interior. Esta labor, sin embargo, no sólo le corresponde asumirla al escritor, en tanto que éste pueda representar la conciencia de una determinada clase social o de un pueblo o de una nación. Es también una labor que debe asumir el colectivo de la clase opresora. Sólo así se puede salvar a la sociedad de sus ahogos mortales. Sólo así es posible superar un pasado injusto, un presente abominable y un porvenir oscuro (Montoya, 2011: 14-15).
Es de acuerdo a este pensamiento y acción que el personaje del Magistrado es aquel que encarna este sentido ético por el otro, planteado por Levinas, de acuerdo a la lectura de Sidekum. El Magistrado lleva a cabo una tentativa de superar la alienación negativa representada por los agentes del poder, a través de este “parto existencial”, este renacer, rehacerse él mismo y hacerse otro. Pero aquella se alza más como una propuesta a seguir, quizá como una reliquia enterrada en el vasto desierto, más que como una certeza. El narrador nos ofrece una posibilidad inconclusa, como un ciclo de estaciones, y la discusión permanece abierta a otras lecturas y a otras búsquedas.
En la experiencia del protagonista se formula un intento por superar la alienación y abrazar plenamente la alteridad, no obstante, aún desde la posición de Magistrado, de yo imperial que tuvo la oportunidad de rehacerse a sí mismo. Como ya se señaló, la experiencia del Magistrado está lejos de constituirse como una especie de panacea a las injusticias. Se trataría, a mi modo de ver, de una victoria pírrica, dado que a partir del final de la obra es posible vislumbrar más bien una completa indeterminación de parte de las personas del pueblo y del mismo sujeto narrador, el permanente estado de transición que proyecta todo el ser y vitalidad de los personajes hacia un futuro incierto, tal como en el poema de Kavafis, una espera sin espacio en el tiempo sobre otros que ya no existen o, mejor aún, nunca existieron como tales, solo en el umbral de una vaga esperanza o de una ilusión extraña.
Referencias bibliográficas
Barreiro de Nudler, Telma. La educación y los mecanismos ocultos de la alienación. Buenos Aires: Revista de Ciencias de la Educación. Vol. 4, No 11, 1974.
En:
-Coetzee, J. M. Esperando a los bárbaros. Barcelona: Debolsillo, 2004 [1980].
García Struck, L. A. La relación entre verdad y alteridad. II coloquio de doctorandos. Universidad Nacional Autónoma de México, 2008. Págs. 61-71. En: http://www.posgrado.unam.mx/filosofia/publica/05gstruck.pdf )
-Montoya, P. J. M. Coetzee: desgracias y esperanzas de una época. Bucaramanga: Colección Bitácora, 2011.
-Sidekum, Antonio. “Alteridad”. Pensamiento crítico latinoamericano. Coord. Ricardo Salas Astrain. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Católica Silva Henríquez, 2005.