miércoles, 8 de julio de 2026

En el Café del Poeta en Valpo, sabrán los porteños asiduos del local, hay un pasillo largo con un muestrario de libros de poesía. Me detuve en algunos. Había uno llamado “Crónicas cínicas”. Debajo de este, un libro titulado “Materia Prima. Poemas sin dueño” de un tal Patricio Portales Coya. De portada tenía la imagen de una galaxia. Justo a su lado, el libro “Confesiones de un suicidio” de Marcelo Beltrand Opazo. Un poco más hacia la salida, la misma operación. Me fije en el libro “Pasaje al Nuevo Mundo” de Leonidas Emilfork. A un costado de este, otro ejemplar de “Materia Prima”, y a su costado derecho, un libro titulado “Huidas”, cuya portada consiste en la fotografía de una puerta abierta, apuntando hacia el umbral en el piso. En la siguiente vitrina, el libro “Sinfonía…” de Carlos Castro…, se escondía entre un par de libros, trasluciendo solo su mitad y ocultando su nombre completo. Bajo esa fila, el primer libro a la izquierda era “Arquitectura invisible” de Alonso Lillo. Tenía por subtítulo “Invocación” y lucía la imagen de un ojo. En esa misma fila, tres ejemplares hacia la derecha, estaba “Relatos ingenuos" de Luz Luderitz y, a su lado, “Caminando con la Historia. Destrucción, amor e intriga” del Dr. Carlos Fariña. El último libro en el que me fijé era uno llamado “El esplendor de la ceniza” de Juan Serrano. Saqué un par de fotos y salí por el pasillo hasta volver a la mesa. Solo en la contigüidad y en la disposición de cada uno de esos ejemplares ocurría una resonancia extraña, una rima secreta, palpitando misteriosamente detrás de los vidrios.
Durante la clase del sábado, la profesora de Edición y Publicaciones pidió que comentáramos brevemente nuestros proyectos de escritura de no ficción. Le conté el mío sobre el incendio de El Mercurio de Valparaíso. A grandes rasgos, recalqué el silencio y el hermetismo institucional en torno al caso y la incertidumbre respecto del destino del edificio. Luego de escuchar mi explicación, la profesora insistió en que mi crónica consistía justamente en mostrar ese silencio. Sobre eso trataría mi texto. Debía, para eso, atreverme a “mostrar los vértices del hermetismo”, dicho tal cual por ella. La pregunta que debía responder o en la cual debía aventurarme, sin ánimo de conclusión, mejor dicho, consistía en aquel silencio, en aquel hermetismo, asumiendo, de plano, que no podría llegar a la verdad sobre los hechos, porque ese no era mi norte, mi norte era dicha interrogante. En esa investigación inconclusa, en esa inquietud no resuelta recaería la fuerza de mi proyecto. E incluso lo podría extrapolar a mi propia “poética de la crónica”: ahondar en los vértices del hermetismo, alumbrar un poco un panorama ensombrecido, sin garantía ni certezas definitivas. “Listo, ya tengo mi libro”, le dije, entusiasta, a la profe, al escuchar sus comentarios. “De hecho, ya lo tenemos”, alcanzó a decir un compañero, en tono broma. Risas en la clase. “Hay un capítulo completo de puro vacío”, me dije a mí mismo, tratando de seguir la onda. Un capítulo dedicado al silencio por parte del propio Mercurio sobre su histórica instalación en Valpo. Dentro de la talla, los compañeros ya tenían en su poder mi libro, sin haberlo escrito todavía.