Hay un compadre super buena onda que forma parte de una banda de metal, y que agradeció mucho el haberle hecho una reseña a su disco. La otra vez me comentó por interno sobre un libro que estaba buscando, ese libro se trata del Ensayo histórico sobre la noción de Estado del historiador chileno Mario Góngora, de Editorial Universitaria. Me dijo que le interesaba mucho porque tenía una entrevista a Góngora, y me pidió que si llegara a verlo por ahí en alguna librería lo comprara y luego me lo pagaba por favor. Decía además que, en la feria de las pulgas de Valpo, un vendedor de libros le había asegurado que lo tenía, que era cuestión de revisar entre sus cosas y le avisaba. Prometió catetear a ese vendedor para poder conseguir el ansiado libro, uno que había que tener en la biblioteca a como diera lugar. La verdad es que yo también lo estuve buscando y está claramente descontinuado. Como mucho, lo encontré en pdf, junto con algunas notas críticas, pero nunca será lo mismo.
De esa forma, movido por esa inquietud, fui a la biblioteca Severín a buscar aquel ensayo. Lo busqué sin éxito. Revisé en el sistema y solo estaba disponible el Diario de Mario Góngora, que consistía en Obras selectas con una edición crítica de Leonidas Morales. Un diario muy exhaustivo sobre el aspecto más íntimo y biográfico del historiador, cuyo tiempo comprende su periodo como estudiante de Derecho, antes de viajar a Europa y dedicarse por completo al estudio de la historia. Podría decirse que este diario de juventud comprende la propia “prehistoria” de Góngora, antes de sus más profundas formulaciones sobre el rol del Estado como fundante de la nación chilena. En ese diario, si bien no están las anotaciones ni las argumentaciones del Góngora más versado, sí se aprecian las primeras intuiciones y las disyuntivas vitales que estaba viviendo en ese momento, una etapa previa y necesaria para lo que vendría después, su posterior desarrollo como intelectual de la historiografía.
Trato de buscar en ese diario algunas pistas que nos puedan alumbrar sobre su posterior trabajo, algo que le pueda ser de utilidad al compadre que requiere la obra tardía de Góngora. Di con una nota del año 1936, con fecha domingo 19 de abril. Señala que: “El hombre discreto debe más a la severidad de su dictamen que a todos los extrínsecos preceptos-. Tener buenos referentes.- “Una gran singularidad entre la pluralidad de perfecciones”. En otra nota con fecha en la noche del 28 de abril del mismo año, Góngora decía necesitar de un heroísmo real, uno asentado en el terreno político, “sentir furtivamente la voluntad política, la voluntad de batallar para imponer a la nación un bien”, pero luego señalaba que esa voluntad política no tenía, en su época, por desgracia, “medio de matización alguno”. Increíble su resonancia con los tiempos venideros en el país. Distintos actores, distinto contexto, inquietudes y fuerzas similares. Góngora cerraba esa nota con lo siguiente: “Ser yo mucho, para dar mucho, y por esa dación aumentar y crecer. Ya no puedo buscar ni el éxito, ni la banalidad ni el saber por saber. Ahora quiero la vida”. Y lo cierto es que, para el joven Góngora, la vida se volvió después algo tan exuberante como inabarcable, y el tiempo, de suyo, en cuanto realidad, la más espantosa tragedia imaginable.
Dos versiones de Góngora entraban en conflicto en ese momento de su vida, y de aquella crisis espiritual surgiría luego el Góngora más abocado a la proyección histórica de la nación chilena. Para llegar a ese punto, a esa mayor sofisticación en su pensamiento era imprescindible la zozobra juvenil, la ebullición creativa de su alma inquieta, la soledad de sus formulaciones, los distintos fantasmas de sus deseos reprimidos en lo sexual y amatorio, las lealtades traicionadas de su antigua militancia. Todo ello transmutaría luego en el Góngora forjado en mente, espíritu y conciencia.