viernes, 13 de diciembre de 2013

Juegos de texto y de red

Al sistematizar los juegos del intelecto y del lenguaje que esta red te permite se puede socavar el campo de felicidad que se estuvo sembrando (a decir de Borges por el placer de la lectura) para invocar en cambio la dimensión grosera del mecanismo de Realidad: el mundo externo y su engranaje de ofertas/demandas, como cuando te das vuelta un videojuego y descubres el vil consumo de su ingeniería, la pérdida de inocencia en ese escudriñar la materia, el hardware de ese portal hacia otras realidades y delirios, entonces viene la nostalgia y el romanticismo demasiado trasnochados, el conocimiento te viene como una brisa impertinente que irrumpe la ventana de tu habitación para despegarte del ombligo de esa fantasía y echar un vistazo afuera. 

Si no se dosifica el placer de aquellos juegos de manera astuta, se acaba siendo un peón, un tonto útil, un derivado de ayudante de fondecyt, una hormiga haciendo engordar a su reina del saber a punta de concesiones mezquinas y malabares retóricos y económicos. En estos juegos se pone en jaque la dignidad del aficionado itinerante, del neófito que lo ha perdido todo y por eso mismo no tiene nada que perder, por eso el placer del despropósito en la publicación de reflexiones en sitios que se sabe son paradojas flotantes aún no del todo identificadas, a la manera de ghetos sin patria alguna, ni cielos ni paraísos que, sin embargo, apuntan a una red de redes subterránea y transversal.

El punto no es tanto la clarividencia sobre algún programa coherente de métodos y objetivos, la intuición sobre la adversidad de estos sistemas se huele en el aire, sino que la actitud salvaje y poética de cada una de las cabezas que propician aquellos juegos, jugar a pesar de saber mediatizada en una ruleta universal todas tus posibles derrotas. Al menos, en estos juegos de presente ficticio, se pierde (y se significa) con rivales y mentores auténticos de una era digital: el aburrimiento capital que engendra hordas y hordas de correspondencias, de implicaciones, de decepciones y de conquistas interiores. 

Es toda una apuesta de jovialidad y de salvajismo inventarse roles: acabas siendo el monje que golpea los muros de la hipocresía en pos del justo medio; el sátiro que multiplica el número de la farsa globalizante a través de máscaras de perfiles, como si los sitios fuesen carpas virtuales donde en cada sesión y en cada usuario se asiste a un nuevo y renovado teatro moderno, con diferentes disfraces e imposturas; o bien el mercenario de la soledad que pretende desde adentro domar a la bestia informática a través del paroxismo y la saturación. Entonces el ejercicio de la ficción cobra carne en el aburrimiento general y alcanza su consecuente ataraxia, y puede que desate de nuevo esos salvajes y cándidos placeres, en cada choque con el pavimento de la realidad.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Como en un artículo de Larra

Como en un artículo de Larra, es posible aventurar una especie de ir y venir del puerto, encontrarse en un punto fijo a medida que el grueso de la ciudad te sume en ese bautismo secular del tránsito. Es la travesura del moderno provinciano, dicen. Y no puedo todavía reservarme ese derecho de admisión, ya que el llamado o, mejor dicho, el susurro de la ciudad, con sus perros y sus jefes, asola el metro cuadrado como una aparición. Se trata del lenguaje de alguna clase de Zaratustra invisible invocando a los últimos hombres del puerto, para que adviertan, tras el asfalto y la vaguada costera, a los nuevos ídolos, tan próximos y, por lo mismo, rentables, como opios al precio del bolsillo de cualquier ciudadano de Chile. 

Así, todos acaban por poner al profeta en la cuerda floja, y esperan en el meollo de la ciudad su propia metonimia de dios, sus ilusiones que poseen al ser poseídas. Todos y nadie al mismo tiempo: el universitario –de cualquier especie en esta gran tomatera porteña- con la convicción férrea de ganar su título de ingreso a la “máquina”; el hombre del mercado central con la esperanza de emprender lo suficiente como para conseguirse un negocio propio –por lo demás, lejos de tanto mercadeo inútil y gregario-; los famosos pirateros, que abundan en Santiago, en la calle Pedro Montt y aún más en Internet, con el sueño de legalizar su trabajo, sin los cuales ninguno de nosotros tendría un real acceso a la cultura, -dado su precio, según parece, proporcional a su valor y calidad, de acuerdo a los señores invisibles allá arriba-; los maniqueos partidarios izquierdistas y derechistas, cada cual con su particular forma de rascarse el ombligo y de secretar su caudal económico (en muchas ocasiones, me ha tocado lidiar con dichos seres plagando de folletos las plazas de Valparaíso, y haciendo más mierda esta gran mierda de rebaño de medias tintas); los hombres caritativos, los solidarios de turno, los Don Franciscos trasnochados, con un impulso inconsciente de ayudar tras desastres de todas formas y colores, sin tener ni la más mínima idea de todo lo que hay detrás, (sí, la típica excusa de estos amantes del deber, los he escuchado más de una vez: su servicio incondicional al Estado, a la Patria, su amor a los hombres, su cristianismo, su conveniencia), los punkies con su moda (claro, somos los ingleses de Latinoamérica), que se paran ahí en las farmacias Cruz Verde; todos (y si, más de alguno se me escapa: los pseudo hippies que venden artesanía en las plazas -ejemplos de emprendimiento-, los típicos canutos exegetas de la Palabra, los mormones que más parecen venir por lo pintoresco, por lo fenómeno, por lo híbrido de Chile, que por un real sentido de la vocación religiosa, etc, etc.) todos ellos, y muchos más, tienen algo que los une: su obediencia a su propia ilusión privada ¡vaya ilusión emancipatoria! desear todos y cada uno de los juguetes de la adultez, y las mamaderas del mercado (como si esta fuese la loba romana) para la transición hacia la felicidad que viene del exterior como si viniese del cielo, y que hipoteca así toda la existencia (camino que se pavimenta de deudas, impuestos, buenas intenciones) con la excusa del futuro y la reconciliación. 

Sería mejor que cada uno de ellos pesara a sus ídolos en la balanza de sus posibilidades, al menos medir, sondear esos abismos para luego arrojarse con alguna clase de dimensión o garantía. Ahora bien, quien escribe sobre aquellos últimos hombres, se vuelve asimismo el mecenas de ese absurdo provinciano y, por lo tanto, quien se imagina que todos esos bienes son abismos precisamente porque los desconoce, una nueva clase de fantasma ciudadano, que escribe sobre el valor de todo pero que no adquiere el precio de nada, el de la esquina que secretamente postula a un ideal, a una vivienda, una familia, echando por la borda las palabras que le sirvieran de peldaño a tales fosas de realidad. Los escritores que sean la mancha en esa pintoresca masa. Que todos y cada uno de los personajes de esa provincia pudiese toparse con estos transeúntes pálidos y, en la medida que estos chocasen con el asfalto de su realidad, se abriesen como grietas, a pesar de la sangre de dicho trabajo, a pesar de la tinta de ese vacío. Nada más que bastardos de la posesión, vendedores de la nada. A ellos solo les resta la ficción como garantía de sus oportunidades, de sus elecciones, de sus pasos y hasta de sus cruces.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El Neruda de las Residencias: a cuarenta años de su muerte

Se han cumplido cuarenta años de la muerte de Neruda. Frente a la controversia sobre la oscuridad de su muerte, en relación a la tesis sobre su posible asesinato por la dictadura militar, la cual cobra mayor fuerza a medida que pervive ese período de tiempo, es necesario revisitar al Nobel a través de su obra y, en paralelo, la dinámica política y existencial que lo circunda (puesto que no se pueden excluir obra de autor en el caso del vate). En este sentido, el foco de atención será dado a su etapa surrealista, en particular la de Residencia en la Tierra, la obra de madurez de esa etapa de su poética. Revisitarlo permite recordar al “formador de lenguajes imprescindibles” que fue —en palabras de José Carlos Rovira— cuando canta el gozo del amor y del erotismo más puro, pero también cuando es el vate dolorido por el lacerante paso del tiempo. 

Recordemos que en ese período de los años 30, cuando estaban en boga el surrealismo francés posterior al primer auge de las vanguardias, Neruda llegó a aceptar el nombramiento de representar a Chile como cónsul honorario a lugares diferentes, como Singapur, Buenos Aires, Barcelona, y Madrid. Fue durante estos años de soledad y experimentación con la vida bohemia y la pobreza cuando Neruda pudo escribir, desde otra mirada más existencial, un conjunto de poemas a los que reunió bajo el nombre de «Residencia en la tierra» durante el año 1933, seguido de Tercera Residencia y, por último, para completar la trilogía, una serie de poemas titulada España en el corazón.

Al contrario de lo que piensa el mercado oficial, y más en relación a una visión de poética del lenguaje, es preciso afirmar que es esta obra “Residencia en la tierra” aquella que marcará el punto de inflexión entre el Neruda temprano, de influencias modernistas, románticas, para dar paso a su poética de madurez con un lenguaje que, embebido de la herencia de las vanguardias, de su capacidad para ir más allá de los límites establecidos de la palabra y de la cosmovisión, logró consolidar un conjunto de textos que versan sobre temas universales desde una visión desgarrada de la existencia y desde un lenguaje que tensa los límites entre la significación y la realidad –ya sea política, social, humana- aludida. 

Sin pretender exhaustividad es preciso el análisis de dos poemas ejemplares. Walking Around y Significa sombras. El primero es uno de los poemas más célebres de la colección, ya que a pesar del lenguaje intrincado y hermético consigue vislumbrar aspectos retóricos y de evocación poética que identifican al ciudadano anónimo y al mismo tiempo universal. Una especie de revisita del hombre cotidiano en su abismo existencial: El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos./Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,/sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,/ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores. En estos versos se puede aventurar la poética que se despliega a lo largo de la obra, además del aliento subterráneo que pareciese conspirar en las entrañas del hombre consuetudinario, conjugando de forma magistral el misticismo de la angustia con el paso penetrante de los avatares urbanos, civiles. En los siguientes versos logra además ese compromiso con el sentir del proletario que envuelve a raíz de ese aliento mencionado anteriormente: Por eso el día lunes arde como el petróleo/cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,/y aúlla en su transcurso como una rueda herida,/y da pasos de sangre caliente hacia la noche. 

Neruda, por otro lado, quiere atestiguar en carne viva y en materia poética que la propia elaboración del libro es la historia misma de una crisis, no solo del lenguaje, sino de su situación política. Es el desgarramiento del hombre frente a su época, su ser, y además la de la voz, el autor, y su escritura. Es el rupturismo al que apelaban las vanguardias, pero desde un prisma encausado hacia una especie de metafísica del hombre exiliado, frente al creacionismo de Huidobro que invocaba no servir a la naturaleza, o el tremendismo de Rokha que desplegaba una visión apocalíptica e insurgente sobre su paso por el mundo. Es, en suma, esta apuesta por una poesía que bebe de la tradición pero que se vale de la transgresión de los parámetros –políticos, literarios, vitales de su época- para desarrollar una po-ética que aúne literatura y vida, es decir, su exilio viéndose también reflejado y recreado en su obra, siendo esta, a pesar de su autonomía, el escenario vivo y palpitante de esa creación.

El segundo poema representativo “Significa sombras” sigue con ese aliento crítico, pero esta vez potencia la dimensión filosófica de las palabras y del sentido del ser, para darles un alcance casi profético: Tal vez la debilidad natural de los seres recelosos y ansiosos/busca de súbito permanencia en el tiempo y límites en la tierra,/tal vez las fatigas y las edades acumuladas implacablemente/se extienden como la ola lunar de un océano recién creado/sobre litorales y tierras angustiosamente desiertas. 

De esta forma, a raíz de esos dos poemas emblemáticos, es posible una aproximación a dos polos del ser humano en situación de crisis política y existencial, que en el texto se traducen en la lectura metafísica de la cotidianeidad y el tono sublime de las palabras más rimbombantes. Es posible argüir entonces que en el libro se manifiesta la crisis en dos niveles: 

- En un nivel poético, que incluye al hombre (como género humano) sumido en una realidad exiliada y, además, a los distintos hombres que sienten el peso del mundo en cada espacio de su tiempo.

- En un nivel meta poético, en relación a las tradiciones literarias con las cuales dialoga y participa, recreándolas a raíz del primer nivel, las cuales remiten al romanticismo con la visión nostálgica, incomprendida del presente, idealista frente al tiempo; al surrealismo con la experimentación de un lenguaje que tensa los límites y que deja entrever algunos de los conflictos más profundos de la psiquis humana; y, además, al canon literario decimonónico, con el cual quiebra decisivamente al privilegiar los contenidos subjetivos en contra de la visión realista, naturalista, apegada a los hechos.

Con todo, Residencia en la tierra es el libro que habla del Neruda más sensible a nivel existencial y a un tiempo el más audaz a nivel de propuesta poética, ya que en el nivel de la meta literatura no se limita a seguir y asimilar las tradiciones sino que las confronta y las reconstruye para recrearlas en su visión particular del exilio y del dolor humanos. Frente al romanticismo, no es solo un mero ejercicio de sentimientos de incomprensión frente al mundo, ni de tópicos como el ubi sunt o el amor imposible. Frente al surrealismo y la creciente anti poesía, no es un ejercicio de escritura automática, irracional, ni mucho menos un calco verbal del lenguaje mundano, sino que es un ejercicio de escritura que pudiera estar más cercano al creacionismo en la estética pero que aún así se diferencia porque aborda un trasfondo de carácter más intimista y, al mismo tiempo, de alcance universal. 

El Neruda de las residencias es el genio de la metafísica poética. Intenta reproducir el mecanismo de una obsesión vital, el discurso de su propio yo lírico avasallado por el dilema del hombre exiliado, gran metáfora del siglo XX en general: 

Sea, pues, lo que soy, en alguna parte y en todo tiempo,
establecido y asegurado y ardiente testigo,
cuidadosamente destruyéndose y preservándose incesantemente,
evidentemente empeñado en su deber original. 

Es ese su compromiso ontológico y poético con el hombre que sabe de la existencia de la muerte y por eso proyecta en su luz y su sombra una energía que comunica una apertura trágica hacia el devenir. Ese es el legado medular, en su etapa de madurez y de mayor profundidad, para lo que después consolida como un proyecto más ambicioso de militancia política y proyecciones americanistas. Es este el rupturismo que le permitió enarbolarse como el poeta de lo humano y de lo transmundano, de la realidad de la miseria pero, a su vez, de la maravilla del sentido, de los que no temen pasear con la muerte de la mano y dar una vuelta alrededor de los siglos y de Chile.

martes, 19 de noviembre de 2013

¿Dónde está mi mente?



Definitivamente, no hay auto ayuda posible tras el narciso del conocimiento. Se ha puesto a la vida en segundo lugar frente al podio de la academia, de la industria, del consumo. Sin embargo, es el optimismo de moda aquel que vende y se aloja en los corazones del hombre moderno como si fuese bandera sobre los satélites atomizados de la conciencia, y en cada conquista se suman escalas a ese paraíso, para luego botarlas una a una, mantener los deseos flotando y restándoles la gravedad de la contingencia, la amargura de la verdad. 

La frase de Coelho: “Cuando deseas algo, el universo entero conspira para que lo realices". Sería bueno saber cuán cierta es en la siberia de la existencia, en el Tercer Mundo siempre fugitivo. Entonces, sobre la basura que no debiera vender libro alguno (y sí lo hace por millones), volverse la mierda danzante, el extravío que procede del caos y vuelve a él, porque entiende que, en su interior, el mundo es la fantástica cuerda floja sobre la cual tropieza, retrocede y baila como nunca.

martes, 12 de noviembre de 2013

A toda velocidad

En la micro que venía de Viña, uno de los tipos que iba de sapo comenzó a hablar algo sobre un ojo biónico, luego de que uno de los pasajeros de atrás le gritó que si acaso no lo veía. Miré afuera de la ventana y la idea de ese ojo tuvo otro alcance: desautomatizar la visión en un leve choque de cuerpos en la calle, en las palabras que se posan como mariposas, sin ahuyentarlas, e inclusive en el bocinazo de la micro que te despabila. 

Tanto en aquella suavidad imperceptible como en el ruido urgente del taco pueden salir despedidas las ideas en un juego de gravedad. Por ejemplo: la mujer que se sube y la mirada lasciva del copiloto, ambos se vuelven cómplices de la congestión, aunque la mujer tiene el derecho que le otorga el pasaje y la necesidad de la visión solo en lo que respecta al ego, y el copiloto solamente tiene una mirada perdida, como muchas otras en la micro llena. 

Por otro lado, un sujeto grita que esta huevada parece Transantiago. La gente comienza a darle la razón.  Al chofer, al fondo, solo se le oye decir que hagan espacio. Parece una voz en off, alguna especie de escritor que sí dirige algo, escritor con, al menos, un tipo de volante. Entonces resulta injusto juzgar a ese sujeto apenas visible detrás del mar humano a bordo. 

Ya no se trata del mito, no caben lecturas bíblicas en esa arca, somos más bien animales, pero ningún diluvio ya nos asola, sino que solamente la angustia del retorno al hogar o a la máquina que, para el caso,es igual de angustioso. Uno podría argüir que el chofer es Sísifo y nosotros su piedra. Si fuera ese el caso, más valdría que la micro cayese de una vez antes que quedar en pana justo en Avenida España, en el intersticio entre la ciudad de las flores y la ciudad de los perros.

Espero pacientemente, haciendo mía la ficción, lubricando la visión, plácido en ese calor en movimiento, sin considerar que la ley de la inercia pueda en cualquier momento empujarme hacia la mujer del principio (como diciendo, piensas mucho, pero, mientras seas pasajero, no me tendrás) o bien empujarme derechamente hacia la puerta, sin desear la salida y sin desear tampoco que se cierre. Extrañamente se bajan casi todos en la plaza, y el chofer voltea el cartel de destino como si se tratase del eterno retorno. 

En ese vaivén se hace visible paradójicamente, y yo el último en bajar, mientras veo también cómo el copiloto lo abandona, y la mina aquella, acarreando la bella indiferencia del universo, baja sin otro propósito que distanciarse (mientras más se alejaba, adquiría proporciones épicas). Todos, sin duda, abandonan el arca rodante. El chofer gana espacio, pero pierde el peso que lo llevó a conducirse. Parecía que mientras más gente subía, él aceleraba más rápido, en un supremo acto absurdo, para huir del taco aquel como de una especie de pecado sin dios.

Entonces las visiones en aquel viaje de velocidad y comedia humana vuelven al reflejo de quien se desplazó sin mover un dedo, el tipo que recreó en su retina el taco, el joteo y el hacinamiento, atajos al movimiento de la micro como si fuera la roca del devenir. Siempre, entonces, con qué estilo la basura de la vereda acaba siendo aplastada por los pies de aquella mina, de qué forma el sapo divisa el centro de la ciudad tal como el África, y con qué maravilla la escritura se deja precipitar sola, lejos del chofer que la empujó y del ojo miope que la leyó, un solo gran camote que rueda desde lejos, arrastrando consigo tanto a las flores como al polvo, en un solo movimiento para todos y para nadie.

lunes, 14 de octubre de 2013

Santo ladrón de los deseos

Fui a la Sala Rubén Darío, a propósito de una exposición fotográfica, en verdad sin otra expectativa que comer, flirtear y beber gratis, soportando el relamido discurso patrimonial. En ese acto de desatino, uno entrevé la maravilla poética del despropósito, un tubo de escape para la mecánica rutina. Sin embargo, a mi alrededor, las fotografías parecían testigos de la neurosis de un voyerismo deshonesto, un paseo a la luz de negocios subterráneos y gestos en vitrina.

Me sumé a tal show clandestino como invitado fantasma, (única forma de ser invitado aquí) y. de inmediato. un hombre viejo me interpeló a propósito de la foto de una tumba. Me preguntó ¿Cuál es? reiteradas veces, y yo le digo casi de forma automática que se trata de una tumba en el Cementerio de Playa Ancha. El viejo volvió a preguntar: “¿pero cuál?”. Era la tumba de Emile Dubois, el "santo ladrón" del puerto que le robaba a los ricos en beneficio de los pobres, según la leyenda. Fue entonces que busqué apropiarme de la sacra excentricidad del lugar. Ante la duda del viejo, le repliqué si iba a ir al cementerio. Me dijo, en tono de broma: “todos… no, es decir, iré ahora, a pedir un deseo”, y terminó diciendo:” tú también pide un deseo...”, para luego marcharse. 

La última réplica me hizo pensar en el carácter iniciático de tal punctum fotográfico: ignorar el vistazo programado e interesado de la exposición, para ser arrastrado por la foto de la tumba del santo ladrón y que luego un viejo te sugiera ir a pedirle un deseo. El deseo se volvió entonces una especie de cleptómano de imágenes paganas, puesto que mi voluntad de ahí en adelante adquirió una espontaneidad inusual. Entendí la verdadera irreverencia en el acto de sabotear lo cotidiano, como cuando la chica, la única a la que eché el ojo, la que sacaba fotografías a las personas y a las fotografías pasivase, se acercó también a la foto de la tumba del santo ladrón. Entonces, merodeé distante, como colándome entre los mercenarios de la cultura fotográfica, para luego volver con un vaso de vino y adoptar el aire desinteresado pero jovial de todo invitado fantasma.

Una vez acabó de observar la foto de Emile Dubois, nuestra "meta fotógrafa" miró atentamente, como queriendo pedir un deseo a través de la mirada, como queriendo trascender la magia del aparato que petrifica el tiempo y, en ese instante de contemplación, acudí y le pregunté qué deseo pediría al santo ladrón. Ella, con un no sé previsible, pero con una memorable digresión, deseó que desapareciesen los verdaderos ladrones de la cultura. Asentí y le dije que me gustaría que os ladrones históricos del puerto, de ese modo ella sonríe desaparecieran. Me hubiese gustado que hablara de sus fotos, si no fuera porque ella se despidió en un estrechón de manos, con una cortesía tibia pero formal.

Es así como me vi de regreso en el evento con esa orgía de miradas, tan próximas, pero tan mecánicas. De manera intempestiva, intuyo que uno puede invocar esa secular animita de deseos en su interior, y volverse esa reencarnación del santo ladrón que roba las imágenes del culto snob para transformarlas en destellos de la belleza cotidiana, en una tarea de iconoclasia y de romanticismo, de no ser porque la fotografía siempre acaba siendo, como la mujer, un erotismo que busca fugarse a lo real. Lo único auténticamente real aquí: el despropósito, la ausencia. 

"Ella ha muerto, y ella va a morir”, en una paráfrasis a Barthes de su Cámara lúcida; la chica que fotografió las imágenes, pero que no se dejó fotografiar, rehuyendo la inmortalidad de la luz fotográfica tanto como la del gesto de cortejo, probó entonces, en ese encuentro simpático y fugaz, que la belleza no puede ser robada por quienes solo buscan desacralizar la realidad, sino por quienes la multiplican, en una fuga de luces y de sombras desconocidas entre sí y que por eso son capaces de desearlo todo.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Una poética de la oscuridad


Echar a andar el engranaje del pensamiento para constatar que no produce sino su propia y adhesiva repetición. Quizá sea posible concebirse, fuera de la rutina o dentro de ella, entre sus grietas, uno mismo como una máquina de excretar frases, simples sentencias que sean embriones de pensamiento total, a la manera de haikus o de parábolas indias, pensar así como ritual cognitivo para tu vida tanto psíquica como cívica, pensares equivalentes a musculaturas y respiraciones: un sístole díastole de escritura. El momento en que la letra entre sangrando en la vena y salga divorciada de algunos de tus orificios, de tu sistema completo, a la manera de una criatura, como el músculo del brazo o el sudor de una fiebre, ese puro proceso de adicción y de expulsión podría ser lo único, el placer y el deber escribir. Que los textos actuaran como molinos que emulen la violencia creadora de la sangre.

Ahora bien, es preciso que esa máquina de ficción en su curso inmortal purifique la falsa antinomia de los conceptos: la vida desconoce exclusividades, contiene las contradicciones porque son brochazos de un lienzo cósmico, no porque se borren a si mismas en él. Los conceptos binarios son como fisuras de un sistema nervioso: yo no amo sin odio, yo no vivo sin morir, yo no intuyo el núcleo sin la superficie. Las cicatrices del pasado pueden ser surcos donde florezcan nuevos sentimientos, eso lo sabían los griegos: el paroxismo de las cosas diluye sus opuestos, pero para llegar a esa verdad es preciso atravesar todo lo intrincado de las oposiciones del mundo, sentir la adversidad en tus órganos, ser tu mismo en algún punto el engendro de la adversidad de tu mundo civilizado.

Para conquistar la abismal pulcritud de una realidad pura como hoja, es preciso que te deshagas y que seas más negro que la tinta. De esa forma iniciática se podría llegar a escribir en cierto punto de inflexión. Se trata de una poética de la oscuridad, como ya lo revisaron Lihn, Millán y otros metapoetas. Por eso, en parte, la crueldad de la que hablaba Artaud, a nivel ético, siendo duro consigo mismo para que, en ese acto, germine una nueva apertura en y desde los otros, incipientes pero inherentes a esa cosmovisión.

Con todo, y por todo lo anterior, no puedo ser positivo, no puedo simplemente obviar el proceso vital del conocimiento, el ruido y el aceite de esa máquina. Para, al fin, ser o deber ser, debo contaminarme de ese ruido y de ese aceite, para saber, para aprehender, concebirlo todo, para intuir la la paz auténtica de toda esa mecánica, una ecología de la mente. Por eso, escribir implicaría volverse negro e indescifrable como tinta hasta que la página en blanco -tu realidad- aparezca virginal y total, como una ventana abierta después de tu primera y última noche de bodas.

No es posible escribirse por entero, ergo, hago de mí una obra por correspondencia absoluta. Nadie ama a nadie, por lo tanto, en esa nada es posible que seamos oscura significación, como un vacío oriental: prodigios de oscuridad, sombras de mundos.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Martirologio del 11

"Articular el pasado históricamente no significa descubrir ‘el modo en que fue’ (Ranke) sino apropiarse de la memoria cuando ésta destella en un momento de peligro. El materialismo histórico quiere apropiarse la imagen del pasado que, de repente, se aparece al hombre seleccionado por la historia en un momento de peligro. El peligro afecta tanto al contenido de la tradición como a sus receptores. La misma amenaza pesa sobre ambos: la de convertirse en instrumento de las clases dirigentes. En cada época deben realizarse nuevas tentativas para arrancar a la tradición del conformismo que pretende dominarla. El Mesías no viene sólo como el Redentor: él viene también para derrotar al Anticristo. Sólo aquel historiador que esté firmemente convencido de que hasta los muertos no estarán a salvo si el enemigo gana tendrá el don de alimentar la chispa de esperanza en el pasado. Pero este enemigo no ha dejado de vencer." Así rezaba Walter Benjamin en sus Tesis sobre la Historia. Tiempo después, se suicida. ¿Será la figura del mártir la del ángel del tiempo? ¿Es acaso posible condensar en una pura llamarada temporal, en un solo instante seco de plomo, las ascuas de una gran fogata histórica que nos ilumina a la vez que nos precipita a arder en ella? 

Nos enseña que la memoria debe arder, que quienes recuerdan están imbuidos de ese presentimiento ígneo, que del montón de sesos de los iluminados, vagando por la curvatura de un tiempo humano, podremos encontrar alguna clase de sinapsis o conexión con aquella historia enterrada, aquella casa hecha de cenizas, como si fueran la premonición de una pureza desencantada, por la fuerza implacable de un Tiempo que se sabe invencible. 

Esos ángeles desterrados, esos hijos del plomo histórico que tenemos por mártires, pululan entonces en cada ceniza de la conciencia, mudos pero fulgurantes, con un misterio como juramento: aprender a arder para que en ese acto se sienta la Historia. Sin embargo, "la buena nueva, que el historiador, anhelante, aporta al pasado, viene de una boca que quizás en el mismo instante de abrirse hable al vacío", sentenció Benjamin. Si no existe lengua alguna para el horror de un instante, si la propia lengua histórica traduce una puesta en abismo al momento de su comunicación en el tiempo, no quedaría sino la salida del mito, la encarnación prometeica de quienes dejan su materialidad por esparcir el fuego de una conciencia tan ardiente como intraducible. De esas mismas ruinas sería posible palpar aquel tiempo violento como una quemazón en la llaga de la memoria colectiva. 

Allende se suicidó, el plomo fue su testigo y ejecutor. Sócrates se suicidó, su cicuta arde en el logos occidental. Giordano Bruno fue quemado por la Iglesia, por defender la visión heliocéntrica. El saber nos llega en forma de disparo, diría Benjamin, el tiempo jalará del gatillo. La Historia es muda, si quienes no vencen no la escriben, es preciso quemarse y que su lectura póstuma arda en los ojos de los nostálgicos. Que sea como un corazón material tan pleno de sangre que se vacía: recordar.

jueves, 29 de agosto de 2013

Clase de música

Recuerdo la clase de una profesora de filosofía en el liceo, en donde nos enseñaba a distinguir lo apolíneo y lo dionisíaco en una serie de pistas musicales. En muchas de ellas sonaba música jazz, Coltrane, Coleman, en otras algunas piezas clásicas, sonidos que dado su marcado carácter de improvisación, de azar, y de proporción, de orden estético, respectivamente, podía diferenciar más o menos de manera sencilla entre ambas categorías (el jazz es impulso vital; las orquestas clásicas de Mussorgsky, por ejemplo, son impulso y además propenden a un orden, una estructura). Cuando comenzaron a sonar en el equipo las guitarras eléctricas, provenientes del sonido Seattle (detesto la etiqueta "grunge") y del rock alternativo con temas de Radiohead, The Pixies y de Smashing Pumpkins, entonces entendí de manera acústica que en realidad Apolo y Dionisio no son categorías del intelecto, y por lo tanto, fue una de mis primeras aproximaciones hacia la sospecha sobre la lógica dualista de las cosas. Lo que yo entendía otrora como apolíneo en las piezas clásicas no era sino la forma, el orden cósmico que se recrea en la mente una vez escuchado, la figuración de ese orden en la psiquis, su encarnación sensible. Sin embargo, lo dionisíaco como voluntad y a posterior como "brasa sonora" está ligado umbilicalmente, esperando a cobrar cuerpo en las cenizas del espectáculo apolíneo de la audición. Por lo mismo, lo que yo creía dionisíaco en el jazz no era sino una mayor incandescencia de esa voluntad primigenia, figurada mediante la estructuración de notas correspondientes al orden apolíneo, que se materializan en la improvisación de saxos y de baterías como simulando una apología acústica de una bacanal.

A pesar de tal revelación, no veía en ese rock sino una confusión, aunque bella, demasiado ininteligible: no cabía aplicar de manera pedagógica lo apolíneo y dionisíaco en ese cóctel prematuro de gritos, acoples, distorsiones y letras. Entonces resolví: el rock, al desarrollarse como una rebelión más allá de lo musical propiamente tal, está ligada al sentimiento juvenil, a la revolución de las hormonas, he de ahí una posible respuesta: era la fuerza de la edad, la naturaleza en flor alegando legitimidad a través del sonido eléctrico y de las gargantas sangrantes. Sin embargo, el problema seguía: cómo entender la pugna dialéctica, ya resuelto el falso dualismo de esas categorías, entre la figuración apolínea y el desenfreno dionisíaco aplicada a la música de esas bandas de rock and roll. Entonces, mientras duraba todavía el ejercicio, no pude sino remitirme al Mundo como Voluntad y Representación (libro que rehuía ingenuamente por aparecer la palabras "suicidio" demasiadas veces en él, con la creencia de que Schopenhauer era una especie de rock star, que impulsaba a la auto destrucción, y que uno al leerlo se volvía casi automáticamente en un fan siguiendo sus pasos religiosamente): "en la melodía, en la voz cantante que dirige el conjunto y, avanzando libremente de principio a fin en la conexión ininterrumpida y significativa de un pensamiento, representa una totalidad, reconozco el grado superior de objetivación de la voluntad, la vida reflexiva y el afán del hombre. Solo él, por estar dotado de razón, ve siempre hacia delante y hacia atrás en el camino de su realidad y de las innumerables posibilidades, y así completa un curso vital reflexivo y conectado como una totalidad. En correspondencia con eso, solo la melodía tiene una conexión significativa e intencional de principio a fin. Ella narra, en consecuencia, la historia de la voluntad iluminada por el conocimiento, cuya imagen en la realidad es la serie de sus actos; pero dice más, cuenta su historia más secreta, pinta cada impulso, cada aspiración cada movimiento de la voluntad: todo aquello que la razón resume bajo amplio y negativo concepto de sentimiento, no pudiendo dar cabida a nada más en su abstracción. Por eso se ha dicho siempre que la música es el lenguaje del sentimiento y la pasión, como las palabras son el lenguaje de la razón: ya Platón la interpreta como el movimiento de las melodías que imita al alma cuando es movida por las pasiones". 

A posteriori deduzco la verdad contenida en la melodía, en la voluntad generacional (no sé si llamarla universal, mundial o natural) que se esconde tras esa representación ruidosa, luego de aquella intuición durante la experiencia didáctica musical. Estamos hablando, más que de un mero análisis con nota al libro sobre la reencarnación de esos ídolos griegos en la figuración y voluntad de los sonidos rockeros, de todo el gheto de las pasiones y voluntades viscerales y hasta cierto punto hormonales que confluyen como fuerza estética tras cada decibel, cada alarido, cada verso y desencanto. Más que la vida expresando su concierto en forma de cuerdas, rabia y percusiones, se trataba de los sentimientos de toda una generación, que salían despedidos como de una caja de pandora musical, (que en la dinámica del mundo constituyen demonios interiores habitando en las mentes rebeldes de los feligreses del rock), como si al escucharlos y perderse en esa orgía esencial, (figuración tan cotidiana por el inconformismo de sus estandartes pero trascendente por lo que subyace, la voluntad de expresarse aquellos demonios) uno introdujera una ficha , una ficha psíquica, espiritual, en ese gran jukebox originario, tan infernal como paradisíaco, esencial, y comenzara inmediatamente la voluntad del mundo a empujar nuevamente la rueda de la historia al son del ritmo y la melodía , en este caso, la de los mártires del rock noventero. Ya casi veía a Thom Yorke, Billy Corgan y Richard Ashcroft como avatares , reencarnaciones de aquella voluntad pandemónica desatada, como articuladores del ruido sordo de esa década, la generación perdida, la gran X que se dibujaba en el mundo de los noventas, tatuada como logo de banda musical en las mentes más frescas y juveniles, todavía unidas umbilicalmente a dicha voluntad tan envolvente, sublime por inconmensurable, terrible por verdadera, como si Schopenhauer hubiese escrito en un apartado de su tratado filosófico, que en el sonido rock de los noventa todos los sentimientos de la generación vuelven a su estado puro y el mundo de esa década, su historia constante y sonante en cada decibel, en cada desencanto, en cada hormona furibunda, no fuese sino música hecha realidad. A eso se refería entonces Beethoven : el rock como una revelación más alta que cualquier filosofía. Y así debería revelarse la filosofía: como un aumento en los decibeles del pensamiento, como la gran canción eléctrica que haga vibrar los viejos conceptos.

La música de Metal Machine Music

La música de Metal Machine Music: el mejor antídoto contra el despecho, mejor que el valium, mejor que mirarse al espejo, de amanecida en la caña moral. Banda sonora de supermercados, de citas a ciegas, de encuentros familiares. Lou Reed, dispuesto a ser un sujeto hermanable, nos obsequia este disco por obra y gracia:

"Reed parece empeñado en remover el cadáver de su creatura. En su momento, el artista dijo en su defensa que el disco no era una venganza contra su compañía de discos (RCA), sino un disco pensado durante seis años que grabó en 24 horas. Se reabre, por tanto, la vista para juzgar al "peor disco de la historia del rock".

Fiscal.- Es peor que un dolor de muelas, la melodía no existe, el concepto chirría, es evidente que las drogas le sientan mal.

Defensor.- De eso trataba 'Berlin' (1973) de drogas y drogadictos y es una obra estimable por muy deprimente que parezca.

Nico apareció por León, en un festival, en 1976, con sus mantras. El público bramaba "marcha, marcha" y la alemana rompió a llorar.

Fiscal.- Es tan inútil como el filme rodado por Warhol que mostraba el Empire State Building durante 8 horas en un plano fijo.

-¡Es genial!, grita desde la tribuna el crítico musical Lester Bangs.

Que comparezca Nico, compañera de micrófono de Reed en el primer álbum de la Velvet. En 1976 Nico apareció en León (España) en uno de los primeros festivales de rock celebrados tras la muerte de Franco. La muchacha se presentó en el escenario acompañada por un harmonium, interpretando mantras de aires espirituales. El público asistió estupefacto al primer tema. En el siguiente, se expresó con rotundidad: "¡Marcha! ¡Marcha!", gritaban. Una consigna que en aquellos años se identificaba con las vibraciones rockeras.

Nico abandonó llorando el escenario al que sólo volvió cuando los organizadores (presos de la leyenda 'velvetiana') se hincaron de rodillas ante la diva e imploraron respeto al respetable que concedió tres minutos de silencio incómodo a la susodicha.

Ni el fiscal ni la defensa se ponen de acuerdo sobre el interés del testimonio sobre Nico, pero se ríen un rato.

Juez.- 'Metal machine music' es un disco destinado al fracaso, Lou Reed no canta, sólo abre la boca para bostezar y ni siquiera erupta como haría un dadaísta.

Defensor (ajeno a la extrema parcialidad del juez).- Eso explica la relación actual de Laurie Anderson con Lou Reed. ¡Es un acto de amor a la vanguardia! ¡Un precedente del punk y del ruidismo de Sonic Youth!

Lou Reed.-¡Protesto! ¡Yo soy más culto que un punk!

Juez.- El caso queda visto para sentencia y... sólo le pido a Dios que si existe una reedición del disco no tenga ni composiciones inéditas, ni versiones alternativas. Se permite al acusado el alegato final.

Lou Reed.- "Cualquiera que llegue a la cara 4 es más tonto que yo. Para que conste en acta, yo llegué al final, pero me pagaron por hacerlo".