Y yo me pregunto: ¿Qué tiene que ver el fascismo y el nazismo (movimientos políticos del siglo XX y circunscritos a esa época) con el ascenso de un nuevo gobierno norteamericano, de corte proteccionista, en el marco de una geopolítica global? Pregunta seria. Es como querer asociar, de manera arbitraria en el tiempo, a los integrantes del Eje con los Aliados. Yo diría que los epítetos nazi y fascista se tratan más bien de epítetos sin sentido, usados por la prensa hegemónica para manipular la opinión y los mass media. Por supuesto, apelativos, “hombres de paja”, sin rigor semántico alguno. Sin prenderle velitas a los aludidos, pero es común leer en los medios de comunicación algún calificativo peyorativo para atacar a una figura incómoda. Ya ocurrió con Putin, durante el comienzo del conflicto con Ucrania, año 2022. La ideología fanatiza. Como dijo Jesús G. Maestro, “la ideología es la gestión de la ignorancia”.
martes, 21 de enero de 2025
sábado, 18 de enero de 2025
David Lynch: el sueño, la vida, la caverna (reflexión insomne)
Decía David Lynch: “Aprendí que justo debajo de la superficie hay otro mundo y que, cuanto más se cava, aparecen más y más mundos distintos. Lo sabía de chico, pero no había podido encontrar las pruebas. Era solo una sensación. Hay algo bueno en el cielo azul y en las flores, pero otra fuerza -un dolor salvaje, un deterioro- también lo acompaña”. El poeta Paul Eluard también había dicho: "Hay otros mundos, pero están en este. Hay otras vidas, pero están en ti".
El enigma es la esencia que subyace a lo real. El misterio es el propósito mismo, la última frontera. Más allá de lo evidente, radica lo infinito, aunque no cualquiera está dispuesto a excavar en su propio interior, por miedo a lo que allí pueda encontrar. Un doble. Un reflejo trizado.
En el fondo, la Logia Negra habita en nuestro propio cuarto, y la salida está más cerca de lo que creemos. Solo hace falta ver, agudizar la mente, visualizar. Los sueños son terreno fértil para ideales y pesadillas, pero importa más la consciencia despierta, decía Lynch.
El cine es una representación de la caverna platónica que, a su vez, representa la realidad misma, con sus telones, butacas y pasillos laberínticos. El director solo muestra una parte del show. Te invita a su sueño. Al espectador le queda vivir ese sueño o soñar su propia vida.
¿Será su vida, acaso, una latente proyección cinematográfica? ¿Serán sus recónditos sueños la materia oscura de un mundo posible, todavía infranqueable?
jueves, 16 de enero de 2025
David Lynch, psiconauta de otros mundos
"Aprendí que debajo de la superficie hay otro mundo y aún más mundos a medida que profundizas más. Ya lo sabía de chaval, pero no podía encontrar pruebas. Sólo era una sensación”.
«Siempre me han gustado las dos partes de mi mente y creo que para apreciar una tienes que conocer bien la otra… cuanto más oscuridad seas capaz de descubrir, mayor será la luz que puedas ver».
“Existe la luz y varios niveles de oscuridad, […] y yo estoy por supuesto ahí: perdido en la oscuridad y la confusión”.
“No estamos experimentando la realidad definitiva: lo “real” está latente durante toda la vida, pero no lo vemos. Lo confundimos con un montón de cosas distintas. El miedo consiste en no ver todo el conjunto; si pudiéramos llegar a verlo todo, el miedo desaparecería”.
Elegía a David Lynch, maestro de lo onírico y lo absurdo
Para el maestro David Lynch, “el absurdo era lo que más le gustaba en la vida”. El propio director señalaba que “la muerte no era una finalidad. Había un continuo: es como por la noche irse a dormir y durante el día despertar”. Había un ciclo en ese continuo que no era lógico y que respondía más bien a una cuestión simbólica. Y es que Lynch veía en el cine su propia mirada sobre el ensueño y sobre lo absurdo como los articuladores de la realidad.
Siempre pensé en las películas de Lynch como proyecciones oníricas de su propia mente, o bien como proyecciones de un inconsciente atrapado en la mirada del propio espectador. De pronto, la narrativa se fundía en la multitud de planos, una pura escena impactante generaba una discordia o alumbraba una aterradora revelación en medio de la penumbra.
El Lynch del cine era el Lynch detective, que era, a su vez, un psiconauta, un explorador espiritual. A él le interesaba, con su arte, explorar los recovecos tortuosos de la existencia, porque este mundo de hoy “no es un lugar tan maravilloso ni es el sueño más brillante”.
En efecto, “es un mundo extraño” como hubiera dicho Jeffrey Beaumont en Terciopelo azul. Este mundo en el que Hollywood se incendia, en el que se intuye el preámbulo a una nueva guerra geopolítica (alusión inmediata al hongo atómico de Twin Peaks, tercera temporada), en el que se destapan los monstruos de la industria, en el que el absurdo reina campante bajo el nihilismo de los valores, es, en definitiva, un mundo lynchiano.
“Hay que estar dispuesto a dejarse llevar por lo abstracto. Hay que querer perderse en él. Si no, se tendrá la sensación de frustración”, repetía el maestro Lynch, al referirse a la abstracción onírica de muchas de sus películas. Y esa es la clave: no era simplemente una abstracción etérea, sin conexión con lo terrenal, era justo era el remanente, la sombra que preside esa vida, en apariencia, tan cotidiana como familiar y rutinaria.
Lynch supo develar, como ninguno, la pesadilla que vela el american way of life. Profundizó, con su mirada clínica, en la psicología profunda del hombre postmoderno, con sus contradicciones, disonancias e instintos brutales y enérgicos. Indagó en los entrecejos del sueño hollywoodense, en la búsqueda desesperada del éxito, por parte de jóvenes idealistas, repletos de buenas intenciones, todavía demasiado ingenuos para la crueldad y la abyección que se esconde tras el telón de fondo, cuestión que queda patente en su penúltima película, Mulholland Drive.
Por eso es que el cine lynchiano entra en consonancia con nuestro zeitgeist y con el espíritu mismo de la industria cinematográfica: un siniestro teatro del absurdo.
Cómo olvidar aquella oreja enigmática. Cómo olvidar la humanidad del hombre zaherido por su deformidad. Cómo olvidar el destino de un pueblo marcado por la desaparición de una chica con una vida secreta. Cómo olvidar la carretera perdida de los sueños, allí donde solo cabía un hombre oscuro con una cámara bajo la noche, en medio del desierto.
Todas y cada una de esas escenas eran representaciones de lo total y de lo abismal, transfiguraciones del alma humana envuelta del sueño que fue su propia vida y que fue su propio universo demiúrgico, improvisando una cortina de jazz en medio del pánico.
Recuerdo haber quedado traumado la primera vez que vi Cabeza Borradora en el Insomnia. La vi pasada la madrugada, en un cine que hasta hace poco era cine porno: el mítico Cine Grill. Y quedar traumado con una película de Lynch era rendirle un homenaje en calidad de sacrificio. La otra que también me traumó fue Carretera perdida. Esa mezcla descarnada entre sensualidad y brutalidad hicieron cortocircuito en mis sentidos, acorde a otro visionado nocturno, ambiente ideal para la filmografía lynchiana.
Con Twin Peaks hubo un verdadero remezón. Ya no era un mero trauma. Se trataba de un cambio total de paradigma, respecto a lo que yo entendía por serie de televisión. En ese periodo estaba en la Universidad y no había tanta variedad de streamings. Había que descargar las series por torrent para disfrutar de algunas joyitas. Tuve que descargar la temporada uno y dos, episodio por episodio, en formato mp4, para luego quemarlas en Nero y verlas sin apuro. El resultado fue espeluznante.
Pensé en el Agente Cooper como un agente racional que se internaba, poco a poco, en un abismo delirante, hasta el punto de perder la cabeza e hipotecar hasta su ser. Era el precio por conocer la verdad. Pensé en Bob como el espíritu del caos, como el agente maligno por antonomasia, aunque una malignidad sin origen ni razón aparente, una pura fuerza destructora que tenía cautivo al pueblo entero.
Por último, pensé en Laura Palmer como el misterio que encarna la propia mujer, un misterio que colinda con la frontera entre la vida y la muerte. ¿Vive o muere Laura Palmer? Para el que vio las tres temporadas, la respuesta se vuelve todavía más difusa. Y esa era la gracia de la mirada de Lynch: que propiciaba el desconcierto y la desazón como formas propias de la lucidez. Sin un grado de incertidumbre no era posible el conocimiento completo de lo real, ni la contemplación estética de su belleza, terrible por sublime. “La oscuridad es la comprensión del mundo”.
Ahora, el Lynch pintor y el Lynch maestro de la meditación rememoran la serenidad zen de sus últimos días, la serenidad de quien ya conoció el infierno y supo transfigurarlo en forma de un dulce cosmos inquietante. Esperemos que, al final de la jornada, sea todo una broma de mal gusto y que Lynch aparezca, detrás de la función de cine, bebiendo un café. O mejor aún, que despertemos de la pesadilla y que, de pronto, suene el teléfono y una voz grave y misteriosa nos diga que somos nosotros los muertos, y es Lynch quien proyecta nuestra vida en su propio club llamado “Club Silencio”.
Es un mundo extraño, sin duda.
miércoles, 15 de enero de 2025
Volví a la Feria del libro de Viña, a darme una vuelta. Siempre que regreso a dicha feria lo hago en calidad de morador incógnito, no vaya a ser que alguien me reconozca. Pasé por ahí como una sombra humana, solo advertido por gente desconocida. Fui con la intención de vitrinear uno que otro libro en los puestos de las editoriales, aunque también pasé de soslayo frente al escenario de las presentaciones, donde uno que otro autor lanza su libro y habla sobre él mismo, fingiendo que el resto lo escucha, que los espectadores le prestan la debida atención.
Volvía sobre mis pasos cada vez que la oferta literaria de algún puesto no me convencía. Trataba de darme otra vuelta más, a ver si en esa vuelta me arrepentía de no comprar tal o cual libro, o si, por el contrario, acaba pegado en otros puestos, movido por la fuerza centrífuga de su producción, el inevitable magnetismo de su mercado. Así, deambulé por la Editorial Universitaria de Valparaíso, con descuentos para “Alumni”; luego, por la Editorial Alire, la Áurea Ediciones, la Editorial Chema, hasta llegar al puesto de la Sociedad de Escritores de Valparaíso. Allí me detuve.
Ningún rostro conocido, por fortuna. Me acerqué sin problemas. Un caballero me recomendó un libro en el estante. Clavé mi mirada en la portada. Era de un tal Omar Cid y tenía por nombre “Todo por nada o el halago de los instintos”. Le pregunté al caballero de qué se trataba. Dijo que sobre las pugnas de poder dentro de la propia sociedad de escritores. Un secreto a voces, le comenté. El caballero asintió, como si lo supiera de primera fuente. En un momento, comparó la temática con la del caso Spiniak. Esto me intrigó aún más, y fue un gancho clave para la posterior compra del libro.
Cuando lo tenía entre mis manos, decidido a llevármelo, leí la contratapa. Hablaba algo sobre una orden secreta. Intuiciones que ya había trabajado anteriormente, y que formaban parte de mi imaginario y, en cierta forma, de mis sospechas, fundadas o no, en torno al círculo de escritores. Una lectura en clave conspirativa siempre resulta estimulante y fascinante. Una trama cruzada por el vaivén amoroso, las perversiones inconfesables y las redes de influencia, era algo que cuajaba muy bien en la ficción, pero que, además, sintonizaba muy bien con mis propias obsesiones.
En ese instante, recordé al grande de grandes, Kafka, y su máxima: “sigue sin piedad tus obsesiones más intensas”. En resumidas cuentas, no vendas tu alma a la normalidad, aunque el precio por indagar en las cuestiones ocultas sea el de sumirse demasiado en lo subterráneo, y acabar por mezclarse con la materia de su realidad.
No lo pensé dos veces. Compré el libro. El caballero sonrió, satisfecho por la nueva venta. Dijo que lo encontraba polémico, y que, por lo mismo, me gustaría. Una vez más, lo afirmó como si lo supiera de primera fuente. Me despedí agradecido, salí de ahí y continué deambulando por la feria, repleta de gente anónima con la que los escritores se ocultan, camuflados en la masa lectora, como si formaran parte de ella, y no fueran realmente una especie aparte, extraña.
Volví a recorrer la feria entera, agitado por el calor. En el fondo, buscaba lo imprevisto para poder seguir escribiendo, algún rostro fugitivo, algún otro libro intrigante, alguna situación azarosa o escandalosa. Nada de nada. Solo la multitud ávida de páginas y mis elucubraciones sin un orden sintáctico. Leí el epígrafe del libro de Omar Cid, una cita de Bruno Vidal, a modo de revelación: “Amé la imagen feliz y perdida de toda una vida. De fugado cuerpo y de fugada alma. Yo la grieta de mis espejos. Yo un Narciso de la furia visionaria”.
Panegírico imposible a Mon Laferte, la nueva embajadora
Mon Laferte fue nombrada como embajadora cultural de Valparaíso en el Parque cultural, Ex cárcel. En otro tiempo, esta noticia me hubiera entusiasmado. Hoy apenas resulta una anécdota, y solo evoco los recuerdos de su glorioso paso por Viña, tiempo en el que indagué sobre su pasado rockero y metalero, y me fasciné con su figura. Si hasta le dediqué un par de textos, uno en el que celebraba con creces su debut en el festival, y otro en el que soñaba con una invitación a tomarnos un schop y a servirnos un completo en el Cevasco.
Es verdad que el rumbo actual de su música y su deriva artística ya no me mueve. Es más, me decepciona. Apenas sobrevive como un estribillo mal cantado. Pese a todo, no me arrepiento de haberle dedicado unas cuantas palabras y algo de mi tiempo y de mi energía. La sigo encontrando talentosa. Pero el camino que sigue, hoy por hoy, ya no es el mismo. Y yo ya no puedo seguir transitando esa vereda, sencillamente porque hemos cambiado mucho, así como también han cambiado las circunstancias vitales, las predilecciones propias y las de mis antiguos camaradas de ruta.
De todas maneras, se le recordará con cariño, y siempre guardo en mi memoria musical, como en un disco rayado que sigue girando, aquellos temas de su primera etapa, la alternativa, la mejor, a mi juicio, la de Desechable, la de Tornasol, la de Mystica Girls, hasta la de su memorable Volumen 1, con sus clásicos archi conocidos. Siempre guardo la esperanza, como en aquel cuento, de que ella vuelva a sus raíces y haga aquel disco progresivo de vanguardia que tenía pensado hacer en secreto. Pero sé que solo son ensoñaciones mías, ensoñaciones de un pobre diablo nostálgico. Por mí, que siga cantando, allí donde ya no pienso aparecer. Por lo pronto, queda su música, su canto desgarrado, su lamento.
martes, 14 de enero de 2025
El regalo de la llave (ejercicio reflexivo)
Mi ex me regaló una llave. Dijo que era algo simbólico, para que me “abriera camino”. Yo le agradecí, sinceramente. Aunque la llave abre puertas, pero se entiende el sentido del gesto. Nunca antes en la vida alguien me había regalado una llave, de manera desinteresada, solo por significar algo más.
¿Será que aún puedo abrir mi corazón con ella? ¿Será que ella ya cerró el suyo y la llave es una invitación a volver a abrirlo? ¿O será que la llave me la dejó para que pudiera abrir otras puertas que no sean la nuestra? Puede que sea más simple que eso. La llave regalada como la apertura de lo que se creía cerrado, abrirse por dentro para permitirse entrar de nuevo sin restricciones.
En la llave radica el secreto del mundo. Sirve tanto para abrir como para encerrar. Encontrarse con lo inesperado, abrir y volver a lo rutinario, o cerrar por fuera y para siempre el espacio que ya se abandonó y que descansa en el recuerdo.
El amor es una llave. La posibilidad del amor radica en una apertura mutua, y dicho gesto coincide plenamente con el pasaje de una crónica que escribí hace casi diez años y que integró el libro Rinconada, una crónica sobre quedarse afuera de la casa, y concebir en la llave un poder insospechado:
“La llave es como un símbolo de pertenencia, porque alguien con una llave, aunque sea un huérfano, es casi siempre alguien que abriga una esperanza ciega, la posibilidad de abrir alguna puerta por ajena y distante que sea y sentirse adentro, de vuelta a cierta especie de hogar, como si fuese algún Ulises clandestino.
Se puede no tener dinero, pero sin una llave se está literalmente perdido, aunque ya no queden puertas. Aun así la llave no te acompañará al éxito ni al fracaso, solo garantizará tu acceso a cierto umbral de la realidad, por hermético o insondable que este parezca.”
Debo decir que me conmueve el caso Valdivia. Un triángulo amoroso que atraviesa el mundo del fútbol, la televisión y la política, convertidos en una pura amalgama, de cara a la masa. Una trama procesal digna de un culebrón. Un tratamiento mediático de lo más rocambolesco. Un síntoma claro de la politización de la farándula, y la espectacularidad de la politica. Con el suficiente poder narrativo, se puede hasta escribir un guion sobre el caso y realizar una teleserie ficticia basada en la realidad de los hechos. Hemos llegado al punto en que no es posible distinguir a la persona de la figura y, a partir de ahí, las posibilidades son infinitas, tan fascinantes como espeluznantes.
Una vez que saltan del mundo privado al mundo público, no hay vuelta atrás. Hacen un pacto mefistofélico. A cambio de fama, usurpan su vida, su propia identidad y esta se vuelve otra máscara del espectáculo, esa maquinaria que drena la energía de sus figuras cual vampiro, dejando una pura careta ficticia, sin anonimato, sin intimidad.
lunes, 13 de enero de 2025
Comentario a Resignación infinita de Eugene Thacker
Siempre habrá una intención prohibida en la resignación. La lectura de Cioran siempre será terrible, terrible por lo lúcida, porque ahondar en el propio abismo, confrontarte con la sombra de las cosas del mundo resulta un desafío constante, de nunca acabar.
La Ateneo cierra sus puertas: ¿fin de una legendaria librería porteña?
Otra librería histórica de Valparaíso está a punto de cerrar. El dueño de Ateneo Libros, Juan Luis Benavente, quien lleva sesenta años con la librería, ha manifestado querer venderla. Su cansancio y su falta de adaptación al sistema moderno son algunas de las razones que esgrimió para dejar el negocio de su vida. Su familia tampoco tiene la intención de continuar con el legado, por lo que no tiene cómo mantenerlo en el tiempo.
Él mismo señaló que, si fuera por él, no cerraría nunca y que “solo Dios sabe cuándo”. Pese a todo, don Benavente se siente agradecido por el cariño de los clientes y, sobre todo, por Valparaíso, la ciudad que le ha “dado todo” (y que ahora se lo arrebata).
Ante la falta de algún comprador que desea continuar con el rubro, seguramente el caballero rematará y liquidará los libros de la Ateneo. Lamentable si así fuera. Hay quien afirmó ver en la librería una especie de “templo” al cual no se puede acceder, dada sus dimensiones, y que solo admite devoción y reverencia de sus lectores, como si fuesen los feligreses de alguna gruta perdida, impermeable a los avatares históricos.
Y es que la Ateneo, que remite a las sociedades de inspiración griega, donde se discutían “los problemas del cosmos”, se ha mantenido fiel a su noble visión, haciendo gala de un repertorio nutrido de clásicos, textos escolares, enciclopedias, joyitas literarias y libros de crónicas.
Hay quienes no pueden evitar la comparación con la enorme y majestuosa librería El Ateneo Grand Splendid de Buenos Aires, instalada en un antiguo teatro, a fines de los noventa, de dimensiones inmensas y siendo catalogada, por el periódico británico The Guardian, como una de las librerías más bellas del mundo. Sin embargo, nuestra Ateneo porteña es muchísimo más modesta, provinciana, diminuta, pero, no por eso, menos digna. Se parece más a un portal secreto hacia una dimensión desconocida, libresca, más que un paraíso barroco.
Nuestra Ateneo fue testigo del tiempo cambiante como el río de Heráclito. Vivió la época del régimen militar. Luego, el terremoto del 85, el convulso período de la Concertación, el cambio de siglo y de milenio. Mucho más tarde, lo que fue la asonada de octubre del 2019 y, para rematar, la pandemia orwelliana del coronavirus. En definitiva, la Ateneo se ha conservado como un faro de luz en medio de las tormentas de la época.
Pese a los contratiempos, se mantuvo estoica. Pero, como toda resistencia a un gran imperio, hay un momento en que se cumple un ciclo. En todo caso, lo ideal sería que se ciclo se cumpliera de manera orgánica, y no debido al abandono de las autoridades y los agentes de la cultura.
El cierre de la Ateneo, sin duda, es otro reflejo de ese abandono paradigmático que ya viene siendo parte del ethos profundo de la ciudad puerto, que alguna vez fue principal, que alguna vez tuvo ese carácter solemne del cual carece. Cada librería que cierra representa una derrota. Cada librería que se deja morir representa un triunfo para la indolencia. Pero tengo la convicción de que la historia sabrá velar a sus vencidos, y los lectores de la Ateneo sabrán preservar su memoria en el imaginario, porque el imaginario se sobrepone al presente y conjura otro tiempo, otra vida.
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