Alguna vez señalé lo siguiente: nuestra época es tan nihilista que si Nietzsche viviera hoy desearía que Dios no hubiera muerto. Alguien tuvo una objeción. Negó que la época fuera nihilista, porque, de acuerdo a su postura, estamos llenos de idolatrías, algunas llamadas pensamientos positivos. En cierta manera tenía razón, aunque yo me referí al nihilismo entendido como la decadencia de los valores trascendentes de Occidente, y la preponderancia, en cambio, de puras narrativas posmodernas. Ante eso, el interlocutor dijo que el mismo Nietzsche vaticinaba lo terrible de la muerte de Dios, y consistiría en el afloramiento de lo secular a niveles grotescos. Lejos de la individuación heroica y trágica de superhombres, el vacío metafísico fue reemplazado con espiritualidades light, elucubraciones tecnocráticas, mentalidades de tiburón con idilios financieros, minorías rabiosas y vociferantes, proyectando su miseria, su resentimiento contra el mundo. El precio por la muerte de Dios fue, sin lugar a dudas, la proliferación impune de lo secular y la pérdida del sentido de lo sagrado en casi todos los aspectos que de verdad importan. Como todo vale, nada vale. Se enaltece lo banal a categoría de realeza. Se consagra lo baladí. Frente a ese escenario, parece razonable el volver a las confesiones tradicionales y a sus cultos místicos, ricos en misterios y en devoción esotérica.
viernes, 3 de enero de 2025
martes, 31 de diciembre de 2024
Poder decir adiós
Hay en el adiós un deseo sublimado, el deseo de despedirse definitivamente de algo o alguien y consagrar lo despedido a Dios, a lo increado que lo trasciende todo. A veces, decimos adiós movidos por un ánimo benevolente, cerrando un ciclo de forma simbólica, o bien decimos adiós para nunca más volver y para desterrar de nuestro espacio y de nuestro tiempo aquello que se marcha, que no avizora un paradero conocido y que promete nunca regresar. En ambos casos, el adiós conjura una posibilidad. En ambos, se vuelve el mantra del destino, y quien lo pronuncia establece la medida de lo eterno. "Poder decir adiós es crecer", cantaba Cerati, porque el crecimiento implica un sacrificio, la superación de un estado anterior; "la vida sigue igual", cantaba Beto Cuevas, en la canción Tejedores de ilusión, porque la vida es la gran maestra que sigue su curso y arrastra el ciclo del tiempo consigo. Pero siempre abrigaremos en nuestro corazón una historia eternizada, una eternidad histórica que hará del mito su propia verdad.
Juramos a Dios para que sea un hasta pronto, porque siempre se vuelve al origen, llegado el fin.
martes, 24 de diciembre de 2024
Sobre el origen histórico de la Navidad y las antiguas Saturnales
La verdad es que no hay una fecha definida en los Evangelios para el nacimiento de Jesús. Debería ser en primavera, según algunos entendidos. Pero este dato no debiera por qué desanimar a los cristianos. En realidad, el 25 de diciembre fue establecido como fecha oficial del Nacimiento, por la mismísima Iglesia Católica, durante el papado de Julio I, en el siglo IV. Luego, con el auge del emperador Constantino, se extendió el culto cristiano de manera libre y abierta. ¿Y por qué el 25 de diciembre? Porque coincidió con los cultos paganos de los Saturnales, celebrado todavía por los romanos arraigados en sus tradiciones. La celebración a Saturno, dios de la agricultura y del tiempo, se realizaba entre el 17 y 23 de diciembre. La fecha coincidía además con el día del Sol invicto, asociado a Apolo, en la fecha del solsticio de invierno. Con este intercambio cronológico, con este sincretismo mítico, Jesús se volvió así el nuevo Sol para iluminar el mundo, el redentor, el milagro del cielo. Una conjugación de eventos cargados de un sentido trascendente, y que, juntos, construyeron el relato navideño para la posteridad, el relato de congregación, de regeneración.
Regreso a la crónica, inspirado en Navidad. Intento afinar el estilo de antaño, ya conocido por todos, aunque con los conceptos e ideas actuales:
Se aproxima la Nochebuena. Tras el ajetreo de la gente, imbuida por el espíritu navideño, afloran varios tipos humanos: las familias en los supermercados que compran la mercadería de Navidad a última hora; los ambulantes y su venta compulsiva que atesta el plan de la ciudad con sus puestos furtivos, llenos de toda clase de objetos y chucherías; los autos y los colectivos en panne producto del atochamiento vehicular, rumbo a sus casas para reunirse en torno al arbolito y el pesebre, o rumbo a los centros comerciales para las compras de último minuto.
Cada uno de estos tipos humanos se ha tomado la vida pública a vísperas de Navidad, dejando en evidencia, con su pasar frenético, una devoción sacrosanta al consumo o, si somos amables, a la cosa rutinaria y mundanal que precede, necesariamente, al acto ritual del nacimiento crístico.
Otros tipos humanos menos escandalosos se esconden detrás de la masa: el niño corajudo y vital que camina en plena calle, contra el tráfico, para venderle a los conductores algunas tarjetitas de navidad, tarjetitas que más de alguno colocará en los regalos destinados a sus propios hijos. Ese niño puede que no reciba un regalo con tarjetita, pero sabrá estar en paz con el solo hecho de haberla vendido a alguna familia constituida. El pequeño mensajero de los presentes tendrá su propia caravana veraniega, su propia misión estoica y generosa, aunque ya no cuente con el viejo pascuero en el reino de su imaginación.
El último tipo humano quizá sea el cristiano que, pese a su soledad, se siente en compañía consigo mismo y hace suyas las figuras de los Reyes Magos, de María, José y el niño Jesús, y los cobija en su lecho, porque entiende, de una manera muy rústica, pero auténtica, que el Nacimiento es una alegoría de su propio ser interno, que el Cristo vive en él, durante la noche mágica, aunque solo cuente con un techo en el hogar de Cristo; porque suya es la luz del Señor, aunque solo cuente con la luz de la luna como bálsamo para el alma.
lunes, 23 de diciembre de 2024
Mercurio retrógrado
Mi ex me contó el otro día que, durante Mercurio retrógrado, pasaban muchas cosas inauditas. Atribuyó al fenómeno astronómico la ruptura entre su cuñado y su hermana, y de paso, deslizó también el efecto hacia nuestra relación. Cuando le conté que me habían echado del colegio, sugirió que podía deberse al “momento de crisis” experimentado tras la órbita del planeta.
¿Cómo se explica que ella crea en esto? Siempre hay una explicación lógica y científica, la cual subraya el carácter de ilusión óptica del movimiento retrógrado, toda vez que los planetas orbitan a diferentes velocidades, causando esa sensación de retraso y lentitud en Mercurio.
Para la creencia astrológica, dicha ilusión encierra un enigma que data de los orígenes de la civilización. En específico, en la cultura babilónica consideraban que los planetas y estrellas eran manifestaciones de los dioses, por lo que cualquier movimiento era una señal sobre el destino de los ciudadanos.
El nombre Mercurio es la reencarnación romana de Hermes, el mensajero de los dioses para los griegos. Era el que comunicaba a los dioses con los mortales, presidía los encuentros y las asambleas, maestro de la elocuencia, guardián de los viajes tanto físicos como interiores. Era, además, el guía de las almas humanas en su camino hacia el inframundo. Sus dones eran los de guía, guardián, asesor y comunicador.
Se trata, si se permite la metáfora, de un “coordinador metafísico”, encargado del “cableado” entre los mundos y los seres. Por eso, si el movimiento de Mercurio fallaba, o se retrasaba, la conexión entre los planos elevados e inferiores se perdía. No había comunicación posible. Se perdía la sintonía y reinaba la disonancia, provocando malos entendidos, pérdidas de alineación y de expresión genuina.
De una forma profana, lo “mercurial”, asociado a lo cambiante, a lo volátil, a lo errático, se habría manifestado en nosotros, en nuestras circunstancias vitales, empujándonos a situaciones irreversibles, desviándonos del camino trazado con amor y dedicación.
“El viento apaga la vela, pero enciende el fuego”, dijo mi ex, muy misteriosa, luego de conversar, largo y tendido, aquella vez que nos juntamos, tras mencionar lo del Mercurio retrógrado. Lo cierto es que la frase está atribuida a un tal Nassim Nicholas Taleb. Le manifesté que era una frase ad hoc, muy apropiada, pero que no sabía a qué venía. Ella solo dijo que ya tenía tarea para la casa: averiguar su significado.
¿Para reinterpretar lo nuestro? ¿Para reflexionar sobre los cambios abruptos en esta época del año? ¿Para buscar en los astros las respuestas que no encontramos acá en la tierra, por incomprensión, por frustración?
De todas formas, hay una relación oculta entre la frase y Mercurio retrógrado. Si lo vemos de manera simbólica, hay un nexo entre el viento, el fuego y el planeta del dios mensajero, un nexo que, si se lee y se descifra bien, puede tener un alcance trascendente.
De partida, Mercurio retrógrado representa una crisis, y esa crisis puede tanto condenarte al silencio y al abismo, como empujarte hacia otros rumbos desconocidos, aciagos, aunque abiertos a la experiencia. El viento es lo adverso. Una llama débil puede sucumbir ante su amenaza. Sin embargo, un fuego intenso se alimenta con ella. Y no hablemos de incendios alimentados con el calor satánico del verano. Hablemos de fuego interior, de pira prometeica, de voluntad ígnea.
Si uno logra reactivar ese fuego, entonces, puede reconocer el camino que lleva de regreso a la órbita trazada. Con sumo estoicismo, puede restablecer el equilibrio y no claudicar ante el flujo mercurial de los acontecimientos.
Hay en esta interpretación una magia vetada al escéptico, un sentido poético en un texto que se niegan a leer, por dogmatismo, materialismo o positivismo. Con la suficiente imaginación se puede revertir la lectura lineal de la realidad, y lo que parecía evidente, resulta, a la larga, un intenso ejercicio hermenéutico. Si aquel trabajo no nos estaba permitido, si dicho amor no nos estaba destinado, tal vez sí era posible, desde el punto de vista de los astros, reconectar con la fuente de nuestros deseos. Volver sobre nuestros pasos y regresar al origen.
domingo, 22 de diciembre de 2024
"Todo encaja en todo armoniosamente" Hernán Miranda Casanova
El macho encaja en la hembra y la hembra en el macho
tal como el cuchillo encaja en los labios de la herida sangrante
y el árbol de corteza arrugada en el paisaje que lo rodea.
Cada palabra encaja como un rompecabezas dentro de lo conversado
así como una mirada encaja entre otras miradas
o la columna atacante en el espacio del enemigo
que se repliega a duras penas.
El extremo oriental del Brasil encaja en la costa occidental de África
y el cuerpo del atormentado en el instrumento que lo lacera,
la mano del ladrón con su presa.
El vuelo de un pájaro y la caída de un pájaro encajan
y el fusilado en las balas que lo perforan
y el niño en su madre
y una boca que besa en otra boca que devuelve el beso.
La línea quebrada de las montañas encaja en la línea quebrada
del cielo que hay sobre las montañas.
El río encaja en su cauce
el mar en su lecho cóncavo
y en su cuenca el ojo lloroso y la llave en la cerradura.
Todo encaja con todo
y no parece tarea fácil desligarse de este designio.
Cómo separar al muerto de su ataúd
o la partida del viajero de su regreso.
Todo se relaciona con todo
y hasta el que se esconde en una isla solitaria
encaja como un alfiler en la solapa del olvido.
Cada cosa se disuelve dentro de otra
y hasta “el camino de subida es el mismo camino de bajada”.
Al poema le es dado envolverlo todo,
evidenciar las relaciones que hacen posible
la armonía del caos.
Del libro “De este anodino tiempo diurno”, 1990
Hernán Miranda Casanova.
viernes, 20 de diciembre de 2024
Nueva crónica que trata sobre la búsqueda de trabajo. La vida del profesor, a ratos, se debate entre la ficción y la realidad, entre lo posible y lo imposible:
Recorrer el centro de Curauma a pie, en búsqueda de pega, se sintió como un auténtico peregrinaje. Bajo un Sol que abrasaba, la faena adquirió de pronto un carácter penitente. Cada paso hacia el próximo colegio, curriculum en mano, era, en sí mismo, un ejercicio estoico. Si se lee de manera existencialista, un viaje arduo a la espera de la institución que me abra las puertas, como en un regreso a tierra desconocida.
Para no perderme, busqué en el GPS las escuelas más cercanas a mi radio de acción. Así, caminé un buen tramo y pude arribar a cuatro, hasta encontrar un colegio que llamó mi atención poderosamente: el Colegio Miguel de Unamuno. Me sentí obligado a pasar por ahí. El solo nombre del escritor me convocó. Así que caminé rumbo al colegio del escritor, a ver si allí se dignaban a contratarme y contar con mis servicios.
La ruta no fue expedita. El Sol pegaba fuerte contra el asfalto y las calles con sus esquinas se volvían más inaccesibles. En una, había que cruzar un sendero de arena. En otra, había que subir una calle muy empinada, tal como en Valparaíso.
Al llegar con la dirección que me indicaba el mapa, di con el colegio. Estaba instalado delante de una arboleda y alrededor de la cuadra no se percibía pasar a nadie. Seguramente, ya los estudiantes habían terminado su año escolar y solo quedaban los profesores y los auxiliares puertas adentro, a realizar una labor entre monástica y burocrática.
Primero accedí a un camino empinado, creyendo que allí estaba la entrada al colegio. Pero no. Solo encontré un muro de concreto que se prolongaba hasta cerca de unos troncos. Así que bajé de regreso y me dirigí a la calle de más abajo, en horizontal. Caminé unos cuantos metros más y logré dar con una puerta metálica. Toqué el timbre y me abrieron. Allí dentro solo estaba la secretaria, quien recibió mi currículum de manera muy amable.
Le pregunté a ella si ya habían terminado el año. Me respondió que sí, que ya no asistían los estudiantes. Y luego le consulté sobre los profesores. Dijo que estaban en su sala. No todos, algunos. Entonces era cierto que, pasado el año lectivo, la labor de los docentes era netamente administrativa, a ratos, una que otra actividad de esparcimiento, pero, en el fondo, se trataba de actividades propias de un pálido funcionario: papeleos, rendición de cuentas, planificaciones y cumplimiento de horario, como si las horas allí dentro pasaran a un ritmo diametralmente distinto al mundo de afuera, como si estuviesen suspendidos en un plano nebuloso.
La pura referencia a ese periodo posterior al año lectivo me hizo comprender que el tiempo de los docentes, durante el cierre de semestre, previo a vacaciones, tenía algo de neblinoso, de algo que aún no termina de ocurrir, un mero ejercicio de transición, y así me sentía yo, en un limbo, fuera de juego, en un cavilar constante.
Salí del Colegio Miguel de Unamuno como el personaje de Augusto Pérez hubiera querido salir de la novela que habitaba: prosaico, aunque impulsado por un deseo recóndito, el deseo de enfrentar al verdugo de la realidad y reescribir mi historia en el sistema educativo, esa nívola llena de ilusiones y de erratas. Comprendí que también en el profesor, así como en el escritor, descansaba la paradoja de la vida.
miércoles, 18 de diciembre de 2024
Dies Irae: Un paseo por la tienda Riffs y la Anarko Metal Shop
Fuerza para José “Toño” Cabezas.
Tras la noticia sobre el lamentable accidente del “Toño Cabezas”, fundador de la banda Betrayed y leyenda viva del metal porteño, supe de un amigo suyo, Eduardo Saavedra, “Lalo Thrash”, que tiene una tienda de discos y poleras metal en Viña. La tienda se llama “Riffs” y se encuentra en el Paseo Cousiño, cerca de calle Viana.
Hasta ese entonces, la única tienda metalera de la cual tenía conocimiento y que frecuentaba muy seguido era la tienda del “Toño”, la “Anarko Metal Shop” ubicada en la cima de la galería Tres Palacios de Avenida Pedro Montt, Valparaíso. Había que subir ese camino de caracol como quien se aventuraba hacia una dimensión “under”. Por lo mismo, recorrer esa galería y dirigirse a la tienda tenía una mística, porque se trataba de la única tienda porteña especializada en material exclusivamente metalero.
Sin embargo, también existía esta otra tienda “Riffs” y el propio Lalo Thrash dijo que la tenía hace ya más de diez años. La tienda del “Toño” es más antigua eso sí, y data, según entiendo, de los años noventa, un verdadero baluarte que, pese a la banalización, aún mantiene su vigencia. Entré a la tienda del Lalo Thrash. Tiene menos espacio que la del Toño, pero lo compensa con discos, vinilos y cassettes que son verdaderas joyas, auténticos “filetes”, inclusive rarezas que jamás habría pensado encontrar en formato físico. Así, por ejemplo, me interesé, de inmediato, en álbumes de Voivod, uno de Paradise Lost, otro de The Gathering, también de Type O Negative, y gran parte de las leyendas del heavy: Saxon, Maiden y DIO.
Cuando investigué un poco más, di con un disco que sencillamente no me esperaba: uno de Devil Doll, banda experimental de fines de los ochenta que mezclaba metal, música sinfónica tenebrosa y vanguardia, en una propuesta, en sumo, arriesgada. De inmediato, le mostré la joyita al Lalo: Dies Irae. “Son raros. Es como King Diamond con música de cámara”. Asentí y repetí la palabra bizarro, para entrar en sintonía con la visión de Mr Doctor. Me llevé el disco, sin pensarlo demasiado, ya que se trataba de un disco exclusivo, prácticamente inexistente en otra parte.
En eso, fue inevitable recordar al “Toño Cabezas”. “Acá hay puras joyitas”, le mencioné al Lalo Thrash. “Acá estamos hace como diez años”, respondió, breve y escueto. Luego le conté que la única tienda de metal que conocía era la Anarko Metal Shop, al menos la única de la Quinta. Entonces, el Lalo me preguntó si sabía lo que le había pasado al Toño. Le contesté que por supuesto, que lo habían atropellado, que, hasta donde yo sabía, se encontraba estable, pero muy delicado. La preocupación por el estado de salud del Toño, de hecho, fue gigante, entre los miembros de Betrayed y gran parte de la escena metalera local. Era cosa de ver la cantidad de seguidores atentos a cualquier novedad tras el comunicado de la banda. Me di cuenta que el Toño era muy querido entre la fanaticada y había, por ende, una gran hermandad que resurgía cual fénix en momentos oscuros.
Hacía poco había ido a la Anarko Metal, antes de Halloween, para comprar el disco Bajo una luna cámbrica de Dorso. Cuando uno llegaba pasadito la hora de almuerzo, era común ver a algunos amigos del Toño vacilando sus buenos tarros para luego ir a comprar chelita en la botillería. Al Toño también lo solía ver en el Baranda Bar, el ex Keops, un antro clásico donde todos los rockeros y metaleros del puerto iban a ranciar o a hacer la previa para luego ir a las tokatas. Por eso se le extraña, por su cercanía y buena onda. Y, por lo mismo, resulta algo chocante imaginarlo en otro contexto que no sea el de la buena música metal.
Salir a tomarse un copete de madrugada por la noche porteña se ha vuelto un auténtico ejercicio temerario, porque te pueden asaltar o te puede atropellar un conductor imprudente en estado de ebriedad o de intemperancia. Hay recorridos carreteros que ya lamentablemente no se pueden hacer, por temor a la parca o por temor al diablo, al diablo personificado en cualquier “pinganilla” de la esquina. La verdadera sombra asecha, sin duda, luego de una desenfrenada jornada de esparcimiento. Lo bueno es que todavía se puede sobrevivir, con un poco de apañe de los amigos, como hubiese cantado Joe Cocker. Así lo supo el gran “Toño Cabezas” y por eso mismo se mantiene cual viejo roble, resistiendo, resonando cual riff estridente desde las entrañas del inframundo.
Antes de salir de la tienda Riffs, a propósito, el “Lalo Thrash” me avisó que Betrayed realizaría un concierto a beneficio, concierto al cual de seguro voy a asistir. No me contó en qué local se haría, aunque la banda pronto daría aviso a sus seguidores, para realizar el evento a beneficio del querido “Toño”. Busqué el significado de “Dies Irae”. Se trata del “Día del Juicio Final”. La compra de ese disco no era coincidencia, era una señal, señal de que a todos nos toca enfrentar ese día, y señal de que algunos todavía permanecen entre nosotros, para dar la pelea y demostrarle al de la guadaña y al mandinga que hay metal y hueveo para rato.
lunes, 16 de diciembre de 2024
A propósito de "Nunca salí del horroroso Dungeon" de Pablo Rumel: Recuerdos de la era gamer
Leer el artículo sobre Dungeons and Dragons me hizo recordar aquella época de gamer, desde fines de los noventa hasta principios de los 2000. Partí con las consolas Super Nintendo y Nintendo 64. La leyenda de Zelda me voló la cabeza. Fue mi primer acercamiento al escenario RPG, role playing game. Luego, siguió la locura de la Play con Final Fantasy y Chrono Cross, franquicias que profundizaron aún más en el juego de rol prototípico, con toda su imaginaría épica y maravillosa.
Tenía un par de amigos gamer con los cuales compartía experiencias de juego y compraba revistas, la Club Nintendo recuerdo, en aquella remota época pre internet, una época en que lo análogo era como el campo abierto, en que las horas perdidas de sueño tratando de pasar los niveles se sentían como horas infinitas recorridas a pie, con espada y escudo en mano. Se sufría y se sentía la "sombra del éxtasis", a decir de Bolaño, en esas extensas jornadas.
Más tarde, cuando comenzó a masificarse internet, y ya contábamos con un computador en la casa, llegaron los juegos en línea. World of Warcraft y Lineage eran los universos de cabecera, experiencias mucho más abiertas y dinámicas, a la vez que aguerridas, en las que la relación con el avatar era mucho más simbiótica.
Me compré una copia del Ragnarok. En aquella época venía en promoción junto a la incorporación de tu personaje. Fue mi primera experiencia de rol en línea, junto con otros jugadores, dentro de las denominadas campañas o partys. Se sentía como en una verdadera cruzada, toda vez que los RPGs de plataformas eran más como una "iniciación", una aventura solitaria, como la del héroe campbelliano llamado a la aventura mítica, en una suerte de transformación interior. Y así se sintió en efecto.
Las partys de los juegos de rol en línea fueron, en cierta medida, la extensión de esos mundos de calabozos circunscritos a la consola física. Había ahí una transmutación del rol, una evolución del gamer que, irremediablemente, tuvo luego su momento de decadencia.
Después de esa infinita posibilidad latente, estaba el riesgo de caer en el vicio, de nunca dar por terminada la partida, de ceñirse a una experiencia ilimitada, pero sin un clímax ni un remate de antología, como el de los videojuegos autoconclusivos de mi infancia.
Entonces llegó la Universidad, y con ella, una era preñada de nuevas lecturas y nuevas emociones. Como en un juego de rol demasiado real, conocí los vericuetos de la academia de pregrado, las salidas a carretear en antros nocturnos. Profundicé aún más en la literatura, leí libros que entraban en sintonía con mi nueva sensiblidad.
El nuevo rol a interpretar era el del lector aficionado y el del escritor emergente. Dejé para siempre la afición a los juegos de rol en línea, como quien supera un calabozo que parecía imposible, solo para adentrarme en uno mucho más cabrón.
De tanto en tanto, sigo recordando con suma nostalgia esa etapa de gamer apasionado. De hecho, fueron mis primeros pasos en la escritura temprana, toda vez que resumía manuales enteros de jugabilidad y diseñaba, incluso, mi propia aventura épica, inspirada en el anime y las plataformas de segunda y tercera generación.
Hoy, con más sabiduría y altura de miras, llegado a cierto "checkpoint", guardo la partida y vuelvo sobre aquellos años y sobre aquellos parajes, para desenterrar sus tesoros escondidos y volver a jugarlos, volver a escribirlos, a la luz de los desafíos presentes. Siempre supe, en el fondo, que el juego y la escritura me estaban destinados.
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