domingo, 12 de enero de 2025

Cuando algo no huele bien en un espacio, siempre es preciso dejar una ventana o una puerta abierta para que entre el oxígeno o simplemente para marcharse. Aplíquese esto a cualquier espacio, sea social, político, cultural, literario, simbólico. 

viernes, 10 de enero de 2025

Apenas llegó el atardecer, salí a dar una vuelta por el barrio. Tranquilo como de costumbre. Me puse a escuchar música mientras contaba los pasos en el podómetro. Un playlist aleatorio de youtube. De pronto, sonó el clásico Entre dos tierras de Héroes del silencio. El clásico video de la pareja peleándose y agarrándose con todo. Justo en ese instante, en medio de la golpiza, sonando el ritmo de la batería y la guitarra de fondo, un par de gatos se atravesaron en mi camino. En menos de lo que duró el coro, comenzaron a mirarse fijamente, engrifados. De repente, los gatos se abalanzaron el uno contra el otro, furiosamente, abarcando gran parte de la calle. A la pelea, llegaron otro par de gatos que, expectantes, miraban desde afuera y parecían alentar la lucha o esperar su turno. Los perros detrás de las rendijas de algunas casas no paraban de ladrar. Los gatos seguían peleando sin fin. No dejaba de mirarlos, impresionado por tal despliegue que se prolongó más de lo debido. De fondo, Bunbury declaraba, a viva voz: “si yo no tengo la culpa de verte caer”. Cuando los gatos se cansaron, el espectáculo terminó abruptamente. Los perros dejaron de ladrar. Los otros gatos se retiraron. Y yo seguí mi camino, al cambio de la pista. Creo que era Jung el que hablaba sobre la sincronicidad, esa loca coincidencia entre dos eventos que parecen estar relacionados entre sí, pero que no tienen una conexión causal evidente. Tal vez esos gatos eran tan solo la manifestación de un estado de ánimo, o yo mismo, el humano que pasaba por ahí, me volví el profeta de la discordia ante su presencia. Un extraño, un peregrino que invitaba a la hostilidad.

jueves, 9 de enero de 2025

Nosferatu en el reino de lo Otro (ejercicio poético)

I

En un idioma hermético y críptico se traduce el lenguaje de la inmortalidad, esa inmortalidad tan oscura como el abismo en el que yacen todas las noches del tiempo.

II

La belleza es deseada por la bestia noble escondida dentro del escritor. Ella abomina de la bestia, pero necesita del encanto de las palabras para ser invocada.

III

La belleza yace poseída por el espíritu maligno del lenguaje. Se vuelve la médium que comunica el mundo oscuro con el mundo exterior, en apariencia, ordenado, orgánico. Solo un exorcismo la podrá liberar. Ella es la clave para purgar la maldición.

IV

La plaga amenaza el reino de lo material, y las ratas comienzan a invadir sus esquinas y sus callejones. Infectan a la gente de a pie, a sus ciudadanos, despavoridos, desconsolados ante el encuentro con lo desconocido, con lo otro siniestro, eternamente Otro.

V

Quien escribe insomne, recuerda al conde que se alimenta de los subyugados. Sin embargo, ha perdido toda nobleza y solo le queda el hábito de traducir con sangre las palabras que conjuran su propia maldición, antes que amanezca.

VI

La página en blanco, cual vampiro, tiene apetito. Si se le despierta, buscará afuera la sangre tierna de alguna musa que no le pertenezca a su autor. Así, sus palabras nocturnas habrán consumado el coito y desaparecerán –no correspondidas- con el primer atisbo de luz.

Abbadón

Y cuando llegue el último día,

volverá como el ángel exterminador,

tras el signo de la Gran Ramera

esparciendo la cólera en la letrina de los traidores.
Mark Zuckerberg, el creador del antro virtual Facebook, ha afirmado que eliminará los verificadores de datos y con ello, la censura de ciertas publicaciones reñidas con sus "normas de comunidad". Al parecer, está siguiendo los pasos del tiburón Elon Musk en la red social X, ex Twitter. Él mismo señaló, muy en la línea "libertaria", que pretende "restaurar la libertad de expresión en la plataforma". Algunos ya están celebrando este cambio como un golpe a la era woke; otros, más suspicaces, no creen ni por asomo que sea real o que se trate de algo genuino. La pregunta que queda es la siguiente: ¿se trata de un cálculo político o de un verdadero cambio de paradigma? A juzgar por el modus operandi de las elites, me inclino a pensar en lo primero. Me suena más a un movimiento, a una jugada en el tablero con su qué, un guiño a la nueva gobernanza de Trump. Veamos cómo siguen las cosas en el antro, y luego nos tocará a nosotros hacer la pega crítica, como siempre.

miércoles, 8 de enero de 2025

En Casablanca, hay un monumento de la Plaza de Armas que recuerda al poeta Alejandro Galaz Jiménez, el "poeta de Casablanca" quien dedicara unos versos a su tierra natal: "Esta aldea tan vieja, es un barco velero/ que una recia tormenta arrojó a la llanura. / Hay en todas las cosas un dolor marinero/ y en las almas labriegas una sed de aventuras”. Murió a los 33, a la misma edad del Nazareno. Otro poeta muerto prematuro, desatendido como muchos otros. Increíble la cantidad de vates que la historia chilena ha enterrado, y que permanecen a la espera de una arqueología futura.

martes, 7 de enero de 2025

 El tiempo todo lo cura, o locura todo el tiempo. 

He completado la colección de las antologías en las que he participado. Faltan otras tres, pero no cuento con los ejemplares. Son en total once antologías, nueve de ellas de poesía y dos de narrativa. En total abarcan un periodo de tiempo de diecisiete años: “Carta de ajuste" (2008); “Veinticinco peldaños de poesía porteña” (2009); “Plexoamérica, Poesía y Gráfica Morelia – Valparaíso” (2012); “Antología errante, 24 poetas reunidos en torno a la palabra” (2015); “Plexoamérica. Poesía y Gráfica Venezuela – Chile” (2019); las Antologías poéticas “La ausencia”, “La venganza” y “El olvido” de Editorial Litéfilos, del año 2023 y 2024; "Cuentos Latinoamericanos, Nuevas Voces, Volumen 2" (2024); y “Locura, Traición & Muerte: Volumen I. Relatos de Locura, Traición y Muerte” (2024).

Ordenar todas y cada una de estas antologías de acuerdo a su cronología permite vislumbrar el recorrido vital de mi propia escritura a lo largo del tiempo. Cada antología, por cierto, tiene su propia historia, sus entrecejos y sus entredichos. Hay unas que representaron saltos de fe, verdaderas iniciaciones, incluso borradores; otras, simbolizaron una victoria pírrica; las últimas, un cambio drástico en el estilo y una tentativa de reivindicación interior, frente a un medio hostil. Cada una atestigua mis pasos en diferentes agrupaciones. Solo las cinco últimas evidencian una conexión con el extranjero. Si bien el trabajo de cada obra no me pertenece por entero, hay algo que me liga a ellas por motivos personalísimos: la antimateria de sus palabras, los fluidos y la energía invertida, el sedimento vivencial y emocional que dio fruto a su lenguaje.

lunes, 6 de enero de 2025

Sobre la posibilidad de estudiar un Magister

Viajé a Santiago para averiguar los requisitos de un Magister de Escritura Narrativa. Preferí “pegarme el pique” (en buen chileno) porque resulta más emocionante que la mera búsqueda en línea. La secretaria me informó algunas cosas básicas, tales como la solicitud de certificado de título, la confección de un proyecto de escritura y alguna carta de referencia de algún académico, cuestiones burocráticas que ya en el pasado había hecho, sin llegar hasta el final.

Le dije que ya tenía gran parte de los documentos exigidos, solo faltaba afinar el proyecto, editarlo hasta hacerlo legible y coherente. Ella me explicó que el Magister ofrecía las herramientas teóricas y académicas suficientes para llevar a buen puerto mi propia obra, además de ampliar las expectativas de trabajo (sobre la propia escritura) en el campo editorial. Nada malo.

Quedé entusiasmado y conforme. Le conté que ya tenía –de hecho- un par de libros publicados y unos cuantos más en el tintero. Ella asintió de manera protocolar, como quien debe poner buena cara para cumplir con su función. De todas maneras, su trato fue de lo más amable y eficiente. Nada que decir. Escribió en una notita el correo y el número de la coordinadora del Magister. Pienso llamarla pronto para echar andar un buque que he procrastinado demasiado.

Así como muchos, en su momento, pidieron o más bien exigieron la publicación de mi libro de crónicas, también algunos, los más cercanos, me piden encarecidamente que siga estudiando. Hay quienes incluso ya me ven haciendo clases, clases sobre escritura literaria, en específico, la narrativa. Lo de profesor, tal vez, sea una proyección, un espejo refractario de mi identidad.

Ante mi renuencia a seguir estudiando, más por inseguridad que por un verdadero rechazo, recuerdo haber citado en más de una ocasión una frase muy ingeniosa de Gonzalo Millán: “Nunca me ha gustado la academia, excepto sus bibliotecas y las compañeras de curso”. Sin embargo, creo que, esta vez, vale la pena jugársela por esos libros y por esas bellas promesas.

En el fondo, siempre quise, y siempre supe que estaba “pintado” para volver a estudiar, pero algo de mi pasado –algo inexplicable- me impedía pasarme al posgrado. Una necia parada de escritor alternativo, que rindió frutos, pero que no tiene por qué excluir una inminente carrera académica. Por lo demás, por dentro se puede cuestionar cualquier discurso que interfiera con el libre desarrollo del oficio. Para eso existe el aparato crítico. Así que las excusas están demás.

Pese a todo, creo que el recorrido vital que me llevó hasta este punto fue necesario, por lo personalísimo. Tenía, antes, que afinar y afilar la pluma, foguearme en el escaso medio aun a costa de mi reputación, pero, sobre todo, leer y escribir como condenado, vivir unas cuantas experiencias intensas y luego vivir para contarlas, a duras penas. De lo contrario, me habría presentado a dicha instancia cual página arrugada recién recogida de algún basurero para escribir sobre ella sus propios garabatos, vivencias falsas, mal recicladas, ideas de segunda, estilos de porquería.

Heme aquí, entonces, preparado para empuñar, una vez más, la grafía insistente, la aceitada mecánica de las palabras, cómplices de mis pasos (en falso). Se cree que Julio César proclamó, a viva voz: “Veni, vidi, vici”, en los tiempos del Imperio Romano. Un escritor debiera, en cambio, proclamar su propio funesto destino: “vine, perdí, pero escribí”.

domingo, 5 de enero de 2025

Nosferatu ha vuelto: el vampirismo la rompió en el cine Insomnia (crónica breve)

Cuando fui al cine Insomnia a ver la nueva película Nosferatu de Robert Eggers, la fila para la función daba vuelta hasta la esquina de Condell con Huito. Un lleno total que podría equipararse al de una película taquillera. De un momento a otro, el imaginario del vampiro "la rompió".
Muchos de los asistentes iban vestidos de negro entero, pinta gótica con reminiscencias al estilo dark y post punk de los ochenta. En cierta manera, me recordaron al púbico que frecuentaba los locales del Morgana clásico y La Secta en Valparaíso, baluartes de la onda. Había en ella una fascinación vampírica, una cosa entre grotesca y desenfrenada, sin duda, un culto a la figura oscura y salvaje del vampiro, pero de aquel vampiro apócrifo deudor del vampiro elegante de Bram Stoker, Nosferatu, esa suerte de vampiro "proto punk", influido por el expresionismo alemán, cuyos seguidores inundaron las butacas del Teatro Condell, conformando un verdadero culto a la sombra.
La función se realizó en sumo silencio. Ninguno de los asistentes profirió ruido alguno, totalmente absortos, como hipnotizados por el aura tenebrosa de aquel Nosferatu repulsivo e imponente, que no inspira ni un dejo de tristeza ni de compasión. Su visionado fue, de esa forma, lo más parecido a un culto profano. La pantalla del cine tiene eso de vampírico: fagocita el imaginario de sus espectadores, al punto de la patología, entonces ellos, poseídos, proyectan al mundo una nueva mirada, una que sublime sus propios demonios internos.
Salieron luego de la oscuridad de la sala, hacia la noche porteña, salvaguardados de la luz del atardecer que todavía podría haberlos cegado sin remedio. De seguro, más de alguno fue al Máscara a vacilar sus temitas ochentosos, ante el cierre definitivo de los viejos baluartes oscuros. 
Por mi parte, preferí regresar a casa, satisfecho con la imagen de la criatura en mi cabeza, y su repulsiva forma integrando el bestiario de la ficción. Los tiempos de aventura bohemia ya pasaron. O, al menos, bajaron sus revoluciones. Había que evitar, sin duda, a los especímenes del terror que a esa hora empiezan a salir a las calles, especímenes reales, disfrazados de humanos, carentes de nobleza, que campan a sus anchas en el epicentro de la ciudad patrimonio, una vez que cierran los negocios, se abren los locales nocturnos y las calles se repletan de otros personajes indeseables, atraídos por lo ilícito, sedientos de adrenalina, pura pulsión tanática.
Solo por eso, la luz del Sol ya no parece tan amenazante, y el brillo de la pantalla del cine permite velar, con fascinación y misticismo, las noches de sus correligionarios, tras una jornada de locura.