jueves, 9 de marzo de 2023

-Quedan cinco minutos para salir-, les dije a los chicos hoy.

-Ahhh, déjenos salir antes, profesor- reclamaron algunos.

-Cinco minutos no es nada-, les repetí.

-¡Adónde!-, exclamó uno de los cabros -Cinco minutos es caleta de tiempo-. De pronto, un par de compañeros captaron la referencia, y se largaron a reír.

-Como el chiste de Rodrigo Villegas-, dijo uno de ellos. -¡Pura potencia!-. Las risas no pararon hasta sonar el timbre.

Esos cinco minutos se sintieron como un segmento de una rutina de comedia stand up, la diferencia es que uno no se gana aplausos ni gaviotas, se gana la atención de las jóvenes almas en la sala, al menos en lo que dure la clase. Un curso apático o mala leche, en aquel instante, sería lo más parecido a un "monstruo".

lunes, 6 de marzo de 2023

Me propuse hacer un experimento literario con Chat GPT y le ordené que escribiera un texto en el estilo combinado de ciertos escritores, una suerte de "fusión de estilo". Los resultados fueron los siguientes.

Escribe un texto en el estilo de Cioran, Albert Caraco y Ligotti

La existencia es una carga insufrible que nos arrastra hacia el abismo de la nada. Cada día es un paso más hacia la muerte, un recordatorio constante de nuestra propia finitud. ¿Qué sentido tiene seguir adelante, sabiendo que todo lo que hacemos es efímero y sin sentido?

La humanidad ha caído en la trampa de la ilusión, creyendo que puede encontrar algún tipo de significado en este mundo absurdo y caótico. Nos aferramos a ideas y creencias que no tienen ninguna base en la realidad, tratando de encontrar consuelo en una existencia que en realidad es completamente aleatoria y sin propósito.

La mayoría de la gente vive sus vidas como si estuvieran en una especie de sueño, negando la verdad fundamental de nuestra condición humana. Nos convencemos a nosotros mismos de que nuestras acciones tienen algún tipo de impacto en el mundo, cuando en realidad todo lo que hacemos es insignificante frente a la inmensidad del universo.

¿Qué nos queda entonces? Quizás la única opción sea la renuncia total a la vida, la aceptación de nuestra propia insignificancia y la entrega al abismo de la nada. La muerte puede ser el único consuelo verdadero en un mundo que no tiene nada que ofrecernos.

Pero incluso la muerte es una ilusión, una esperanza vana de encontrar algún tipo de escape de nuestra condición humana. La nada no es más que otra ilusión, una creencia en la ausencia de todo cuando en realidad no hay nada que pueda estar ausente.

Así que aquí estamos, atrapados en una existencia sin sentido, tratando de encontrar algo que no existe. La verdad es que todo es vanidad, todo es efímero y sin propósito. La única opción es aceptar nuestra condición y dejar que el mundo siga su curso hacia el inevitable final.

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Inmediatamente después de generado el texto, apareció este mensaje, donde se señala que el texto pudo haber transgredido las políticas de contenido de la IA.

Luego, volví a darle una instrucción similar, solo que con el estilo combinado de otros escritores:

Escribe un texto que mezcle el estilo de Emil Cioran con el estilo de Fernando Pessoa

!

El silencio es el único refugio de mi alma, una cueva donde puedo esconderme de la realidad abrumadora. La vida es una enfermedad incurable, una condena perpetua a la existencia. ¿Por qué nacemos si solo estamos destinados a morir? Esta pregunta me atormenta desde que tengo uso de razón.

En mi mente, tengo miles de voces que me hablan constantemente, pero ninguna de ellas me pertenece. Soy un hombre de máscaras, y cada día, elijo una nueva para presentarme al mundo. No hay nada auténtico en mí, excepto mi dolor. El dolor es mi única verdad, mi compañero constante en este viaje sin rumbo.

Sin embargo, incluso el dolor tiene su límite. A veces, siento que estoy al borde del abismo, y que la única forma de escapar es saltar. Pero ¿qué hay del otro lado? ¿Es la muerte el final del dolor, o simplemente una forma diferente de sufrimiento? ¿Quién sabe? Nadie ha regresado del más allá para contarnos la verdad.

Así que aquí estoy, sentado en la oscuridad, contemplando el vacío de mi existencia. Soy un hombre sin fe, sin esperanza, sin amor. No busco la felicidad, porque sé que es un engaño, una ilusión pasajera. Solo busco la paz, un respiro de este mundo de locura y caos. Tal vez algún día la encuentre, o tal vez no. Pero hasta entonces, seguiré buscando en las sombras, en los rincones más oscuros de mi alma, en busca de algo que me haga sentir vivo.

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Nuevamente, el mensaje de advertencia sobre la transgresión de políticas de contenido.

Se pueden concluir dos cosas:

1 Al parecer, la intentona literaria de la IA solo admite versiones "descafeinadas y sintéticas" del estilo de los escritores que pretende reproducir.

2 Hay ciertos autores que, combinados, pasan a llevar la propia orgánica de la IA, dado el carácter marcadamente negativo, pesimista y nihilista de su escritura.

domingo, 5 de marzo de 2023

Mañana empezaré un Taller de literatura en Cuarto Medio. Tenía pensado partir la primera clase con una pregunta que el profesor Nordenflycht, el poeta A. Bresky, nos hizo a todos en primer año de la Carrera de Castellano en la Católica. ¿Qué es literatura? Me acuerdo que en aquella ocasión nadie, pero nadie respondía, porque, en el fondo, la pregunta no tenía una respuesta definitiva. Al comienzo, ninguno en el curso se dignaba a responder, por el temor que suscitaba la actitud desafiante del profe. No se atrevían a desarrollar el más mínimo argumento por miedo al ridículo o por quedar de ignorantes. Sin embargo, había uno que otro balbuceando un desatino, una frase incompleta, ante el silencio categórico de la clase. Respuestas desafortunadas pero geniales en ese contexto dubitativo: "Es aquello que se puede crear con palabras", decía uno. "Es aquello que tiene un significado invisible", decía otro. Ante esta última pregunta, el profesor dijo: "¿Esa es la definición para un fantasma? Vuelva a leer". Dispara usted o disparo yo. La clase era una ejecución silenciosa de egos, ante el miedo de definir algo que no admite definición única. Era pura cuestión de actitud. Hasta hoy retumba el eco de esa pregunta. Mañana se la lanzaré a los alumnos, en una suerte de resonancia posible, a ver qué pueden decir que no se haya dicho ya.

sábado, 4 de marzo de 2023

"Creo que es importante ser consciente de la responsabilidad ética que conlleva escribir ficción", responde la IA de Chat GPT ante la instrucción que le di para escribir relatos con cierta temática sensible o políticamente incorrecta. Después de varios intentos, la propia IA proponía realizar textos con un final distinto o un giro sorprendente para compensar su renuencia a las solicitudes iniciales. Evidentemente, hay un patrón integrado en la IA que la limita al momento de generar un texto de carácter literario. Si bien produce textos cohesionados y gramaticalmente bien construidos, replica cierto molde preestablecido por una base de datos e incluso limita el contenido semántico de sus temáticas, todavía sin esa cuestión disruptiva que tanto caracteriza a la literatura, digamos, "orgánica", esa cosa que tiene de íntima y descarnada, de transgresora de límites, ese pathos tan humano. A todas luces, el arte de la palabra sigue siendo la "piedra de tope" de la IA, pero démosle el tiempo y el aprendizaje suficiente para que "revolucione" su capacidad de asociación y pueda trascender el mero plano de la superficie textual. Aun así, le haría falta eso que llaman los teóricos, "contexto de producción", es decir, las circunstancias vitales que rodean la obra, su situación de enunciación concreta. Solo démosle una mente, un corazón y un espíritu, en suma, una vida, a este remedo de escritor total, a ver si en un futuro transhumanista puede llegar a "crear una obra" que supere su propio canon, que contribuya, con su pluma aceitada, con su bot entrenado, al ilimitado universo de la ficción, y no caiga, de manera automática, al papelero del metaverso, como ya lo han hecho tantas otras obras desconocidas, rotas siquiera antes de ver la luz.

viernes, 3 de marzo de 2023

Reflexiones sobre la figura de la estatua que comprueban el cambio en mi pensamiento político, con el tiempo:

11 de noviembre de 2019
En el lapso de una semana, decapitan una estatua de Pedro de Valdivia y se la ponen a Caupolicán en Temuco; destruyen un memorial de Jaime Guzmán incluyendo el monumento en Viña; queman la centenaria casona Schenider, actual sede de la Universidad Pedro de Valdivia; y, además, saquean la Parroquia de la Asunción en Santiago, al igual que la Catedral de Valpo. Hay una cólera focalizada en esos sabotajes. No hay un mera catársis de violencia desatada. Hay una destrucción que materializa una afrenta simbólica no solo contra el gobierno, ni siquiera contra el capitalismo en sí, sino que contra todo aquello que haya ostentado un poder opresivo, (la colonización española, la ideología neoliberal, el catolicismo dogmático) lo que habla del carácter transversal del movimiento a gran escala. Ya no se trata solo de exigir el cumplimiento de una agenda política para asegurar la correcta distribución de los bienes y servicios, se trata de cobrar el elevado precio de la historia contra los vencedores; se trata remotamente de hacer valer una especie de justicia amordazada, si es necesario, a punta de sangre y de escombros. No hay ley de talión posible en ese levantamiento, nunca lo habrá; pero en su lugar hay un espíritu de vendetta criado por años, quizá siglos.

18 de junio de 2020
No soy amigo de las estatuas. La propia idea de una estatua de la libertad resulta absurda. Pero no creo que la solución pase por derribarlas ni decapitarlas. Sé que el gesto de su derrumbamiento y decapitación supone rebelarse contra un imaginario simbólico de opresión, y que eso implica precisamente leer a esos personajes representados desde la vereda del poder opresor. Sin embargo, esa lectura se hace más bien desde un “presentismo” con altas dosis de revisionismo político, que, en todo caso, interpreta la carga histórica condensada en esas estatuas a partir de un evento puntual o un hecho paradigmático, al cual se suma toda una serie de causas encadenadas que vendrían a construir un relato, en este caso, el relato de los discriminados por la "historia oficial" en razón de su raza, de su cultura de origen o de su genética. En lo relativo a Colón como símbolo del racismo en América, y, por alcance, del racismo actual norteamericano, no se puede aseverar tajantemente que sea el responsable originario de todo el genocidio posterior, ni afirmar con certeza que él haya representado el origen de toda discriminación racial desde el período de la conquista en adelante. Hay que considerar que EEUU fue colonia británica desde el siglo XVII, justamente cuando comenzó la esclavitud en esos lares, tiempo después de la leyenda negra española. Hay que considerar también que Colón murió desconociendo por completo que había pisado unas tierras completamente desconocidas para la óptica occidental hasta ese entonces, encontrando siempre en esos parajes el signo de las Indias a lo largo de sus cuatro viajes. En sus diarios siempre consideró a los nativos como oriundos de las Indias, incluso mencionando al Gran Khan, en un intento por establecer negociaciones con esta gente nativa, por supuesto, sin éxito alguno. Se cuenta, por otro lado, que al ser designado virrey y gobernador de las Indias por la Corona Española, a Colón se le acusó de implementar un gobierno tiránico, hecho a partir del cual la historiadora Consuelo Varela opina que «la historiografía que se nos ha conservado hasta ahora es única y exclusivamente la que le favorecía». Pero si achacamos únicamente a Colón la completa responsabilidad sobre todo lo que sucedió después en América (que, por cierto, tampoco constituye un continente necesariamente victimizado ad aeternum, sino que un continente humano con su propia entidad dentro de la historia universal, llena de luces y sombras), asimismo tendríamos que achacarle, por ejemplo, a Julio César la barbarie ocasionada en Germania, o a los árabes la dominación ejercida durante siglos sobre los propios españoles. Igual que en Europa, la conquista de ese continente inventado denominado América (a decir de Edmundo O Gorman) supuso un profundo cambio social y cultural, tal vez equiparable al que provocó Roma sobre el Viejo Mundo. Las civilizaciones, quieran o no los puristas de la moral, se han ido blandiendo como espadas a base de fuego y hierro. ¿Pero a qué costo? Se preguntarán los progresistas de hoy. Pues el costo del ciclo de la(s) historia(s), sin una síntesis posible en el horizonte, el ciclo de la(s) historia(s) que una y otra vez vuelve(n) sobre sí misma(s), de manera centrífuga, construyendo un presente sobre las ruinas de un pasado, y, al mismo tiempo, conservando los sedimentos, los recuerdos que aún palpitan y también los olvidos que aún resuenan. No hay que dejar que esos recuerdos opaquen la mirada, aunque tampoco que esos olvidos permanezcan demasiado tiempo en la retina, con tal de nublar la visión de las cosas. Las estatuas deberían seguir ahí, no tanto para ensalzar a los muertos, como para repensar lo que fueron.

13 de marzo de 2021
La estatua del General Baquedano, removida. La otrora Plaza Baquedano, resignificada luego como Plaza Dignidad, ahora solo luce en su centro un espacio vacío. ¿Es acaso este el vacío de la palabra dignidad en el país? ¿El vacío de la palabra patria? La nada, símbolo de nuestros tiempos y de nuestras latitudes. Para el sector más radical de la oposición, significa la tabula rasa necesaria de un nuevo Chile, al más puro estilo ready made. Para el otro sector oficialista, en cambio, representa el fin del Estado de Derecho y el comienzo de la anarquía. El mensaje progresista es claro: los viejos ídolos deben caer para dar lugar a la renovación. Por otro lado, el mensaje del gobierno dice: los viejos ídolos se deben recuperar para poder restablecer el orden. ¿Qué reemplazará a la estatua del general? ¿Qué quedará en su lugar? ¿La pura y perenne División? ¿La perdida pero siempre anhelada Unidad? Estas son las preguntas que restan. Por el momento, solo reposa esa nada, plena de sentido o carente de significado, tras una tregua temporal en el Chile pandémico.

jueves, 2 de marzo de 2023

"Así que la película dice así: los cárteles de la droga más grandes del mundo se juntan y compran a todos los medios y a todos los políticos y fuerzan a toda la gente en el mundo a quedarse encerrados en sus casas. (…) Y la gente solo puede salir si toma las drogas del cártel y las sigue tomando una y otra vez (…) ¿Quién iba a creer esa loca idea? ¿Obligado a consumir drogas? Hago eso voluntariamente todo el día", dijo un sarcástico Woody Harrelson al final de su monólogo en el Saturday Night Live, en directa referencia a las medidas sanitarias anti covid. De inmediato, fue tildado de conspiranoico. Era que no.

Poco antes que Harrelson, Nicolás Copano se había presentado en The late show con James Corden. En una parte de su rutina, dijo lo siguiente: “Le pregunté a los tíos de mi esposa ‘¿por qué no quieren la vacuna?’, a lo que uno de ellos respondió “no quiero la vacuna por la teoría de que Bill Gates trata de controlar mi mente con un microchip (…) Yo estaba como, ‘Si Bill Gates trata de controlar tu mente, deja que Bill Gates controle tu mente. Él es mucho más inteligente que tú, esta es una oportunidad para mejorar, buenas noticias para ti y tu familia”. Por supuesto, la participación de Copano en el show fue exitosa, aplaudida a raudales y sacándole risas tanto a gringos como a compatriotas.

¿Qué vemos aquí? Pues, el hecho de que el humor es transversal, que no discrimina banderas y se puede hacer reír tanto con un chiste contra las vacunas como con uno a favor de sus promotores. Además, se distingue el manifiesto anarquismo de Harrelson de la tendencia “progre” de Copano, panegírico a Bill Gates incluido. Entonces ¿qué rutina causa más gracia? Dependerá de la filiación política o del sentido del humor, si es que, siendo de ideas progresistas, encuentra altamente irónico el show de Harrelson; o si es que, siendo de ideas más libertarias, encuentra igual de irónico el show de Copano, y no se toma a pecho ninguno de los trasfondos de sus rutinas, pero convengamos en que el humor es, sobre todo una manera de pensar, de interpretar la realidad, una puesta en escena que significa y, a la vez, dice mucho de su actor y de su espacio vital. Por lo tanto, su capital humorístico puede inmunizarnos contra la gravedad del sentido, pero, a la vez, generar anticuerpos, desafiando nuestras propias defensas.

miércoles, 1 de marzo de 2023

“Lo siento mucho camarada Bolodia
no soy yo
son Uds. los que se quedaron atrás
SOCIALISTAS Y CAPITALISTAS DEL MUNDO UNÍOS
antes que sea demasiado tarde”. Parra, respondiendo a Volodia Teitelboim, por intermedio del Cristo del Elqui.

La misma respuesta le doy a mis ex amigos progres y revolucionarios: no soy yo, son ustedes los que se quedaron atrás.
"Favorecido por una inesperada autorización de la censura franquista —a raíz de una represalia económica contra el gobierno chileno por la cancelación de una venta de camiones—, el libro tuvo un éxito fulminante, primero en España y luego en otros países de Europa donde se tradujo. Fue el primer testimonio de su género, como advierte Valdés, y uno de los pocos no panfletarios en su intento de transmitir una experiencia subjetiva acerca de la sordidez que caracterizó a los meses posteriores al golpe. Junto con Los búfalos, los jerarcas y la huesera (1977), de Ana Vásquez-Bronfman —sobre la difícil convivencia de los asilados en una embajada—, se convirtió en un testimonio bien escrito y honesto, incluso “demasiado” honesto, hasta el punto de causar incomodidad entre los círculos del exilio chileno que estaban empeñados en construir una versión épica, militante y sin fisuras para enfrentar al régimen. Valdés, un escritor de izquierda sin partido, iba en cambio por la libre, denunciando los mecanismos del terror dictatorial, pero también deslizando críticas a la conducción del proyecto liderado por Salvador Allende, sobre todo a través de las conversaciones que mantenían los prisioneros durante su cautiverio."

El ejemplo de Valdés: el testimonio rechaza, de plano, la versión épica y militante del relato político e indaga, en cambio, en el apunte descarnado, en el ejercicio crítico de la experiencia.

martes, 28 de febrero de 2023

Prefiero la libertad de la consciencia, con toda su severidad, a la burocracia de la sinrazón.

lunes, 27 de febrero de 2023

El último poema (cuento)

Me encontraba esperando el lanzamiento del libro de una importante poeta, en un lugar que bien pudiera ser la costa. Acudía, supuestamente, lo más granado del mundillo literario porteño y santiaguino. Cómo llegué allí, si fui invitado o no, nunca lo recordé. No venía al caso. La cuestión es que me encontraba allí, en lo que parecía un salón repleto de motivos barrocos. Una ventana daba hacia una especie de jardín con vista al mar. Abajo, se veían venir invitados de etiqueta, de los cuales no alcancé a reconocer a nadie. Dudaba, de hecho, si alguien en ese bendito contexto siquiera me había reconocido. ¿Quién podría, a estas alturas?

Caminé rumbo a una puerta que conectaba el salón barroco con un auditorio gigantesco. Allí estaban todos los invitados a la lectura. Al consultar la lista, yo figuraba únicamente como un invitado que ya había asistido en otras instancias, sin ánimo de camaradería. Los invitados se reunieron en torno a una mesa larguísima, llena de cosas que picar y ejemplares del libro.

Me acerqué a la mesa, tomé una copa de vino y recogí de inmediato un ejemplar suelto que allí había. Lo abrí. Al intentar leerlo, me di cuenta que algunas de las páginas se me hacían conocidas. ¿Habré leído este libro en el pasado o solo se trata de una odiosa comparación, luego de haber leído tanto?

Seguí hojeando ese libro con cierta insistencia, hasta dar con alguna página que no fuera reconocible. En eso, llegó uno de los invitados.

-Estimado, el libro se lee después del lanzamiento-, me dijo, advirtiendo mi desatino.

-No hay problema, lo dejo-, le contesté, no sin cierta disconformidad.

El sujeto hizo un ademán para seguirlo hasta el lugar donde se realizaría la lectura. Lo seguí con inercia, como quien intenta sentirse parte de algo, sin serlo.

El lanzamiento se estaba realizando en un sótano amplio al fondo de la vieja edificación. Las sillas para los invitados estaban dispuestas de tal manera que formaban un círculo. El anfitrión del evento se acercó al centro del círculo e invitó a todos los invitados a sentarse, mientras sonaba de fondo una misteriosa música envasada. Sonido ochentero. Reminiscencias inmediatas de una antigua discoteca.

Me senté rápidamente, después que el resto. La espera duró mucho tiempo. Algunos invitados no paraban de hablar, con nerviosismo, improvisando camaradería. No faltó mucho para que llegara el anfitrión acompañado de la poeta. Lo más extraño de todo era que ella iba enmascarada. Apenas entró al lugar, todos guardaron silencio y la miraron con suma atención, como si la leyeran de toda la vida.

La poeta enmascarada se acercó al centro del círculo, donde había instalada una pequeña mesa con un micrófono y un vaso de agua. Ella puso encima un ejemplar del libro. Se presentó de manera afable. Luego, comenzó a recitar, sin más. Los versos parecían retumbar en las mentes de todos, cual mantra. La compenetración con la lectura de la poeta era tal que el espectáculo tenía la forma de un ritual secreto. Abundaban las palabras alusivas a la herida, al vacío, al sentimiento oceánico. Y así procuraba que se sintieran: como sumergidos, sin otro referente que el de las rimas y las imágenes poéticas. Algo muy sensiblero, muy propio de las poetas de su talante.

La lectura había terminado. La poeta, en ningún momento, se sacó la máscara. Ya parecía parte de su faz. También me dejé cautivar por sus palabras, aunque, a diferencia de los demás, no fui a pedirle el respectivo autógrafo. Antes bien, traté de conseguir aquel ejemplar perdido que estaba encima de la mesa del coctel. Algo me decía que ese ejemplar tenía algo especial que no tenía ninguno de los otros. Al principio, todas las páginas me eran conocidas, pero, tras la lectura de la poeta, comprendí que los versos se dejarían interpretar de una forma radicalmente distinta.

Fui de esa manera hasta la mesa a buscar aquel ejemplar único. Lo abrí. Al leerlo nuevamente, el libro había cambiado de título y los versos allí expresados no se parecían a nada que haya leído al comienzo. ¿Se había vuelto un libro completamente nuevo, tras la lectura? ¿O era yo el que no conseguía recordar nada de lo que había leído hace un rato? Leía esas páginas, absorto, tratando de buscar alguna imagen poética, algo en el ritmo, que me recordase a aquella primera lectura. Nada. El libro que leía en ese instante era el mismo que la poeta había estrenado en su reciente lanzamiento. Ya no quedaba rastro de aquella primera versión. Tal vez nunca existió. Tal vez fue solo una sugestión literaria. Me negué a esa idea.

Regresé, libro en mano, hasta la parte del salón donde estaba la poeta reunida con el resto de los invitados. Cuando me acerqué, ella ya se había sacado la máscara. Intenté verle la cara, a ver si así podía recordar algo de aquella primera lectura, algo que me inspirase, pero era difícil, entre tanta gente. Esperé la fila dispuesta para la firma de los libros. Lo único que quería, en ese momento, era que ella misma me explicara qué había pasado con la versión del libro que yo leí antes de su lectura. No era posible que fuera totalmente distinto al libro que ella presentó en público.

Al pasar todos los invitados y sus firmas, llegué con la poeta. Al verla a los ojos, comprendí que aquello del sentimiento oceánico era verdad. Nunca hubiera pensado que ella era la mujer detrás de la hablante.

-¿Tu nombre?-, me preguntó, luego de agarrar el ejemplar para firmarlo.

–Salvador-, le respondí, fuerte y claro.

Se suponía que reconocerían mi nombre, pero nadie parecía sorprendido.

–Muy bien, amigo, aquí tienes-, dijo ella, despreocupada, con aire de estrella. Era el instante para preguntarle sobre su libro y la primera versión desaparecida.

–Hay algo que me llamó mucho la atención-, le dije, apuntando directamente al ejemplar firmado.

-¿Qué cosa?-, preguntó ella, sorprendida.

–Disculpa, pero no te lo puedo decir acá. Tendremos que hablarlo en privado-, le contesté, con una seguridad inaudita.

Ella se molestó, por un instante, ante mi atrevimiento. Algunos invitados comenzaron a protestar. Que estaba interrumpiendo la fila. Que no era la manera de referirme a la poeta. Que me comportara. Nada importó, en ese momento. Solo esperaba una explicación al porqué de aquella versión desaparecida de su libro. Si era algo que ella había escrito o solo era producto de mi sugestión. Necesitaba, a toda costa, su respuesta. Lo hice con tal decisión que me mostré inamovible.

La poeta permaneció quieta por unos segundos, mirándome a los ojos con algo de preocupación, hasta que finalmente cedió.

-Está bien, si tanto insistes, acompáñame y lo hablaremos-, dijo ella.

La poeta estaba decidida a aclarar el asunto, así que habló con un par de invitados, seguramente sus guardaespaldas. Me hizo seguirla hasta el salón donde se encontraba la mesa larga con el coctel.

-Bien, ¿qué quieres, Salvador?-, preguntó.

-Te parecerá una broma, pero antes de que hicieras tu lectura, tomé un ejemplar que había encima de la mesa y lo hojeé. Ese ejemplar que leí era totalmente distinto al libro que tengo ahora en mis manos y que todos tienen en estos momentos. Lo digo en serio: era otro libro. Estoy completamente seguro.

Ella miró extrañada y sonrió.

-A ver ¿Me estás diciendo que el libro que tienes ahora es distinto al que habías tomado? ¿Es eso?-.

-Así es, y necesito que me expliques qué pasó. Tú eres la autora, tú debes saber mejor que nadie sobre esto-.

-Eh, perdóname, amigo, no hay nada que explicar. Lo que pasa es que leíste a la rápida y ahora te estás confundiendo, eso es, porque todos los ejemplares son los mismos. Aquí no hay nada de vanguardia y esas cosas-.

-Nada de eso. No creas que se trata de “escritura automática” ni nada. Para que veas, comparemos-, le dije. Abrí el ejemplar que tenía en mi poder y, en un ejercicio de memoria, busqué la página donde había un pasaje con versos cambiados.

-Mira, en la página 33, si te fijas, donde decía “muerte”, ahora dice “mar”- le comenté, mientras ella miraba, intrigada.

-El verso dice: “Así como encallo en tu cuerpo, regreso del mar”, y estoy seguro que en este mismo ejemplar, antes de tu lectura decía: “Así como encallo en tu cuerpo, regreso de la muerte”.

Ella vuelve a sonreír, irónica.

-Amigo, ¿no estarás pensando que te crea? ¿Es tu forma de jotear?-.

-Créeme que no es joteo, Judith. Te leo desde hace mucho, por eso tuve el valor de acercarme a ti y decirte esto, porque lo creo importante. Esto que pasó no es gratuito. Tiene que tener una explicación. Literaria o no. Pero aquí hay algo raro, y tú eres la única que puede resolverlo-.

Su rostro siguió extrañado. Quedó en silencio por algunos segundos. Volvió a sonreír con una sonrisa nerviosa.

-¿Me estás hueveando?-.

-Claro que no-, le respondí, fuerte y claro, seguro de estar diciendo la verdad.

-Judith, mira. Aquí hay otra prueba. Busca en la página 11. Fíjate, allí decía, “abismo”, ahora dice, nuevamente, “mar”. – Ella miró fijamente el verso, cada vez más intrigada.

-Recuérdalo. El verso dice: “amanezco entre tus brazos, parida de abismo”, pero ahora cambió completamente y dice: “amanezco entre tus brazos, parida de mar”.

Al ver cómo advertía el cambio de palabras en los versos, ella me miró fijamente a los ojos, con un rostro alterado. No lo podía creer.

-¿Sabes algo? tu lectura es evidente que es un juego para impresionarme. Ya lo han intentado antes, así que no-, dijo, molesta.

-Y te pido, Salvador, en verdad que no sigas. Este jueguito ya no es nada gracioso. Si no, tendré que ponerme pesada-.

-Y tú tampoco te tienes que alterar. Si te pusiste así, Judith, es por algo. Es evidente que algo hay aquí, en este juego de palabras, en estas ediciones cambiadas. ¿Qué pretendes? ¿Ah? ¡Dímelo, ahora!-, le exclamé, cada vez más ansioso.

-¡Ni se te ocurra levantarme la voz! ¡¿Qué te crees?!-, contestó ella, enfurecida.

-¡Dime, Judith! ¿Cómo explicas esto? ¡Dime!-, le volví a preguntar, con vehemencia, y le mostré la portada del libro. Antes aparecía una costa bajo la luz de la luna. Ahora, se veía una tumba.

Ella miró la portada con angustia. Inquieta, se puso a gritar para alertar al resto de los invitados. Llegaron unos tipos altos, fornidos, que no parecían poetas, a increparme. Atrás suyo, otros que sí lucían como poetas, esquivos, timoratos, seguramente, algunos de los tantos orbitadores de Judith. Ante la clara amenaza, le quité su ejemplar del libro a la poeta y arranqué con ambos ejemplares fuera del lugar. Los tipos fueron tras de mí, como verdaderos perros de caza.

Subí corriendo las escaleras, tratando de esquivar a cuanto invitado se me cruzara por delante. Así, al salir, llegué hasta el jardín del principio, aquel que se veía desde el salón de espera. Descansé unos segundos, miré hacia atrás, a ver si estaban cerca, y luego corrí mucho más. Me adentré en un camino de tierra que daba a una pequeña playa cerca de allí. Al encontrarla, me detuve. Volví a mirar, y me di cuenta que había perdido por completo a los perseguidores. Respiré aliviado, en medio de la agitación.

Caminé un poco hasta la orilla de la playa y luego hojeé el ejemplar de la poeta. Volví a dar con la página 33. En ese preciso instante, presentí que alguien vino.

-“Así como encallo en tu cuerpo, regreso de la muerte”-, la escuché. ¡Era ella! ¡Judith!

-Judith, ¿cómo llegaste?-, le pregunté, agitado.

-Descubriste mi secreto. Cuando te vi, lo supe.-, respondió ella. -Ahora que lo sabes, no podemos separarnos-.

-¿Pero cómo es posible?

-¿No lo recuerdas? ¿En serio, Salvador? Yo soy la chica con la que chateaste hace tantos años. La chica española. Yo andaba en Alemania. Te había contado que soñé contigo, que siempre estábamos en Valparaíso, que me hablabas muy despacio. En el sueño, me contaste de un bolso que había perdido en algún bar de la ciudad. Ahí había una carta… Mira-.

Judith se acercó hacia mí, lentamente. Agarró su celular con intención de mostrarme algo. Todavía agitado, me aproximé a ella, aunque a la defensiva. En la pantalla, estaba proyectada la vieja conversación que habíamos tenido aquella vez por mensajería.

Asombrado, no lo podía creer.

-¿Aún quieres quemar esa carta, Salvador?-, Judith me miró a los ojos, emocionada. -Yo te había dicho que esa carta tenía un secreto que prometía ser cálido, pero, a la vez, peligroso. Tú me dijiste que querías abrirla. En ese momento supe que eras tú el hombre de mi sueño-.

La volví a mirar, completamente extrañado.

-Trata de entender. Tú dijiste que tenías el corazón herido, y que al quemar esa carta podías sentirte libre, libre de amar de nuevo. Ese fuego, Salvador, era como el misterio magno, el valor de la poesía de crear y destruir mundos, pequeños y grandes…

Ante su revelación, lo comprendí.

-Ahora lo recuerdo. ¡Eres tú, Rocío!

-Por fin, lo entendiste

-¿Y por qué te haces llamar Judith?

-Es mi seudónimo, tontito

-Ya veo. Al final te decidiste a escribir

-Gracias a ti.

De inmediato, Rocío se abalanzó sobre mí, para abrazarme.

-No sabes cuánto te espere, mi amor. Y eres exactamente a como te imaginé en sueños-, dijo.

Yo aún no comprendía ¿cómo era posible que fuera ella, la chica española, la misma que había lanzado aquel libro tan misterioso? ¿Y la misma con la cual tuve un romance a distancia hace tanto tiempo?

-¿Viste? Por fin volví de Alemania, como te lo prometí-, dijo.

-Perdóname igual. Tenía que estar segura que eras tú-.

La miré por unos segundos. Pese a la inexplicable situación, no pude evitar sentirme cautivado, nuevamente, por Rocío.

-Olvídalo, aquí me tienes-.

Rocío me lanzó una mirada profunda. Sin palabras, nos besamos largamente. El beso fue inesperado, pero intenso.

-¿Sabes? Aquella vez me dijiste que querías llevarme a la tumba de Vicente Huidobro, ¿recuerdas?-.

No logré acordarme de aquel episodio, pero, sin chistar, movido por la emoción del momento, la invité.

-Vamos entonces-.

-¿En serio? Vamos-.

La tumba de Huidobro no quedaba muy lejos de ahí. Corrimos entonces, agarrados de la mano, hasta ese lugar. A través de un bosque oscuro, acortamos la ruta. Cuando ya estábamos allí, ella caminó lentamente hacia la tumba. Se agachó y puso la mano encima de ella.

-Siempre soñé con esto, ¿entiendes, Salvador?-, dijo Rocío.

Me acerqué a ella, mientras se levantaba. Ella volvió a mostrarme su libro. Me pidió que le mostrara el ejemplar que tenía en mis manos.

-Pásame el libro-, me dijo.

-¿Qué harás?-, le pregunté, extrañado por su pedido.

-Solo hazlo-, repitió, muy segura.

Le entregué el ejemplar de su libro. Lo unió al que tenía ella. De pronto, sacó un encendedor que guardaba en uno de los bolsillos de su abrigo, y comenzó a quemar los ejemplares.

-¿Pero qué haces, Rocío?-, pregunté, sorprendido.

-Tranquilo. Recuerda lo que hablamos aquella vez sobre el fuego. En el fondo, esto era lo que siempre estuviste buscando-.

Rocío arrojó sus libros quemados cerca de la tumba, y luego se acercó hacia mí, para rodearme con sus brazos.

-Y yo te lo estoy dando-.

Sin darme tiempo siquiera para ninguna palabra, me besó de manera fogosa. Sencillamente, me dejé llevar y la abracé fuerte.

Tras unos intensos segundos, ella se apartó de mí. Miró nuevamente a la tumba, repleta de cenizas.

-Salvador, me tengo que ir-, me dijo, sin más.

-¿Ya te vas?-.

-Así es. Me esperan.

No sabía qué hacer. Si retenerla a mi lado o dejarla partir. Miré por unos segundos a las cenizas dejadas sobre la tumba y tomé una decisión.

-Está bien, Rocío. Anda. Supongo que ya es la hora.

-Lo sé, mi amor.

Volvió a abrazarme, más fuerte que antes. Yo hice lo mismo con ella.

-Gracias por todo-, dijo Rocío, por última vez. Sonrió, con los ojos llorosos y caminó lentamente, rumbo a los árboles que había alrededor.

Observé cómo su figura se fundía con el ennegrecido bosque. Volví sobre mis pasos. La tumba relucía, como nunca, el epitafio del poeta: “Abrid la tumba. Al fondo de esta tumba se ve el mar”. Puse mi mano sobre la tumba. Las cenizas, aún calientes, alumbraron un largo regreso.