"¿Quiénes podrían ser héroes de la vida real? ¿Héroes cotidianos?". Algunos se limitaron a responder que los bomberos. Otro dijo que los pacos, y fue abucheado y tratado de weón por un compañero suyo. Una chica al medio repitió que los futbolistas, y fue aplaudida. Detrás de un grupito en toda la esquina, un último cabro se alzaba y explicaba que los profesores. Silencio repentino. Nadie dijo nada. El grupo curso clavó su mirada en mi persona. Al notar un gesto dubitativo, de la nada otra cabra se manifestó junto a la puerta, diciendo que no todos. "Algunos de hecho parecen más villanos, como el profe de ciencias". Bochinche inmediato. La amiga suya, para seguirle el mote, agregó que también parecían a veces una especie de anti héroes. "Haciéndonos la vida díficil". Uno de los cabros de aquel grupito de la esquina mencionó, en cambio, que algunos simplemente son "de pana" y otros se van en la volá. Los ogros del bosque o bien los bufones del rey. Y sin notarlo, en un par de clases los cabros ya habían hecho toda una caricatura del profesorado, a partir de la trastocación de la figura del héroe planteada para la primera unidad. Así es como van aprendiendo realmente, hueveando al resto, dejando fluir lo jocoso sin culpa.
viernes, 9 de marzo de 2018
jueves, 8 de marzo de 2018
Acabé la primera temporada de Merlí, la serie sobre ese John Keating catalán de la filosofía. Igual el contexto en que enseña, una escuela pública, resulta terrible ideal, un grupo curso soñado. Se ve a lo largo de los capítulos -donde en cada uno se aplican más o menos las ideas de un filósofo- que los cabros van respondiendo con mucha naturalidad, con alguno que otro problema personal, pero sin mayores contratiempos, merced a una metodología contracorriente que los lleva a reñirse de manera constante con los directivos e incluso con su propio círculo íntimo, con tal de desafiar los límites e ir más allá del corsé curricular. Sería interesante ver, en cambio, a un Merlí enseñando con los mismos cuestionamientos, con la misma dinámica, en un contexto de escuela pública chilena. En el mejor de los casos, algo parecido a la serie El reemplazante mezclada con La sociedad de los poetas muertos debería salir de ahí, si es que antes la primera no refleje mejor la realidad chilensis que la segunda.
Me topé con una ex alumna del dos por uno, a un costado del Cine Planet. Iba saliendo de ver una película. No me había dado cuenta hasta que alcancé a divisar a una chica que venía hacia mí. Era ella. Una de las más aplicadas del curso. Se sorprendió gratamente de saludarme. Lo primero que preguntó fue si acaso seguiría este año en el instituto. Antes de responder, sorbí algo de saliva. No podía aguantar el corto nudo en la garganta. Al escuchar la respuesta negativa ella se lamentó, replicando que, en nombre de todo el curso, me iban a extrañar por lo buena onda. Le dije que era lindo saberlo, y sobre todo de boca de "una de las mejores". "No es para tanto", alcanzó a reír ella, disimuladamente. Aprovechó para consultarme si se iba otro profesor o profesora del año pasado. Recalcó que esta consulta debía quedar entre nos. Le informé que posiblemente la profesora de Matemáticas, porque había insistido en retirarse casi finalizado el último semestre. Así, intuyendo el momento de la despedida, tal vez definitiva, ella se iba a la rápida con sus amigos, replicando a lo lejos un espontáneo adiós. Solo sonreí y levanté la mano en señal de correspondencia, justo cuando ella bajaba la escalera mecánica. La película ya había acabado, el instituto me había cerrado las puertas para siempre (por cuestiones administrativas, tal vez disciplinares), pero casualmente no la persona ni el rostro de esa alumna, que lo seguía siendo afuera, pese a ya no existir otro espacio de aprendizaje que ese pasillo de mall, en las afueras del nuevo cine, ese espacio improvisado, libre de reglas, libre de notas, construido a pura merced del encuentro y el recuerdo.
martes, 6 de marzo de 2018
Necrofilia
De todos los recovecos del mundo
De toda la algarabía de los laberintos
Tenía que encontrarte en el rincón más oscuro
Recién salida del cubículo mortuorio
Con la vista perdida en la luz
Una luz más pálida que la de una estrella agonizante
No dices nada pero tampoco lo callas
Solo aguardas el deseo que no puedes percibir
Bajo tu cuerpo perfecto, inerte, helado
El silencio te vuelve herméticamente sensual
Y cada gesto de estatua que imagino que modulas
Vuelve el acto una ceremonia de hielo fúnebre
Un rito de fluido y estancamiento
Cada movimiento va trazando el desvío por el que las sensaciones impulsan el instinto de muerte
Y tú la conoces mejor que nadie
Ese privilegio exquisito de estar del otro lado pero a la vez estar aquí, sintiéndote
Dentro, pero fuera de ti misma
Configurando en la carne tu propio obituario
Inaugurando un amor póstumo
Más allá del tiempo y sus cadáveres
Que puede vencer incluso la descomposición de la materia y la putrefacción de los sentidos
El signo de lo profano va coronando lo sublime
Los gusanos ya no pueden seguir esperando
Cómplices de este encuentro furtivo y taciturno
Lo único más encantador que la muerte
Es ahora el lazo que amarra esta sangre, este dolor con tu alma sin envase
Únicamente viva bajo este sueño enfermo
este placer subterráneo
Sin ley ante la ironía de la eternidad.
François Bertrand ("The Vampire", woodcut from "Mémoires de Monsieur Claude")
lunes, 5 de marzo de 2018
sábado, 3 de marzo de 2018
Sobre Una mujer fantástica
#Modooscar Respecto a Una mujer fantástica, hay un par de citas internas que quisiese destacar. Una, ya conocida, dentro del plano en el que Marina observa su rostro desde un espejo puesto entre sus piernas. El plano se visualiza de tal manera que hace pensar que el espectador observa lo que los ojos de la protagonista miran dentro del espejo, o, por qué no, que el espectador en el fondo proyecta su propio reflejo en este y comparte una mirada vicaria dentro de la escena. La cita en cuestión remite a una fotografía autorretrato de Armen Susan Ordjanian, de 1981, en la cual Armen está realizando la misma pose que Daniela Vega en la película. El cuestionamiento que Armen se hacía en su tiempo sobre la identidad de la mujer, confundida en el reflejo de su rostro femenino sobre sus genitales, cobra mediante la cita otro matiz al replicarse en la película de Lelio, amplificando el mismo cuestionamiento ahora en clave trans. Porque en realidad, como cita Gonzalo Frías, la pregunta sigue siendo la misma: ¿dónde está la identidad? ¿En los genitales? ¿En la mente? o, podríamos agregar, acaso en la mirada de ese otro que mira y no reconoce otra cosa que una yoidad problemática, vacilante entre la carne, el pensamiento y la axiología
Una segunda cita pasó mucho más inadvertida, aunque se ancla desde una escena también connotada dentro del filme. La escena en la que Marina se sitúa en medio de una calle resistiendo un fuerte viento. Aquí el significado resulta mucho más predecible, y tiene que ver menos con la identidad que con la voluntad de caminar a contracorriente o, simplemente, de enfrentar la adversidad a cualquier precio. Más que cita, en este punto, la escena vendría siendo una relectura de otra escena clásica de Akira Kurosawa en su Rapsodia de Agosto de 1991. Exactamente, la escena final de la película. Ahí vemos a una anciana corriendo precisamente contra un fuerte viento, sin dejarse arrastrar, con sumo coraje. A diferencia de lo que sucede en Una mujer fantástica, en la peli de Kurosawa la anciana va persiguiendo a sus nietos. No es solo ella contra la adversidad, sino que es ella, su familia y la calamidad del desastre nuclear de Nagasaki. Es la reflexión sobre el enfrentamiento aguerrido de la vida en un medio propicio para la muerte. Esta misma reflexión, en otro tenor, puede aplicarse para la escena de Marina estática pero de pie contra el viento. La lentitud de la toma refuerza el simbolismo estoico. Es ella, solo ella, en un medio propicio para la hostilidad, encumbrando contra el viento de la incomprensión el cuerpo de la diferencia.
viernes, 2 de marzo de 2018
Una verdadera zoología del insulto: perro, zorra, insecto, cerdo, vaca, oveja, víbora, pajarraco, hiena, gallina, sapo, pavo, burro, rata, gusano, sabandija, arpía, ganso, simio, etc, etc. En cambio, la palabra humano sigue siendo considerada como lo que no es. Una palabra cínica, una palabra amarilla. El día en que el idioma por fin reconozca la palabra humano como insulto, habrá que salir a la calle para gritarla a los cuatro vientos.
Entrevista de trabajo en el Liceo René Descartes. Llegué allí de pura chiripa. Me dirigía en un principio rumbo a la estación Miramar, a seguir la caravana busca pega, cuando de improviso miré hacia arriba en toda la curva de Avenida Valparaíso con calle Quinta. Aún quedaba aquel liceo recóndito a la altura del Cerro Castillo. Cambio de planes; solo había que subir un par de cuadras para seguir escudriñando alguna vacante. En verdad la volada fue muy cartesiana: Se pensó de pronto y se hizo. Junto a la reja de la entrada se encontraba una inspectora de patio. Le entregué el curriculum y me preguntó qué profe era. Ante la respuesta, replicó que justo estaban necesitando profesores de Lenguaje, puesto que recién ayer se había retirado alguien. Demasiada coincidencia en un lapso de tiempo y un espacio tan acotado. No podía ser mejor. Entré y la inspectora se dirigió con el curriculum directamente hacia la oficina de Utp. Incluso, hasta se dio el lujo de darme un consejo: "Di que necesitas la pega". Le respondí que de hecho la necesitaba. Esperé un par de minutos en el patio del colegio hasta que la inspectora regresó todavía con el curriculum en mano. "Su curriculum estaba mal hecho", decía a lo lejos mientras se aproximaba. Evidentemente en broma. Ella no podía aguantar ni el gesto de su propia talla. Así que, al ver que solo asentía, replicó: "No, a las 1 y media. Entrevista con la UTP". Para hacer la hora, y capear la buena noticia, alcancé a darme una vuelta por el centro sin problema y con toda confianza.
De regreso para la entrevista, la inspectora me señaló que subiera sin más y hablara con la recepcionista. Esta al desconocerme preguntó si ya había hablado con la UTP. Le dije que no, que la inspectora había coordinado con ella previamente. La recepcionista entonces, sin tener idea de la coordinación a sus espaldas, llamó a la oficina para confirmar. Bastaron unos minutos para que bajara la jefa de la unidad técnica. Durante la entrevista se habló a grandes rasgos del horario, los montos, el tema disciplinar y el tema académico. Aclaró que ese era el filtro necesario, que aquí "sí se podía trabajar" y que estaban evaluando otras cinco entrevistas más antes de la efectuada para tomar luego una decisión y llamar más tarde a cada uno de los profesores entrevistados en caso de sí o de no. De ese modo, la Utp se despedía amablemente, aunque tanto urgida por los mil y un trámites aún pendientes que evidenciaban su ya agitada preocupación.
A la salida me interceptó la inspectora y preguntó cómo me había ido. Le respondí simplemente que la jefa había quedado de llamarme "como suele ser". Improvisando algo de entusiasmo, agregué que ojalá quedara en el Liceo y pudiera ejercer de una vez por todas. Al notar lo dicho, la inspectora saltó de inmediato, y dijo si estaba seguro, porque sabía de comentarios de otros profesores que en el Liceo la cosa administrativa igual era complicada. "Si no, pregúntale al profesor de religión". Apuntó de inmediato hacia un caballero que entraba a la sala de profesores con paso cansino. "Él dijo que si le preguntaran dónde estaba el infierno, respondería sin duda que aquí". Luego de esa acotación inesperada, abrió la reja de salida y me deseó lo mejor. La llamada se supone que debería suceder en estos momentos, o durante la tarde noche. De lo contrario, habré salido de aquella entrevista con un ánimo endiablado, cachando de antemano que no todo lo que se piensa necesariamente tiene que existir.
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