"La vida es como lenguaje", escribía una alumna en una hoja al revisar su cuaderno. A juzgar por el ceño de su rostro, el significado de la frase no era muy favorable. No la culpo. Es muy probable que haya significado que la vida es una lata. Sin embargo, pese al sentido que quiso darle la chica en ese momento, la frase tiene un potencial insospechado más allá de la mera alusión a la asignatura. La vida, un lenguaje, para uso y abuso de sus usuarios, los vivos.
martes, 1 de agosto de 2017
domingo, 30 de julio de 2017
Un mendigo hoy a la altura del terminal de Valpo, por calle Rawson, luego de haber pedido a unas turistas francesas, (que seguramente no le entendían o iban en otra): "¡Por lo menos denme un no como respuesta!". Lo único que exigía nuestro mendigo del mundo, con un tono irónico, era una respuesta, aunque fuese un no. Aquel no hipotético, una moneda de consuelo simbólica. Casi toda la historia universal de la mendicidad podría resumirse en esa proclama.
Revisando información, doy con una hipótesis temeraria de científicos que afirman la muy abrumadora posibilidad de que todo el universo conocido no sea sino una simulación informática. Ray Kurzweil, poniendo de su propia cosecha, agregaba de hecho que podría ser el experimento de ciencia de un estudiante de secundaria en otro universo. Para alimentar esta hipótesis, un tal John Wheeler, físico, propuso que todo lo que pasa, desde la interacción de partículas hacia arriba, es en cierta forma computación. No tanto matemáticas, como información pura. Por lo que, para llegar a demostrar que todo es una simulación, habría que generar una distorsión de tal magnitud que llegue a revelar un error de código en el sistema. Hay una parodia de esa idea en un episodio de South Park, en el que los chicos descubren que la Tierra es en realidad un enorme reality show intergaláctico, (algo así como un truman show, simulación televisiva, no computacional) que está pronto a llegar a su última temporada y a ser cancelado. Entonces deben a cómo de lugar convencer a los productores que el show vale la pena, y que tiene que seguir. Podrá todo esto sonar a una idea cliché demasiado absurda o paranoica, producto de un fanatismo exacerbado por la trilogía de Matrix o producto de horas frente a la pantalla sin vida social ni contacto con el exterior, pero no deja de sonar a una idea tentadora, sobre todo considerando que la informática se ha estado volviendo ya parte orgánica de nuestro itinerario. Por otro lado ¿Qué sentido tendrá reflexionar sobre esto un sábado por la noche? Pues que resulta verdaderamente estimulante y entretenido imaginar un escenario y una posibilidad semejantes. Un universo entero simulado a cambio de toda una vida simulada. Trato justo.
sábado, 29 de julio de 2017
A la altura de estación metro Miramar, justo cuando iba a iniciarse el cierre de puertas, un sujeto agarró una bolsa del suelo y la arrojó hacia el andén. Casi al cerrarse la puerta del metro, gritó “¡Señora!”. Una mujer mayor se alcanzó a dar por aludida, volteó la cabeza unos segundos, miró rápidamente hacia la bolsa pero siguió como si nada. Nadie más sobre el andén se dio por aludido. A medida que avanzaba el metro, se alcanzaba a divisar dentro de esa bolsa solitaria lo que parecía ser un paquete envuelto en papel de regalo. Qué contendría. A quien se le habrá extraviado. Regalo para quien. Nada de eso perturbará la imagen de la bolsa con el paquete de regalo abandonada a su suerte al filo del andén, casi cayendo hacia los rieles.
Una fanática de las teleseries se volvió viral al hacer público su descargo contra Mega por el final de Amanda. Decía sentirse estafada, y lo que es más sorprendente de todo, esperaba que para las futuras teleseries "no maten a la protagonista, ya que uno gasta tiempo electricidad etc. en seguirlos viéndolos". Luego de redactar su reclamo, se da el lujo todavía de exigir "como mínimo una postal con un saludo de los actores de ‘Amanda". Me pregunto acaso si ella pudo reclamar contra el final de una teleserie, con todo lo irrisorio que pueda resultar, uno podrá también quejarse contra un libro, volverse viral por eso y hacer de esa queja una suerte de nuevo meta género textual.
jueves, 27 de julio de 2017
Dunkirk
En Dunkirk, la última película de Nolan, sin duda, el sonido, su cualidad envolvente (de la mano de otro maestro, Hanz Zimmer) actúa como el narrador secreto de la historia, la historia de una fuga épica. Nolan incursiona por primera vez en el cine bélico y lo hace recreando la operación Dinamo (1940), en la cual no encontrarán un triunfo inapelable, ni grandes discursos heroicos, sino que solo la crónica de la supervivencia, bajo el vértigo de la tierra a ras del mar y sobrevolando el aire del cielo, los tres elementos de la naturaleza conformando el cuadro dantesco, bajo el cual algunos soldados ingleses y franceses conspiran para sortear la avanzada nazi. Lo verdaderamente único de la cinta es que narra el acontecimiento de los vencidos, su incomprendido orgullo tras palpar la vida al filo de la navaja, su victoria pírrica contra todo pronóstico y expectativa. Dunkirk, en el fondo, resignifica el sentido de la guerra, su concatenación infinita de batallas y treguas. No encumbra ningún acierto militar. No idolatra a ninguno de sus héroes alicaídos. Visualiza más bien un futuro, un escenario en el que los vencidos en masa también pueden conmemorar, con sus bandera rotas, su ilusión y su sangre a cuestas, un día más sobre este extraño mundo, otro día en que se ha burlado a la muerte, al menos en lo que dure la buena racha, porque en la guerra, como en la vida, los vencedores no siempre tendrán la última palabra, (ni el último visionado).
¿Por qué el clásico cuadro de Caspar David Friedrich, El caminante sobre el mar de nubes? Pues porque la analogía con el fotograma de Dunkirk es evidente. No solo en su aspecto visual, sino que semántico. El romanticismo en su sentido más genuino. El solitario caminante en la cima sobre las nubes. El soldado vencido al borde del mar, contemplando la devastación.
Hoy una chica en clases me preguntó si acaso la siguiente frase: "cuando la muerte comience su inventario" servía como un ejemplo de metáfora o de prosopopeya. Me deja con una intriga no tanto saber si es una figura retórica u otra, sino que el origen de ese verso. El cómo llegó ahí. Si lo sacó de algún poema ya existente o si realmente se trata de una de esas creaciones que sorprenden por improvisadas.
Es consabido que Sartre, en 1964, pidió por carta que no le dieran el Nobel de Literatura. El comité del organismo ya había ratificado su victoria, pero este, fiel a su misiva, acabó rechazando el premio, todo con tal de no convertirse "en una institución" y de no exponer a sus lectores a una "presión nada deseable". Lo que se tiende a olvidar es que, ni tonto ni perezoso, Sartre acabó de todas formas reclamando el dinero de la premiación. En suma, quiso ser consecuente a sus principios, pero por debajo igual quería el maldito dinero. No hay traición en esto. Como dice el dicho: la necesidad tiene cara de hereje. No hay nada que obligue a la honestidad y a la corrección absolutas. Así que, recuerden, futuros aspirantes, ganen todos los premios que quieran, pero hagan la de Sartre: inmortalicen una imagen de rebeldía para la opinión pública, y una vez que todos estén demasiado ocupados con ella, cobren el jugoso cheque sin remordimiento.
Chill Out
Hay un pub frente a la plaza O Higgins cerrada, muy cerca del Congreso, calle Almirante Barroso. Se llama Chill Out. Por dentro, un diseño minimalista. Por fuera, la fachada de edificio patrimonial. En inglés, Chill Out significa algo así como relajarse, "enfriar" las pasiones. Pasando hoy por la tarde, un tipo entraba una java. La imagen mental de la cerveza se vaciaba entonces lentamente sobre un vaso imaginario. Hacía, a propósito, un frío del demonio. Desde el fondo acababa un hit noventero, para comenzar a sonar esa mezcla de trance y lounge que haría juego con el concepto del local. Por supuesto que solo la música daba la sensación de vida, porque no había nadie ahí a excepción de un par de sujetos de cuello y corbata, seguramente oficinistas brindando por su hora feliz. De cara a una de las ventanas, se dejaba ver el comienzo de un video de classic project. Salía en eso una mina a fumar. El frío era tal que arrugaba su frente. En el instante en que miraba a otro lado, dejaba de sonar Black Velvet de Alannah Myles. La chica repentina botaba su cigarrillo al suelo, luego de haber hablado por celular, y entraba justo antes del loco de la java. Cerca de la ventana solo se oía retumbar, a lo lejos, la risa de los oficinistas. Adentro el alcohol hacía lo suyo. Afuera la sensación, en cambio, era extraña por opaca. La música del video de Classic project desaparecía lentamente, a medida que se dejaba el lugar y se avanzaba hacia la vereda. El minimalismo del sitio era tan escandaloso como lo iba siendo la soledad de la calle en el transcurso de una cuadra.
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