domingo, 16 de agosto de 2026

Ciento veinte años del Terremoto de Valparaíso (1906)

Hoy se cumplen 120 años del terremoto de Valparaíso (1906). El puerto le daba la bienvenida al siglo con un cataclismo de tremendas proporciones. Justo en el momento en que me puse a escribir esto, comenzó a temblar. Sarcástica coincidencia. Hace un par de horas, de hecho, había salido para recorrer la feria de Plaza O Higgins en busca de algún libro, y también había temblado, solo que, en ese momento, no me di ni cuenta, y seguí andando por la plaza hasta dar con un puesto de libros próximo a calle Victoria. Ahí encontré el libro "Memorial de Valparaíso" de Alfonso Calderón y Marilis Schlotfeldt, un libro macizo en donde se realiza un recorrido vital de la ciudad a partir de una multitud de crónicas, apreciaciones y experiencias. Estaba a quince. Lo compré de inmediato, confiado en que me ayudaría para poder seguir escribiendo mi proyecto de narrativa de no ficción.

Al hojear algunas páginas, di con algunas referencias sabrosas. En una, escrita por Daniel de la Vega, le daban la razón al difunto Eduardo Serey, el entrañable "Viejo Pancho", al señalar que efectivamente el Almendral y el Puerto "estaban separados por el asalto de unas olas arrogantes", y la única forma de transitar por ambas dimensiones de la ciudad era cruzando la legendaria Cueva del Chivato. Lo que se llamaba el sector Puerto, no era todo Valparaíso, sino que llegaba "hasta el sitio en donde ahora se encuentra El Mercurio". Hay ahí, sin duda, un misterio y una resonancia histórica sobre la cual tendré que profundizar, más adelante.

En otro punto, en la sección "Valparaíso. Tocata y fuga", Calderón comienza precisamente aludiendo al terremoto de 1906 como uno de los mayores hitos en la memoria del porteño, muy a su pesar. Se señala que doña Juana Ross había mandado a construir un edificio asísmico a un costado de la Plaza Victoria, el mismo que cayó ante la fuerza implacable del terremoto. Calderón además recuerda un libro que mostraba escenas desastrosas en el sector de la actual Avenida Argentina. Algunos sujetos que fueron pillados robando y saqueando fueron fusilados. El autor podía ver sus rostros de horror retratados en esas páginas.

Otra cosa que lo impactó profundamente fue el derrumbe de los cerros en donde se encontraba el cementerio. En el plan se alcanzaban a ver los ataúdes y las lápidas amontonadas, y no se trataba solo de muertos anónimos, también estaban allí los nichos de los antiguos fundadores de la ciudad. En una cita a d'Halmar, se hablaba de una verdadera "cólera celeste" que había castigado al puerto. El plan se vestía de muerte y la tierra cobraba su porción de tragedia humana. Puede que, sin siquiera darme cuenta, haya estado leyendo atentamente estos pasajes repletos de caos telúrico, en el preciso instante en que ocurría otro sismo. Hay movimientos imperceptibles, así como secretos todavía incomprensibles para el peatón errabundo. Seguí caminando por las aceras de Pedro Montt e Independencia, a paso firme, con el libro en mano, como si el registro de sus palabras pudiera contener el poder abrasivo de la naturaleza, seguido, muy de cerca, por el de la historia.

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