Ya no recuerdo en qué momento de la conversación ella decía haberse acordado de una frase muy famosa, una relacionada con cerrar el pico y quedarse piola como lección de sensatez ante el riesgo de hablar de más y quedar de pedante o de ignorante. Parece que fue cuando salió a colación el tema sobre ciertos colegas del área de salud que creen dar cátedra en ciertos ámbitos que no manejan del todo bien, pero que lo hacen simplemente de metiches, para meter la cuchara. Estaba seguro de la versión definitiva de aquella frase, pero se me había ido en collera la referencia, al punto que terminé dándole una interpretación un tanto atropellada: "Mejor quedarse callado y parecer estúpido que abrir la boca y despejar cualquier tipo de duda". Ella al principio no entendía de dónde venía esa frase tan renombrada. No había hecho la asociación necesaria o más bien mi versión no le convencía de todo. "Andas a lo Chapulín Colorado", aseveraba risueña, mientras me veía dándole una vuelta más a la frase con tal de reestructurar su sentido original. La frase que ella recordaba, decía, no tenía nada que ver con la boca ni con la estupidez. Tenía que ver con el saber. El punto es que ni ella misma sabía a qué frase se refería, si acaso era la que yo tenía en mente o más bien era otra sacada de todo contexto. Rendido ante la escasa memoria, recurrí a google para confirmar la certeza sobre mi versión de aquella frase indecible. Y claro, la frasecita en cuestión era la clásica "mejor callar y parecer tonto que hablar y demostrarlo", solo que en ciertas fuentes apócrifas aparecía atribuida indistintamente a Groucho Marx y luego a Mark Twain. Seguí buscando, en el instante en que ella se bebía un sorbo largo de cerveza y revisaba su celular. Al final, la versión más similar a la que había elucubrado era "mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente". Luego, más abajo en los resultados de búsqueda, di con una tercera versión, "mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda". En esta última, se señalaba que Groucho habría reinterpretado los dichos originales de Twain y que, a su vez, este habría rescatado la cita de algún proverbio japonés. Con esta esclarecedora tercera versión en mi poder, decidí mostrársela para que viera que, después de todo, sí estaba en lo cierto. “¿Ves?” le dije. “Sí tenía que ver con la boca y con la estupidez”. Ella leía la frase con detenimiento, con la boca engullida de reineta, como si se estuviese tomando su tiempo para digerirla en silencio, al tiempo que su boca estaba demasiado ocupada. Tragó entonces de un tirón el último bocado y confirmó con sus propios ojos la evidencia: “Está bien. Ganaste”, dijo. “De todos modos, era algo que ya había pensado antes”. Sonreímos. Ambos nos quedamos piola. La cuestión se había hecho tensa en un pequeño juego semántico, pero la duda se había disipado al fin. No quedaba otra cosa más por decir, así que pedí la cuenta. Ella sacó rápidamente de su billetera su parte del monto. Yo, la mía. No hubo réplica en todo lo que duró el proceso. Entonces, al rato, nos despedíamos con aplomo. Ninguno de los dos quedó de seguir hablando.
sábado, 3 de noviembre de 2018
viernes, 2 de noviembre de 2018
miércoles, 31 de octubre de 2018
Apareció de pronto en medio de la playa, entre una bandada de gaviotas, una paloma blanca. Al señalarla con el dedo, ella me preguntó de inmediato si acaso era religioso. Le decía que no, que solo me parecía curioso que aparecería una así como así. Seguramente pensó que mi impresión ante dicha paloma implicaba que creyera a pie juntillas en su clásico simbolismo. A raíz de eso, comenzó a hablar sobre la fe, sobre la Iglesia o, mejor dicho, sobre la supuesta pureza de valores de quienes tienen tejado de vidrio. "Si te fijas, la paloma blanca representa bien su significado. ¿Sabías que las palomas son terriblemente infecciosas?", dijo. Ella hacía notar que la paloma blanca, pese a su color asociado a la paz, también tenía bajo su naturaleza la carga de la corrupción. Le expliqué que de hecho eran tan o incluso más dañinas que las ratas. Podría decirse que hasta parecen ratas aladas. "¿Ves? Entonces la paz no es tal como la pintan", concluyó, al tiempo que la paloma se acercaba, inocente, entre los roqueríos, escabulléndose del escándalo de la gente, previa víspera del día de los muertos. Esperó a que saliéramos de entre el promontorio de roca, alejado de la orilla del mar, para remontar el vuelo y desaparecer bajo el sol radiante.
Se revela la razón por la cual el ingeniero eléctrico Savitsky atacó a su compañero Beloguzov en la estación rusa Bellingshausen. Libros. Mejor dicho, su fatal lectura. Resulta que ambos vivían hace más de un año en un pequeño espacio, y poseían únicamente acceso a dos canales de televisión, instalaciones deportivas y una biblioteca. Según cuenta Savitsky, todo habría sido culpa de su compañero, el soldador Beloguzov, al contarle el final de los libros que él pretendía leer. Todos enfatizan la razón en la locura producida por la soledad y el aislamiento en la Antártica. Otros apuntan a los motivos de interés que pueden ir aflorando, luego de enviar al agresor de vuelta a Rusia para que sea juzgado allá, mientras la víctima (el contador de libros) yace recuperándose en la zona austral. Pero lo verdaderamente interesante es el trasfondo novelesco que se desprende de este peculiar hecho. La lectura, una vez más, como gatillante de los delirios más inimaginables. Sería adecuado averiguar cuál era el libro en cuestión que produjo el cuchillazo, como para indagar en la intriga policial y, a la vez, profundizar en el absurdo del asunto. No sé ustedes, pero todo me retrotrae a La cosa de Carpenter. Me imaginaba a los locos bebiendo vodka, terrible de cocidos, totalmente desquiciados en ese infierno blanco, pasándose películas sobre entidades invasoras, alimentando la paranoia hacia el otro, alienados por su propia ficcionalidad desatada en los hielos eternos.
lunes, 29 de octubre de 2018
El arrendador le llama la atención al nuevo inquilino por el carrete masivo que hizo el día sábado en la casa. Hacía tiempo que no pasaba eso, en un depa en donde reina lo quitado de bulla como regla, a lo sumo su vacile puertas adentro, piola. El loquito nuevo es colombiano. Motivo suficiente para justificar su actitud de rumba, entre tanto vecino flemático (me incluyo). Recuerdo bien esa noche. Tenía puesto un karaoke a todo chancho y a toda raja de un tema de Los chiches del Vallenato. Cantaba con los comensales a viva voz y a son etílico: "No me pregunten por ella, no me pregunten cuándo volverá. No hagan más grande mi pena, no hagan que llore y la recuerde más". El karaoke era tan animoso que se colaba por los entrecejos del resto de la casa, inundando de una impresión tropical y arrebatada lo que solía ser introspección y oscuridad casi todos los fines de semana. No podía conciliar el sueño, pero qué importaba, era día sábado por la noche, y su servidor ya había renunciado a toda esperanza de algún panorama entretenido, con la clásica excusa de la enfermedad y la falta de presupuesto. El hueveo del colombiano sonaba a algo que haría cualquier mortal con ánimo fiestero. Pero la decisión no pasaba por él. El arrendador le dejó claro al loquito que una de las reglas de la casa era que no se permitían carretes desenfrenados. Le aseveraba que no se trataba de nada personal, sino que solo en vista de que debía rendirle cuentas a la dueña del boliche, que vive en el piso cinco, justo arriba de nosotros. "Imagínate escucha el hueveo acá abajo y por pura tincada nos echa cagando a todos", confirmaba el arrendador, buscando la explicación al paqueo aguafiestas. Sus dichos dejan entrever una verdad en la que no había reparado del todo, creído en que el arriendo mes a mes garantizaba algo remoto: somos únicamente aparecidos en un suelo y un techo que no nos pertenece y, ya sea por un exceso de alegría o por un dejo de aburrimiento, podemos acabar de patitas en la calle, a la intemperie con nuestras ganas de sortear la valla o de seguir en el júbilo de la despreocupación. No le reprocho nada al nuevo loquito. Después de todo, tampoco lo conozco, pero en virtud de la tranquilidad que se había establecido en el departamento más por regla que por costumbre, me limito a asentir la medida drástica del arrendador, mientras busco silenciosamente el playlist festivo de aquel mambo tan atípico. La fiesta ya ha cesado en la casa, por mandato imperioso, pero su eco continúa en mi cabeza como síntoma de algo más, una vicaria necesidad de catársis o un estupor ante el nuevo espíritu gregario que ha revitalizado este claustro y que -para bien o para mal- ha llegado para quedarse.
Ganó "Brasilzuela". Así de simple. El corolario del miedo. La reacción frente a la corrupción generalizada, sometida a la división y al populismo galopante. No hace falta una mirada tan aguda para constatar que los gobiernos de derecha en Latinoamérica están ganando por paliza, en parte, como respuesta a una crisis institucional de la izquierda. Pero sería demasiado simplista ahondar en esa lógica tan binaria. Tal vez no sea suficiente con declarar que la corrupción le abrió las puertas a la ultra derecha. Lo que sí es un hecho es que el conservadurismo político de la mano del liberalismo económico se va abriendo camino a paso de máquina sobre el ethos del colectivo. Sería bueno, quizá, leer la autocrítica de la oposición, su parte de responsabilidad respecto del avance soterrado de la ultra derecha, a modo de ejercicio de transparencia. Cierto fascismo, según sostienen algunos, se habría impuesto de la noche a la mañana, casi como un poder oscuro, incomprensible, y no producto de un fenómeno que lleva tramando con una precisión de relojería su macabra ingeniería social.
domingo, 28 de octubre de 2018
"En Los detectives salvajes el exilio cobra un significado particular. Después del intento fallido por salvaguardar a la madre Cesárea, símbolo de sus deseos y anhelos más profundos, Arturo y Ulises optan por la determinación soterrada del exilio. La perdida del ser y del estar, el arrojo del cuerpo y de la memoria comulga con un sentido ético en relación con ese otro que se sabe perdido. Quizá, la conciencia nos vuelve unos cobardes, parafraseando a Hamlet. Quizá no disponemos de las armas suficientes para hacer frente a nuestros enemigos. El exilio, sin embargo, es una prueba ética. Arturo y Ulises optaron por volverse relato: aspiraron a luces subterráneas, fueron cometas que de cuando en cuando incendian la cabeza de los maníacos de la vida y de la literatura. Esa es la lección que propone la po-ética subyacente en la ficción. Arturo y Ulises fueron antihéroes a su manera. Déjenlo todo, nuevamente. Lo importante es ir cayendo ante las esfinges. Sacarse los ojos hasta dar con la sombra verdadera. Y es que si no nos vamos todos antes al carajo y nos volvemos polvo del universo nuevamente, como Cervantes o Shakespeare, ciertamente, resta declarar a la literatura como el vórtice del olvido, y claro está, el olvido como la sustancia de todo aquello que está vivo. Las palabras son otra forma de burlar el destino". Autocita, en La po-ética de Roberto Bolaño.
jueves, 25 de octubre de 2018
"Profesor de la Usach murió preparando una clase" se titula la portada del Lun de hoy. Antes de morir, un colega habría revelado lo que serían unas palabras premonitorias: "no voy a seguir". Imagen metonímica. Síntoma nacional. La vida para el profesor sería aquello que sucede mientras está planificando una clase. Lo más equivalente al término de esa clase sería la muerte, verdadera maestra de sus días.
A más de diez años del incendio de la casa en el cerro la cruz, se me vienen a la mente recuerdos calcinados. Esa noche desperté prácticamente de improviso. Cuando me percaté el living ya estaba inundado de un color espeso, anaranjado. Allí se encontraban mi madre y mi hermana chica, esperando bajo el humo, a ver si su servidor seguía con vida. Fueron instantes caóticos. A lo único que atiné en su momento fue a subir con ellas rumbo al cerro, hacia la casa de los abuelos. Casi todos estaban paralizados. Fue muy poco lo que se pudo hacer, excepto tratar de salvar algunas cosas y quebrar por dentro para intentar rescatar a los que aún quedaban envueltos bajo el averno nocturno. El resto de la historia figura todavía consumido en la conciencia como una hoguera. Demasiado fuego ahí adentro para seguir hurgando con impunidad y desvergüenza. La incineración costó no solo la pérdida absoluta de la casa, sino que la muerte de dos seres queridos que vivían próximos a la "zona de sacrificio": nuestra bisabuela y su pareja de ese entonces, por lo cual se podrán imaginar el dolor que todo ello implicó. A las horas siguientes, tras el fracasado operativo de bomberos, y la constatación siempre tardía de los pacos, el lugar aparecía asediado por la prensa, reporteando el desastre in situ. El llamado amarillista de la tragedia, siempre tan oportuno. Algo que nunca olvido es la imagen de la destrucción en primera plana en la portada de La estrella del día siguiente, seguido del rostro de los difuntos, puestos ahí cual protagonistas malogrados de una historia demasiado cotidiana que solo llegó a brillar en el momento que ardió y se esfumó para siempre. Lo cuento a estas alturas ya como anécdota, como herida cauterizada lo suficiente, pero el trauma de ese tiempo aún palpita a ratos, insistente, dándole una y mil vueltas con tal de darle un relato a ceniza, siquiera algún cauce textual que una los cabos imaginarios de aquel absurdo suceso hecho pira. Sin embargo, todos sabemos de sobra que las palabras no alcanzan a dimensionar el tejido de la experiencia. Más aún cuando el tejido viene con la combustión de lo imprevisto. La emoción se vuelve inflamable. Y con el pasar de los años, la experiencia de lo ocurrido también se vuelve inefable. Hoy por hoy, solo restan las ruinas de la casa, sus ruinas carbonizadas, opacas, aún vigentes, la estructura de una troya tercermundista, el recuerdo hostigoso como ironía de rescate, una que otra foto de un album familiar, carcomido de negro por los bordes y, si queremos ser consecuentes con el recuento, este iluso intento de retrotraer a la memoria lo inevitable, expresado bajo el velo de alguna significación ya demasiado póstuma. La cuestión ya quedó en el pasado, pero algo todavía quema adentro: una ardiente pregunta que no admite respuestas, porque, citando de manera antojadiza a Artaud, vivir no es otra cosa que arder en preguntas. Conclusión precipitada: toda pregunta sobre el destino te pillará en pelota, trasnochado y en llamas. Mejor evitar la pregunta, y sobrevivir como sea, enarbolando la no tan merecida casualidad de seguir aquí, debatiéndose por todo y a la vez por nada.
martes, 23 de octubre de 2018
Museo de la Biblia en Washington confirmó que cinco de los dieciséis manuscritos del Mar Muerto son falsificaciones. Sostuvieron que podría ser el mayor fraude arqueológico desde el "Evangelio de la esposa de Jesús". Lo auténtico como lo sagrado. La intervención moderna supone para sus feligreses una herejía. Lo apócrifo como lo contrario a la Verdad. Pero no faltará mucho para llegar a una certeza todavía más devastadora: todo texto, por puro que parezca, remitiría a otro, en una cadena hermenéutica sin origen claro ni destino aparente. Encontrar la fuente original equivaldría a desentrañar el principio de todo. ¿Acaso Dios? ¿El Autor supremo? Desmentir esa fuente significaría reconocer la falsificación como la única realidad. Se crea un relato, se crea a su vez un mundo. Lo falso lleva también el signo de lo sagrado. Lectura inconfesable.
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