martes, 5 de junio de 2018

domingo, 3 de junio de 2018

Un librero en la feria de O Higgins, al notar que comenzaba a hojear un libro de Barbellion por ahí encima de la vitrina: -Consulte casero-. Le dije que no se preocupara, que solo estaba viendo. La respuesta que cualquier vendedor de libros usados ansioso menos espera, y con todo derecho. Lo lógico sería que al revisar cualquier título el cliente estuviese interesado en comprar algo. Pero no. Resulta que el tanteo es parte inevitable del ejercicio de vitrinear libros. Sin embargo, esto al vendedor no le pareció bien y enseguida dijo: -Recuerde que si va a revisar algo, mejor cómprelo. Esto no es biblioteca, con todo respeto-. Una señora que revisaba un libro de Baradit a mi lado, La guerra interior, oyó el comentario y miró con seriedad y algo de espasmo. La lectura al paso, indecisa, solo tanteando, constituía una violación para nuestro vendedor. Para él era como si en un puesto de verduras el cliente se pusiera a probar un tomate con cáscara y todo. La lectura furtiva como voracidad impaga. Cada palabra leída, cada hoja manipulada por manos ávidas sin pagar su respectivo precio involucraba una verdadera profanación de su producto. Un mal uso de su ya carcomida calidad material. Pero qué importaban las condiciones comerciales de nuestro malhumorado vendedor si eso significaba robar unas cuantas líneas aprendidas a la rápida y a la mala, a cambio de no tener que desembolsar en la compra del libro. Un acto tacaño, dirán algunos. Jugar al límite de las posibilidades, dirán otros. Existirían de esa forma, dos clases de vendedores de libros: -Quienes no ponen peros a la hora de permitir la hojeada de sus títulos a los clientes previa compra: -Quienes establecen que un título solo puede ser tocado y hojeado una vez se realiza su compra; y, por su parte, dos clases de merodeadores de libros: -Aquellos que tienen por regla solo hojear y revisar lo que efectivamente van a comprar, y aquellos que solo se dedican a hojear, manipular y revisar los títulos sin nunca decidir cuál se van a llevar; estos últimos, auténticos acosadores del objeto libro, merecedores de demanda, diletantes hedonistas sin un ápice de juicio ni voluntad económica, pero cargados de una obsesión ansiosa no precisamente por leerlo todo, sino que tan solo por alcanzar a masticarlo.

sábado, 2 de junio de 2018


Dos situaciones en las que el discurso de género fue agarrado para la chacota: 

1.- En la sala de profesores, durante el recreo, un grupo de colegas tomando la choca y haciendo sobremesa (yo, por supuesto, leía a un costado de la sala). Un par de profesoras hablaba efusivamente, de seguro una talla interna. Hasta que, de pronto, sale aludido un colega de educación física sentado al medio. Se levantó y mostró en su celular al resto de los comensales una batería de memes con hashtag, a propósito de la ley de acoso. Comenzó a leer de forma clara y concisa el jocoso colega: 

-Puta la wea. Sigo con la mala cuea. Iba en el ascensor y se subieron 2 chicas, por ser amable les pregunté ¿A cuál piso? 

-Me dijeron oye que eres bondadoso!!! Yo le dije como dicen por ahí... "Hay que dar hasta que duela"... Parte por weón... Padre Hurtado reconozca que fue usted... 

-Con la ventolera que hubo se voló toda la ropa interior de mi vecina, quedó arriba de árbol, la chica estaba mirando hacia arriba del árbol, me acerco y amablemente le digo: le bajo los calzones? 

-En la COPEC Señorita, le reviso el agua del sapito? Preso por wn... 

Las profesoras, amigas del compadre, conociendo su carácter, no pudieron evitar mofarse. A una de ellas, la más joven, de hecho, le dio un ataque de risa. Otro colega, un profe joven, servía de cómplice, tratando de seguirle la corriente al de educación física y mirando directamente, con ánimo entusiasta, a la colega risueña. Miradas iban. Miradas venían. Yo solo sonreía a lo lejos, en un efecto rebote. 

2.- La otra vez en una panadería de Colón, más allá de la fila para atender, el vendedor comenzó a hablar a boca tendida con la cajera. Clientes presentes escuchaban de improviso, esperando a que corriera luego la fila. El vendedor le dirigió la palabra a la cajera a raíz de un supuesto piropo calentón que ella le había dicho, sin su consentimiento. (Entiéndase en tono de talla). “Mish, yo no le voy a aguantar una cosa así. Mire que la cuestión es para los dos lados”. La señora seguía con un evidente gesto de humor la respuesta de su colega. Se subentendía que ella le había dicho algo bonito sin él pedírselo. Entonces ella, para seguirle el hilo, contestó: “Aaaahora, el perla, ahora viene a alegar, hácete el leso no más”. Las trabajadoras de más al fondo, mientras amasaban el pan, comenzaban a reír al fondo luego de escuchar el parloteo implícito del vendedor y la cajera. Algunos clientes también lo hacían, invadidos por el tono festivo que comenzaba a tomar la recreación imaginaria. 

En ambas situaciones, (la sala de profes, la panadería), el asunto del piropo, su representación ingeniosa, hoy motivo de resquicio legal, salió a colación a modo de excusa para distender los ánimos y reforzar un vínculo de camaradería previo. Las tallas cumplieron allí su cuota, su objetivo. Pensé de inmediato en Zizek, cuando, al criticar la corrección política, hablaba de una suerte de “contrato obsceno subyacente” necesario para generar vínculos más cohesivos, íntimos y estrechos. Si uno de los presentes se hubiese parado y se hubiese ofendido, o le hubiera respondido en contra enérgicamente a los autores de las tallas, eso habría significado el fin de la “buena onda”, por ende, el fin del contrato. Lo delicado del tema, obscenidad incluida, habría dejado de ser simpático para adquirir una gravedad inusitada. El contenido de esos mismos dichos, el de los profes, y el de la gente en la panadería, proferido fuera de contexto, e incluso, por ejemplo, en un debate asimétrico entre militantes feministas y opositores reaccionarios, habría generado anticuerpos inmediatos. Habrían sido motivo de polémica y hasta de funa. 

Lo mismo para un compadre que fue insultado por face solo por publicar un meme en el que un sujeto marcha de la mano de una chica usando un sostén, con una leyenda que decía literalmente: “si no follo después de esto, me mato”. Quienes salieron al ataque, y ni siquiera haciendo una lectura demasiado acuciosa del meme y de la razón de su publicación, habían sido en su mayoría contactos desconocidos. Allí no existió ese “contrato obsceno” simplemente porque la relación del compadre con los aludidos era solamente virtual, y acaso demasiado distante, como lo evidenciaba el hecho de que hayan salido a atacarlo a partir de una diatriba tan particular. En cambio, salieron otras amigas del compadre, si bien no a defenderlo, a indicarle que la cagó, pero en buena, como queriendo aconsejarlo. 

¿A qué voy con todo esto? A que una misma frase o declaración, dicha en un contexto distinto y compartida con personas distintas, puede hacer una diferencia radical entre la sobrerreacción y el entendimiento y complicidad mutua, pese a la carga ideológica a priori de dicha frase o declaración. Pero por eso mismo, y dada la necesidad que postulaba Zizek del “contrato obsceno” para los vínculos más íntimos, es que se busca a tientas un mínimo trasfondo de confianza para poder agarrar al otro para el hueveo sin que eso suponga perjurio y, en este sentido, también para poder dirigirse al otro de manera sexual sin que eso constituya una potencial amenaza, una invasión. Hoy por hoy lo que se discute es precisamente ese límite. Su frontera legal. Su terreno llano, moral. Ojalá libre de interpretaciones antojadizas.
Piñera en su cuenta pública: "un país que no quiere tener hijos es porque algo no está bien". Está claro lo que somos los antinatalistas para el cabecilla: unos parias, en el mejor de los casos, unos traidores. Una mácula, un lapsus en el orden general de la naturaleza y la economía. Y está claro también qué es lo que son los hijos para el cabecilla: un número, un eslabón más de la larga y ancha producción en serie. Sujetos, pero sujetos al sistema, su sistema.

viernes, 1 de junio de 2018

La figura del ying yang, la cruz y el we tripantu en la pizarra. Un cabro preguntaba qué hacían esas figuras ahí. Tenían relación con la unidad del mito, el mito como símbolo. Una chica de adelante supo reconocer el ying yang pero no sabía qué representaba. Varias de sus compañeras comenzaron a responder cosas improvisadas: bien y mal, fantasmas, blanco y negro, cuestiones que indudablemente englobaban la dualidad. Luego de eso, y al cachar qué estaba explicando el significado de la cruz cristiana, un cabro se levantó y me dirigió una pregunta: "Profe ¿usted cree en la virgen?". Respuesta negativa. Sorprendido por la sinceridad, el cabro esta vez fue más lejos, aunque soltó una pregunta un tanto lógica, producto de la anterior: "Pero ¿usted cree en Dios?". Nuevamente, sin mayor reparo, otra respuesta negativa. El cabro miró extrañado a su compañero de al lado, quien le seguía la inquietud. Este volvió a preguntar, pero esta vez algo un poco más audaz: "Profe, ¿es usted feliz?". Confieso que la pensé. Cualquiera a la primera pensaría una respuesta tan abierta. "Ahh, la pensó!", replicó el chico, suponiendo que se trataba de una pregunta delicada. No me quedó otra que devolvérsela. Tampoco atinó a responder. Se rascaba la cabeza mientras miraba hacia cualquier lado excepto hacia la pizarra llena de símbolos. Unos cuantos comenzaban a borrar el ying yang. Una alumna saltó y borró la cruz. Sobre ella colocó una persona colgándose. La figura del we tripantu permanecía imperturbable, inadvertida. Otros cabros volvieron a dibujar el ying yang en otro espacio en blanco. Una última alumna, aprovechando que cada vez más compañeros se acoplaban hacia la pizarra, fue con el borrador amenazando con eliminar los dibujos y símbolos aleatorios. Un chico de más al fondo probaba esta vez con el signo de leo, con forma de órgano genital. Pequeña lucha entre simbologías y anulaciones. El carácter material de los símbolos iba delineando, en manos de los alumnos, el rito caótico de la clase.

jueves, 31 de mayo de 2018

Una pareja de vagabundos borrachos echando la mona bajo la figura de la virgen y el niño dios, frente al que fuera mi antiguo colegio católico de básica. Cuando estaba por tomar la foto, un loco comentó al paso: "eso sí que es amistad wn". Otro compadre señaló: "Se van a achicharrar". El resto de los transeúntes pasaban por el lado mirando a la rápida, notando la extrañeza de la escena, pero sin prestar mayor atención. Una sola señora alcanzó a mirar a la estatua de la virgen y luego a los vagabundos como en una seña de incrédulo asombro. Miraba al cielo, advirtiendo el sol que los abrigaba, y, en cierta forma, al dios hipotético que los divisaba de reojo, encarnado en la figura estática de la santidad, cómplice del libre albedrío y el sueño etílico de estos cristianos anónimos.

Frío, sueño, antídotos existenciales...
Siempre supe que el apellido de Han, Solo, aunque parezca demasiado obvio, hasta fome, tenía que ver con su soledad.¿qué otro calificativo cabe para un forajido? ¿para el que no apoya a ninguno de los dos grandes bandos del universo moral y prefiere hacer de las suyas, siguiendo sus propios códigos al ritmo de la piratería espacial? Una frase me queda dando vueltas, una frase proferida por otro ladrón veterano: "nunca confíes en nadie". El acierto de la película fue plantear la problemática interna de esa afirmación, encarnada en nuestro devenido anti héroe. ¿Confiar o no confiar? ¿Se puede ser lo suficientemente independiente sin llegar a ser malo? ¿Se puede ser lo suficientemente autónomo como para tampoco llegar a ser de los buenos? La respuesta quizá la tenga el propio Han, en ese contraste de máscaras, entre los que creía sus yuntas o sus aliados provisorios, sin perder de vista el lucrativo objetivo de la supervivencia. ¿El amor, su ilusión, su proyección, podría haber sido esa respuesta? Vemos que los distintos derroteros que tomaron Han y Kira acabaron por dibujar un destino completamente distinto a la fábula romántica. El adiós del solitario pirata, en ese instante final, no era otra cosa que el adiós de la autodeterminación. En un universo donde el bien y el mal compiten por el poder, ya no cabe otra expectativa que la apuesta arriesgada del juego. Un ludismo revestido de gravedad, pero también de carácter. Nuestro solitario forajido establece un camino subrepticio, violando jurisdicciones y codeándose con los bandidos de la galaxia. Quien sea capaz de seguirlo, tendrá la oportunidad de probar su suerte y hasta ganarse su renovada confianza.
Ghosting: la desaparición como forma de cohesión social. Título de tesis aleatorio. Aplica para ex, "andantes", supuestos amigos. Como los dinosaurios, todos desaparecen

miércoles, 30 de mayo de 2018


La clase de hoy consistía en la introducción al mundo del mito. Producto de la lluvia, solo la mitad del curso asistió. 12 pequeñas almas, mojadas, aunque lánguidas. Se les pidió que hablaran con sus propias palabras sobre el mito y su significación. Unos pocos adelante hablaban sobre el carácter de falsedad. Mitos urbanos. La del medio, la chica solitaria, insistía en la definición de mitos y leyendas, las clásicas cartas mágicas. Los de al fondo, los displicentes, los "simpáticos", en cambio, permanecían como ostras, más silenciosos de lo habitual. 

Una vez que comenzaba el intento de motivación, se les mostró dos videos. Al momento que mencioné la palabra video, los de al fondo semejaban movimientos repentinos, aunque impostados. El desgano post lluvia era tal que la sala, con la luz tenue y la instalación del data, se iba pareciendo a un teatro de sombras chinas. Los videos tenían que ver con el mito selknam de la creación del mundo y el mito alegórico de la caverna de Platón. Ninguno de ellos, por supuesto, tenía idea sobre ninguna de las proyecciones míticas. Solo una chica, la del medio, la solitaria, decía haber escuchado por ahí algo sobre el mito de la caverna. El resto seguía con la duda sobre el carácter falsario o veraz de la mitología en general. 

Para efecto de la clase, se les pidió que explicaran por qué, en base a los videos vistos, el mito tiene tanta importancia para explicar el origen de una cultura. Nuevamente, ninguno supo dar con una respuesta eficaz. Uno que otro desatino, como insistir en que con menos de la mitad del curso no debían hacerse clases, o insistir en no hacer nada producto de la lluvia y sus efectos psicosomáticos en el cuerpo. "Lo que pasa, profe, es que la lluvia nos deja locos", decía uno de los cabros echado sobre la silla al fondo del rincón de la sala. "Te vai en puras falacias oye", le replicaba un compañero a su lado. "Sale mentiroso culiao". Entonces una chica a un costado, en una asociación inesperada, preguntó: "Profe ¿El mito es una falacia o una verdad?". Pregunta problemática. Intuición fresca, aunque aún inconsciente, de la chica. La pregunta por sí sola encerraba todo el dilema filosófico de occidente, o bien, el quid para la continuación oportuna de la clase. Se le respondió que una de las características del mito desde la antigüedad es que no responde al criterio de verdad/mentira, sino que responde a un criterio de universalidad atemporal, digamos, en palabras simples, a algo que va más allá del tiempo, a algo que fue y que puede volver a ser. El relato mítico explicaría muchas cosas que pasaron, pero también cosas que podrían pasar. "¿Cosas como qué?", se cuestionaba ahora otra compañera, menos participativa, saliendo al baile sin previo aviso. 

La chica, ante la perplejidad de sus compañeros, y dado su propio razonamiento espontáneo, no conseguía entender del todo la explicación, pero lucía algo satisfecha, al igual que las compañeras de más adelante, luego de entender que el mito en su acepción moderna no era una acepción definitiva, sino que, de hecho, una errónea con respecto a la original. "Clarito como el agua", decía en evidente tono irónico, a lo que una amiga suya saltó al paso y preguntó: "Profe, ¿quiere decir entonces que en ese programa "cazadores de mitos" todo lo que dicen es mentira?". "No pos hueona -respondió de inmediato la chica de antes-, significa que la palabra mito no quiere decir solo mentira, sino que también verdad, avíspate pos gila". 

La discusión seguía en ese tono hasta que otro chico tenía dudas respecto al mito de la caverna. Decía no entender nada. Preguntaba qué eran esos prisioneros, esas fogatas, esas sombras. Y por qué todo parecía graficado como en una especie de "película de terror". Nuevamente, la chica de la primera pregunta saltó a explicarle que la caverna en la que estaban encerrados era su única realidad, y que luego, al salir de ella, al ver la luz del sol, terminaban enceguecidos porque no estaban acostumbrados al exterior. Había entendido de manera elemental el sustrato de la alegoría, sin necesidad de ahondar en toda la faramalla metafísica, cuestión que resultaba del todo excitante. 

Así seguían encerrados, cabeza gacha, con una quietud que se iba haciendo tan apacible como inquietante, verdaderos prisioneros de la caverna pedagógica, hasta que al grupo del fondo, seguido del par de chicas de más adelante, en una tincada del momento, se le ocurrió asomarse a la ventana de la sala, semi abierta, para ver si acababa la escampada y volvía a llover como antes. "Ojalá se largue loco, quiero puro virar", comentaba uno de los cabros. No fue hasta que la chica de la pregunta corrió hacia la puerta que increíblemente se largó. Coincidencia cósmica, o cuasi intuición de pequeña filósofa del tiempo. Mientras llovía, la chica permanecía con los brazos abiertos empapándose de lo lindo. Los otros la seguían casi naturalmente, faltando solo cinco minutos para salir. En ese lapso intenté que volvieran a la sala, pero la escena era tan bella que primó el sentido estético antes que el disciplinar. Dejé que el resto de sus compañeros se sumaran al espectáculo de la lluvia con sumo desenfado. "La wea parece Singing in the rain", agregaba al paso la chica solitaria, arreglando sus cosas tímidamente para disfrutar también del imprevisto fenómeno de la naturaleza. Milagro del tiempo. Habían salido de la caverna pedagógica a su manera, habían vencido la mitología institucional, para rendirle un culto improvisado al cielo que en ese entonces permitió que los cabros conjuraran su propio pequeño escape, su propia epifanía. La caverna podía ser el propio colegio, pero la caverna podría estar en otras partes, o en todas. Liberarse, mojarse, era para ellos un comienzo, un amague de salida. Lo más cercano a una iluminación.