lunes, 17 de abril de 2017

Quema del Judas

Quema del Judas en los años sesenta. Cerro Barón. Tengo la impresión de que antes la quema del Judas tenía otro motivo, un motivo si se quiere más apegado a la tradición. Un motivo ceremonial. Se recuerda con nostalgia aquel acto de la quema porque reunía a todo el barrio. El fuego tenía entonces un sentido de destrucción pero también de reunión. La calavera en el muñeco representaba a la muerte. Su quema era un nuevo comienzo. El rito de hoy en día, por su parte, se ha politizado. El muñeco ya no simplemente simboliza la muerte, sino que se identifica con los políticos. En el Cerro Castillo, por ejemplo, queman a Trump. En Venezuela hacen lo mismo con Maduro. Incluso en Valpo queman a Jorge Castro. Las monedas que se desprenden de los muñecos en llamas serían lo que la gente desearía tomar de vuelta. El valor de cambio de sus ilusiones. La politización del Judas, plenamente identificado con el "traidor al pueblo". Se perdió quizá el sentido original, religioso, pero el rito adquirió, en cambio, un significado político. La gente sublima, a través de ese acto simbólico de la quema, la indignación colectiva. No solo se venga de su opositor, sino que también procura incendiar su legado.


Amos Oz en su novela Judas planteó una idea hasta el día de hoy controvertida: La posibilidad de que el Judas Iscariote de la Biblia no haya sido un traidor, sino que, por el contrario, el mayor devoto de los discípulos, el primer y el último cristiano. La idea de Amos no era someter esa posibilidad a una tesis, sino que desarrollarla de manera polifónica en un libro con una trama que mezclara la novela de aprendizaje con la novela de desamor. Así como Borges en su cuento Tres versiones de Judas, planteaba un giro radical, explicando el por qué la supuesta traición constituía en realidad un hecho necesario para completar la misión de Cristo en la tierra. El libro sobre Judas le valió a Amos el descrédito social en su pueblo de origen. Sin embargo, contrario a lo que se piensa, dijo "sentirse orgulloso" de ser llamado traidor por el simple hecho de oponerse a ideas fundamentalistas. Sin ir más lejos, equiparó la relectura de la traición con la de Max Brod hacia su amigo Franz Kafka. Dijo que si Max no lo hubiese traicionado, quemando sus manuscritos, nadie habría sabido de su obra. Lo mismo se podría decir respecto a Judas y su maestro. Si no lo hubiera entregado a los romanos, no habría habido crucifixión, ni mucho menos, resurrección. En resumidas cuentas, no habría habido obra. El cristianismo como tal no hubiera estado completo sin ese sacrificio. Asimismo, la literatura no sería tal sin aquel acto de "mala fe", sin aquel acto deshonesto pero brillante de la publicación. Amos lo supo y lo llevó hasta las últimas consecuencias, convirtiéndose en el traidor de su cultura, pero a cambio de un prestigio de otro orden. Un oscuro prestigio. Un prestigio literario. Todo escritor que sea llamado como tal por la sociedad, en definitiva, tiene que tener un poco de Judas.

sábado, 15 de abril de 2017

El año 2014, un diario oficial del Vaticano, el "Observatore Romano", reconocía al filme El evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini como "la mejor película sobre Jesús", cuestión que contradice la crítica de los años sesenta realizada por el mismo diario, en el momento de estrenarse el filme. La crítica apuntaba a que la cinta era "fiel a la descripción, pero no a la inspiración del Evangelio". Luego, con el tiempo, el Vaticano se desdijo y se sostuvo que el autor manifestó en verdad una "inspiración digna de un creyente". La propia Iglesia reconoció, en el fondo, que no tiene nada que hacer ante la liturgia del celuloide, sobre todo de la mano de Pasolini, el cineasta ecléctico, capaz de adaptar a la pantalla grande desde Las mil y una noches hasta los 120 días de Sodoma.
Se dice que estos días son dedicados a la reflexión. La pura y sagrada reflexión, libre de instituciones y de restricciones. Me gusta pensar en esa figura como algo enteramente subjetivo, personal. Me gusta pensar que hay en el creyente algo enteramente humano que lo une, que lo "religa" a su esencia más allá del acto proselitista de la adscripción a una cosmovisión. La fe como un nicho misterioso, destinado únicamente a una reflexión personalísima, sin intermediarios, representaciones ni idolatrías. La reflexión sobre la individualidad siendo confrontada, interpelada constantemente por lo inconmensurable, llámese infinito, absoluto, "divinidad". La verdad pero también el misterio del pensamiento, invocando secretamente la irreductible verdad y el misterio del universo.

jueves, 13 de abril de 2017

Ayer durante la mañana, antes de las presentaciones, mientras instalaba el data en la sala del segundo ciclo A, un par de cabros se me acercó a comentar cosas. Preguntaron si íbamos a ver una película o una serie. De pronto una chica, a propósito de los comentarios, me hizo otra pregunta más personal: Si había visto una serie llamada Death Note. Que si le respondía que sí, me iba a volver su profesor favorito. Por supuesto que mi respuesta fue afirmativa. En eso, otro cabro agregó que si acaso uno los iba a anotar en una libreta como la de la serie si se portaban mal. Ante la gracia del alumno, le respondí que no, que solo era un libro de clases, no una death note, aunque a ratos pretendiera parecerse. El acto de escribir asociado a la muerte. La relación descubierta por el cabro no fue simplemente una asociación al voleo. Fue una intuición demasiado oportuna.

Después, otro chico, cuando ya estaba a punto de proyectar el data hacia la pizarra, a modo de cine, me preguntó si acaso esperaba la tercera temporada de Twin Peaks. Le respondía que andaba expectante, que sería de aquellos regresos repletos de nostalgia. Se notó que el chico seguía de cerca la legendaria serie. Luego de aquellas digresiones, los cabros debían plantear un tema en grupo y exponerlo frente al curso en forma de debate. El del cabro que preguntó sobre Twin Peaks debatió con su grupo sobre el tema de la violación. El de la cabra fanática de Death Note, posteriormente, estableció un foro sobre el tema de la delincuencia juvenil. Lo más insólito de todo es que sus temáticas guardaban también una relación secreta con las series mencionadas. De ese modo, exponían frente al curso como nunca, con entusiasmo, e incluso con elocuencia. Hay algo en el desarrollo de la ficción que supera el plan curricular. Un elemento que actúa sobre la imaginación. Que supera la brecha entre lo popular y lo académico. Un factor de diletancia que posibilita de pronto intervenciones de antología.

Ya al salir a recreo, la chica del anime se refirió nuevamente a la libreta. "Merezco una anotación positiva al libro, mister", agregó mientras se despedía. Finalmente, me señaló que no me confundiese de libreta. Que solo escribiera sobre su participación en el libro de clases. Ninguna cosa más. Así, podría volver tranquila a casa, intuyendo que su nombre en el papel puede realmente hacer la diferencia entre la vida y la muerte.


miércoles, 12 de abril de 2017

Espías del amor pretende mostrarle a sus televidentes la gran verdad, la gran desilusión detrás del montaje sentimental, pero también le hace creer a los enamorados que su ilusión puede tener un lugar privilegiado incluso más allá de la frivolidad de la pantalla. Revelación y simulación por partida doble.

Galletas

El loquito de la casa en la cocina estaba guardando unas galletas en bolsas. No eran de las comunes y corrientes. Eran de "aquellas" galletas. Decía que con unas tres se podía pegar un viaje piola. Explicaba que era distinto comer que fumar, por el simple hecho de que el humo se procesaba rápido, pero a la vez era rechazado con mayor velocidad. En cambio, al comer, el proceso resultaba más lento, si se quiere progresivo, pero pegaba con mucha más fuerza. Le hice saber que hasta el efecto era muy distinto. El humo vuela, pero la comida al parecer consigue un efecto de trip. Hablaba de que otro compadre prácticamente hacía cualquier cosa con marihuana. Queque, mantequilla, leche, etc. Le decía que hasta podría formar una "Pyme". "Tss, ojalá", señalaba el loco. En eso llegó otra compañera del depa. El loquito le ofreció un par de galletas: "Para la once", le dijo. La compañera, sabiendo de cuales eran, dijo que pasaba, que ya las había probado, pero que mañana tenía que trabajar. Quizá otro día, con más tiempo, con más ganas, agregaba, con una sonrisa corta, mientras volvía a buscar una sartén para cocinar. Quedé de comprarle entonces un par de galletas al loco. Le dije que mañana en la tarde, después de la pega, sería la mano. "Todo sea por un viajecito hacia el otro lado", concluía el loco, mientras se esfumaba hacia su pieza, y prendía la única luz al fondo del pasillo

lunes, 10 de abril de 2017

Ateísmo y Semana Santa

Hay una frase que anda circulando por la red, sobre los ateos que de todas formas descansan durante semana santa, pese a no profesar el cristianismo. Proviene de un enlace de una página que busca denunciar inconsecuencia en aquellos que se dicen ateos pero, sin embargo, adhieren al feriado religioso. Según las distintas réplicas a aquella frase, existen dos formas de argumentar en contra de aquella denuncia: 1) A la premisa del ateo que tiene vacaciones en semana santa, se le opone otra premisa, que constituye más bien una falsa analogía: "Aunque seas religioso de todas maneras tienes una serie de ansiolíticos en tu botiquín". Intenta equiparar el hecho de que también el religioso es inconsecuente al confiarle más su salud a la medicina, de arraigo científico, que a su fe cristiana. La acusación entonces presupone que ser creyente y tomar medicamentos constituye una contradicción, cuestión que, desde el punto de vista de la pureza de principios, resulta correcta, pero, desde el punto de vista práctico, resulta absurda. 2) Aquella primera premisa, en cambio, es refutada aludiendo ya no a una coherencia de principios sino que a un simple asunto legal. El código laboral estipula que los días de semana santa son feriado para todos los trabajadores sin excepción, independiente de su creencia o no creencia. He ahí la diferencia fundamental. La cuestión del feriado en semana santa se vuelve algo meramente administrativo, un paréntesis "espiritual" dentro de la larga rueda productiva. En este caso, un creyente que defendiera la premisa de la primera frase, si fuese proselitista, saldría a proclamar que un ateo que fuera realmente "fiel" a sus principios no descansaría durante ese feriado. Pero claro, en términos pragmáticos, y acercándose el fin de semana, nadie que esté lo suficientemente inmerso en su trabajo se va a poner a cuestionar su consecuencia o inconsecuencia si eso le significa arrancar por un tiempo de las obligaciones. El meollo del asunto no es, entonces, si se es fiel o no fiel a determinados principios, sino en qué medida esos principios son funcionales a nuestra voluntad (Conclusión maquiavélica). La consecuencia de la sociedad en su conjunto es directamente proporcional a su grado de neurosis. Por ende, ya no caben dilemas ni embrollos ideológicos en ese punto. Todo vale con tal de que un fin de semana santo se pueda celebrar simplemente el hecho de no hacer nada, comer pescado frito y vino como si ese fuese el rito de nuestra eucaristía posmoderna. De ese modo, e interpretando libremente a Voltaire, "cuando se trata del ocio todos somos de la misma religión".

domingo, 9 de abril de 2017

Un titular de una página señala que ISIS ataca iglesias en Domingo de Ramos y mata a decenas de cristianos en Egipto. En Valparaíso, mientras tanto, la Catedral les abre la puerta a sus feligreses. Venta de ramos por doquier le hacen la pelea a los libros y a los enseres para la casa. Queda claro que para una parte del mundo, la religión significa la guerra; para la otra, en el otro extremo del globo, significa una oportunidad para comerciar. El día Domingo entonces se halla a medio camino entre la guerra y el negocio clandestino. En el intersticio entre ambos, todo el resto de la población camina incrédula, desocupada.

viernes, 7 de abril de 2017

Instituto 1984

Se cumplió lo inevitable. En la oficina de la secretaria una pantalla gigante con alrededor de 16 cámaras, entre las cuales se incluye un visionado de las salas de clases. La medida fue tomada, por supuesto, a espaldas de cabros y profesores. La mirada de la secretaria hacia la pantalla la delataba como televidente. 

Cuando comenzaron las clases, muchos cabros, por supuesto, reclamaron contra la medida. Uno de ellos me mostró, durante la prueba de la mañana, un reglamento sacado de internet que prohibía el uso de cámaras en el aula. Ese mismo cabro luego conversó con nosotros, yo y el profesor de historia, en la sala de profesores. Ambos concordamos en que se trataba de una "salida de madre", una decisión vertical tomada a puertas cerradas. Sin embargo, se llegó a una zona intermedia, si se quiere tibia. Con un pie en la institución y otro fuera. Planteamos que no era negativo per se el uso de cámaras con un fin cautelar en el instituto, sino que lo era su uso para motivos punitivos dentro del aula. El propósito de las cámaras era el que debía hacerse transparente. No necesariamente la decisión sobre su instalación. El cabro dijo que conversaría con la presidenta de su curso para llegar a un acuerdo y hacérselo saber al director. Con el profesor de historia le planteamos que era conveniente que hicieran una constancia escrita firmada para todos, en donde le exigieran al director transparencia en los fines de la instalación de cámaras. Y que después de eso tomaran una resolución. Que si se quedaban de brazos cruzados el ojo los seguiría observando de todas formas. El cabro entendía lo que tenía que hacer y se iba a la sala, con una seña entre entusiasta y suspicaz. 

Ya de vuelta, la reticencia de algunos se hacía sentir. Una cabra señaló que mejor que cámaras hubiesen puesto cortinas para la sala. Otro compañero manifestó que pagó para estudiar, no para entrar en un reality show. Sin embargo, uno de ellos, menos lúcido, pero también más espontáneo, aprovechó de bromear sobre el hecho de que uno mismo, al pasearse demasiado por la sala, parecía una suerte de guardia: "Se pasea mucho, mejor lleve usted una cámara amarrada a la cabeza". No pude evitar una carcajada. Sus compañeros le seguían las de abajo. De esa forma la propia clase, al verse reflejada desde afuera, se fue volviendo poco a poco una realidad impostada. 

De pronto, y casi de forma inminente, el director entró a la sala de primero. Le preguntó al curso de manera vehemente quien había alterado la cámara de la sala. Ante la negativa y la indiferencia de los cabros, notando que, muy a nuestro pesar, se estaban "haciendo los hueones", les señaló que el instituto tenía un perfil de educación para adultos. Que el perfil no estaba orientado a la dinámica escolar. Que, por ende, no se permitirían conductas infantiles ni tampoco alegatos contra las reglas tomadas por la directiva. El curso entero lucía escéptico, extrañamente tranquilo, como el clima de una galería que espera con frialdad la gracia del animador. No había bulla ni desorden. Silencio, solo un inquietante silencio. Algunos me observaban mientras borraba la pizarra, alegando complicidad de forma subrepticia. El dilema moral afloraba entonces detrás de ese aleccionamiento. ¿A favor del alumnado, a favor de la institución? ¿O, de forma inexorable, solo a favor de uno mismo? Mientras la cámara de la sala continuaba impenetrable, resguardando su paradójica sensación de vigilancia y seguridad.