Frente a la banalidad y el carácter efímero del éxito, hay ciertas obras que por su pura existencia parecen estar a su modo tras las bambalinas de la consagración, existen y perduran como un sarcasmo viviente, demuestran el fracaso del sistema valiéndose de una victoria pírrica, de una proyección fantasmal de si mismas, no tanto por una empresa determinada como por una extraña voluntad de las circunstancias. Pienso por ejemplo en La conjura de los necios, la novela satírica de un joven John Kennedy Toole suicidado a los 32 años aparentemente por la frustración de no poder ver publicada su obra en vida. La novela ganaría el Pulitzer 10 años más tarde. Es la forma en que la literatura tiende a canonizar el olvido, en que la literatura misma se vuelve una canonización del olvido. En que parece que el mundo mismo se rie de sus ídolos que nacieron póstumos, rindiéndole el homenaje y el respectivo beso en el trasero que en vida jamás tuvieron. "Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él". Frase de Jonathan Swift citada por Toole y que sirve de epígrafe de su novela, y en cierto modo, de profecía autocumplida. No podría haber sido de otra forma. Si Toole hubiese triunfado en vida, no sería lo mismo. Su caracter de intelectual incomprendido, de solterón, bajo la influencia de una madre castradora, no hacen sino alimentar el mito. Porque pareciera que quien triunfa y consigue estar a tono en el sistema es su cómplice. Porque, a pesar de esto, nadie elige ese papel por una burda pose contracultural. El suicidio de Toole quizá era la última pincelada de una escritura que nadie está preparado para leer, todavía. Porque resulta demasiado grotesco, demasiado real, para nuestras lecturas y vidas acomodaticias. Producto del mainstream. Remedo de normalidad. Faltan más Ignatius Reilly. Allá afuera, ahora mismo, en el susurro de la noche, entre esos callejones sucios, o más cerca de lo que crees, en el vecino de la pieza vecina, puede encontrarse un personaje que no alcanzamos a descifrar ni digerir y que por eso resulta novelable. Canonizado por el olvido como nuestras vidas....
martes, 26 de enero de 2016
Google nos recuerda que se cumple el 90 aniversario de la primera demostración de la televisión. Quiere que celebremos recordando lo buen televidentes que somos, que muy en el fondo nuestra mente sigue haciendo un zapping, aunque hayamos apagado el circuito. Nos recuerda que, como en la película Videodrome, la pantalla televisiva puede ser la retina del ojo de la mente. Y que, después de tanto tiempo, como diría McLuhan, el medio sigue siendo el masaje.
lunes, 25 de enero de 2016
domingo, 24 de enero de 2016
Focus X
Leo la hace poco polémica aparición de una pastilla para aumentar la inteligencia que ya se ha comercializado en Argentina, el Focus X, conocida como el "Viagra para el cerebro", puesto que su ingesta ayudaría a aumentar considerablemente la cognición, la memoria y la inteligencia en general. Los escépticos y disidentes sobre esta clase de fármacos milagrosos no se hacen esperar. Los estudios rayan en lo estadístico: Se dice que aumenta el CI en un 50% y que sus consumidores, con una dosis razonable, pueden llegar a obtener resultados exitosos en cualquier clase de ámbitos donde la capacidad para usar la mente sea puesta en juego.
Hace poco se hacía hincapié en que esta clase de fármacos, que según los estudios contendría una sustancia llamada modafinilo, la cual sería la responsable de generar un estado neuronal óptimo, resultaría ideal en el emprendimiento de prácticamente cualquier clase de actividad, sobre todo si estaba ligada al ámbito del intelecto y al de los negocios. Casi como en una profecía auto cumplida, una publicidad entre tantas aseguraba: "El éxito ya está en sus manos".
El Focus X visto como alguna clase de hostia científica, con la que el usuario recuperaría artificialmente el entusiasmo escondido (entheos=en dios). Sin embargo, otros estudios más críticos avalan que el célebre fármaco contiene un elemento nootrópico que en realidad no aumenta ni potencia las conexiones neuronales ya existentes, sino que solo incrementa el estado de alerta y de concentración, permitiendo que la capacidad mental del usuario esté en su máximo, y dando la sensación de que él experimenta un aumento de su rendimiento cognitivo. Una especie de "despertadores mentales" según asevera un especialista. Lo curioso es que esta clase de experimentos buscan un fin a todas luces prágmático e interesado. También se hablaba hace poco de la famosa "pastilla de la felicidad", el Prozac, que, en general, atenúa los síntomas que producen la depresión y la falta de ánimo en las personas.
Lo verdaderamente increíble es que se está queriendo decir, entre líneas, que las emociones, sentimientos e incluso los deseos y sueños del ser humano están íntimamente sujetos a variables neurobiológicas, lo que da a entender que, en un futuro, la propia ciencia dará con las respuestas a todos los problemas del hombre con solo la eficiencia y eficacia de una pastilla. La panacea a cualquier dilema existencial o circunstancial concentrada en un solo punto del universo. En ese sentido, se aspira al supuesto bienestar de la raza humana, cuestión por la cual la Iglesia, por medios quizá más rústicos y supersticiosos, también compite.
Es iluso creer, a estas alturas del partido, que ese objetivo sea así de transparente. Lo que de verdad se huele en el aire es más bien el vaticinio de Aldous Huxley: un mundo feliz, pero sin libertad, bajo un control que la propia población requiere para perpetuar una zona de confort universal. Lo cual no quita que el desarrollo y experimento de una pastilla para la inteligencia o para la felicidad sea realmente digno de novela o de película. Se entra entonces en el clásico dilema: ¿Qué preferirá el chileno medio: ser más inteligente o ser más feliz? Casi como en una paradoja socrática. ¿Ser más inteligente le hace necesariamente más feliz? ¿Ser más feliz es condición para ser inteligente?
La experiencia y la literatura al respecto prueban que el límite entre la inteligencia y la felicidad es todavía abismante. Piensen, sin ir más lejos, en el propio Kafka. Un animal literario, un eficiente funcionario y, sin embargo, ataviado por una vida emocional que lo mantuvo siempre al límite. Alan Turing, genio de la informática, sin el cual nadie tendría acceso a este milagro virtual, atormentado por unas circunstancias desfavorables en el contexto de la guerra.
Dos figuras gravitantes que, claro, no confirman del todo la regla, pero resultan ejemplificadoras. ¿Se prefiere ser un genio o ser feliz? Esa parece ser la pregunta de todo Occidente, la misma que atacaba a Fausto al hacer pacto con Mefistófeles. Pareciera que así, abriendo la palma de la mano y recibiendo una de las dos pastillas, se estuviera, en cambio, vendiendo el alma al mejor postor. Se estaría dando pie a que otra cosa, un agente extraño, una voluntad ajena a la propia dicte tu suerte.
En la película Limitless, protagonizada por Bradley Cooper, se grafica precisamente la influencia y las contraindicaciones del fármaco de la inteligencia. El actor hace de un escritor fracasado que se encuentra en un vacío existencial y de inspiración y que, desesperado, se reencuentra con un conocido ex dealer que le ofrece la solución a su problema, el NZT-48, droga supuestamente legal que le permitiría, por fin, alcanzar el estado iluminado que tanto desea. No solo lo ayuda a inspirarse, además le confiere facultades físicas y mentales que creía desconocidas. No lo hizo tanto un superhombre, sino que una versión 2.0 de sí mismo.
A medida que la trama se complejiza, el precio a pagar es demasiado alto. Tanta perfección no es gratis. El escritor se ve envuelto en una vorágine comercial que lo sitúa frente a frente con la mafia. Viene entonces la dependencia, el síndrome de abstinencia, la incomprensión del medio circundante, la propia distancia del amor. La propia inteligencia parece que se lo come por dentro. Las propias palabras que intenta imprimir bajo la influencia del genio de la pastilla lo contradicen.
Esto no significa que la auto superación sea el camino a seguir, que lo moralmente correcto sea dejar la droga a un lado y seguir por cuenta propia sin necesidad de nada. Cada quien recurre y necesita de un bastón mental o emocional, sea este la fe, la ideología, el deporte, el sexo o una pastilla. El punto es que no hay reglas. No hay nada determinante que te diga: debo hacer esto y no lo otro. O dejas que otro te meta la felicidad por la boca y vives con eso, o se tienen las agallas para vivir como se estaba viviendo y hacer algo al respecto.
La inteligencia y la felicidad misma son drogas. La droga debería abrirte alguna clase de camino, a donde quiera que se vaya, no ser una meta. La droga debería abrirte el reino de la libertad, no ser un sucedáneo amable de la política. El punto, insisto, es que no hay reglas. La pregunta es la siguiente: ¿Estoy dispuesto a morir de la forma en la que estoy viviendo? ¿O prefiero hacerme un lado, y tragarme el cuento de la inmortalidad?
A pesar de salirse de la rutina y hacer como que se viaja, seguir escribiendo, ver cada cuestión por irrelevante que parezca como material de escritura, cada experiencia, cada vivencia, un par de líneas. La máquina verbal, a pesar de uno mismo y muy a pesar del mundo, no conoce vacaciones, viene y se queda, parece una mascota del infierno o una compañera de resacas. Como sea, cualquier cosa es deseable al puro trabajo sin recompensa o al espanto de verse frente al espejo para preguntarse qué he hecho por la vida.
viernes, 22 de enero de 2016
Olmué
Camino al centro de Olmué hay una plaza con el busto de Arturo Prat, justo al frente una estatua de madera artesanal con la figura del niño Dios. Había leído hace poco que Prat era espiritista. A la vuelta se apreciaba un supermercado. El sitio era el único centro comercial. Al fondo se veía el cerro La Campana. Pensaba en Walden y la vida en los bosques. Invade lo romántico una vez que se sale del margen citadino. A la manera chilensis era la forma rústica de respirar más que pura humedad y cemento. El ánimo del turista es ir de paso. Es huir de algo que lo acongoja, redescubrir algo perdido o ir al encuentro de lo éxotico para sublimar sus pasiones y temores, para encarnar la postal que ya tiene incubada en sus pensamientos. Es por eso que hay tanto turista dando vueltas. Como en un viaje psicodélico, se siente extrañamente todo más nítido. O quizá sea solo el efecto óptico de la luz del interior. Prisma sobre prisma. No me compro la de Unamuno, yo mismo soy otro turista, huyendo de algo, mejor dicho, en busca de algo que el pueblo solo ofrece en apariencia. El choque de experiencias es el que produce la visión. América a su manera fue ese choque. Olmué es otra forma de nombrarlo.
Olmué, capital folclórica, decía una leyenda en la plaza. Recordé que iba en busca de El Patagual. Esos nombres propios tan comunes, como venidos de otra época. Mi bisabuela, con su sabiduría de vida, mas no de libros, hablando sobre parrones, sobre calagualas, y un largo etcétera, con una naturalidad que solo ella llevó consigo. A la que uno mismo no podría aspirar, excepto con la experiencia de la calle. Una señora, parecida a mi bisabuela, me decía que El Patagual quedaba cerca de la Municipalidad. Entré por el camino de tierra a un costado, a un costado del busto de Bernardo O’Higgins (que según el libro que había leído fue masón) y a la distancia divisé las graderías. Todo estaba listo y dispuesto para el show que se celebraría la próxima semana, como siempre a fines de enero, show en el que la palabra huaso mete más ruido que cualquier banda de rock vendida a la capital por unos cuantos sueños y pesos. Después de pasar por ahí recuerdo que en la intersección entre Granizo y Eastman, avenidas principales, crucé la calle y me encontré con la figura de una guitarra de palo gigante. Continué andando y efectivamente el pueblo tenía una onda melómana. Todo lo invadía una ética musical. Siguiendo el rastro de la avenida Eastman preferí dar la vuelta. Si se seguía más allá no había retorno, solo la línea invisible que separa al pueblo de San Francisco de Limache. Me devolví a la cabaña, tarareando un tema folclórico del que no tengo memoria. La imagen de Arturo Prat y el niño dios de madera, la imagen más fuerte de esa plaza, las usé como cábala. Con esa imagen no podía perder el camino, y si lo hubiese hecho, creería en que un espíritu (fuese de quien fuese) hiciera su aparición, a falta de un celular cargado y de otro medio disponible.
Cierta calma invitaba a pensar en la vida del pueblo: los locales, las familias bien constituidas, entre comerciantes, campesinos y turistas, eso sí, un par de bellezas locales y otro tanto de extranjeras. Se trata de un pueblo serenamente intrigante, como poseído por un espíritu, pero si se alza la vista, algo induce a pensar que en el centro del pueblo hay algún secreto que la gente paseando por allí no ha leído, o quizá se trate solamente de la manía por hallar algún significado, un síndrome de viajante, que lleva a escarbar algo allí, algo de lo que quizá el sucio puerto adolece, sea eso alguna belleza amable o algún mito auténtico. Se sentía un contraste entre esa tranquilidad casi bucólica y la imponente visión de La Campana a lo lejos, por decirlo de una manera poética efectista, tal como la calma frente a la tormenta. Había algo hipnótico en esa visión, un llamado de otro mundo o simplemente -perdonando a Prat- un espíritu heroico que estaba dormido. Cierta obsesión por observarlo todo desde alguna vertiginosa cima, como si todo el centro fuese algo subterráneo, y en lugar de subir se estuviese saliendo a alguna superficie sacrosanta, como si todo Olmué fuese ese viaje a esa superficie, y La Campana un ente que simplemente respira a lo lejos, bello, indiferente a los ideales de contrabando de sus paseantes.
Subí y todo valió la pena: un puente llamado La Troya –el propio lugar gozaba de una picardía épica- intersecta el cruce del río con el acceso a la montaña. Ya arriba en la entrada al parque un guardia solitario hablaba del peligro de subir allí solo. El trabajo debía ser prácticamente un ejercicio zen por la falta de compañía y el exceso de naturaleza, aunque todo en el fondo permaneciera hiperconectado. El guardia recalcaba el atractivo del lugar. Recomendaba no ir solo, por muy tentadora que fuese la travesía, no tanto por una cuestión gregaria sino que eminentemente práctica. Lo extraño es que no se veían muchos animales excepto un par de caballos más abajo y los infaltables perros guardianes, a lo sumo insectos por doquier, puro verde, al fondo, compañía botánica, escenario primigenio. Antes de llegar a la entrada del parque, una reja con la leyenda “Villa Paraíso”. Más abajo, la Hacienda de la luz de la Montaña. Todo preconizaba alguna suerte de viaje iniciático, aunque fuese un turismo de las emociones.
Mientras subía un poquito más arriba a sacar fotos, bajaban unos ciclistas del sector inicial del recorrido. De paso escuché algo de su conversación. Uno lanzó la clásica frase: Los árboles no me dejan ver el bosque, no recuerdo a propósito de qué. De seguro por algo referente a la travesía cerro arriba. Sin embargo, tuvo un alcance más allá. En eso bajó también del mismo lugar de los ciclistas una joven encuestadora. Interceptó al grupo de ciclistas y a uno le solicitó responder una serie de preguntas referentes tanto al lugar como a la experiencia de la travesía. Los ciclistas alrededor bromeaban sobre la situación, quizá influidos por el éxtasis del viaje, andaban chispeantes, incluso reían sobre preguntarle el número de teléfono a la encuestadora. Ella con una seriedad protocolar parecía no importarle. Quizá a eso se refería el ciclista con lo de “los árboles no dejan ver el bosque”. La chica volvía a subir cuesta arriba en su labor de encuestar a los paseantes del cerro La Campana. Los ciclistas se hidrataron y continuaron su recorrido cuesta abajo. Al igual que ellos, me tocaba elegir uno de los dos caminos. El guardia solitario a su vez eligió retomar la labor que había perdido por atender demasiado la belleza del lugar. En efecto, lo que nadie advertía era la indeterminación, la indeterminación de las miradas que se cruzan, de los dimes y diretes, de los cuerpos que suben y bajan esperando reencontrarse o separarse, para seguir el camino al que ya están destinados, por el solo hecho de pisar lo que estaban pisando, por el solo hecho de nombrar el nombre del pueblo. De vuelta al centro, al otro día, el busto de Prat sigue impertérrito. Ya ningún espíritu quiere aparecer. Ningún turista se quiere solo quedar. Vuelven de donde vienen, con el pecho inflado, con la autosatisfacción de alguna aventura, con la sonrisa del amor indiferente. Olmué es otra forma de decir adiós.
lunes, 18 de enero de 2016
El discurso que siempre da mi padre: logré superar muchos aspectos de la existencia visualizando mi vida como en una película. Me pasé todo el rollo posible, eligiendo qué escena sería la más memorable, qué final sería el más elegante posible, si uno abierto o uno redondito, qué personajes conformarían toda esa trama de celuloide, si yo sería acaso protagonista, secundario o definitivamente antagonista, pero a veces llega un momento en que no se cuenta con suficientes espectadores, entonces la cuestión puede llegar a fracasar, pero con la esperanza vaga de permanecer como aquellas películas de culto cine b que póstumamente son rescatadas de los anaqueles de la memoria con un fin nostálgico o netamente arqueológico. De todas formas, nuestra vida como una película, no se trataría tanto de permanecer en cartelera como de clavar algo único en la retina de alguien. Lo único, palabra de moda o de antología.
sábado, 16 de enero de 2016
Mainstreet
Ayer un compadre me sugiere escribir sobre aquellas cosas que se dejan atrás, mejor dicho, sobre ese extraño fenómeno que apenas alcanzamos a definir en una pura palabra llamado nostalgia. Fenómeno en que a ratos se nos va la vida. El pasado como aquello que nos conforma pero también una suerte de sentimiento sobre la fugacidad de todo. Lo que intentaba decirme lo lograba comprender a nivel emotivo pero me costaba darle una forma desde el entendimiento. La sugerencia se le ocurrió mientras escuchaba una canción de Benny Mardones, Into the night,, seguida de otra pieza de The Band, I shall be released, en que colaboraban Neil Young, Neil Diamond, Bob Dylan, Ringo Starr, Joni Mitchell, entre otros maestros. Fue luego con el tema de Bob Seger, Mainstreet, que el tema de la nostalgia cobró forma. Dijo que en específico Bob Seger, y las raíces del blues y el country tienen un sentimiento arraigado con el espacio que habitan. La música de Seger evoca precisamente esos recorridos en carretera por el viejo Oeste en busca de un destino desconocido, lejos del mundo citadino, hacia alguna otra ruta, o simplemente desafiando los límites de la velocidad y del tiempo al dejar Detroit, y con él también dejarse a si mismo atrás.
Con la música que pudo escuchar en la calle Pedro Montt, bajo un sol imponente y atestado de gente inadvertida y vendedores ambulantes, dijo que pasaba algo similar, solo que se trataba de música indeseable pero algo acorde con el alma del ambiente: cumbia, reggaeton, bachata, tocadas como en un hervidero de las emociones y de las hormonas. Hay quizá algo nostálgico en esos ritmos vulgares, dependerá de la percepción y el gusto de cada quien, pero a lo que iba el amigo era que se trataba de algo suma demasiado "cebolla", melodramático, siempre abocado al tópico del corazón roto y de la cacería seductora. Se refería a otro tipo de nostalgia, la nostalgia sobre el tiempo que simplemente pasa sin más remedio. Una especie de romanticismo que solo la música de Mardones y de Seger podían ilustrar. No sabía definirlo bien, creo que en el fondo hablaba sobre un espíritu beat, de saber que llega un punto en que se debe simplemente dejar la vida pasar, dejar ir ciertas cosas que no tienen otro remedio que cambiar, pero con cierta serenidad, no una serenidad apática, sino que con una serenidad musical.
En el caso de Mardones, puede que sea el desgarro pero luego la lucidez de saber que el amor va y viene, pero a su vez definitivamente está condenado a cambiar, porque así son las cosas. En el caso de Seger, se trata más bien de dejar un mundo atrás, y con él, toda una vida guardada todavía en el tintero. La Mainstreet, evocada en la canción con nostalgia desde un paraje y un tiempo remoto. Quizá sea tiempo de emigrar, la nostalgia lejos de un estancamiento en el pasado se trata de un viaje interior, se trata de un impulso a recordarlo todo y también a recorrerlo todo desde la mente, los caminos inadvertidos y los todavía desconocidos e incomprensibles. Solo la música, (la buena música) tiene esa cualidad de transportar, de servir de vagón de la memoria. La nostalgia es el vehículo de la música. O la música es el vehículo de la nostalgia. De todas formas, se piensa, se recuerda algo o simplemente se avanza hacia alguna parte. Recordar algo, dejarlo ir, marcharse.
viernes, 15 de enero de 2016
Lo loser y lo winner.
Con un amigo hablábamos intrigados sobre la sutil distinción entre lo loser y lo winner. ¿Se define solo de acuerdo al éxito material, la popularidad, la suerte con el sexo opuesto? ¿Es una mezcla de las tres cosas, o cada condición por sí sola es suficiente? Lo discutíamos como si fuésemos en lugar de sujetos pensantes también parte del objeto de análisis. Todos a nuestro alrededor en la calle parecían abarcar el espectro de lo que se conoce comúnmente como lo winner: ocupados, con una vida en apariencia estable, con pareja. Los pobres diablos que reflexionaban sobre esto, a solas y sin otro propósito más, eran evidentemente los losers.
Entonces surge la cuestión problemática ¿Dónde está el límite entre lo uno y lo otro? ¿Son esas dos palabritas una condición previa o una mera circunstancia? ¿Un ser o un estar? ¿Se puede ser loser para ciertas cosas, en ciertas ocasiones, y winner en otras? El punto estriba en el significado de esas dos palabras contradictorias entre sí. Cómo definir lo loser y lo winner. No se puede, porque son producto de un prejuicio, de un imaginario importado de yanquilandia, de una lógica de preparatoria. Porque están sujetos, valga la redundancia, a la subjetividad y percepción individual de cada individuo. Quizá solo se trate de intuiciones, de situaciones puntuales o de una seguidilla de caracteres o de conductas que, más o menos relacionadas, dan atisbos de pertenecer a tal o cual categoría o bando. Por ejemplo, es de loser precisamente escribir una posible distinción conceptual sobre qué es lo loser y lo winner, o podría ser de winner que los conceptos sean definidos y se saque un libro de eso y sea exitoso. Ahora, de qué tipo de éxito estamos hablando. ¿Es, entonces, el winner exitoso a nivel material, o solo por una cuestión de actitud, de carácter, de visión y de planteamiento ante la vida?
A falta de un rigor científico en el intento de definir estas dos palabras, solo queda acotarlas a un fenómeno específico, a una situación de enunciación y de relación real. La que nos compete tiene que ver en general con los tres elementos mencionados: el éxito material, la popularidad y la suerte con el sexo opuesto, establecidos de tal manera que cada uno sea condición necesaria del otro, y no solamente factores aislados. La lógica es la siguiente: se es loser, no se tiene éxito ni popularidad ni suerte con el sexo opuesto. Y lo winner sería precisamente lo contrario. Cada una de las tres condiciones debería cumplirse. Sin embargo, sabemos de sobra que la realidad desmiente cualquier clase de teoría, más aún cuando esta viene sostenida por una apreciación efímera y por palabras sometidas al arbitrio de la moda.
Mientras bromeábamos sobre lo loser y lo winner, y la posibilidad de que nosotros fuéramos del primer bando casi por genética o por un designio del destino, no paraban de aparecer personas que, a todas luces, se veía que eran "winners": un tipo nos pidió el favor de decirle la hora para sorprender a su polola en su cumpleaños; otro pasaba con auto e iba a saludar a las promotoras de la esquina; otra chica nos preguntaba en qué calle quedaba tal lugar y se marchaba acompañada por su grupo de amigas; incluso pensamos en esas amigas de facebook que todos los veranos viajan a alguna parte distinta y turistean de lo lindo. La única cuestión tangible, tras ese desfile de "ganadores", era que nosotros seguíamos pegados en la maldita ciudad, hablando sobre estas tonterías, maldiciendo el mundo y nuestra suerte.
El asunto no es tanto si ellos eran realmente winner, sino porqué nos considerábamos losers en relación con ellos, qué era lo tan determinante en esa situación para llegar a decir: nosotros somos esto, ellos son aquello otro, sin siquiera conocer realmente a nadie, sin siquiera saber qué cresta éramos nosotros, y qué hacíamos allí preguntándonos eso, y haciendo todo ese análisis, a propósito de un bajón nocturno. La respuesta del amigo era radical: simplemente la ausencia de algo, un deseo no satisfecho, la idea persistente sobre el vacío de cierta cuestión inconclusa, todo aquello que nos identificaba con el error, con el problema, con la negación, con el desvío, con la falta. En suma y sin tanta retórica ni aspavientos: el no sentirse completamente realizado, el no tener pituto, el contacto ni el suficiente roce social con nadie, el estar solo, en ese preciso instante, síntomas de las vacaciones, síntomas de la inactividad. El pensamiento como que da vueltas, como que quiere salir, se dispersa, quiere lanzarse. Fluye el sentimiento de derrota permanente, la expectativa del cambio, sea lo que sea: un beso, un contrato de trabajo, el mundo. Un sueño, la nada.
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