Normalidad=Mediocridad.
jueves, 21 de julio de 2016
miércoles, 20 de julio de 2016
Viendo en el canal TCM La noche de los muertos vivientes, el remake de Tom Savini. A mi juicio una de las mejores, sencillamente por el hecho de que en la película los personajes nunca acaban por comprender qué sucedió con las personas que caminan después de muertas en busca de carne humana. En definitiva, nunca se enteran de que son zombies. Persiste el sentimiento de incertidumbre sobre lo que está pasando. Lo que añade aún más dramatismo a la mezcla. Y al final, la frase decidora de la protagonista, luego de salvarse del desastre, y ver cómo algunos forajidos juegan salvajemente con los muertos vivientes en el campo: "Nosotros somos ellos... ellos son nosotros".
martes, 19 de julio de 2016
Un paseo por los partys en cyber
Veo en los cyber una proliferación de jugadores en línea. Parecen verdaderos insectos en masa amantes del ludismo cibernético. Muchos de ellos, viejos, de mi edad, cercanos a la treintena, midiéndose con pendejos escolares, jugando juegos ya conocidos como World of Warcraft, Counter strike, Call of Duty, etc. Un comentario de uno de ellos me sorprende: "el otro día me quedé hasta las cinco de la mañana intentando armar la party en el cyber".
No lo culpo. Yo me quedaba hasta mucho más tarde tratando de pasar etapas, y en completa soledad. Pero en la cómoda soledad de mi pieza de púber, con una consola comprada por mis padres. Este loco, en cambio, está haciendo de la experiencia un estilo de vida. Incluso, alguien no entendido en la materia, puede llegar a confundir la party del juego con una party real, en su legendario término de entretención social poblada de alcohol y de sexo.
Hay ya no tanto una manía por el juego de estrategia RPG, sino que una fiebre por la conexión en línea contra jugadores de otras latitudes y, sobretodo, contra jugadores en el mismo espacio, (los llamados "tarreos") llevando la experiencia lúdica-virtual a límites esquizofrénicos, en los cuales los jugadores, estando en el mismo espacio y tiempo, ya no hablan entre ellos, sino que entre sus avatares virtuales dentro del juego que sea que estén jugando. No se trata de una acusación moralista ni mucho menos, (también me considero gamer), es solo la impresión de que el juego mismo, entendido no solo como imaginario informático, ha sido llevado a otro plano de jugabilidad que se confunde con la vida misma.
En mis tiempos todavía se hacía la disociación entre tiempo real y tiempo virtual. Había tiempo para pensar en pasarse el próximo juego y tiempo para la sociabilidad en esencia, fuera de la pantalla, fuera de la pieza. Porque era la época del reinado de las consolas. Hoy inclusive el formato físico ha perdido preponderancia, siendo posible emular esa misma experiencia con la conexión a internet, y con una dinámica de juego prácticamente infinita, que no dispone de un final específico ni una historia lineal.
Pareciera que los ingenieros actuales piensan en el videojuego cada vez más como una droga que somete a su jugador a una experiencia recursiva de aburrimiento y entretención, tal como el drogadicto que luego de un período de abstinencia pide más droga solo para volver a su estado anterior. Pareciera que los videojuegos, lejos de matar el aburrimiento, están construidos psicológicamente para provocarlo en sentido inverso, solo como una estrategia consumista.
Yo francamente hace rato perdí la brújula. Ya no me atrae jugar como lo hacía antes. Solo vivo de la nostalgia y de la gloria de los viejos juegos de consola que se daban vuelta solo o con la ayuda de unos cuantos amigos. Cada juego era un desafío y, a su modo, una obra de arte autónoma porque requería de un sacrificio de tiempo y energía real para dar con su final. Pero ya simplemente no entiendo ese vicio del juego en línea que no acaba. Es como si el jugador, ya sin el clímax del juego, solo acabara envuelto en otro simulacro del espectáculo social.
lunes, 18 de julio de 2016
Sobre Mr Robot
Sin ánimo de spoiler, algo emocionante de la serie Mr Robot es que el protagonista, Elliot, luego de prácticamente hackear la vida de determinadas personas en la red, (con un fin entre obsesivo e ilusamente heroico) guarda toda su información privada en un cd sobre el cual coloca el nombre de un album de alguna banda conocida. Sobre esos cds se deja ver Van Halen, Johnny Cash, Radiohead, etc. Cuando desaparece la chica que le gusta, hackea sus cuentas y guarda su información en un cd, colocando sobre él el album de The Cure, Disintegration. Eso es todo lo que ella significa para él y todo lo que le resta de ella. Asocia a cada persona con un nombre de un album musical, luego guarda sus recuerdos en un cd. Tal vez porque para el hacker la música sea lo único imperecedero. La memoria del protagonista, sin embargo, está fracturada. Su disco duro es literalmente su única fuente de memoria. Algo parecido al hacker hace el escritor. Busca restaurar en la memoria la parte del mundo que se desintegra mediante la palabra, tal como el hacker lo hace mediante la información. Sin embargo, no cuenta con que esa memoria tiene fecha de vencimiento. Inevitablemente, el cd va caducando con el avance tecnológico, y la palabra y el papel se van agotando hasta hacerse ilegibles. Ambos luchan heroicamente contra la entropía del sistema. Pero solo les resta, después de todo, el recurso inagotable de la inconformidad.
sábado, 16 de julio de 2016
A ratos nuestras motivaciones para hacer lo que hacemos son más elementales de lo que creemos. Las adornamos con teorías rimbombantes, con retórica de segunda, con sueños de cambio, con vagas esperanzas, pero siguen siendo deletreables solo mediante un par de caracteres. Por ejemplo, todos hablan de poéticas, de proyectos de vida, de emprendimientos, pero a lo sumo siempre intuyo un instinto básico rugiendo desde dentro, algo así como un impulso, no sé si primitivo o sencillamente inconciente. En el caso de escribir, hoy por hoy, creo que en prácticamente la mayoría de los casos se trata de un suplemento improductivo a la falta de conformidad.
El oficio
Muchos se enorgullecen, después de cumplida la universidad o cualquier clase de estudio, de sus honores, de sus títulos, de su sueldo, sus viajes y su nuevo estándar de vida conseguido mediante el trampolín social de la educación. Un orgullo burgués, predecible. Pero pocos han prestado atención al carácter subterráneo de los oficios. Hay en los oficios una literatura secreta. Cualquiera de aquellos, orgullosos de su nuevo estilo de vida, haciendo todo lo posible por construir su nuevo yo y dejar en el olvido su yo pasado, han tenido necesariamente que pasar por ciertos oficios, a veces indignos, a veces necesarios, para poder sobrevivir en esta selva de cemento. Y son esos oficios en los que quiero profundizar. Decía Faulkner que trabajar ocho horas es una de las cosas más tristes que un hombre puede hacer. Sin embargo, hay en ese patetismo algo vital, algo quizá más honesto que el ejercicio a ratos pretencioso, a ratos vanidoso, de una profesión. Los escritores, lo sabía Bolaño, al desempeñarse en un oficio peligroso, tienen que hacerse saltimbanquis de la existencia. Por eso decía que comenzó a escribir novelas en lugar de poesía prácticamente para poder parar la olla. Primera idea: los escritores como pícaros. Y lo digo de primera fuente. Me ha tocado ser conserje de fin de semana para poder suplir la falta de horas pedagógicas. Un oficio que extrañamente te permite leer y escribir por unas cuantas lucas, dentro de un recinto hermético y tranquilo, incluso hasta monótono. No debería avergonzarme de ningún minuto dentro de ese recinto, porque allí escribí algunas cuestiones medianamente rescatables, porque allí me desvelé leyendo algunos clásicos. Como decía entonces, hay en el oficio una suerte de literatura secreta, no a todas luces vista. Pensé detenidamente en eso justo antes de volver al departamento. El hombre que limpia los autos en la esquina de Colón con Edwards, con una silla en aquella parte de la calle como su instrumento de trabajo. Esperando un poco de forma kafkiana el próximo vehículo estacionado, merced a la buena voluntad de los conductores. No hay, en el fondo, una diferencia demasiado sustancial entre ese carácter y el de cualquier otro oficio. Solo quizá, digamos, el imaginario social. Pero hay en esa expresión pálida, en ese entusiasmo aprendido del lavador de autos, solitario en una esquina, básicamente algo idéntico a cualquier otro oficio, incluyendo el oficio escritural: La misma fuerza de voluntad y al mismo tiempo la misma ilusa esperanza de llegar a alguna parte.
viernes, 15 de julio de 2016
El Tila
Fui a ver la película sobre El Tila. Lo que me llamó más la atención no fueron tanto los detalles de los asesinatos y motivos que tuvo para hacer lo que hizo, sino el hecho de que pretendía escribir unas memorias en una máquina de escribir que el juez Carlos Carrillo le regaló, a fin de mantenerlo bajo custodia hasta su sentencia definitiva. Luego se sabe que se suicidó ahorcándose con el cordón de la propia máquina de escribir, atándolo a los barrotes de la ventana de su celda y aprovechando un corte de luz en la cárcel para llevarlo a cabo. No he sabido de casos de escritores que se hayan suicidado con el cordón de su máquina de escribir. En ese sentido El Tila, sin llegar a ser un escritor, y siendo simplemente un asesino, y también a su manera un escritor frustrado, fue un pionero. Esa relación entre escritura y asesinato, no del todo trabajada. Sobre el papel pretendía arrojar lo que sus actos no podían esclarecer. Ni lo que toda la justicia del mundo podía descifrar: el caos de su mundo, y, paradójicamente, la lucidez de su mente.
jueves, 14 de julio de 2016
Nieve
No puedo moverme de valpo hasta el próximo Lunes. Me he mentalizado a viajar a alguna parte. La nieve de repente surge como posible destino. Siempre he querido conocer la nieve. Tiene ese algo de idilio que sobrecoge. Aunque el frío diga lo contrario y llegue a alcanzar el cero absoluto. Aunque fuera a la nieve solo a dar un paseo y desfallecer sobre ella, como Robert Walser.
miércoles, 13 de julio de 2016
Cine Grill Central
Cada vez que paso frente al Cine Grill central de Calle Condell me topo con un afiche distinto, tendiente con el tiempo a la sugerencia erótica más que a la pornografía pura y dura. Pareciera que junto con el local envejece también el gusto, haciéndose más sutil. No se sabe si esa sutileza viene dada por una estrategia revitalizante o sencillamente por una suerte de cansancio. Nunca he ido a ese cine, a excepción de cuando daban funciones de cine arte de insomnia. Nunca he sentido la necesidad de ir (aunque sí el impulso). No imagino cómo será por dentro la experiencia ni qué cosas suceden o se mueven dentro, aparte de órganos y de miradas. Debe ser quizá algo así como el cine que frecuentaba Travis Brickle en Taxi Driver, pero a la manera porteña, es decir, a una manera excéntrica. Una suerte de patrimonio subterráneo sobrevive en ese antro de voyerismo, pese a la invasión de internet y los sitios de sexo en línea. Se ve a los viejos interesados llegar tarde a la función vespertina. Quizá ignorantes de la nueva eclosión virtual. O quizá sencillamente vueltos unos animales de costumbre. Algunos saliendo miran hacia ambos lados de la calle como temiendo ser delatados. Hay algo en ese tabú, en esa oscuridad vergonzosa que atrae. Que lo vuelve una actividad de culto. Nunca será siempre lo mismo, a pesar de que todos sepamos cómo acaba.
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