La Fundación Sociedad Atea de Chile llama nuevamente a "asado hereje" para este fin de semana. Al parecer esta vez no es puramente el carrete carnívoro con la excusa de la rebeldía, sino que tiene como motivo la derogación de la enseñanza obligatoria de religión en las aulas. Me considero escéptico respecto a la forma de validarse del chileno ateo frente a la religión. Pareciera que todo se resume en funar cada semana santa solo por el ánimo de hacerlo. ¿Contra qué se rebela comiendo carne? ¿Qué es lo que en cada mordida está queriendo despedazar? ¿La iglesia católica? ¿La religión como tal? ¿La abstinencia? ¿Dios? Mete en el mismo saco la discusión contra la institución ecleciástica, las costumbres relacionadas con la tradición cristiana y la crítica a la creencia espiritual o metafísica en un ser superior. No sabe separar el polvo de la paja. Reduce en cambio la discusión a categoría de gesto ridículo. Prefiere comerse un bistec en Viernes Santo porque eso se siente cool a debatir por qué diablos se sigue celebrando un evento que ya ha perdido el vigor original que antes tenía.
miércoles, 23 de marzo de 2016
martes, 22 de marzo de 2016
Manhattan Transfer
De la lectura de Manhattan Transfer de John Dos Passos, me marcaron recuerdo las palabras finales de Jimmy Herf luego de perder el empleo y el amor de su querida Hellen, como anticipación de la ingente crisis del 29. Arriba de la estación Manhattan el chofer del tranvía le pregunta: -¿A dónde va?–. JImmy Herf responde: No sé… Bastante lejos-. La siempre tentadora opción del auto exilio, cuando las cosas se empiezan a poner feas. O cuando la ciudad misma te determina a tomar otros rumbos. La falta de destino seguro que plantea el dilema: extravío o apertura de miras. Todos se plantean el viaje como algo idílico, pero pocos se lo han planteado con esa carga existencial. En el caso de Chile el exilio era visto como una salida egoísta. Era un contexto distinto al de la caída de la bolsa norteamericana. Lihn practicó eso llamado "inxilio", desaparecer de la luz pública pero dentro de la ciudad, fuera del ojo de la tormenta pero dentro de ella. En Jimmy Herf tenemos que la tormenta misma lo vio nacer, trabajar y casarse. No puede plantearse escapar de ella sin antes haber experimentado el desarraigo mayor: el del trabajo y el del amor, paradigmas de la vida adulta y por extensión de la vida moderna. Una vez que Herf pierde ambos pierde la brújula. Solo encuentra camino fuera de casa. El mundo abierto de repente se convierte en todo lo que está fuera de Nueva York. Idealiza una salida como una catársis. Sin embargo, no tiene garantía de nada. Desconoce si el mundo que cree encontrar afuera no es acaso todavía más salvaje e impersonal que el anterior. O si es solo otro plano de realidad completamente distinto. Es el gesto kamikaze del ciudadano expulsado. Es la encarnación cesante de la debacle moral. "Una de estas dos inevitables soluciones: marcharse de aquí con una camisa blanda y sucia, o quedarse con el cuello duro y limpio. ¿Pero a qué pasarse la vida entera huyendo de la ciudad de la Destrucción?…”. En cada ciudadano, por burgués y acomodaticio que parezca, vive un Jimmy Herf latente, un sujeto indignado, insatisfecho con lo establecido, pronto a explotar en cualquier momento, como premonición del acabóse. Quedarse o irse, como la canción de The Clash, parece ser el rosario de los fracasados, de la siempre anónima gente, sin armas ni créditos suficientes. Salir de la polis para los griegos era motivo de barbarie. Edipo huyó de Tebas a modo de inmolación por el crimen que cometió. Desarraigarte de tu ciudad de origen pareciera ser de esa forma la mayor condena. En cambio, hoy por hoy, pareciera ser incluso un estado de gracia. En eso el Jimmy Herf de la novela tiene mucho de oriental: el éxodo como camino de liberación, pero un éxodo sin salida, sin rumbo, solo por la necesidad de dejar atrás toda una vida.
lunes, 21 de marzo de 2016
Domingo de Ramos
Dos imagenes sobre Domingo de Ramos ayer: De madrugada prácticamente al alba, tipo seis y media, frente a la Plaza Victoria un grupo de comerciantes vendiendo los típicos ramos en la acera de la Catedral. Un poco más allá, en la esquina con Pedro Montt, unos chicos medio entonados, abrazados, seguramente llegando del carrete. Estaba demasiado oscuro y solitario. Era prácticamente el único paisaje alrededor. Parecía más que la conmemoración de la llegada de un mesías al pueblo, la viva imagen de la tradición ahora convertida en fecha comercial. La imagen entre esos vendedores de ramos y los jóvenes que volvían juntos y ebrios a la casa era el Domingo de Ramos a la chilena. La siempre esperanzadora promesa del retorno en un cuadro desolador y sarcástico. Ya no restan feligreses sino que solo el gesto del vendedor de ramos. El gesto que no busca tanto el cumplimiento de la promesa como el aprovechar su indeterminación para mantener a la familia y perpetuar una costumbre universal. Luego, más tarde, ese mismo cuadro de vendedores de ramos, ahora en pleno mediodía, multiplicados a lo largo de la feria de las pulgas, un verdadero mall de los ramos durante la tarde dominical. La tradición conmemora la entrada triunfal de Jesús a Nazareth, pero muy en el fondo ya no importa su regreso. Porque Jesús y Nazareth son solo símbolos que funcionan como contexto para los vendedores de ramos y su astucia mesiánica. La gente va allí, los ve y les compra. Se da cuenta que hay que mantener viva la tradición, aunque haya perdido su sentido original. Entonces las familias vuelven a casa, con los ramos a cuestas, junto con bolsas de supermercado y de utilería, celebrando la evolución de la creencia, la sobrevivencia del mito sin sus protagonistas, emulando tímidamente el retorno a la tierra prometida.
domingo, 20 de marzo de 2016
El grado cero de la intimidad virtual
Siempre entre tus contactos hay alguien que te elimina por x motivo. Lo más pintoresco de todo es que han sido en su mayoría mujeres. Lejos de tomarlo a la mala lo analizo fríamente, indago en los desvíos que tomó la comunicación para llegar a ese punto tan drástico, las razones que ellas y yo tuvimos para desencadenar una serie de factores que acabaran con nosotros “eliminados” del canal de la red social. Incluso todo eso se puede ver como un fenómeno digno de literatura. Interpretable. Escribible. La primera de ellas, C, recuerdo que lo hizo a raíz de una frase de George Bataille publicada en el muro, a su juicio machista, de la cual no recuerdo nada por ahora. Lo peor esa vez fue que ni siquiera se animó a rebatir el posteo. Optó por la drástica vía de la eliminación, sin siquiera acusar recibo, como en un concurso virtual de antipatía o simpatía. Luego la segunda, G, aprieta el botón del pánico luego de publicar algo en contra de lo vendido que es el festival de Lollapalooza (que, a propósito, hoy se viene más juvenil, según los medios). Esa vez al menos comentó algo. Pero al parecer la diferencia irreconciliable de puntos de vista la incomodó y ocurrió lo que ocurrió. Una tercera, M, colega igual que las anteriores, tuvo una razón también relacionada con un posteo. Fue el posteo sobre el chiste de Edo Caroe a Camila Vallejo. Creyó que al haberlo publicado e indicara que lo encontraba notable estaba implícitamente compartiendo el sexismo de la frase. Admiraba el juego de palabras, no tanto su implicancia. Como G, ella comentó su desacuerdo con la broma, cosa que me parecía legítima, incluso deseable para iniciar un debate, pero al rato ya no la veía conectada. Había pasado lo que temía. Optó nuevamente por el botoncito para mandar a la cresta. A grandes rasgos, las razones de la eliminación fueron problemas de interpretación no tanto por lo publicado como por un malentendido de la situación comunicativa. Viéndolo desde otra posibilidad, si hubiese habido quizá una confianza mayor, cualquiera de esos casos se podría haber arreglado perfectamente con una cita cara a cara, una cervecita o un café para entrar en dialogo y conversar sobre ello como si fuese solo otra anécdota polémica en un itinerario más grande. El problema de fondo fue quizá el hecho de que se hayan tomado de manera demasiado personal el asunto. Como si de ello dependiera su reputación, cuando en su gran mayoría el perfil de la red social no corresponde del todo con nuestra vida real. Es un maquillaje, una performance, una construcción (no sé si literaria o netamente cibernética). El punto sin embargo es que a veces sí puede llegar a apoderarse de nuestra reputación, creando un doppelganger virtual que actúa en nuestro nombre, inventado por nosotros, que a veces se sale de las manos, como en aquellos casos que cité. Un doble a ratos indeseable, a ratos demasiado ficticio, extravagante u obsesivo, fiel reflejo de nuestras virtudes, obsesiones y demonios internos.
Aquellas que me conocen saben perfectamente que el personaje que publica por acá poco o nada tiene que ver con la persona real. Que se trata más bien de un ente que todo lo vuelve relato. Que a veces incurre en un humor raro para dar una impresión fuera de lo común. Que después de todo no representa necesariamente el sentir y el pensar de la persona real, aunque su imagen y sus palabras parezcan contradecirlo. De todos modos, me parece fascinante el fenómeno de la ruptura, ahora virtual. Indagar en esos roces de significado, en esas palabras arrojadas contra el muro en ausencia de nosotros mismos. Cobra un matiz inclusive tragicómico. Digno de una obra de Beckett o de Ionesco. Es porque ellos pensaron algo genial: el drama y la comedia humana, desenvueltos a raíz de la madeja del lenguaje, del dialogo que siempre desafía los límites de la comunicación, que en su mayoría resulta absurdo y deriva en el absurdo. Por esta vía, por ejemplo ¿Aquellas que te eliminan lo hacen también necesariamente en persona? Pareciera que sí, que existe una relación inextricable entre la imagen del sujeto que de acuerdo a la red social dice ser su amigo y la persona real con la que interactuaron y vivieron antes de llegar a ese punto de no retorno. Hay un punto en que resulta imposible separar al doble virtual del real, solo por el hecho de que sus conexiones cobran tanta carne y significación que sencillamente ya no existe una separación sin que exista también un desgarramiento, como ese ser que nació con su gemelo a cuestas pero que deben vivir juntos de por vida para no matarse mutuamente. Pero recordemos que eso se da incluso en la relación humana pre internet: nuestra imagen del otro, en estricto rigor, no coincide del todo con la de ese otro. Todo encuentro conlleva, creo yo, una ruptura. Parece a estas alturas la ley de la sociedad y de la vida misma. Por otro lado ¿Qué pasa con aquellas que te “eliminan” de su vida real pero continúan conectadas ahora solo por medio de la red social? Un fenómeno todavía más bizarro. ¿Qué se supone que hablemos cuando por casualidad nos topemos en la calle? “Oye, sigues siendo mi amigo en facebook pero no estoy ni ahí con verte”. “Ah qué bien, entonces, sigamos siendo amigos virtuales, pero si te veo en la calle seremos perfectos desconocidos”. ¿No habrá acaso un dialogo humano más absurdo y propio de nuestra época? Eso era impensable por lo menos hace 20 años. No existía ese desdoblamiento tan radical, tan beckettiano. Una solución a la antigua, mediante la comunicación “antigua”, cara a cara, sería seguir hablando como si no pasara nada, como si lo que ocurrió con la comunicación entre nuestros perfiles no significara nada, o como si lo que ocurrió entre nosotros por fuera, por malo que fuese, no desembocara en que cada uno acabara siendo solo el amigo virtual del otro. Se podría hacer la vista gorda, recordando ese pacto implícito de silencio, esa ley de hielo en persona, pero únicamente canalizada por la red como su jurado del diablo, medio lo suficientemente impersonal como para mantener las distancias necesarias. El grado cero de la intimidad virtual. Acorde al acuerdo de las ausencias paradójicas. Como sea, algo de tu imagen muere un poquito en el corazón de aquellas entrañables ex amigas, y algo de ellas también muere en uno al eliminar sin piedad ni arrepentimiento. Lo que resta después de todo es la cantidad de espíritu que se pone en eso. Las palabras como el resabio de algo que pudo ser pero tuvo en cambio un final irremediable, las palabras como evidencia de una imposibilidad. Releo aquellos mensajes previos a la eliminación no tanto para entender qué pasó, como para disfrutar de otro relato con un final catártico. Porque a la larga todo encuentro –ficticio o no- supone también su ruptura. Nos acabamos de conocer, pero eventualmente podremos volver a desconocernos. O vivir por siempre en el anonimato personal pero seguir conectados mediante nuestras ausencias. Sin embargo, sabemos que nuestras imágenes virtuales también mueren para el mundo una vez que salimos y la vida nos planta uno frente al otro. Nos desafía a un impacto sarcástico, porque la realidad lamentablemente no cuenta con ningún botoncito de pánico que nos diga que queremos dejar de vernos y hablarnos y desaparecer de la vida del otro por completo. Ni tampoco nada que nos haga solamente cerrar sesión cuando vemos que las cosas toman rumbos peligrosos. Se elige entre eliminar o agregar porque es más fácil que matar o dejar vivir, o que simplemente amar u odiar sin concesiones. Mentimos todo el tiempo, simulamos que lo que existe allí es más real que nunca. Que detrás de toda esa mascarada aún existe un rostro conocido, un carácter entrañable, y no solo un infinito tráfico de información y de vacío.
sábado, 19 de marzo de 2016
Night club
Reviso el bolsillo superior de la chaqueta. Saco un volante con una pregunta de Freud impresa: ¿Qué hay en la mente del Hombre? Recién recordé que me la habían dado afuera del night club a una cuadra del departamento. Leo lo que dice atrás: Mujeres, y muchas otras cosas más, que encontrarás en un ambiente grato e íntimo.... Psicología de madrugada.
miércoles, 16 de marzo de 2016
El subrayado
En la clase de nivelación de lenguaje para Geomensura vespertino, un práctico sobre el subrayado como técnica de comprensión lectora. La guía de desarrollo tenía un texto sobre la ontología del lenguaje, escrito por Rafael Echeverría. "La ontología del lenguaje. La vida como obra de arte". Uno de los alumnos se fijó en el tercer párrafo, donde habla del camino del poder como el camino de la creación. Preguntó cuál sería acaso ahí la idea principal y el tema central. Le señalé que la idea principal debía ser expresada mediante una oración, y el tema central mediante una frase. Luego preguntó sobre las ideas secundarias del párrafo. En la parte en la que el texto versaba sobre el ser humano como creador, el mismo alumno en cuestión preguntó respecto a Nietzsche. ¿Por qué dice que el ser humano se trasciende a sí mismo y deja de ser su propio contemporáneo cuando se define creador? Le expliqué que esa pregunta era más bien una idea secundaria, y venía a complementar la idea principal que consiste en que el ser humano (de acuerdo al texto de Echeverría) era ante todo un creador. El alumno siguió entonces más abajo y habló de la parte en que el texto determina la relación entre creación y libertad. ¿Será acaso también una idea principal? Me preguntó extrañamente intrigado. Le respondí que esa idea era también secundaria en relación a la principal. Haciendo caso omiso de mi explicación, el alumno subrayó con rojo la parte de Nietzsche y de la creación como libertad, destacando esas partes como si fuesen verdaderamente -a su juicio- principales. "El subrayado es una técnica que se puede tomar o dejar. Es un ejercicio de conocimiento y memoria (hubiera dicho también, de "voluntad de poder")". Eso fue exactamente lo que dije antes de pasar al desarrollo de la guía. La idea preconcebida. Siempre insuficiente. El subrayado. El subrayado, en cuanto huella, determinaría el estilo soberano del lector. El estilo de aprender. El estilo de pensar lo que al lector se le venga en gana. La libertad. La libertad y la creación tomadas de la mano. Puras. Bajo ningún altar. "A propósito, ¿qué libro me recomienda de Nietzsche?", preguntó el alumno. Le dije, para acabar: "El ocaso de los ídolos, o cómo se filosofa a martilazos".
domingo, 13 de marzo de 2016
La lectora de Oscar Wilde
De vuelta de ver a mi madre como es usual los días domingo, me siento en la micro al lado de una joven. Leía El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde. Solamente de curioso, forzando la situación, buscando alguna coincidencia para luego escribir, leo de reojo algunos pasajes. Señala con el dedo lentamente uno que decía: "El mundo siempre puede llegar a tener la reputación de un ser civilizado". Vuelvo a mirar hacia afuera del vidrio, disimulando una mirada perdida. En una segunda leída me impactaron las llagas del brazo izquierdo de la joven. Eran evidentes llagas de cortes con un objeto filoso. Demasiado notorias. Su faz, sin embargo, en el momento de la lectura se veía tranquila. Incluso al parecer no le preocupó el hecho de que leyera de forma solapada su libro, haciendo ver que no fui lo suficientemente cauto. Las llagas y la tranquilidad lectora de la joven, la hacían de inmediato persona de admiración. Personaje de literatura. Pareciera que aún no habiendo avanzado lo suficiente en la lectura de la novela, la joven ya presentaba los síntomas del deseo de felicidad de Dorian Gray. Su reflejo en la lectura era el equivalente al cuadro en la obra: Envejecía pero con cierta serenidad única. Ella en cambio fuera de la novela se apreciaba con los estigmas de una vida de descontrol emocional, todavía con el rastro dramático de un impulso juvenil, suponiendo que los cortes se los hubiese proporcionado ella misma. La joven, indiferente pero, por lo mismo, misteriosa, no advertía la importancia de esa lectura. En ese minuto dentro de la micro la diegesis se quebraba. Los pasajeros parecían pálidos, inclusive irreales, ante esa visión. Ya llegando al plan, me bajo antes que ella. Tras el sonido de un mensaje, cerraba el libro cuidadosamente en la parte que había acabado de leer. Algo sorprendido, y de camino a casa, me reviso el brazo izquierdo como por inercia. Un reflejo involuntario. Exceso de literatura. Llego al departamento. Trato de ordenar las cosas para mañana. Pero no puedo evitar pensar en el libro y en la llaga del brazo de la chica. Sin embargo, mantengo oculto ese pensamiento, reprimo esa imagen como una extravagancia, temiendo que vuelva a repetirse. Pero también deseando que cobre forma en las palabras, que permanezca para siempre ahí, bella, cautiva, impasible como en el retrato de Dorian Gray, porque también eso, por bizarro que parezca, forma parte de la reputación secreta de un aspirante a la civilización.
El invitado canino
En la esquina de la Catedral de Valparaíso, una turba de gente esperaba anoche la salida de unos novios acabando de casarse. Había muchos que eran marinos. También harta chica medio cuica, alta, delgada, de rasgos caucásicos. Una que otra de rasgos más humildes, pero no menos refinada. Vestidas para la ocasión, pero de todos modos, sueltas, risueñas, buenas para la talla, como buena chilena. Así se ve a simple vista un casamiento naval. Al pasar por ahí uno se convertía en espectador. Mucho rato esperando para cruzar los invitados podrían creer que uno está puro sapeando o, peor aún, que se quiere colar. Lo más particular de la noche fue un perro que no paraba de ladrar alrededor del gentío. El ladrido del perro no sabía si estaba lleno de emoción o de enfado por invasión de territorio. No sabía si el perro hacía las veces de guardia de seguridad, o de vagabundo misántropo que les echaba la espantada a esa tropa de invitados indeseables. Solo una vez que se asomaron los novios, y se dispersaron entre la multitud para entrar al auto, el perro como que se calmó y dejó de ladrar. Sin embargo, una vez que el auto comenzó su marcha, corrió tras el vehículo. Los invitados, entre satisfechos y expectantes por la fiesta de la noche, seguían allí, regocijados por la felicidad ajena, extasiados por celebrar el sagrado vínculo, antes de que los alcance a ellos y la historia se revierta. El perro, mientras tanto, seguía inútilmente el vehículo. Cuando ya vio que lo perdió, se devolvió a su territorio todavía invadido por la muchedumbre de invitados. En ese momento no se sabía si quería solo perseguir las ruedas o realmente quería putear a los novios por casarse en su territorio. (O, imaginando que el perro fuera un aguafiestas, simplemente por casarse). De esa forma, con paso lento, resignado, volvió donde los invitados. Como buen solitario, no quiere saber de matrimonios. El perro de verdad no se casa, solo quiere ladrar, comer, y a lo sumo follar. Se parece mucho en eso a los hombres. Solo que se desespera cuando no sabe qué pasa, y cuando ve que ya no tiene alternativa entra de colado, entra de colado en su propio territorio ya invadido, a ver si logra retomar su antigua vida, o sacar provecho de los invasores. El simpático animal caminó finalmente cerca de una de las niñitas cuicas que tenían por pareja un marino, a medida que se iba, como tratando de ver si acaso podía al menos contagiarse de la felicidad humana, e irse tranquilo a la próxima esquina.
Dos anotaciones dominicales
1
El Lunes entro a trabajar temprano. Curiosamente, todas las horas restantes se sienten como las últimas...
2
La hora límite entre el no hacer nada, y el hacerlo todo (y no me refiero precisamente al comercial). Nunca puedo dar con el nombre exacto para esa hora...
viernes, 11 de marzo de 2016
Keith Emerson
Escuché Emerson Lake and Palmer gracias a mi padre. Iba en Tercero Medio y por ese entonces lo más progresivo que había escuchado era Tool (incluso en mi ignorancia llegué a pensar que el progresivo era una variante del metal, con Dream Theater como su referente). Recién en el verano del 2005 recuerdo que vi el vinilo del In the Court of Crimson King, piedra angular del género, al deambular por la Feria de las Pulgas de Valpo. Era una edición oscura recuerdo. Extrañamente no aparecía el hombre esquizoide en la portada. Quizá se trataba solamente de una edición en vivo. Un día en su casa mi padre colocó un cd pirata con la interpretación de Cuadros de una exposición de Mussorgsky. Se lo había grabado su hermano. En ese tiempo no tenía acceso tan expedito a Internet como ahora. Tenía que ir al cyber a descargar y descubrir música nueva. De hecho, gran parte de la discografía de King Crimson la descargué primero en los cyber café del plan. Y así mismo descubrí otra banda del género progresivo, Jethro Tull, googleando sobre una noticia en que la banda había ganado el premio Grammy ante Metallica por mejor intrepretación Hard Rock. Había un compadre que se ponía en la esquina entre Pedro Montt y Carrera, vendiendo cds pirata. Era fan del progresivo. Por él supe también de ELP. En una ocasión, tarde noche, le compré la discografía. (Lo bueno era que el loco grababa los cds en mp3 con casi todos los albumes). Quería iniciarme en este "nuevo sonido", mezcla de rock y de música de orquesta.
En la ocasión que escuché Cuadros de una exposición no lograba digerir los teclados de Emerson. Era algo todavía demasiado vanguardista para oídos acostumbrados a puramente cuerdas y distorsión. Una vez que empezó el tema The Gnome, enteramente instrumental, me di cuenta que estaba ante una sinfonía de locura. La feroz ejecución del teclado en conjunto con la batería de Palmer y el bajo de Greg Lake era algo sin igual. A medida que avanzaba el album el ritmo y las melodías iban cambiando desde piezas armoniosas, pasando por pasajes de improvisación y virtuosismo, hasta llegar a temas medianamente siniestros, imponentes, pero con la suficiente fuerza rockera. El teclado era una especie de personaje que contaba con una orquesta y relataba su propia historia. Era el instrumento de cierto sátiro instalado en la imaginación. La vieja guitarra quedaba a un lado. Aunque suene simplista, el uso del teclado marcaría la diferencia entre lo que consideraba como rock clásico y aquel nuevo rock que quiere "progresar", ampliar el espectro musical llevando su estructura a límites insospechados. Había hecho en definitiva un camino sonoro a la inversa de la historia del rock. Desde lo más extremo del uso de las cuerdas (década de los 90, 80) hasta la ya clásica sofisticación del uso de teclas (en plena época de los 70 y finales de los 60). Hasta ese momento el teclado en el rock era un tabú. Con Keith Emerson descubrí que no había límites. Que se puede tocar algo elaborado sin dejar de sonar rudo. Que se puede ser también un Jimi Hendrix del teclado, si acaso ese instrumento tiene la suficiente energía y las pelotas para rockear y al mismo tiempo para emular a Beethoven durante el siglo más eléctrico de todos: el siglo XX.
Adiós, maestro.
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