miércoles, 24 de febrero de 2016

Por un instante se corta la transmisión del cable. Desenchufo y enchufo bruscamente el router. La luz queda parpadeando con un color anaranjado. No hay señal. Comienzo a asustarme. De pronto, la internet se ralentiza. Me da cagadera. Todo el show virtual a ratos carga, a ratos se cae. Modo entropía. Si algo cae, puede que vuelva a cargar, como puede que vuelva a caer. Corto por lo sano. Desprendo el enchufe macho de la zapatilla. Lo conecto de nuevo. Se reestablece la luz roja. Doy con el botón del control remoto. La luz se pone verde, pero sigue sin señal. Aprieto el botón como quien quiere resucitar a un enfermo en coma. El mensaje sin señal persiste. Paso zapping a través de una programación inexistente. Fiel metáfora de la vida, a minutos de que todo acabe, y no reste otra cosa que apagarlo...

martes, 23 de febrero de 2016

Segunda entrevista de trabajo

Segunda entrevista de trabajo, Villa Alemana. Llegada en metro. Ese aire intermedio de retiro, diferente al sector Valpo-Viña. El trayecto a pie desde el metro no era corto. Había que cruzar la plaza, luego Maturana hasta calle Victoria. A medida que uno se adentra pareciera que el tráfico disminuye. El colegio se veía modesto en apariencia y detrás de la recepción tenía la forma de un pequeño fundo. Un maestro que arreglaba el logo del colegio, le informa sobre mi llegada a la secretaria. Abren entonces la puerta. La diligencia de su actitud me sorprende. La formalidad indirecta de la situación, a pesar de su cotidianidad. O precisamente por ella. La primera pregunta: ¿De dónde viene? aunque suene protocolar, tiene un dejo interesante. Como si hubiesen olfateado que venía de otra parte, por la forma de acceder y proceder, un instinto de extranjería que quizá no advierten, o simplemente la cortesía con el desconocido. La espera se dilata demasiado. La secretaria matriculando a un nuevo alumno. Tomando una taza de café a tientas. El director se presenta y luego se pasea repetidamente. Un montón de documentos en sus manos. Los pasea como si fuesen obra confidencial. En eso llega una nueva candidata. Colega de lenguaje. Su primera pregunta, después de un tierno saludo, fue si había pasado mucho tiempo de espera antes de ella. Le contesté que solo yo, por el momento. Conversación sobre de donde venimos, en qué colegios hemos trabajado, experiencias, anécdotas, problemas, risas. Al rato después, la hora de la verdad. La entrevista fue casi un trámite. Se hicieron preguntas acotadas al curriculum. La seriedad del asunto indicaba profesionalismo. Me preguntó sobre las novedades de la reforma. Le hablé sobre la vuelta de la Secundaria y sobre los ejes fundamentales de lectura y escritura. Después de un par de preguntas trampa, y de especificar la cantidad de alumnos y niveles, todo acabó de forma demasiado eficiente, para mi gusto. El saludo de despedida era prácticamente anuncio de lo que venía. La expectativa del llamado. La esperanza sobre el éxito de la sesión, queda otra vez supeditada a la imagen y a la palabra. Había prometido contarle a la chica si la entrevista era o no de temer y qué le preguntarían, una forma propicia de simpatizar, usando la ocasión de la entrevista como gancho. Ella entusiasta dijo que aquella clase de preguntas apuntan a nada más que tu experiencia curricular. Se trataba de un filtro distinto al de la primera entrevista. Ya no el circunloquio en torno al sentido de la misma, ni al rollo personal en torno a la experiencia como cuestión problemática, sino que sencillamente si sabes o no sabes de lo que estás hablando y si tienes alguna mínima idea de por qué estás ahí y de lo que se tiene que hacer. Considerando el tiempo que al Head Master (el director de acuerdo al idioma del colegio) le tomaba su burocrática labor de líder, la actividad debía reducirse a lo esencial. Digamos, a lo pragmático. Entra la chica de lenguaje. Se despide, entreviendo que no nos volveremos a ver, quizá. “Deséame suerte”. El gesto de aprobación típico, a lo lejos, con el dedo gordo hacia arriba, el sí de emperador, ahora gesto de empatía pedagógica, o derechamente una apuesta desesperada, camuflada de buenos deseos, para obtener su confianza, más allá de la entrevista y más allá de la profesión. La entrevista misma de la chica (independiente de su suerte) se transforma en mi mito personal. El supuesto pragmatismo, verdadero solo de palabra, finalmente resulta hipotético. La pega, la plata, la aprobación de tus conocidos, la palmadita en el hombro, el orgullo de tu familia, todas son quimeras. Realidad en potencia. La espera fue lo único real. La espera por el trabajo, la pregunta sobre el lugar de origen, la pregunta sobre el tiempo faltante y sobrante. La espera misma por un nuevo remoto encuentro. La pedagogía me traía de vuelta al tiempo real. Uno en que los planes no siempre se cumplen. En cambio, la espera me transportaba a un espacio imaginario. Uno en que todo sale de acuerdo a lo que se quiere.

jueves, 18 de febrero de 2016

La entrevista de trabajo

Saliendo de la entrevista de trabajo del día Martes, conocí a una chica, colega, profesora de lenguaje de la Upla. Una vez de regreso en la micro hacia Valparaíso, me platicaba sobre el miedo que tenía con respecto a las preguntas que le hicieron, sobre todo la última, que encontró fatal: "¿Por qué deberíamos contratarla?" Sintió que ante lo directo de la pregunta dijo algo demasiado rebuscado, quedando prácticamente pasmada, no hallando una forma más clara de expresar su respuesta. Le expliqué, tratando de empatizar, que esa reacción era natural en alguien que todavía está empezando. Era su primera experiencia de cara a un colegio, de frentón a la realidad educacional, puesto que antes había trabajado en el Instituto Chileno Norteamericano de Cultura.

Si no me equivoco en la entrevista también me preguntaron cuestiones al hueso, preguntas caza bobos, algunas preguntas trampa o que se salen de cierto margen protocolar para hincar el diente en un flanco inadvertido. En aquella ocasión, estaba la directora y la Utp. La lógica era como la del policía bueno y el policía malo, respectivamente. La directora, señora entrada en edad, preguntó en un tono bonachón cómo se siente el día de hoy. Luego de decirle de donde venía, (qué colegio) preguntó por el director. Mándele saludos, agregó. Me muestra el horario. Explica, grosso modo, las reglas del juego. La utp, más joven, sin duda guapa, pero fría, distante, con una mirada aguda, me dijo con respecto al curriculum: "Aquí dice que la mayor parte de su experiencia consiste en reemplazos". En efecto, le contesté. "Hace un año fue mi primera experiencia completa en un colegio". La directora continuó preguntando esta vez cuestiones más específicas, relativas a los cursos, los talleres, los puntajes deficientes en Simce y Psu, motivos casi de vida o muerte, demasiado urgentes como para ahondar en el asunto todavía incógnito de la experiencia. Ella, luego de toda la explicación, dijo que me entendía perfectamente. Que es casi en todos lados igual. Es decir, que es casi en todos lados difícil encontrar trabajo sin contactos. La utp de repente mira y esboza una sonrisa corta, en cierto modo, irónica.

Acaba la sesión. Me levanto, miro al cuadro de Bachelet justo detrás de la directora. La utp se termina el café. Apenas levanta la mirada. La directora se despide amablemente. "Lo llamamos", como una frase de suspenso, esta vez, expectante, ya no tan desesperada. Lo que sí me extrañó fue que el tema de la experiencia continuó inconcluso. El curriculum, a los ojos de aquellas mujeres, no fue sino un artículo de fe. En calidad de entrevistado se debe empeñar la palabra. La primera impresión, aunque insuficiente, sirve de garantía. Pero la pregunta sobre la experiencia persiste como la pregunta más obvia, pero a la vez como la más compleja, aquella que pondrá en juego tu cabeza y en una balanza tu futuro. La colega se preocupó por aquella pregunta: "La más peligrosa. En cuanto la nombras, parece desaparecer, y hay que de nuevo volverla realidad" (Esto último no lo dijo ella. Lo acabo de inventar). Dijo que era contradictorio que a alguien que no tenía experiencia alguna ejerciendo la profesión le recriminaran su falta de experiencia en el rubro, motivo por el cual no podría ser admitida. "Quiero empezar a hacer clases en un colegio de verdad, pero mi nula o escasa experiencia previa me lo impiden. Tengo el ánimo, las ganas, el conocimiento, debería bastar, pero no tengo la experiencia. La deseo pero carezco de ella". Le comenté que eso también me pasó a mi. Pero ese dilema desaparece una vez que se entra al sistema. Entonces se pierde esa paradoja. Pero una vez que pasa, viene lo verdaderamente peligroso. Y emocionante: El desarrollo indefinido de la experiencia. El círculo eterno de errores y de aciertos. La falta de unidad que en un principio tiene el asunto. La realidad de cada institución, y de cada clase, que se va multiplicando. Que cada vez resulta completamente diferente. Todo es contexto, recuerdo que decía un compadre, también colega. Pero ese no fue todo el motivo central de nuestra creciente conversación. Fue solo un momento reflexivo, particularmente dramático, como el hecho mismo de buscar cualquier otro trabajo. Para poder sobrevivir y también para poder hacer algo por eso que llaman sociedad.

La chica, casi en el momento en que se iba a bajar, acabó diciendo algo sobre ser autodidacta. Insistía en el asunto. "Puedo decir que he aprendido chino y japonés básico". replicaba orgullosa. Anteriormente me comentaba acerca del negocio de los posgrados: "Todo se trata de armar tu propia línea de investigación. No es necesario seguir estudiando. Pero si quieres hacerlo, adelante. Todo va sumando. Publica un libro. Desarrolla una idea. Investiga. Está todo a la mano". Me llamó en particular la atención que dijera que fuera innecesario seguir estudiando. Al menos como una condición inexorable para ser autodidacta. Una vez concluido el dialogo, ella se baja de la micro y se despide. La pregunta sobre la experiencia sigue rondando la mente. Pareciera que en todo momento, la travesía en búsqueda de la próxima institución, la entrevista, sus laberintos, la simpatía y la inquietud de la chica, la insistencia en el ser autodidacta, no fueran sino parte de la misma condenada pregunta: "¿Tienes la suficiente experiencia?". La propia pregunta sobre el éxito de la entrevista se ve opacada. Que te contraten o no ya no es relevante. Si yo o la chica consiguen el empleo, solo responde a una variable necesaria. "Son los gajes del oficio", decía ella. "Lástima que nos acabásemos de conocer y ya estemos compitiendo". Pero la pregunta permanece invicta, intacta. Su respuesta solo indica que el juego está recién comenzando.

martes, 16 de febrero de 2016

Esa manía, o debería decir, esa moda virtual en insistir en la sacrosanta bondad de los animales, a través de imagenes, de fotos, de videos, en contraposición a una cada vez más creciente maldad del hombre. ¿No parece otra vil estrategia de marketing moral? ¿Una locura paternalista? ¿Un rousseaunismo invertido?

Facebook, El Origen del Mundo y la censura




"L´Origine du Monde" (1866), obra del pintor francés Courbet, ha sido en numerosas ocasiones censurada, al igual que parte del trabajo de un Maldito al que retrató: Baudelaire. Esta vez la censura viene por parte de Facebook, quien clausuró la cuenta de un profesor que la utilizó como foto de perfil. El caso se remonta a febrero de 2011, cuando Stéphane, profesor parisiense de unos 50 años y gran amante del arte y la fotografía, colgó en su perfil de Facebook un enlace a un reportaje sobre el cuadro de Courbet, acompañado de una imagen del mismo. La red social cerró su cuenta al considerar pornográfica la famosa obra que retrata un sexo femenino. Indignado, el profesor decidió demandar a la empresa, apelando a su libertad de expresión. Su abogado reclama la reapertura inmediata de la cuenta e indemnizaciones en concepto de daños y perjuicios"

Leo esta noticia y recuerdo que hace un tiempo a un amigo le censuraron, de manera similar y sin previo aviso, una foto de la fiesta de disfraces de la película Ojos bien cerrados de Stanley Kubrick, en específico, un fotograma donde aparecían las mujeres desnudas con antifaces teniendo sexo con algunos de los comensales disfrazados. El año 2014 yo también había publicado una foto de un desnudo de Eva Green para la película Sin City 2. De un momento a otro, también fue censurada. Este par de censuras aparentemente aisladas solo puede significar algo que también un amigo virtual de España hace tiempo venía diciendo: Que Facebook redunda en una especie de puritanismo hipócrita censurando ciertos contenidos de características sexuales, pero, en cambio, dejando otros de carácter violento sin razón alguna, con total arbitrariedad de criterio. El punto es que la página desconoce la cuestión estética del asunto. O bien se trata de una persecución deliberada. ¿Hasta qué punto considerar el desnudo como ofensivo o como arte? ¿Cuál es el límite? Facebook parece desconocer en absoluto ese límite. La vanguardia trata de establecer allí un nicho. El desnudo por si solo ya no debería ser motivo de escándalo. Se trata, nuevamente, del doble standard de la moralina virtual.

lunes, 15 de febrero de 2016

Siendo las 12 y media de la mañana, lo primero que oigo y que me despierta del sueño es el sonido de un chinchinero que toca repetidamente en la esquina. No sabía si odiarlo por haber interrumpido lo que anoche no dormí, o sencillamente sentirme invadido por la alegría contagiosa que desbordaba, aunque el lapsus fuera de solo unos minutos, porque luego todo volvió al sonido cageano del plan atestado de motores y de murmullos. La brevedad del chinchinero hace imaginar que su función fue más bien la de despertador. Tenía que ser en ese preciso lugar y en ese preciso momento. Ese sonido entonces: la invitación festiva y escandalosa a formar parte nuevamente de la realidad, como si fuese el recuerdo vivo de un niño que de repente sale de la seguridad de su pieza y se encuentra con la calle y la plaza pública, esta vez sin padres a su lado.

domingo, 14 de febrero de 2016

Una cita con el espejo


Justo recordé que una antigua amiga decía, a propósito de San Valentín, que "voy a tener una cita con el espejo". Solo por eso me pareció encantadora. Tan única, tan diferente a todas esas que enarbolan cursilerías y fantasías color de rosa. No tengo su número y ni siquiera sé su nombre. Solo la recuerdo por esa frase suya, entre humorística y resignada. Ese humor femenino, sutil, tan diferente del doble sentido subido de tono. Tiene un dejo de ambigüedad: por un lado, reivindica que ella se ama a sí misma y ella es su cita preferida (frente al espejo); por otro, acepta que para el tan marqueteado día del amor ella lo pasará exclusivamente consigo misma, y posiblemente con sus amigas a disfrutar de la juventud, a hacer realidad la tan popular frase: "te quiero libre, linda y loca" casi como si fuese una premisa ideológica, un rosario que rezan para salir de juerga y sentirse emancipadas, libres de desear a quien quieran y expeler confianza con solo mover el cuerpo y abrir la boca, aguardando el día del amor con una histriónica alegría de soltera sin compromisos. 

Durante estos días, la población soltera parece que se divide en dos grandes grupos antagónicos: aquellos para quienes la soltería pasa a ser una especie de tabú, casi una carga que las almas atormentadas y solitarias deben llevar por ausencia o por falta de voluntad; y aquellos más optimistas que ven en la soltería una oportunidad para dar rienda suelta a su sentido de libertad y aventura, recurriendo a toda clase de excesos o empachándose de toda clase de proyectos personales. Sin embargo, la soltería en la mujer es radicalmente distinta a la del hombre. No está esa urgencia, esa desesperación sexual y animal que el soltero exuda hasta por los poros. No llega hasta ese extremo baboso al que llega un soltero. De hacerlo todo por un mínimo encuentro afectivo y ojala sexual. En la mujer, quizá la desesperación va por el conteo incesante del reloj biológico. Tiene ansiedad, claro está, pero la mujer en el fondo quiere responder a otra demanda, a otro fin mucho mayor: nada más y nada menos que la siempre promisoria demanda del amor, con sus consecuentes castillos en el aire . 

La amiga aquella, consciente de que todavía no era el momento para amar, se dio el lujo de bromear sobre su soltería y dijo que tendría una cita con el espejo. Minutos antes recordé que había hablado algo sobre el ex. Quiere decir entonces que la talla de la cita vino como una suerte de reacción a su estado anterior, una talla en el fondo muy amarga que viene a reírse de la idealización del amor a partir de lo que vivió. Ella se sobrepuso a la vergüenza de la soledad simplemente haciendo una parodia de su estado civil. Oscar Wilde, casi intuyendo la frase de la amiga, decía: "El amor propio es el comienzo de un romance para toda la vida". Y, en efecto, eso es. Antes de querer vivir en otra teleserie más, de recomenzar el círculo vicioso de atracción-conquista-estabilidad-ruptura, se debería dar con la variable necesaria, la condición previa para cualquier tipo de relación con el sexo opuesto: amar con creces la propia imagen frente al espejo, aunque haya que reconstruirla pedacito a pedacito o impedir que se empañe de realidad. Solo una mujer (y también Oscar Wilde antes de ella) podría haber dicho aquella frase, con una sonrisa sarcástica, esperando a que los otros se la compren y se sientan bien simplemente por estar mirándose al espejo todo el día, convencidos de que solo así el mundo entero se rendirá a sus pies y estarán listos para derrochar y recibir amor a destajo.

sábado, 13 de febrero de 2016

Sobre el amor y el olvido

En el libro Sobre el amor y el olvido, el doctor Román Reyes señala algo interesante: "Todo lenguaje (por oscuro y hermético que parezca) es efectivamente la objetivación de una relación". Hace todo un compendio del amor a partir de un ensayo sobre la comunicación, sobre su posibilidad y también sobre su límite. Pasa por hablar sobre el otro, sobre la palabra, el sentido poético, la psicología, la sombra, y finalmente, la máscara, el rostro. Abarca algo que solo logra comprender mediante un discurso y un argumento medio académico. Trata de imbricar el conocimiento libresco sobre el amor y el olvido con la experiencia física, la abstinencia de la carne con la de la palabra. Y justo cuando está en el orgasmo de esas reflexiones, hace una pausa. Relata una especie de cuento más íntimo. Lo hace literario para darle un toque menos frío, más cálido. Se balancea en la ebriedad del cuento para luego volver a la resaca del sentido, del sentido racional. En ese vaivén pretencioso trata de dar con el equilibrio, a ratos luminoso, a ratos opaco, del tan bullado amor. No nos alcanza nunca el lenguaje para expresar lo que sentimos, esa parece ser toda su verdad. El amor nunca se puede expresar del todo. Porque el lenguaje mismo es su límite. Porque en ese lenguaje precario puede ser a su vez posible, aunque ya esté ausente lo que quiso decir, lo que quiso decir a quien quiso amar. Y termina diciendo: "Solo allí aún habita la comunicación". (En olvidar la falta de significado, en olvidar de repente que el amor tiene un límite, el límite del mundo, el límite del lenguaje).

viernes, 12 de febrero de 2016

Ondas gravitacionales




Se ha hecho pública la detección de ondas gravitacionales. Lo que Einstein había predicho con lápiz y papel hoy ciertos científicos lograron detectarlo mediante un complejo sistema observatorio llamado LIGO (Interferometría Laser de Ondas Gravitacionales). Se dice que gracias a este hallazgo se podría saber qué estaría pasando más allá, a distancias de años luz, solo pudiendo reconstruir qué sucedió en el punto origen de aquellas ondas, si acaso fue por una estrella o por un agujero negro que produjo una curvatura en el espacio tiempo. También la detección de estas ondas ayudaría a saber si la célebre Teoría de la Relatividad se mantiene aún vigente más allá del cosmos conocido. Ellos, los científicos, hacen hincapié en que se trata de eventos que están a distancias inconcebibles para la capacidad humana, y que las ondas vendrían siendo una réplica, una señal que sobrevive tímidamente y nos llega de rebote prácticamente por un accidente del universo. Este hallazgo puede significar además otra cosa: que los avances en la ciencia no hacen sino volver a cambiar el lugar del hombre en el mundo. Si antes de Copérnico la Tierra era el centro de todo, pero un centro dominado por Dios, después el Sol pasó a ser el centro, de manera que el hombre ya no era lo más importante, sino que, digamos, solo un punto extraviado en el pizarrón cósmico, un vagabundo en búsqueda de respuestas.

Existe una tendencia de la ciencia en dividir a su comunidad en dos grandes tipos: los optimistas, los que creen que cada avance redundará en mayores beneficios y conocimientos para la humanidad, y los escépticos, aquellos que piensan que el universo en general es algo demasiado inconmensurable como para pretender su comprensión, y que la historia del hombre no es sino una ínfima parte, un fenómeno tan aislado que en general no significaría nada frente a la indiferencia milenaria del espacio. El cálculo racional, la intuición matemática del científico siempre se encuentran con la piedra de tope del sentido. O la onda gravitacional equivale a la existencia de un mensaje en una botella flotando a través del universo, o significa que solo podemos concebir el eco de eventos de los cuales no podremos ser ni siquiera espectadores. Kubrick, no siendo científico, pero sí un gran cineasta, entendió esas dos visiones en una entrevista, y trato de conciliar la luz de la razón con la oscuridad de todo ese asunto cósmico. Pero a pesar de su aporte, se entra de nuevo en el dilema: ¿Hay cuestiones que al hombre, mejor dicho, al científico le está permitido saber y otras que no? ¿Cuál sería el límite, la verguenza de saber que estamos solos o simplemente alguna vaga esperanza de todavía ir más allá, tratando de saciar el hambre invencible por lo desconocido? Keats en sus versos decía que: "La filosofía recorta las alas del ángel, conquista los misterios con reglas y líneas, despoja de embrujo el aire, desteje el arcoiris". Está demás decir que hoy la ciencia ocuparía el lugar de la filosofía en esa travesía por desentrañar el velo de todas las cosas. El poeta sentía que había un sentido de violación en ese hambre voraz de conocimiento. Que posiblemente sería mejor que todo fuese simplemente contemplado e imaginado, que todo fuese un misterio estético, y no un infinito enigma a desentrañar. Ese es el clásico conflicto entre la belleza y la verdad, pero que hoy se vuelve a concluir mediante números y fórmulas. Lo sublime que de acuerdo a Schopenhauer amenaza la existencia simplemente por querer traspasar cualquier límite.

Cierto grupo de hombres genera también sus propias ondas gravitacionales, que al resto de la población solo pueden llegar de manera intermitente, débil, tal cual una piedra que se arroja en medio del agua y que en sus orillas solo se alcanza a percibir una vibración. Para los científicos pareciera que todo se trata de agarrar una piedra que se hunde cada vez más en el abismo. Para el resto de los mortales, incapacitados de ese privilegio, o simplemente desinteresados, cada teoría o cada hallazgo que circula puede ser leída como simple literatura o como una excusa perfecta para seguir con sus planes en este salvaje rincón del planeta. Sin embargo, cada cual, en definitiva, busca a su modo sus propias ondas gravitacionales. La escritura, por ejemplo, puede ser esa desesperada búsqueda de un centro o más bien el simple capricho de seguir naufragando en la superficie. Incluso el amor mismo puede ser, en última instancia, otro hallazgo del que no siempre se tiene noticia, otra onda sin un centro conocido que nos llega de rebote y a partir de la cual armamos una historia de culebrón que de sentido a toda esta locura.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Macbeth

La suspensión del estreno en Chile de la nueva película sobre Macbeth de Justin Kurzel, si no es por razones cinematográficas, solo puede deberse a una vil estrategia comercial. Contrario a lo que dictaba el destino, cometí el pecado de ver la película en línea antes de su estreno. La ambición lo puede todo. No pude ser el rey de nada pero al menos me negué a perder. Me resistí a que la película, como la vida, me fuera contada por los idiotas.