El tiempo todo lo cura, o locura todo el tiempo.
martes, 7 de enero de 2025
He completado la colección de las antologías en las que he participado. Faltan otras tres, pero no cuento con los ejemplares. Son en total once antologías, nueve de ellas de poesía y dos de narrativa. En total abarcan un periodo de tiempo de diecisiete años: “Carta de ajuste" (2008); “Veinticinco peldaños de poesía porteña” (2009); “Plexoamérica, Poesía y Gráfica Morelia – Valparaíso” (2012); “Antología errante, 24 poetas reunidos en torno a la palabra” (2015); “Plexoamérica. Poesía y Gráfica Venezuela – Chile” (2019); las Antologías poéticas “La ausencia”, “La venganza” y “El olvido” de Editorial Litéfilos, del año 2023 y 2024; "Cuentos Latinoamericanos, Nuevas Voces, Volumen 2" (2024); y “Locura, Traición & Muerte: Volumen I. Relatos de Locura, Traición y Muerte” (2024).
Ordenar todas y cada una de estas antologías de acuerdo a su cronología permite vislumbrar el recorrido vital de mi propia escritura a lo largo del tiempo. Cada antología, por cierto, tiene su propia historia, sus entrecejos y sus entredichos. Hay unas que representaron saltos de fe, verdaderas iniciaciones, incluso borradores; otras, simbolizaron una victoria pírrica; las últimas, un cambio drástico en el estilo y una tentativa de reivindicación interior, frente a un medio hostil. Cada una atestigua mis pasos en diferentes agrupaciones. Solo las cinco últimas evidencian una conexión con el extranjero. Si bien el trabajo de cada obra no me pertenece por entero, hay algo que me liga a ellas por motivos personalísimos: la antimateria de sus palabras, los fluidos y la energía invertida, el sedimento vivencial y emocional que dio fruto a su lenguaje.
lunes, 6 de enero de 2025
Sobre la posibilidad de estudiar un Magister
Viajé a Santiago para averiguar los requisitos de un Magister de Escritura Narrativa. Preferí “pegarme el pique” (en buen chileno) porque resulta más emocionante que la mera búsqueda en línea. La secretaria me informó algunas cosas básicas, tales como la solicitud de certificado de título, la confección de un proyecto de escritura y alguna carta de referencia de algún académico, cuestiones burocráticas que ya en el pasado había hecho, sin llegar hasta el final.
Le dije que ya tenía gran parte de los documentos exigidos, solo faltaba afinar el proyecto, editarlo hasta hacerlo legible y coherente. Ella me explicó que el Magister ofrecía las herramientas teóricas y académicas suficientes para llevar a buen puerto mi propia obra, además de ampliar las expectativas de trabajo (sobre la propia escritura) en el campo editorial. Nada malo.
Quedé entusiasmado y conforme. Le conté que ya tenía –de hecho- un par de libros publicados y unos cuantos más en el tintero. Ella asintió de manera protocolar, como quien debe poner buena cara para cumplir con su función. De todas maneras, su trato fue de lo más amable y eficiente. Nada que decir. Escribió en una notita el correo y el número de la coordinadora del Magister. Pienso llamarla pronto para echar andar un buque que he procrastinado demasiado.
Así como muchos, en su momento, pidieron o más bien exigieron la publicación de mi libro de crónicas, también algunos, los más cercanos, me piden encarecidamente que siga estudiando. Hay quienes incluso ya me ven haciendo clases, clases sobre escritura literaria, en específico, la narrativa. Lo de profesor, tal vez, sea una proyección, un espejo refractario de mi identidad.
Ante mi renuencia a seguir estudiando, más por inseguridad que por un verdadero rechazo, recuerdo haber citado en más de una ocasión una frase muy ingeniosa de Gonzalo Millán: “Nunca me ha gustado la academia, excepto sus bibliotecas y las compañeras de curso”. Sin embargo, creo que, esta vez, vale la pena jugársela por esos libros y por esas bellas promesas.
En el fondo, siempre quise, y siempre supe que estaba “pintado” para volver a estudiar, pero algo de mi pasado –algo inexplicable- me impedía pasarme al posgrado. Una necia parada de escritor alternativo, que rindió frutos, pero que no tiene por qué excluir una inminente carrera académica. Por lo demás, por dentro se puede cuestionar cualquier discurso que interfiera con el libre desarrollo del oficio. Para eso existe el aparato crítico. Así que las excusas están demás.
Pese a todo, creo que el recorrido vital que me llevó hasta este punto fue necesario, por lo personalísimo. Tenía, antes, que afinar y afilar la pluma, foguearme en el escaso medio aun a costa de mi reputación, pero, sobre todo, leer y escribir como condenado, vivir unas cuantas experiencias intensas y luego vivir para contarlas, a duras penas. De lo contrario, me habría presentado a dicha instancia cual página arrugada recién recogida de algún basurero para escribir sobre ella sus propios garabatos, vivencias falsas, mal recicladas, ideas de segunda, estilos de porquería.
Heme aquí, entonces, preparado para empuñar, una vez más, la grafía insistente, la aceitada mecánica de las palabras, cómplices de mis pasos (en falso). Se cree que Julio César proclamó, a viva voz: “Veni, vidi, vici”, en los tiempos del Imperio Romano. Un escritor debiera, en cambio, proclamar su propio funesto destino: “vine, perdí, pero escribí”.
domingo, 5 de enero de 2025
Nosferatu ha vuelto: el vampirismo la rompió en el cine Insomnia (crónica breve)
Cuando fui al cine Insomnia a ver la nueva película Nosferatu de Robert Eggers, la fila para la función daba vuelta hasta la esquina de Condell con Huito. Un lleno total que podría equipararse al de una película taquillera. De un momento a otro, el imaginario del vampiro "la rompió".
Muchos de los asistentes iban vestidos de negro entero, pinta gótica con reminiscencias al estilo dark y post punk de los ochenta. En cierta manera, me recordaron al púbico que frecuentaba los locales del Morgana clásico y La Secta en Valparaíso, baluartes de la onda. Había en ella una fascinación vampírica, una cosa entre grotesca y desenfrenada, sin duda, un culto a la figura oscura y salvaje del vampiro, pero de aquel vampiro apócrifo deudor del vampiro elegante de Bram Stoker, Nosferatu, esa suerte de vampiro "proto punk", influido por el expresionismo alemán, cuyos seguidores inundaron las butacas del Teatro Condell, conformando un verdadero culto a la sombra.
La función se realizó en sumo silencio. Ninguno de los asistentes profirió ruido alguno, totalmente absortos, como hipnotizados por el aura tenebrosa de aquel Nosferatu repulsivo e imponente, que no inspira ni un dejo de tristeza ni de compasión. Su visionado fue, de esa forma, lo más parecido a un culto profano. La pantalla del cine tiene eso de vampírico: fagocita el imaginario de sus espectadores, al punto de la patología, entonces ellos, poseídos, proyectan al mundo una nueva mirada, una que sublime sus propios demonios internos.
Salieron luego de la oscuridad de la sala, hacia la noche porteña, salvaguardados de la luz del atardecer que todavía podría haberlos cegado sin remedio. De seguro, más de alguno fue al Máscara a vacilar sus temitas ochentosos, ante el cierre definitivo de los viejos baluartes oscuros.
Por mi parte, preferí regresar a casa, satisfecho con la imagen de la criatura en mi cabeza, y su repulsiva forma integrando el bestiario de la ficción. Los tiempos de aventura bohemia ya pasaron. O, al menos, bajaron sus revoluciones. Había que evitar, sin duda, a los especímenes del terror que a esa hora empiezan a salir a las calles, especímenes reales, disfrazados de humanos, carentes de nobleza, que campan a sus anchas en el epicentro de la ciudad patrimonio, una vez que cierran los negocios, se abren los locales nocturnos y las calles se repletan de otros personajes indeseables, atraídos por lo ilícito, sedientos de adrenalina, pura pulsión tanática.
Solo por eso, la luz del Sol ya no parece tan amenazante, y el brillo de la pantalla del cine permite velar, con fascinación y misticismo, las noches de sus correligionarios, tras una jornada de locura.
sábado, 4 de enero de 2025
El mítico Hospital Alemán de Valparaíso, hospital en el que nací, curiosamente, el mismo hospital en el que fue internado el poeta Carlos Pezoa Véliz, tras quedar con sus piernas destrozadas por el terremoto de 1906, y el mismo en el que escribió su ya legendario poema "Tarde en el hospital", cuya primera versión apareció con el título “Tarde en el Hospital Alemán” en la revista Sucesos de Valparaíso, un 29 de agosto de 1907.
Técnicamente no existe -para mí- tema oscuro, misterioso o bizarro que no sea susceptible de ser abordado de manera literaria. En la literatura está contenido el misterio mismo de la realidad, aunque sea en potencia. Como señaló Terence McKenna: “La naturaleza sintáctica de la realidad, el verdadero secreto de la magia, es que el mundo está hecho de palabras. Y si conoces las palabras de las que está hecho el mundo, puedes hacer de él lo que quieras”.
El misterio detrás de Luigi Mangione, ¿el nuevo Unabomber?
Se ha dicho que tras el presunto asesinato del CEO del United Health Care, Brian Thompson, a manos de Luigi Mangione, hay “gato encerrado”, que nada es realmente como lo pintan los medios. El sorpresivo atentado, cuyos antecedentes son aún materia de investigación, ha dividido a la población en dos bandos, en apariencia, irreconciliables: los que elevan a Mangione a la categoría de “héroe” por haber visibilizado el injusto sistema de salud pública en Estados Unidos, arremetiendo contra uno de sus responsables; y los que consideran a Mangione un “criminal” y un “terrorista” que mató a sangre fría a un “pez gordo” de la salud, sin mediar provocación ni posibilidad alguna de defensa ni proceso.
Bajo esta lógica divisoria, -muy conveniente, por cierto- han salido a la luz cuestiones que vuelven el caso algo más complejo y escabroso. La narrativa inicial es que se trata de buenos y malos, de defensores de los desposeídos por un sistema cruel, contra los defensores de las corporaciones amparados por el aparato institucional y el poder financiero. Algo así como la vieja dialéctica marxista, o como la relamida disputa izquierda-derecha que pierde cada vez más sentido y apego a la realidad, conforme se avanza en la búsqueda de la verdad. Sin embargo, lo que no se tiene en cuenta son los entrecejos y vericuetos, las pugnas de poder, las redes de influencia y las tensiones de cada uno de los actores involucrados en el caso.
El mártir homicida Luigi Mangione, por ejemplo, no era precisamente un “lobo solitario”, tampoco un luchador social, ni mucho menos un desposeído, comparable al Guasón de la película de Todd Philips, sino que más bien era todo lo contrario: era el nieto de Nick Mangione, un exitoso y acaudalado empresario que amasó su fortuna gracias a los bienes raíces, propietario de redes de salud, estaciones de radio y clubes de campo, lo que se conoce, de acuerdo a la jerga norteamericana, como un “self made man”, un emprendedor filantrópico, un “modelo a seguir”.
Hay quienes sostienen el posible vínculo entre Nick Mangione y la familia de la ex presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, esta última, una fuerte representante del Partido Demócrata. Nick Mangione habría conocido al difunto hermano de Nancy, Thomas J. D’Alessandro III, ex alcalde de Baltimore. En dicha ciudad, habría creado una fundación que luego donó al Greater Baltimore Medical Center y a muchos otros hospitales y centros de atención médica. La sola conexión entre ambas familias, Mangione y Pelosi, resulta una variable poderosa que sirve para comprender el trasfondo de los hechos.
Paul Pelosi, el esposo de Nancy, por su parte, estaba siendo investigado por una posible inversión millonaria en Palo Alto Networks, empresa de ciberseguridad, realizada justo en el mismo día que se produjo un hackeo masivo a United Health Care. Para efectos de la investigación, el CEO Brian Thompson habría sido llamado a testificar ante el Departamento de Justicia respecto de estas acusaciones de tráfico de información privilegiada. Es en este contexto que el hackeo parece una maniobra calculada para beneficiar a quienes manejan dicha información, y si vamos más allá, hasta el atentado a Thompson también parece un montaje criminal para acallar a un testigo clave.
De acuerdo a esta interpretación, el caso se vuelve mucho más turbio, y lo que se pintaba como un puro despliegue de “rabia contra la máquina” (siguiendo la lógica anarquista), en realidad sería solo otro hecho de sangre con motivos políticos y económicos, cuyas razones son herméticas y cuyos fines verdaderos están vetados al ojo público del mundo, como tantos otros atentados ocurridos en la tierra del “sueño americano”.
Sobre Luigi Mangione, el héroe o el terrorista, según cómo se mire, también hay mucha sombra que iluminar. Conviene indagar en el verdadero rostro del personaje, más allá de su máscara justiciera. Mucho antes de volverse famoso, Mangione había desaparecido durante más de seis meses, debido a una presunta crisis emocional que lo indujo a alejarse de su poderosa familia. Resulta que el joven Mangione había sufrido un grave accidente de surf, durante unas vacaciones en Hawaii, accidente que lo dejó con una lumbalgia crónica.
Fue por eso que Luigi cambió su forma de ser, de manera drástica, frustrado por no poder vivir la vida que había soñado. Nuestra figura pronto conoció de cerca el “infierno” del sistema de salud pública en Estados Unidos, o eso, al menos, es lo que quieren hacernos creer. Los problemas fueron in crescendo. Le negaron una operación, los tratamientos no surtían efectos, gastó un dineral en especialistas. Sin embargo, su dolor permanecía. Su dolor físico luego mutó en una impotencia interior, reflejo de un síntoma social. Su resentimiento creció a tal punto que abominó de los “parásitos de la salud”.
Luigi llevó su repulsa contra el sistema más allá de los límites. Exploró la medicina alternativa, en específico, el uso de plantas psicodélicas para encontrar respuestas a sus cuestionamientos y recobrar el equilibrio perdido de su organismo. Durante un viaje de Ayahuasca, de hecho, Mangione afirmó haber visto a Dios, luego de haber luchado contra entidades oscuras, seguramente, manifestaciones psíquicas de su propia alma atormentada. Eran descritas como demonios de otra dimensión que intentaban implantar ideas retorcidas en su mente. “No todo el dolor es físico. Se alimentan del miedo, pero puedes hacerlos retroceder si ves su forma”, señaló en uno de sus tweets, que iban adquiriendo un tono cada vez más críptico y hermético.
Es conocida la exploración lisérgica con un motivo de viaje interior, de autodescubrimiento espiritual. Personajes como Antonio Escohotado, el mismísimo Aldous Huxley o los escritores beat de los años sesenta experimentaron con drogas psicodélicas para potenciar su comprensión del mundo y de la realidad. Sin embargo, no todos tienen el temperamento suficiente para soportar un viaje hacia adentro, porque no todos están dispuestos a confrontar su sombra.
Por otra parte, es sabido que los Servicios de Inteligencia han montado, en el pasado, programas de manipulación mental, tales como el MK Ultra, basados en el uso de sustancias psicoactivas (LSD). Si tomamos en cuenta este antecedente, no sería raro que acá también haya habido intervención del Estado profundo. Todo lo impensable, a estas alturas, puede ser posible. Solo cabe atar los cabos dentro del rizoma.
La cuestión se vuelve todavía más intrincada y fascinante, al advertir las coincidencias entre el caso de Mangione con el caso del famoso Unabomber. Mangione comenzó a citar frases del manifiesto “La sociedad industrial y su futuro”. Veía en el Unabomber una especie de genio de la era moderna. Recordemos que Theodore Kaczynski, su verdadero nombre, también era un hombre brillante, un genio matemático con un futuro promisorio. Pese a tenerlo todo para el éxito social, Kacsynski fue el responsable de múltiples atentados con bombas en los Estados Unidos, durante más de veinte años, atentados que tenían un motivo ideológico neoludita.
Lo que no todos saben es que Kacsynski, en realidad, fue usado por el proyecto Mk Ultra, proyecto financiado por la CIA que consistía en manipular, con oscuros procedimientos, la psiquis de prominentes estudiantes de Harvard, todos con altos coeficientes intelectuales. Mucho después, fueron reveladas estas operaciones ilegales del programa secreto a través de una Comisión llamada Comisión Rockefeller. Sí, tal cual. En este asunto están también involucrados, directa o indirectamente, los pesos pesados del poder global. Era que no.
Kacsynski fue “quebrado” por estos manipuladores, a tal punto que dejó de ser el que era para convertirse en el terrorista anti sistema que todo el mundo ya conoce. Algo así como un villano para el poder hegemónico. En cambio, un anti héroe para los marginados de un sistema tecnocrático. Su crítica a la distopía tecnológica era, a mi juicio, la correcta; de hecho, resulta contingente, en pleno auge de la inteligencia artificial y de las ensoñaciones de los empresarios del Foro de Davos. Basta mencionar a Klaus Schwab y su tan renombrada “Cuarta Revolución Industrial”.
Pese a todo, el modus operandi, los métodos del Unabomber para llevar a cabo su revolución desde adentro, léase sus crímenes, costaron la sangre de inocentes. ¿Un daño colateral? Sus esquirlas nos recuerdan que hay algo siempre a punto de estallar en el centro del sistema, una bomba silenciosa, latente en el corazón de los desadaptados. Y ya sabemos que la violencia revolucionaria, su potencial destructivo, tiene el costo humano de sacrificarlo todo a ideales que se pretenden absolutos e incuestionables.
Si bien Luigi Mangione, nuestro revolucionario del momento, no tuvo una carrera tan meteórica como la de su ídolo, el Unabomber, sí que se aprecia una verdadera inspiración en su vida y obra. ¿Víctimas o victimarios? ¿Se puede ser lo uno y lo otro? Ambos se descargaron contra un orden que acabó por usarlos y destruirlos. Ambos tantearon una posible alternativa, una táctica de acción directa que siempre acaba siendo tutelada por sus propios enemigos. Acaso no se trata tanto de remover la estructura completa como de remecer las consciencias que hacen funcionar la maquinaria y de mantenerlo todo más aceitado que nunca.
viernes, 3 de enero de 2025
Alguna vez señalé lo siguiente: nuestra época es tan nihilista que si Nietzsche viviera hoy desearía que Dios no hubiera muerto. Alguien tuvo una objeción. Negó que la época fuera nihilista, porque, de acuerdo a su postura, estamos llenos de idolatrías, algunas llamadas pensamientos positivos. En cierta manera tenía razón, aunque yo me referí al nihilismo entendido como la decadencia de los valores trascendentes de Occidente, y la preponderancia, en cambio, de puras narrativas posmodernas. Ante eso, el interlocutor dijo que el mismo Nietzsche vaticinaba lo terrible de la muerte de Dios, y consistiría en el afloramiento de lo secular a niveles grotescos. Lejos de la individuación heroica y trágica de superhombres, el vacío metafísico fue reemplazado con espiritualidades light, elucubraciones tecnocráticas, mentalidades de tiburón con idilios financieros, minorías rabiosas y vociferantes, proyectando su miseria, su resentimiento contra el mundo. El precio por la muerte de Dios fue, sin lugar a dudas, la proliferación impune de lo secular y la pérdida del sentido de lo sagrado en casi todos los aspectos que de verdad importan. Como todo vale, nada vale. Se enaltece lo banal a categoría de realeza. Se consagra lo baladí. Frente a ese escenario, parece razonable el volver a las confesiones tradicionales y a sus cultos místicos, ricos en misterios y en devoción esotérica.
martes, 31 de diciembre de 2024
Poder decir adiós
Hay en el adiós un deseo sublimado, el deseo de despedirse definitivamente de algo o alguien y consagrar lo despedido a Dios, a lo increado que lo trasciende todo. A veces, decimos adiós movidos por un ánimo benevolente, cerrando un ciclo de forma simbólica, o bien decimos adiós para nunca más volver y para desterrar de nuestro espacio y de nuestro tiempo aquello que se marcha, que no avizora un paradero conocido y que promete nunca regresar. En ambos casos, el adiós conjura una posibilidad. En ambos, se vuelve el mantra del destino, y quien lo pronuncia establece la medida de lo eterno. "Poder decir adiós es crecer", cantaba Cerati, porque el crecimiento implica un sacrificio, la superación de un estado anterior; "la vida sigue igual", cantaba Beto Cuevas, en la canción Tejedores de ilusión, porque la vida es la gran maestra que sigue su curso y arrastra el ciclo del tiempo consigo. Pero siempre abrigaremos en nuestro corazón una historia eternizada, una eternidad histórica que hará del mito su propia verdad.
Juramos a Dios para que sea un hasta pronto, porque siempre se vuelve al origen, llegado el fin.
martes, 24 de diciembre de 2024
Sobre el origen histórico de la Navidad y las antiguas Saturnales
La verdad es que no hay una fecha definida en los Evangelios para el nacimiento de Jesús. Debería ser en primavera, según algunos entendidos. Pero este dato no debiera por qué desanimar a los cristianos. En realidad, el 25 de diciembre fue establecido como fecha oficial del Nacimiento, por la mismísima Iglesia Católica, durante el papado de Julio I, en el siglo IV. Luego, con el auge del emperador Constantino, se extendió el culto cristiano de manera libre y abierta. ¿Y por qué el 25 de diciembre? Porque coincidió con los cultos paganos de los Saturnales, celebrado todavía por los romanos arraigados en sus tradiciones. La celebración a Saturno, dios de la agricultura y del tiempo, se realizaba entre el 17 y 23 de diciembre. La fecha coincidía además con el día del Sol invicto, asociado a Apolo, en la fecha del solsticio de invierno. Con este intercambio cronológico, con este sincretismo mítico, Jesús se volvió así el nuevo Sol para iluminar el mundo, el redentor, el milagro del cielo. Una conjugación de eventos cargados de un sentido trascendente, y que, juntos, construyeron el relato navideño para la posteridad, el relato de congregación, de regeneración.
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