domingo, 31 de marzo de 2024

¿Por qué los huevos para celebrar la resurrección de Cristo? Existen varias explicaciones y se remontan casi a los orígenes de la civilización. En Egipto, el huevo era sinónimo de vida. Se cuenta que Osiris y Tifón lucharon y encerraron todos los bienes y males del mundo en un huevo, en un paralelo con la caja de Pandora. Durante la antigua Germania, incluso, celebraban a la diosa Estre porque traía fertilidad, y los conejos representaban la abundancia. Los cristianos primitivos, por su parte, se abstuvieron de comer carne y huevos durante la Cuaresma, por lo que, al llegar el día de la Pascua de resurrección, festejaban y salían a repartir huevos decorados entre los suyos. Si vamos más allá en la simbología, el huevo en sí mismo tiene una relación metafórica con el sentido de "vida nueva" que Cristo representaba al vencer a la muerte y despertar glorioso. Me permito citar en este punto un clásico fragmento de la novela Demian de Herman Hesse que, si se aguza la mirada crítica, guarda una analogía curiosa: "El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios es Abraxas".

sábado, 30 de marzo de 2024

Con la polola hicimos un ejercicio de definir al otro, en una sola frase. Ella dijo de mí: "Un hombre culto que le gusta disfrutar de la vida". El prisma con que definimos a los otros depende mucho de cómo cada quien se define a sí mismo. Al definir al otro definimos muy bien nuestra propia idea. Nuestras palabras, nuestros dichos, hablan muy fuerte de lo que somos, a menos que desconfiemos demasiado del lenguaje y su capacidad interpretativa.
Mi madre ha dicho que, con sus penas a cuestas, ha comenzado a extrañar a Dios. Conmovido por sus palabras. Tristes pero bellas en su reflexión. Los existencialistas como Jean Paul Sartre y Albert Camus también renegaron de Dios en su momento, pero luego tuvieron una "conversión", aceptaron que no es posible renegar del todo de la dimensión religiosa, sin antes quedar un poco vacío, un poco huérfano, ante el absurdo de un mundo sin sentido trascendente, con pura inmanencia. En Camus, esto queda en evidencia tras las conversaciones que mantuvo con Howard Mumma durante sus últimos años. Aceptó su incapacidad para entenderlo todo sin considerar la religiosidad. Por su lado, en Sartre fue decisivo un diálogo que mantuvo con un marxista, pocos días antes de su muerte, diálogo recogido por Le Nouvel Observateur. En ese diálogo, el filósofo afirmó que no se percibía "como producto del azar, ni como una mota de polvo en el universo, sino como alguien que ha sido esperado, preparado, prefigurado. En resumen, como un ser que solo un Creador pudo colocar aquí". El escepticismo no tiene por qué estar reñido con el sentido de una trascendencia allende la física o una profundidad espiritual más allá de la materia. Al zozobrar la carne, al sentir la oscilación de la vida, suele ocurrir, en los espíritus sensibles y en las mentes reflexivas, un episodio que confronta los propios conflictos internos con la inmensidad de un absoluto inabarcable. Es allí donde inicia la posibilidad de Dios, o la posibilidad de plantearse su existencia, a través de la experiencia sensible de la vivencia humana. Hay todo un misticismo en esa "duda final", en ese umbral que conecta el sufrimiento terrenal con la creencia en un orden superior. 
Un sticker de San Pancracio cayó al suelo tras despegarse del ramo que mi polola colgó sobre el espejo. Si uno piensa en la causa lógica y científica, solo se agotó el adhesivo del sticker. Sin embargo, una lectura más poética y rica en simbolismo podría asociar la caída de la imagen del santo desde el espejo con el día en que Jesucristo permanece muerto, día de luto, de silencio y de espera vigilante. Día en que lo santo desciende al mundo de los muertos para luego ascender glorioso. La lectura mítica religiosa de este simple hecho cotidiano es tal que el espejo mismo podría significar algo trascendente: la proyección de la eternidad en la materia, de lo que se repite en el tiempo para luego volver a su verdadera identidad: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.” (1 Cor. 13, 12).

viernes, 29 de marzo de 2024

Viernes santo de reflexión. Cargo todavía con un dolor de cabeza producto de la caña de anoche, ese será mi viacrucis. La polola ya emigró con su familia. Mientras tanto, medito en la soledad de la pieza con un té de hierba, sobrio y penitente.

INRI

La inscripción INRI que fue colocada encima de la cruz de Cristo se traduce como "Jesús el Nazareno, rey de los judíos". Según el Evangelio de Juan, el acrónimo habría sido escrito por orden de Poncio Pilato para definir el motivo de la crucifixión de Jesús. Mucho tiempo después, se usaría la expresión en español "para más inri" con el mismo sentido de "por si fuera poco", es decir, para referir una situación que ya ha superado algún límite de absurdo, dramatismo o tragedia. En pocas palabras, "para más inri" equivaldría a una crucifixión metafórica, en virtud de un infortunio.

Ahora bien, hay otro significado de INRI que ha quedado relegado al plano esotérico. Aparte de su alusión a Jesús, las iniciales del acrónimo podrían significar lo siguiente, traducido del latín al español: “Por el fuego se renueva la Naturaleza”. Esta posible acepción me habla de un sentido más profundo. Puede ser el principio purificador del fuego, su ciclo de disolución y regeneración (cual Cristo crucificado y resucitado) y también puede ser el principio creador, la Palabra al comienzo, pronunciada por el Altísimo. De hecho, INRI puede tener otras combinaciones, alusivas al Reino Interior o al Nombre inefable al inicio de todas las cosas.

La cuestión es que el INRI me ha perseguido durante este último tiempo, a raíz de sus diferentes y potenciales significaciones. Bien podría entenderse que, "para más inri" hemos tocado fondo y no haya aparente salida, pero también podría ser que la fórmula "Inri" sirva para invocar el fuego que renueva, y la palabra para pronunciar las cuestiones elementales.

miércoles, 27 de marzo de 2024

Valparaíso se proyecta como el destino más visitado para Semana Santa, según dicen, aunque no se precisa si es con el propósito de una reflexión penitente o con miras al viacrucis. Lo cierto es que muchas familias y muchos amigos se enguatarán de chocolate y otros de pescado, y los más malulos, de carne roja.

lunes, 25 de marzo de 2024

Compré Diario de Valparaíso de Alfonso Calderón. Auténtico hallazgo. Referente ineludible para quienes perseveramos en la anotación rápida y en la crónica urbana. Se podría decir que Calderón fue una gran influencia. Incluso, a más de setenta años, hay cosas que él escribió que resuenan con el presente y me identifican plenamente. Rinconada tenía también la lógica del diario de Calderón y los textos estaban perfectamente señalados con fecha, en su nombre:

Valparaíso, 4 de febrero de 1950

¿Me falsifico a mí mismo en este Diario? ¿O solo se trata de un proceso de distancia entre mi yo y la realidad oscura? Sin embargo, no ignoro que jamás me dejo llevar por mi propia exaltación, con el fin de "hacer" el héroe (en la clase de Gramática, Rosales dice que dejemos de emplear este verbo "comodín"). Cuento lo que me pasa, medito sobre mi propia nulidad, y a veces no paso por listo relatando con pormenores mis fracasos".

domingo, 24 de marzo de 2024

La verdad es que nunca me lo propuse, pero al escribir crónicas sobre Valpo y desde Valpo se arma una verdadera "cartografía existencial". Hay algo en la crónica que la hace magnética, algo al paso que deja huella. Sé que las circunstancias no son las mejores, pero es como la escritura situada de Carlos León, que volvía cada vez que podía a los viejos lugares, hecho tal vez la sombra de sí mismo.

Crónica sobre Domingo de Ramos en Valparaíso: La "Jerusalén perdida".

Frente a la Iglesia de los Sagrados Corazones, había unas señoras que vendían ramos. Algunas cortaban grandes ramas que se esparcían en la vereda y otras ya tenían listos los ramos bien amarrados con imágenes de religiosos y santidades. Al lado de las señoras, también había cabros que vendían los ramos a viva voz, y se las ofrecían incluso a los vehículos que iban pasando por ahí. “A luca”, gritaban, mismo precio que el de los ramos al pie de la calle.

Pasé y no me decidí a comprar ninguna mata en especial, hasta que llegué al frontis de la iglesia. Estaba cerrada pero toda la reja de la entrada estaba cubierta por ramas, como quien pretende evocar la entrada a Jerusalén. Una señora me ofreció de las ramas que estaba vendiendo. Le pregunté si acaso iba a realizarse una misa. Dijo no tener idea. Otra señora que estaba cerca se metió en la conversación y afirmó que se realizaría una en la tarde, que se suponía en la mañana no se había realizado por un retraso del cura.

Ante la expectativa, ambas señoras comenzaron a discutir la remota posibilidad de la misa, aunque todo indicaba que no se haría, porque no había nadie esperando ni afuera de la reja ni dentro de la gruta. De esa manera, el Domingo de Ramos fue inaugurado, sin una ceremonia oficial que lo consagrara. Al menos, no una que fuera anunciada para todos. Las ramas simbolizaban el comienzo de la Semana Santa, aunque también representaban la victoria para los romanos. Jesús llegaba, según cuentan, en son de paz, pues el silencio que reinaba alrededor de la Iglesia de los Padres Franceses era la antesala de un vacío sublime, el vacío que dejó el posible ingreso inadvertido del Señor.

Cuando ya todos guardaban las cosas para irse, la señora de las ramas insistía en venderme una antes de marchar. Eché un vistazo a algunas hasta que elegí la de San Pancracio. “San Expedito”, repetía la señora. “No se preocupe, están bendecidas”, agregó, al darse cuenta que observé la iglesia cerrada. Creyó que mi intención era ir a aquella improbable misa a bendecir las ramas. Pero no. Solo quería llevarme una a la casa, recordando quizá aquella época en que era chico y todos en la familia se reunían para llevarse su matita. Se vuelve a aquella infancia como quien vuelve a una Jerusalén perdida en el tiempo. El reino de la nostalgia era tierra santa, aquella en que todos estábamos unidos.