lunes, 18 de noviembre de 2019

El sábado en la tarde, Ripley abrió. Una pura reja permitía el acceso de los pocos que por allí se asomaban tímidamente, por entre los extintos vidrios del retail que ahora figura prácticamente un bunker comercial. Al pasar por ahí, alcancé a cachar una larga fila de motivos navideños dejados en vitrina. En ellos, extrañamente, no figuraba Papá Noel. Pensar que a estas alturas del año la Plaza ya estaría llena de puestos verdes para la venta de todo tipo de artículos de Navidad, pero ahora con suerte se asoma el negocio minorista con papeletas advirtiendo "no robar acá" o bien con uno que otro grabado contra la policía, el gobierno o a favor del estallido. Recordé de pronto el titular de noticia que había salido el otro día: "Consumidores han dejado de comprar productos que no son de primera necesidad". Justo en el momento del recuerdo, una señora salió a través de la reja con un regalo entre las manos. Por la forma del envoltorio parecía un arbolito o un artefacto desconocido. Era la única persona en toda la cuadra con un regalo de esas proporciones.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Frente amplio, crónica de una muerte anunciada: Sharp renunció a Convergencia social tras decisión de Boric de sumarse al acuerdo por la Nueva Constitución. Hizo simplemente lo que tenía que hacer. "Ya conversaremos", mencionó el diputado.
A partir del ya conocido Acuerdo por la paz y Nueva Constitución, el campo de resignificación política nuevamente se da en el ámbito del discurso, partiendo por el hecho básico: cambiar la figura de Asamblea constituyente (lo que exigen las bases y los sectores de izquierda más radicalizados) a Convención constitucional (que encierra dentro de su propia semántica su carácter conservador, más apegado al acuerdo institucional que al clamor de las masas). Este solo hecho bastó para polarizar las posturas respecto a la Nueva Constitución. De modo que están aquellos que no dejan la calle y no piensan transar ni con el gobierno ni con muchas facciones de la oposición, perseverando en las consignas de justicia, en las demandas de fondo, en los cambios estructurales; y aquellos que decididamente ese 15 de Noviembre (a altas horas de la madrugada, con un insomnio que solo puede provocar nuestra democracia trasnochada), "pactaron con el enemigo", bajo la lógica del arreglo estratégico. Sobre ese punto no existen términos medios. Están los que exigen Asamblea constituyente o nada, y los que adhieren a lograr "un avance" tomando la vía de este famoso Acuerdo, pero se sabe de sobra que pactar en ese sentido sería correr el riesgo de burocratizar el asunto y perder el foco de la lucha, asumiendo que todo está "cocinado" por los colores políticos de siempre, y he aquí que surge la palabra cocina con una connotación peyorativa. Sumarse a la cocina del acuerdo constitucional implicaría, desde esta perspectiva, "venderse", pero paradójicamente, en esa gran cocina consiste nuestra democracia representativa de gourmet. La gente de la otra vereda sencillamente acusa que en esa cocina se estén preparando, (como ya lo han hecho durante la Concertación) los amargos sabores de la indolencia y de la injusticia, merced a una nueva receta para la galería pública, con ingredientes demasiado tibios para pretender que el grueso de las bases los digiera a gusto. Lo que no entienden quienes aborrecen el asambleismo o quienes, demasiado embotados con su discurso progre, se decidieron por la convención, es que aquellas bases no se conformarán con un nuevo menú cocinado de antemano, apostarán por renovar el personal completo y, mucho mejor, por cambiar la estructura misma de la cocina. Entonces, por el momento, será todo o nada. Un bien edulcorado cambio gradual de la mano de la convención parlamentaria, o una lucha sistemática en pos de un cambio total en la política chilena. En la medida que esas dos posturas permanezcan irreconciliables, la crisis se dilatará y continuará. Lo bueno de todo es que la crisis misma ha precipitado todo este escenario inaudito, valga decir, histórico. Mirémoslo, de esta forma, con optimismo.
Anoche, durante la jornada histórica, la oposición propuso una "hoja en blanco", es decir, partir desde lo que acuerde el cuerpo constituyente sin tomar como referencia inmediata la actual carta fundamental. Al día siguiente, la llamada Plaza de la dignidad apareció cubierta de sábanas blancas y con un lienzo con la palabra "Paz" desde la estatua del general Baquedano. El blanco, según Enrique Lihn, era el "no color". Desde la cultura oriental, el vacío, la nada, el color de luto. Entonces ¿Cuál es el mensaje? ¿qué tiene que ver el blanco aquí? Pues que para algunos significa tabula rasa, vuelta de página. Para otros, muerte, pacificación o, derechamente, silenciamiento. Regresar a la nada.
Cuando Mario Kreutzberger habló de hacer una Teletón simbólica, nunca pensé que se sumarían a ella sectores de la oposición y el oficialismo.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Llámenme engrupido, pero sigo pensando que lo que pasó en Chile fue la consecuencia necesaria de lo que pasó en la Gótica del Joker. ¿Recuerdan donde comienza todo? Con una balacera en el metro. En el caso de chilito, con una evasión a un torniquete.
Gravita un ánimo de incertidumbre, en particular sobre dos cuestiones: 

1.- La que ya todos saben ¿Cuál habrá sido el motivo por el que Piñera no declaró Estado de Excepción (seguramente aconsejado por Blumel) y no volvió a soltar a los milicos a las calles, abogando en cambio por la reintegración de pacos en retiro? Cuestión sucedida casi al mismo tiempo que la filtración del audio del general de Carabineros, el cual básicamente aseveraba que no daría de baja a nadie por procedimiento policial "aunque lo obligaran". 

Y 2.- La que se sabe en este momento ¿Por qué hay milicos ahora mismo recorriendo Errázuriz y desplegados en la Plaza Sotomayor, cuando hace poco Piñera declaró al país que no los sacaría? Según el diputado Ibañez, se trataría de un "desplazamiento normal de traslado logístico de personas". ¿Precisamente hoy, durante la conmemoración de la muerte de Catrillanca, a sabiendas de la animadversión reinante? 

El grado de confusión de los hechos es tal que sus cabos permanecen sueltos ante la opinión pública. La verdad, esa tregua interpretativa, resiste entre los testigos y cómplices de lo sucedido. No habrá versión "oficial", solo la versión contingente que surja al calor del descontento.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Para Lagos, los acuerdos de Piñera en materia de paz, justicia y Nueva Constitución van en el "camino correcto", pero "se acaba el tiempo". ¿En qué sentido será correcto declarar un acuerdo para la paz en ocasión que se declaró deliberadamente la "guerra"? ¿De qué forma se aplicará justicia cuando se invocó una Ley de Seguridad del Estado contra todo aquel que la reclama -llamándole delito-? ¿Cómo se acordará una Nueva Constitución desde esa trinchera, si todos piden una Asamblea constituyente y no hay articulación posible entre los poderes del gobierno y la voluntad de la gente? A Lagos, fiel sociolisto, concertacionista de tomo y lomo, le hace falta la brújula para el camino que subraya, y el reloj para el tiempo que según él acaba. Hay un talento, una capacidad sobresaliente para no decir ninguna cosa, y permanecer ahí, sereno, imperturbable. Un talento, ciertamente, político.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

El cabildo (sueño ficción)

Soñé que había en la ciudad una especie de cabildo a la altura de una construcción en ruinas a mitad de cerro, en lo que parecía ser el cerro Cárcel. Los participantes del cabildo estaban dispuestos en varias mesas largas tipo té club. La fila de mesas era tan larga que se empinaba por sobre una quebrada dentro de la propia construcción. Lo interesante era que no había un orden aparente ni un vocero específico en aquella fila. A lo largo de cada mesa contigua, harta gente se servía un banquete a la vez que discutía aspectos referentes a la política del momento. Sin embargo, no quedaba claro si se estaban poniendo de acuerdo para llegar a un consenso, razonando ciertos puntos sobre un cambio constitucional, o simplemente dirimían alguna estrategia de acción para salir a la calle. Me encontraba caminando a un costado de aquella larga fila de mesas, tratando extrañamente de buscar un cofre con votos en blanco. Hasta que, de un momento a otro, cada uno de los participantes de las mesas, se levantaban de sus asientos, se dirigían a otra parte, sacaban pancartas o bien se subían encima. Unos pocos se agachaban debajo de la mesa sin motivo aparente. El clima de repente se puso abochornado. Un sonido de alarma empezaba a conspirar desde arriba, mezcla de baliza o de pitido. En ese confuso instante, inenarrable dentro de la ensoñación, apareció un insecto gigante desde unas ruinas con ceniza y polvillo blanco. El insecto asemejaba un grillo con patas tonificadas, muy parecidas a piernas humanas. Comenzaba a saltar por sobre las mesas, invadiendo el espacio del cabildo. Los pocos participantes que permanecían allí esperaban debajo de las mesas, deseando que el bicho se escabullera. Otros, más combativos, le arrojaban piedrazos, además de proferirle imprecaciones, a esta altura, indescriptibles. Seguí al bicho impulsado por un ímpetu magnético, arrastrándome a ras del cerro a medida que la criatura saltaba por entre las mesas, evadiendo el ataque de la gente. Hasta que en el borde de la última mesa, casi llegando al plan de la ciudad, observo a lo lejos una humareda negra, evidente señal de siniestro. La gente que aguardaba la seguridad del cabildo había levantado una barricada para arrinconar al hostil grillo. Este, sin ánimo de retroceder, intentó saltar por sobre la barricada, pero, al parecer, fue interceptado en el acto. Un pitido similar al del principio indicaba que se avecinaba otro invasor, quizá de qué extraña forma. El humo negro de donde desapareció el grillo se volvía humo blanco. Cuando me veo arrastrado por debajo de una de las mesas más grandes, de pronto alguien me saca de allí a la fuerza, sin saber de quién se trata, saca de entre su ropa un formulario y un lápiz, y me obliga a firmar no sé qué cosa. Le entrego el carnet en un acto inconsciente y burocrático. La hoja del formulario en cuestión se encontraba vacía. En él se empezaba a dibujar automáticamente una misteriosa X roja.

martes, 12 de noviembre de 2019

Carrusel país: El delirio de Lena y el 18 de Octubre.

Hay una frase como premisa en esta obra: Girar, subir y bajar, resumen de la vida. La vida cual carrusel de emociones, sentimientos, aventuras, desventuras que, reunidas al vaivén del movimiento, propician la formación del teatro del mundo humano. La tragedia, así entendida, deviene la fuerza pura de la naturaleza, aquello indómito, inabarcable, por eso mismo, vital, ese “canto del macho cabrío” como celebración de una voluntad que en sí misma encarna la totalidad de la experiencia. Nietzsche, en una de sus relecturas de la cultura griega, hablaba del espíritu de la tragedia como aquel espíritu que representa una fuerza afirmativa de la vida aun en sus aspectos más abyectos, sobre todo en esos aspectos que vienen a configurar el inconsciente del hombre desde tiempos inmemoriales. Y he aquí que El delirio de Lena (2019), la última obra dramatúrgica dirigida por Carolina Aparici, y basada en su texto dramático homónimo (2017), se levanta como una ópera trágica, en el sentido de que apuesta por volverse una tragedia en su sentido más estricto, podríamos decir, originario. Es trágica no solo porque en ella la sangre, la violencia y la muerte sean motivos recurrentes, ni porque en ella el destino parece implacable para todos los personajes, sino que lo es porque, como se anotó anteriormente, concilia tanto el lado luminoso como el oscuro y proyecta, bajo esa dualidad sinérgica, el drama psicológico de un padre perdido con su hija huérfana de madre. 

En una revisita al mito de Electra desde una mirada sumamente contingente y atingente al estado de cosas, El delirio de Lena se propone indagar en la herida abierta de la sociedad desde su núcleo duro: la familia, o, mejor dicho, lo que queda de ella, la ruptura, la llaga que le pertenece también al individuo y que lo configura como sujeto desecho, sujeto a sus desechos. Hay en esto una preocupación social que se asocia mucho a Radrigán con su teatro consciente. Recuerdo que el primer acercamiento a la representación teatral de la obra fue el 18 de Octubre en el Teatro IPA de Valpo. Ese mismo día, una multitud de jóvenes decidieron evadir diversos metros de Santiago, gatillando el posterior estallido social por todos conocido. Conversé con Carolina, y decía que no fue casual que el debut de Lena fuera justamente ese día. Se trataba quizá de una “coincidencia cósmica”, merced a los tiempos venideros. Y si lo vemos en perspectiva, podría ser un indicio perfecto del Kali Yuga, la época del conflicto y la confusión según la cronología hinduista. Basta con conectar los referentes de la obra con lo sucedido en Chile para interpretar este punto: Por una parte, el padre alcohólico, que podría simbolizar la figura de autoridad (política), sufre de una ambivalencia moral en el hecho de querer proteger a su hija pero, al mismo tiempo, reprocharle la muerte de la madre. La hipocresía del padre vendría siendo la de la autoridad completa: vigilar y castigar, dar y a la vez quitar, doble vínculo enfermo que supone la dependencia del vástago y su anulación constante como sujeto de voluntad y criterio. Por otra parte, Lena, la hija, pasaría a simbolizar a la sociedad, pero a aquella facción invisibilizada de la sociedad, que resiste los embates del sistema pero que, a la vez, los desea y, en cierto modo, necesita, confundiendo su pulsión de Eros con la de Tánatos. Su deseo del padre deviene dolor en la medida que lo siente ausente, esquivo, decadente, a ratos, hostil, falto de confianza, de orgánica. Pero su deseo siempre es más fuerte, porque, bajo la premisa trágica de la obra, Lena se arrastra hacia él cual fuerza de la naturaleza, sin la reflexión necesaria, solo dejándose impulsar por un hervidero de emociones encontradas y en disputa que se resuelven sobre la marcha y de la peor manera, como vemos durante el desarrollo de la obra, en el odio constante al padre, su escape hacia la calle, su relación efímera con un extraño y la posterior escena de ejecución. Matar al padre también sería un postulado del complejo de Electra, si no fuera porque ese padre, en sociedad, solo encarna un conjunto vicario de caracteres dominantes. Liberarse de ese yugo sería liberación, pero a la vez, abandono, nihilismo. Nada acaba realmente. Todo recién comienza. La sangre en el carrusel gira, sube y baja. La sangre que la hija arrastra consigo. La sangre del otro que es también la suya. 

Después de todo, el delirio de Lena encarna el drama colectivo en su conjunto. Se refiere a Ernesto, el padre y Lena, la hija, en su relación, hasta cierto punto, incestuosa y parricida, pero también se refiere a ti, a mí, a los tuyos, a cada uno de los desplazados por un sistema enajenante que siempre hace la vista gorda y los oídos sordos. Una máquina de producir bastardos que solo le interesa jugar al juego de la humillación y la postergación. Por eso, para dar cuenta de esta realidad, la obra no se propone transgresora solo en el contenido, sino que también en el aspecto de la forma. De partida, el tiempo lineal aristotélico no existe acá. Todo es un caos temporal, sin dejar de lado la coherencia interna de los acontecimientos. Los capítulos parecen casi obras en sí mismas, articuladas por una voz en off (¿la propia Aparici?) que rezuma una atmósfera envolvente cual presencia más allá de la diégesis. En el texto, el pasado, el presente y el futuro están señalados, pero es el lector el que tiene que reconstruir la lógica de la secuencia. Al momento de visualizarla en escena, esta digresión cronológica se encausa con un poco más de sentido, merced a la acción y a la cambiante escenografía que muta según sea el contexto espaciotemporal de cada capítulo. Y es en esto de la acción que acierta bastante, porque una de las más arriesgadas propuestas de El delirio es esa: emprender un teatro en movimiento que va más allá de la diégesis del escenario y baja hacia el público para hacerlo también partícipe de la ficción de la obra. De hecho, aquel 18 de octubre muchos espectadores quedaron sorprendidos ante la irrupción de algunos personajes como la propia Lena escabulléndose por entre la gente, y Ernesto que la perseguía, preguntando incluso a algunos de los presentes si la habían visto. También destacaron en ese punto el Señor X, quien luego de conocer a Lena comienzan a contraer un deseo mutuo, algo volátil, pero recíproco. El Señor X con Lena bajaban también en varias ocasiones hacia donde estaba la gente, buscándose, encontrándose, volviéndose a buscarse, hasta perderse, y así. En ese ir y venir, en ese girar, subir y bajar –como reza la propia obra- se hallaba el verdadero carrusel. El delirio iba más allá de Lena y ya le pertenecía al propio público, testigo del carrusel trágico, incluso cómplice voyerista de su movimiento circular y ondulante. Apenas volvían de aquella instancia de frenesí, y ya concretado el sangriento clímax, el telón iba cayendo de a poco ante el público ensombrecido, todavía demasiado obnubilado por la visceralidad de los hechos y el dinamismo de su estructura interactiva hasta el punto del desquiciamiento. Un video proyectado a modo de cierre servía de epílogo audiovisual para un delirio de proporciones. Al salir de la función en masa, en los medios se informaba sobre la quema de varias estaciones de metro, incluyendo el edificio ENEL y una sucursal del Banco Chile. Santiago ardía. Todo había sido subvertido. El país mismo se había visto aquel carrusel. Girar, subir y bajar. Entropía y renovación.