En Chile no puede haber un día del rock chileno simplemente porque en Chile no hay algo llamado "rock chileno". Fin de la historia. Con esto no quiero decir que no haya rock, que no haya bandas que toquen en formato rock, (claro que las hay, muchas geniales, otras muchas mediocres) sino que las bandas que acá nacen y se desarrollan se desmarcan de lo homogéneo de la etiqueta. Y qué bueno que así sea.
viernes, 6 de julio de 2018
Siempre me imaginé a Super Taldo como un traductor incomprendido. En la mítica entrevista de Bernando de la Maza, si uno hila fino y escarba entre medio de las chuchadas y groserías involuntarias de Agustín Arenas, se puede apreciar su afición por la escritura. Confesaba tener una compulsión enfermiza por escribir, "papel que fuese lo llenaba de texto". Para él, según su testimonio, copiar argumentos de películas era una manera de darle una dirección, algún equilibrio a su discurso, a su mente. En medio de exabruptos daba a conocer incluso su proyecto de novela, llamada precisamente Super Taldo, un seudónimo para hablar de Hugo Montaldo, su personaje principal, "famoso en el mundo entero como extirpador de malhechores y delincuentes". Soñaba con una escritura que reflotase a una suerte de héroe. Su síndrome no era tan solo una condición, era un campo de batalla. Fuera de hueveo, sería genial dar remotamente con algún manuscrito de Agustín Arenas. Sin llegar a leerlo, uno ya puede elucubrar más o menos la forma y el fondo de esas hojas desprolijas, llenas de garabatos pero también, a su vez, llenas de genio. ¿Cómo combatir el exabrupto y pese a eso seguir escribiendo? Preguntas que se le podrían haber hecho a Super Taldo, pero que en realidad se le podrían hacer a cualquier escritor. Meterse en el oficio no es otra cosa que combatir las imperfecciones del propio lenguaje. Hacer suyo el garabato, encarnarlo, para luego sublimarlo.
jueves, 5 de julio de 2018
miércoles, 4 de julio de 2018
Me he estado acordando harto del episodio Hated in the nation de la tercera temporada de Black Mirror, últimamente. ¿Qué pasaría si el día de mañana, ciertos personajes que se han vuelto trending topic, luego de una masiva funa virtual y de la viralización de un hashtag de odio o repudio en su contra, amaneciesen muertos, despedazados por un enjambre de abejas metálicas hackeadas y manipuladas por un oscuro Mr Robot, que pretende dar una lección moral a medio país a raíz de su llamado "juego de las consecuencias"?. El episodio, aunque exagerado, no resulta tan inverosímil, e invita, desde la perspectiva del hacker, a repensar el fenómeno de los haters vía redes sociales. Estos serían víctimas y, a la vez, cómplices del macabro juego de las consecuencias. La treta en el capítulo invita a reflexionar lo siguiente: en qué medida Internet se volvería un campo de batalla entre un bando moral y otro; en qué medida se estaría dispuesto a adherir a cierta trinchera con tal de ganar un espacio dentro de la opinión mediática, aunque eso implique destruir a su paso unas cuantas reputaciones. La conclusión en el episodio, eso sí, es totalmente inesperada: los pequeños sicarios metálicos acaban también con cada una de las personas que se manifestaron virtualmente en contra de los sujetos que en un principio fueron funados por tal o cual motivo. Como un titiritero maligno, este Mr Robot oscuro lleva aún más lejos su juego de las consecuencias. Plantea que el odio se vuelva contra los propios usuarios, en una suerte de karma que no discrimina a nadie. El precio que se paga por tamaño ajusticiamiento es mayúsculo. Para este hacker, no habría real equilibrio en esa justicia, sino que un indefinido choque de fuerzas, de voluntades que rompen el límite del otro hasta que alguna de ellas ceda en algún punto. La ética no sería otra cosa que esa frontera orgánica entre la integridad y la aniquilación, mediada por el siempre incesante trato con ese otro, a veces abierto al mundo, a veces cerrado por intransigencia.
Soñé que estaba detenido. No recuerdo el contexto. La sensación era la de no saber la causa. Extrañamente rejas adentro no había nadie que vigilara. Incluso hasta se podía salir. Así lo hice. En una esquina había dos efectivos. Algo me decía que pese a esa libertad no podía salir arrancando. La afirmación psicológica de alguna condena kafkiana. Avancé más allá y en un paseo había una chica de onda rastafari. Era de noche. Estaba contando unos billetes entre medio de unas cartas. Pese a la oscuridad, el tránsito alrededor no cesaba. De un momento a otro, nos encontramos conversando. Decía cosas ininteligibles, o tal vez cosas anodinas, mundanales, para prolongar el hilo de la conversación. La cuestión es que no logré retener ninguna de las palabras compartidas esa noche. Solo reaparece de tanto en tanto su cabellera de rastas, negra azabache, algo azumagada, confundiéndose con el tono de la atmósfera. A medida que esa escena muda avanzaba, la sensación en el corazón de la calle era la de algún motín o redada policial. El aire estaba convulso. A lo lejos, desde el lugar donde salía, se formaba una niebla. Algo me decía que debía volver. Estaba detenido en teoría, pero no en la práctica. Los efectivos no parecían darse cuenta, demasiado enfrascados en su inercia. Entonces caminé de vuelta por el paseo. Su forma era similar a la de plaza Italia. No quería volver, pero algo me impelía a regresar. Algún mandato onírico, alguna señal. Todo permanecía oscuro, con la salvedad de que al regresar al sitio cero de la detención, el zafarrancho de la ciudad iba disminuyendo progresivamente, hasta volver a la quietud parsimoniosa del principio. Desaparecían también los efectivos. Solo quedaban la entrada del calabozo y la bruma de la calle que inundaba su contorno. Ninguna otra cosa ocurrió. El momento de la indecisión, tan impreciso como inenarrable, significó a su vez el final del sueño.
domingo, 1 de julio de 2018
Imaginacción
Imaginacción es el nombre de la agencia comunicacional encargada de asesorar a empresas y personas del medio público que pasan por episodios críticos. Fue fundada por el ex ministro de Aylwin, Enrique Correa, y funciona con la mayor confidencialidad posible, prestándole ropa y lavándole la imagen a medio mundo. Por medio mundo entiéndase miembros de las Fuerzas Armadas, sacerdotes católicos, ex ministros en investigación e incluso personajes televisivos como Herval Abreu. A la parrilla se suma ahora Nicolás López, acusado de acosos sexuales por un gran número de actrices que en su momento trabajaron con él. La respuesta de la agencia frente a los medios fue rotunda: declararon que todas las denuncias en contra de López fueron sacadas de contexto. Todo parece indicar que ninguna de las partes implicadas va a ceder en su versión de lo ocurrido. Y para eso está precisamente Imaginacción, para dar la cara por los sujetos envueltos en la madeja de sus propios intereses. Requerida como agencia mercenaria, invocada como deus ex machina, es el lobby secreto de nuestro pequeño universo mediático. Su nombre no puede ser otra cosa que un oxímoron, una contradicción simbólica.
sábado, 30 de junio de 2018
Dos anécdotas con Kafkita durante y después de la presentación de "Nietzsche, un pensador póstumo" de José Jara:
1.- A modo de remate, la hija de Pepe Jara dio un emotivo discurso sobre la vida y la muerte. Su voz denotaba afectación. Luego, interpretó una pieza de teclado seguido de un arreglo musical con pie de cueca. En la parte que se suponía el público levantara las palmas, y se viera embargado con el ritmo, nadie atinó a nada, estupefactos, o tal vez, demasiado compuestos para la ocasión. "Es que son la mayoría eruditos" decía K, cuando se decidía a sacar dos tiempos con las palmas de las manos. Le seguía la corriente esperando que el sonido de esos dos pares de palmas contagiara al resto en un efecto dominó. (como suele suceder cuando alguien irrumpe con un aplauso y el resto le sigue aplicando la teoría de la imitación social). No hubo caso. El público permanecía sentado, únicamente escuchando la fiesta sonora en total pasividad. Solo terminando el show, y con las palabras de Warnken al cierre, eruditos y neófitos comenzaron a aplaudir de manera unánime en una especie de reacción en cadena.
Kafkita recordó una frase sobre la extrañeza pronunciada por el Pancho Sazo. "Algo que te recorre el sistema nervioso. Algo diferente del asombro". También algunos apuntes sobre lo intempestivo en Nietzsche planteados por Martín Hopenhayn. Se suponía que la extrañeza y lo intempestivo se manifestasen allí, en los asistentes, durante el íntimo show de la hija del Pepe Jara, pero ni el martillo filosófico ni el espíritu de lo dionisiaco supieron inspirar un mínimo de desenfado en ese séquito formal. "Pero si Nietzsche hablaba de bailar, de la música y esas cosas. Y estos ni se mueven", repetíamos. El meta discurso vitalista, presente allí como fuerza latente, no consiguió remecer a nadie, en la práctica. Dios había muerto, y con él la tan bullada voluntad de los entusiastas.
2.- A la salida, tomando un café, y comprando algo pa la choca, le recordé a Kafkita un cuadro en donde aparecía Platón señalando hacia arriba y Aristóteles hacia abajo, en una gran ágora llena de filósofos. La conversación salía a flote en una discusión sobre la metafísica. Ninguno de los dos se acordaba del nombre del cuadro ni del autor. "¿No será Donatello?", se preguntaba ella. "¿O Miguel Angel?". Dos autores renacentistas salían al baile. Había certeza de que eran de esa época, pero no se sabía quién, exactamente. De pronto, surgía una asociación inesperada: "Fíjate en sus nombres. Deben ser algunas de las Tortugas Ninjas". Una referencia pop, en medio de la bruma filosófica. Nos cagamos de la risa. Después, al ir bajando a tomar la micro, un loco hablaba a toda pala por celular, profiriendo garabatos y chuchadas. K quedó mirando y dijo: "No ves? A eso me refería. Puro mundo".
Para el momento de la despedida, ninguno dio con el nombre del autor del famoso cuadro. Dos horas después, K mandó un mensaje confirmando que el pintor de La escuela de Atenas era Rafael, Rafael Sanzio. Era evidente. Era una de las Tortugas Ninja. "Y recuerda que tenían como guarida una alcantarilla, en el bajo mundo", comentaba ella. "simbolizado en la palma descendente de Aristóteles".
"Profe, mire pos, se están comiendo ahí ¿y no les va a decir nada?", se cuestionaba la chica revoltosa, refiriéndose a una pareja de cabros que estaban a la entrada de la sala de computación, abrazados, muy cerca de la pared. El chico de espalda solo miró hacia atrás, de reojo y siguió con lo suyo. La chica contra la pared, en cambio, asustada, se separó al toque y, justificándose, dijo: "No es lo que parece".
viernes, 29 de junio de 2018
"¿De qué nos sirve leer tanto?" preguntaba un chico durante la prueba coef 2 al notar su longitud. "¿Qué onda? ¿Nos tiene mala? ¿Nos quiere rajar?" se cuestionaba otro, siguiendo la inquietud del anterior. Una chica de más al fondo, sin molestarse en esperar la respuesta, dijo alto y claro: "Pues para poder aprobar pos aweonao". Risas. La alusión era práctica, y denotaba la urgencia de la mayoría por una lectura instrumental. La más matea, al fondo de la sala esta vez, le gritaba que para "entender". "Porque no basta solo con leer, tení que entender lo que leí poh". Otra alumna trataba de seguir la idea de sus compañeros, la idea del fin de leer, su fin perentorio. "Pero si ya sabemos leer, con eso basta". Su compañera matea insistía en que eso no era suficiente. Que hacía falta "hallarle la gracia". Salía al paso de repente la chica solitaria, salvando la situación, y preguntaba por una viñeta de un comic del Popol Vuh que no supo asimilar: "Por más que lo leo, no me hace sentido. Aunque le encuentro un aire al Génesis". Su rostro denotaba un nerviosismo creciente. Para ella, la resolución de ese ítem, asociado al mito, debía pasar por el cedazo del sentido, de lo contrario, su lectura en sí misma lo perdería. Pero ella en el fondo también quería resolver ese impasse comprensivo, tal como el resto de sus compañeros, para poder al menos salvarse con una nota decente. Cuando hubo terminado la prueba, y el resto seguía calentándose la cabeza con los tres textos dispuestos para el extenso examen, la chica solitaria entregó su prueba y preguntó si acaso podía sacar su celular. En la pantalla, de forma subrepticia, se alcanzaba a notar un texto de Blue Jeans, "La chica invisible". Ella sonreía tranquilamente al ir tocando la pantalla para cambiar de página. No es que lo útil se subordinara al sentido. El texto, su lectura, debía servir a cierto fin emergente. Hay lecturas por placer, y hay lecturas por deber. Entre ellas media una frontera, un límite clandestino, a veces invisible, entre el oficio y la pasión.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
