Pasando por Condell me encontré a una alumna del dos por uno en una heladería. Al principio no me reconoció, ya que me había ofrecido una crema de merengue como a los tantos clientes que pasan por ahí. Luego me acerqué a ella, me saqué los lentes de sol, y nos saludamos de manera efusiva. Le pregunté que cómo estaba, y desde cuándo estaba trabajando ahí. Ella me contestó que hace poco más de un mes. Extrañaba a las tías del instituto. Decía que había pasado por ahí el año pasado, en más de una ocasión, y ya no había encontrado a nadie de los antiguos. Luego, me preguntó si seguía allí en el dos por uno. Le dije que no, que me había ido, obviando con sutileza los detalles. A ella no parecía importarle. Incluso agregó que había sido para mejor retirarse de ese instituto, puesto que no era muy bueno. Me sorprendía su honestidad a la vez que su transparencia. Cosas que corrían solo como rumores, y tratos que funcionaban solo como protocolo, dentro de los muros de la institución, ahora afuera, en la calle, en el anodino espacio de la heladería, cobraban una vida y un ánimo desenfadado, libre de sujeción. La chica reiteraba lo contenta que estaba de haberme visto. Le replicaba, por mi parte, lo alegre que me había puesto la sorpresa de su encuentro. Me siguió preguntando sobre la pega. Le dije que comencé a trabajar en un colegio, cosa que ella asintió en un instante. "Mejor, profe. El colegio es distinto. El dos por uno era un puro trámite". Pese a la realidad, sugería que el colegio era mejor destino que aquel instituto, proceso que ella tuvo que pasar quizá dadas las circunstancias y muy en contra de sus deseos. Y lo decía ahora en señal de empatía con su antiguo profesor, fuera de las reglas que hubiesen impedido delinear esa espontánea deferencia. Era hora de despedirse. Ella lo hacía con una sincera muestra de afecto, no sin antes ofrecerme la última crema de merengue que le quedaba. Un abrazo grande sellaba el reencuentro, un abrazo sincero, extra curricular. Sencillamente humano, azaroso.
martes, 17 de abril de 2018
Se presentó un estudio en EMOL hecho por Tren Digital y Media Interactive sobre cómo se imaginan el futuro los chilenos. Mucha Tele. O, más bien, poca novelística. Según el sondeo, una gran mayoría confía en la capacidad de la inteligencia artificial para realizar tratamientos de enfermedades y para negociar con el uso de drones que entregarían bienes y servicios a domicilio. Inclusive sostienen que futuros robots pueden perfectamente reemplazar a trabajadores en determinadas áreas específicas. Sin embargo, descreen casi por completo en la posibilidad de que los modelos señalados adquieran alguna clase de sentimiento humano. Solo un 35% piensa que podrían existir robots con emociones en el servicio al cliente; y solo un 35% preferiría tener relaciones sociales con un sistema de IA antes que con un humano, digamos, real. Al análisis de este resultado, un tal Daniel Halperan sugiere la esquizofrenia digital, la pugna entre la sensación de protección que ofrecería el autómata y la ingente falta de control sobre su creciente autonomía. De nuevo, el abismal tema de la conciencia, que toca fondo en lo que refiere a la tecnología y sus creaturas. La conciencia en la actualidad, y a juzgar por lo dicho, provoca un dilema fatal, uno de proporciones. A este punto, pareciera que los chilenos no hubiesen visto nunca Her o Ex Machina. Será que aún no se asimila del todo el imaginario distópico de occidente y, en cambio, se sigue apostando por un “cyber utopismo”, la idea de un progreso indefinido asociado a un creciente espíritu transhumanista, la cara cibernética de unos “tiempos mejores”. Dentro de este futuro chilensis de ciencia ficción, la realidad sería la pura copia digital del Edén. De ella saldría únicamente un desfile de empleados perfectos, abriendo a sus anchas las alamedas virtuales por donde pasaría el último hombre, el hombre máquina, sin otra memoria que la de su aceitado sistema operativo y ya sin otro sueño que el de su automatización definitiva.
sábado, 14 de abril de 2018
Una conversación el otro día en el coleto subiendo por calle Antonio Varas, entre dos colegialas del King Edwards Media. Decía más o menos así:
-Oye, ¿estás haciendo científico humanista?
-Sí pos
-Tenía entendido que solo ellos tenían filosofía. ¿Y qué les pasan?
-No sé, tenemos un profe terrible hippie, que solo habla de un tal Nische.
-¿Y quién es ese?
-Un filósofo alemán que decía que había que cuestionar los valores, que había que pensar por uno mismo, "con el martillo".
-Jajaja ¿cómo así con el martillo?
-No sé, pero el viejo es demasiado hippie, como que ya hemos estado casi un mes con puro Nische, y quiere que pensemos como él, y yo ni ahí. igual en todo caso piola el profe, no es pesado ni nada.
-Yo tengo uno, también de filosofía, pero estamos viendo eso de la lógica, las falacias, silogismos....
-¿Aristóteles?
-Sí, ese, y este viejo nos pide argumentar sobre temas actuales casi todas las semanas.
-Aristóteles es cuático.
-Sí, pero es chévere, lo malo que el profe que lo enseña es terrible exigente. Lo único sí que es seco.
-Bacán.....
-Ya bajémonos, hueona.
viernes, 13 de abril de 2018
Desde la sala de profes, se oía el llamado de la secre. "Profe Gabriel, arcángel, venga ahora". Los colegas presentes, que no habían dicho nada, en total mutismo, ahora miraban y expresaban un breve sonido de alerta, como ante una noticia escabrosa. Al cruzar el umbral que da de la sala hacia la oficina, la secre me solicitaba asiento. La colega junto a la puerta la había cerrado de manera intempestiva. Una vez dentro, comenzaba a hablar la secretaria, soltando el secreto: "Usted se supone que es profe de Media y está haciéndole clases a Básica. Todo bien hasta ahí". Sin siquiera llegar a entender todo el motivo, intervengo y le replico con un "pero". El infaltable pero cuando se trata de cuestiones relativas a la pega, y sobre todo cuando estas cuestiones vienen seguidas de una citación personalizada, hasta cierto punto preñada de suspenso. La secretaria, al notar el pero, no tuvo más que ir al grano y largar la firme. "Pero para poder hacer clases necesita una autorización, que ya se la acaba de realizar el director. Aquí está. Firmela y deberá enviarla al Departamento Provincial de Educación de Valparaíso". La sospecha había devenido hecho. Ahora para asegurar mi estadía en el colegio debía nuevamente firmar otro papel, otro documento vicario que hablara por mi razón y que sirviera de garantía imaginaria. La secre, notando mi rostro de preocupación, continuó explicando: "Ojo, profe, el documento tendrá que enviarlo al Departamento, ese que está en Viña, en el plazo de diez días. Le advierto que si se pasa de esos diez días, quedará nulo para el sistema (sic). Tendremos que buscar otro profesor". Escuchando todo lo que la secre me tenía que decir, y la nueva misión que me había sido encomendada para permanecer en la peguita, no atiné a otra cosa que a sonreír. "Pues así es la burocracia, digo, la democracia", le dije a ella, quien, pese al grado de seriedad de lo que había explicado, se mostró de lo más natural. No le quedó más que sopesar la afirmación con una sonrisa. En el instante en que iba a sacar una fotocopia en marcha, agregó: "Y antes que se me olvide. Deberá pasarle al Departamento la autorización que acá le dimos, y ellos le entregarán una oficial, que no recuerdo si era pagada o gratuita". Resultaba que, por si fuera poco, también estaba la posibilidad de tener que pagar por ser autorizado. Ridículo. "¿Cómo? ¿Y ahora más encima pagar para poder trabajar?". La secretaria, bajo el evidente cuestionamiento del trámite, respondió en un tono irónicamente optimista: "Pero recuerde que podrá compensarlo con los bonos del Estado". Al terminar de delinear la última firma de la autorización, le entregaba el lápiz de vuelta. Antes de salir de allí, volvía el rostro en señal de no entender nada. La secre seguía con su expresión parsimoniosa. Regresaba a la sala de profes, a través del umbral, esta vez con la solicitud de autorización en mano. El mutismo de los colegas se volvía cómplice.
miércoles, 11 de abril de 2018
Operación Deyse
Sin previo aviso, cuando proyectaba la película de Miyazaki en clases, un timbre largo, seguido de unos estruendosos campanazos en todo el colegio. Los cabros salieron corriendo en dirección al patio en desorden y en un acto casi automático. Los alcanzaba a atajar justo cuando reaccioné apenas a tan inesperada situación. De esa forma, iban con premura hacia el centro del patio para formarse, chacoteando y jugando en el camino. “¿No se acuerda de la operación Deyse, profe?”, me decía uno, el más risueño pero revoltoso. Otro a su lado preguntaba a quién se refería, y quién había inventado tal operación, si acaso una tal “Daisy”. Duda que yo también acarreo desde chico, por cierto. Siempre pensé que se trataba de alguien con ese nombre, cuando en realidad la palabra es un acrónimo de "De Evacuación y Seguridad Escolar", una referencia, por supuesto, mucho más rutinaria y menos significativa. (Recuerdo, de hecho, que para la práctica final ocurrió algo similar. Había que evacuar la sala al sonido de una alarma. Lo raro y azaroso fue que, de vuelta a la clase, ocurrió realmente un breve temblor. Los alumnos se preguntaban cómo el temblor había ocurrido justo después de haber simulado una evacuación, como si la tierra se estuviese burlando del colegio y sus protocolos).
Una alumna, antes de llegar al patio, donde ya todos los otros chicos se formaban bajo la tutela de los profes, comentaba con otra el temblor de la mañana. Remarcaba lo fuerte que había sido. “El temblor re fuerte oh. No pude dormir nada. Me despertó súper temprano”. La compañera, por su parte, le asentía, pero riéndose por el hecho de que el temblor le había servido de despertador. “No veí? Diosito te quiere despierta”. Ambas seguían echando la talla, hasta que llegaron a donde todos se encontraban. En ese momento, aparecía por el costado la profe de parvularia, bien prolija, totalmente ordenada, con los cabros chicos detrás suyo, también marchando en dirección al centro del establecimiento. Se dio cuenta que no llevaba el libro de clases entre las manos. Lo notó de inmediato y preguntó: “¿Oye, y tu libro de clases? Búscalo, te pueden retar”. Lo decía, en todo caso, con evidente simpatía y tranquilidad. Atiné a mandar al chico revoltoso del principio a buscarlo. Este partió en un dos por tres a la sala y lo trajo rápidamente.
Por extraño que parezca, no conseguía que los cabros formasen una maldita fila, solo estaban unos con otros, de frente al promontorio donde iba apareciendo la inspectora para dar una información. Mientras estaban así, seguían cuchicheando. Uno que otro hueveaba notando lo sorpresivo del asunto, y lo desprevenido que me había tomado. “Quedó cachúo”, le dijo un chico a otro, pronto a poner atención a los dichos de la inspectora, procurando a duras penas que guardaran silencio. Ella, con micrófono en alto, comenzaba a remarcar el hecho de que toda la operación se trataba solo de un simulacro. Les recalcaba, además, a los cabros, con cierto ánimo de reprimenda, que el tiempo de evacuación había sido demasiado largo. “Dos minutos, y eso ya es demasiado. Para la próxima debe ser de un minuto y medio. Ni un segundo más. Ni un segundo menos”. Más atrás, un par de chicas comentaba que quería volver a la sala. Victoria pírrica. Se habían quedado pegadas con la película y el simulacro les había cortado la inspiración. Otros, en cambio, buscaban que la cuestión se extendiese lo más posible para sacar la vuelta, pero, de todos modos, entusiastas con el visionado de la película, que ya, a estas alturas, había sido lo único exitoso de la jornada.
Al terminar de explicar las circunstancias y los deberes en relación a la operación Deyse, la inspectora se refirió a los profesores. Levantó un libro que ella guardaba entre manos, en evidente señal de que los colegas se hicieran presentes, levantando también, en un acto reflejo, sus respectivos libros de clases. Todos los otros profes, como era de esperarse, lo hicieron en el instante. Le seguía yo justo al último. Había pasado piola, porque la inspectora ni nadie de los grandes lo había notado, pero los cabros sí. Y se rieron con el hecho. “¿qué onda profe? Tiene que levantar el libro pues”. “¿No se acuerda de la operación Deyse?”, repetían sin cansancio ante la inesperada reacción de su profesor. Me las saqué diciendo: “El temblor de la mañana me había dejado aturdido”. Los chicos se quedaron callados, en señal de obtuso entendimiento, o bien, en señal de que el gran simulacro estaba por acabar. El sentido de la operación era emular una situación hipotética de terremoto. Y como tal, debía realizarse de modo que fuese lo más imprevisible posible. Pero no contaban con que olvidara por completo el modus operandi. Era cosa de acordarse del movimiento de tierra matutino, y luego, internalizar la regla de tal manera que, durante la jornada, el simulacro no resultase del todo fortuito. Sin embargo, la simulación había llegado en forma de réplica disciplinaria. Era producto de una medida de la cual no estaba enterado pero que, pese a todo, me incluía. Los únicos al tanto de la situación, aunque suene paradójico, eran los propios cabros, que no paraban de recordarme el absurdo de recrear un evento completamente ajeno a la voluntad pedagógica.
Ya a la salida, estaban el director y la secretaria en la oficina. Les comentaba que la operación Deyse me había tomado por sorpresa. Y que, por eso, la salida de los cabros había sido un tanto abrupta. “De eso se trata”, decía el director, con un gesto tan despreocupado que parecía obviar lo engorroso de la simulación. Por su lado, la secretaria respondía de vuelta, diciéndole que, pese a ser un país sísmico, no tenemos cultura sísmica. El director sonreía, mirando hacia el exterior de la ventana. Un nublado inexorable.
lunes, 9 de abril de 2018
El sábado en una capacitación del Preucv me enteré de los cambios estructurales a la PSU de Lenguaje. Trasladaron la introducción a la prueba desde el módulo de Lenguaje y Comunicación hacia el de Comprensión y Producción de textos, con el fin de que este último módulo fuese exclusivamente dedicado a reforzar el uso de conectores, el plan de redacción, el léxico contextual y la comprensión lectora en sus doce habilidades. Por ende, todos los contenidos mínimos como factores y funciones, actos de habla, comunicación verbal/no verbal, tipos de textos, fueron situados en el primer módulo junto al trabajo con los textos literarios y medios de comunicación de masas. Aparte de estos cambios, el más inaudito, sin duda, fue el de la eliminación de las épocas literarias, priorizando, en cambio, las clases sobre mundos literarios y temas recurrentes de la Literatura, de modo que todo lo referente a esta aflore de manera transversal y en relación directa con los tres grandes géneros: lírico, narrativo y dramático. Con esto, dicen adiós a aquellas sesiones dedicadas al neoclasicismo, al romanticismo, al realismo, al naturalismo y a la literatura contemporánea. Incluso adiós al apartado de interpretación y crítica. Chao referencias de libros rebuscados. Chao agujero del tiempo entre autores y movidas. Todos los ismos históricos son desplazados para pasar a formar parte del trasfondo pragmático de la prueba.
Un loco, durante la última patita de la capacitación, le preguntaba a la coordinadora académica precisamente sobre aquel punto, y decía darle la razón en lo que atañe al objetivo y a los lineamientos de la PSU, que miden únicamente lo que ellos llaman "habilidades", no conocimiento específico, ni mucho menos bagaje literario, el cual de repente puede que aflore como dato freak o sugerencia curiosa para los lectores facinerosos, contenidos detrás de un corpus meramente funcional. Se podía estar de acuerdo en que la enseñanza de las épocas literarias, digamos, el método historiográfico de la enseñanza de la literatura, resulta ineficiente en relación al formato y al tiempo destinado para la consecución del programa PSU, pero no se podía decir lo mismo respecto a su necesidad o relevancia en general: ¿qué se requiere que se sepa, finalmente? ¿acaso el contexto de producción de Madame Bovary ya no es suficiente para hablar de la estructura de la familia? ¿Acaso los escenarios futuristas de Philip Dick pueden mermar el concepto de futuro de los postulantes? ¿Las vanguardias, pese a su rupturismo, ya no son tema? ¿La estrecha relación entre lo gótico, lo romántico y lo político no ayudará a nadie a decidir sobre nada? ¿La interpretación y la crítica no son sino una disciplina reservada para "especialistas"? Cada una de estas preguntas solo podía ser respondida con un gesto displicente, en el momento que, después de una larga espera kafkiana, la coordinadora nos invitaba a subir nuevamente al salón inicial, para rematar la jornada con una charla de finalización que nunca ocurrió. No hubo preguntas ni inquietudes una vez expuesto el nuevo programa. No cabía allí otro apartado que la mudez.
jueves, 5 de abril de 2018
Ready Player One
Igual lo mejor de Ready Player One, al margen del ya típico reciclaje del viaje del héroe, fue la alusión constante a la retromanía postulada por Simón Reynolds, en específico, las referencias a la atmósfera ochentera en la música y el imaginario cinéfilo, y, por otro lado, el rescate del mundo de los videojuegos como clave narrativa y elemento emocional. Hay algo en las películas sobre videojuegos, sin embargo, que no termina de cuajar, porque el asunto para el gamer clásico, desde su óptica de nostalgia, no era tanto el sentido de la trama como la emoción y el desafío de la jugabilidad. No importaba en aquellos tiempos cuán compleja fuera la estructura del juego, con tal de que te hiciera adicto y te volviera a temprana edad un yonqui de la pantalla y de la consola. Es cosa de pensar en los legendarios cartuchos de la NES o luego en el popular cd de la Play, que podía hasta ser pirateado con tal de maximizar el catálogo de juegos mediante una sencilla pero efectiva distribución de la memoria. Estoy hablando en este caso de las videoconsolas de cuarta o de quinta generación, (Nintendo, Play Station, Dreamcast, etc) no de las de la nueva generación siglo XXI, que ya han logrado difuminar cada vez más el límite entre lo real y lo virtual, con definiciones gráficas hiperrealistas y dispositivos tecnológicos bastante similares a los de Existenz de David Cronenberg.
El prejuicio sobre el formato de juego de antaño retrotrae a la memoria esa ligazón con la cultura pop y el cine palomitero. Pero el videojuego también guarda dentro de sí la posibilidad del relato, de la narrativa abierta a la lectura y la experimentación, no solo a la conclusión prefijada, como en el caso de la modalidad RPG, que vendría siendo lo más cercano a la experiencia del rol y del avatar adoptado por Spielberg para armar su rimbombante cuento de hadas ñoño. Tanta es la influencia del RPG en la nueva percepción y sensibilidad que se desmarca del mero acto lúdico para pasar a formar parte de la sensación generalizada de toda una época. Una verdadera fantasía final. Un auténtico cruce del tiempo. Uno podría decir perfectamente: este es solo un avatar, un montón de bits y de bytes, pero llega un punto en que esa aseveración se vuelve una interrogante, y se presenta entonces un punto de indeterminación en el que se hace difícil discriminar si eso que llamas un avatar es tan propio como aquello que llamas tu propia personalidad fuera de la máquina. De ahí la necesidad de cuestionarse ese ingente paso de la pura representación visual de las viejas consolas a la despersonalización completa de las nuevas, que desemboca a la larga en la ilusión escapista de una tecnología que ofrece "oasis" de ficción a cambio del exilio de la vida real.
Pese a todo, y en esto estarán de acuerdo los millenials, le debemos a los videojuegos muchas de nuestras secretas obsesiones, muchos de nuestros más gloriosos momentos, también muchos de nuestros complejos de infancia, sublimados todavía con la orgía de la imagen, aunque afuera ya no se pueda guardar la partida, porque la memoria se hace cada día más corta, y aunque al final de la jornada no quede otra cosa que "darse vuelta" y solo reste un oscuro y penitente "game over".
Voy a Sodimac a consultar por un pequeño rack organizador de ropa para la pieza, de 63 de ancho y 40 de largo app. Un ropero y un closet común y corrientes no cabrían dentro del ya reducido espacio de la pieza, ataviado de estantes para libros, fotocopias, dvds, discos. El rack que ya existe se encuentra totalmente inclinado, saturado por el uso y el peso de la ropa, tan inclinado que no le deja lugar al velador junto a la ventana. Si meto otra cosa más, me digo a mi mismo, ya sea ropa u otro libro, lisa y llanamente solo alcanzaré a yacer de forma demasiado holgada sobre el contorno de la cama. El espacio que otrora estaba destinado para la pernoctación individual y la reflexión solitaria, con una que otra visita esporádica, de tanto en tanto nocturna, ahora resulta que se va reduciendo día a día, al punto en que no restará otra cosa que despojarse de lo innecesario o que exiliarse irremediablemente, cumpliendo casi en un acto desesperado, la máxima de Diógenes.
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