Hace poco anda circulando la noticia de que alumnos de la Universidad de Londres rechazan a filósofos "blancos", entre ellos a Sócrates, Kant, Descartes, desplegando una suerte de extraño "antirracismo racista". La solicitud viene de parte del sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS). Piden en su lugar enseñar a pensadores provenientes de África y de Asia. Según ellos, esa es su forma de "descolonizar el pensamiento filosófico". Más adelante, también se señala que en la Universidad de Glasgow, los estudiantes del primer curso de Teología, "De la creación al Apocalipsis" podrán abandonar sus clases ante las imágenes de la crucifixión, cuando se vuelvan religiosamente susceptibles, y estas les parezcan demasiado perturbadoras. Al parecer ya es un hecho: El virus de la corrección política va creando sus primeros zombies. Occidente será Raccon City.
viernes, 13 de enero de 2017
El misionero solitario
Curioso. Al investigar sobre el hombre de la foto, doy con el Padre Alberto de Agostini, antiguo misionero salesiano, montañista y geógrafo. Fue conocido en su tiempo como el explorador de la Patagonia. Lo que salta a la luz es la similitud de la fotografía con el clásico cuadro de Caspar David Friedrich, "El caminante sobre el mar de nieblas". Dado que el hombre en ambos casos mira de espaldas hacia un punto fijo, en medio de un ambiente natural inhóspito, solitario e imponente. El sentimiento del cuadro se ve asimilado de forma particular en la fotografía. La vista hacia las Torres del Paine también connota romanticismo. Quizá la única diferencia fundamental sea que en el cuadro el hombre en cuestión se halla en las alturas, mientras que en la foto el hombre se encuentra frente a las orillas de un pequeño arroyo, contemplando seguramente la serenidad del agua o su propio reflejo en ella, y atrás el reflejo de la montana invertido. La comparación entre el cuadro y la foto habla de un espíritu similar: el espíritu de exilio y de búsqueda interior, abierto a la inmensidad de la naturaleza. De Agostini quizá represente, de esta forma, a una especie perdida de religioso humanista. Una inquietud romántica, más humana e inclusive más espiritual que el solo afán de colonización evangélica. En esa pura escena demuestra que lo sublime no necesita de intermediarios.
jueves, 12 de enero de 2017
Siempre me ha llamado la atención el concepto de "literatura menor". Cierta tendencia por hacer caer los grandes relatos, inspirada por Lyotard, para volver a la miniatura, a la anécdota particular. Que no al discurso grandilocuente, al tono pontificador. *"Escribir como un perro que escarba su hoyo" (...) con tal de hallar "su propio punto de subdesarrollo". Hay en esa obsesión un esfuerzo por volver al yo individual, mejor dicho, a su palabra abierta, totalmente desnaturalizado, sin su eje original, sin su cualidad omnisciente. Con la muerte del Autor también muere en parte Dios. Con su caída la historia se escribe en minúsculas. Afloran en cambio una infinidad de voces que desde las sombras pugnan por iluminar su propia caverna y echar luces al exterior. Miles de textos añorando no tanto universalidad, como se podía apreciar hasta el fenómeno del boom latinoamericano, sino que un diminuto nicho desde el cual disparar al corazón del mundo. Un espacio clandestino desde el cual conspirar o simplemente resignificar la propia experiencia.
*Giles Deleuze - Félix Guattari, Kafka. Por una literatura menor.
Principio del formulario
Entrando en la pieza un montón de cenizas cerca de la ventana abierta, a un costado de la lámpara del velador. Los rumores del incendio en Cordillera llegaron hasta el plan. El cielo se había siniestrado. La única proclama que se deja escuchar a lo lejos, de parte de un transeúnte anónimo: cuándo acabará el infierno. Otro a su lado, parece decirle: tiene pa rato, wn. La pregunta que voló sobre la ciudadanía, incandescente, incógnita, socavó la aparente calma de las calles. Sirenas por doquier, colapso vehicular, hablaban de una urbanidad dantesca. La única evidencia del desastre acaban siendo, sin embargo, las cenizas desperdigadas esta vez hacia el living por acción del viento. La cruel ironía de las cenizas que vienen de un incendio ya ocurrido pero que todavía quema en la memoria. Lo único que resta ahora es el fuego aplacado de la noche. Su silencio seco, desolador.
miércoles, 11 de enero de 2017
Anime Ubi Sunt
Durante la noche viendo algunos openings de anime clásico, me vino la pregunta de rigor ¿Qué sucedió con el anime que transmitían por la tv chilena? El impulso que tomó la cultura anime japonesa en Chile durante fines de los 90, con el estreno de animes como Sailor Moon, Dragon Ball, Los caballeros del zodiaco, fue tomando cuerpo hasta convertirse en una era dorada, por allí por los años 2000 con series como Samurai X, Evangelion. Sin embargo, recuerdo con un pesar particular el tiempo en que el anime fue desapareciendo progresivamente, hasta ya no quedar rastro alguno de su programación.
Hay varias teorías para explicar este lamentable fenómeno. Una tiene que ver simplemente con lo económico. Se hacía demasiado costoso invertir en derechos de emisión, en licencias, en doblaje latino, en pos de un producto de entretenimiento que se restringía solo a determinado público. Las productoras televisivas chilenas cortaron por lo sano, y decidieron optar por programas más razonables al bolsillo y, claro está, más fáciles de consumir. Esta causa iba además relacionada con el creciente auge de Internet. Ya no se hacía necesario transmitir las primicias del anime, existiendo otros medios mucho más rentables y accesibles. Uno de los factores del triunfo del anime en los 90 tiene que ver precisamente con esto: La inexistencia masiva de Internet, y la aparición de programas de animación con una propuesta novedosa y distinta a todo lo conocido por Occidente, en ese entonces.
Otra teoría, más conspiranoica si se quiere, aunque no menos plausible, tiene que ver con la censura del contenido de los animes, que se volvían cada vez más violentos, explícitos, inadecuados para un público infanto juvenil, sintonizando sus series favoritas en pleno horario estelar. De hecho hubo varias multas de parte del CNTV a canales como Chilevision por transmitir animes del estilo de Ranma ½, con contenido demasiado bizarro para la época. Una divertida mezcla de shonen (por sus peleas y escenas de acción), shoujo (con una historia de culebrón) e incluso algo de ecchi, por sus dosis de perversión sexual, aunque no explícita. Siempre en tono de comedia. De juego. Todo eso hablaba de una censura por parte de agentes neo conservadores, reaccionarios, moralistas. Sin otra explicación que una lectura estereotípica, y, en el fondo ignorante, sobre el fenómeno transgresor del anime. Son todos esos factores, uno por uno, o en su dramático conjunto, los que precipitaron al abismo la transmisión de anime por tv abierta, dejando atrás toda una era de nostalgia por un boom de animación único en su género.
La sombra de la animación japonesa, a pesar de todo, se niega a desaparecer. Lo que ha caído es más bien la época de su revolución y de su imperio por vía televisiva. Hayao Miyazaki, sin embargo, en un testimonio reciente, recalca que el problema con la industria contemporánea del anime es que se ha vuelto demasiado autista, hermética, volcada sobre sí misma, y que “casi toda la animación japonesa se realiza sin apenas observar a las personas reales". Según Miyazaki se hace necesario volver a la realidad, materia prima de la animación, para renovar nuevamente el imaginario, y apuntar hacia un espectador cada vez más exigente, más audaz, expectante de tramas inteligentes y de personajes entrañables. En definitiva, hambriento de autenticidad animada. El anime, así descrito por Miyazaki, tendría que rescatar de la vida real aquellos elementos que vuelvan la animación una novela inteligible, capaz de emocionar, conmover hasta el tuétano, incluso de perturbar los sentidos, remecer también la razón. Invocar el absurdo, descolocar el corazón. También transfigurar las leyes. En suma, corromper la conformidad. Lo realmente subversivo en el anime es su capacidad camaleónica de irrumpir en toda clase de géneros, y darles una óptica y una orgánica propiamente oriental. Así, se cuenta con animes que resaltan la imaginería fantástica, también con una amplia gama de animaciones de ciencia ficción, el culto clásico y autóctono de las artes marciales, inclusive la amalgama de leyendas y mitos entrecruzada con escenarios, atmósferas universales. No hay una forma de encasillar los animes porque estos van mutando conforme a las necesidades creativas de la ficción posmoderna.
El planteamiento de Miyazaki y su particular lectura de la animación japonesa pasa por legitimar el sentido artístico del anime, y no simplemente su cualidad de cultura trash, tan cercana a cierta mentalidad estadounidense, en donde la animación más televisiva tiende a ser encuadrada de acuerdo a categorías etarias que limitan la apertura del mundo adulto al anime. Resulta preciso eliminar el prejuicio respecto al anime como “producto comercial de animación infanto-juvenil”. El mismo Miyazaki hablaba de sus películas de animación como “universales”, en las que subyacen temáticas como el amor, la lealtad, el espíritu de lucha, tópicos dignos de cualquier otra clase de obra cinematográfica. Asimismo, el anime contemporáneo, de los años 2000 en adelante, ha creado obras que merecen una segunda o tercera lectura, un visionado más profundo, por su complejidad narrativa y su seriedad al abordar temas como la muerte, la venganza, el existencialismo. Series como Death note, a mi juicio, una de las mejores dentro del sub género shonen, una original y audaz mezcla de novela policial y cine fantástico (en la que la protagonista parece ser a fin de cuentas una libreta de muerte, y el misterio que su poder encierra), y Monster, otro anime con una atmósfera y un nudo cercano a la novela negra más cruda, con un psicópata asesino siendo despertado de niño por un neurocirujano, y en conflicto existencial con la humanidad.
Como sea, la sombra del anime continúa conspirando en la mente de la generación de los ochenta. Sobrevive a la era de la superficialidad de la televisión. Bifurca sus membranas a través de la propia red, la virtualidad de los videojuegos, el séptimo arte y el mundo del comic. Hace suyo el núcleo de la cultura para difuminar su influencia, su arte a ratos retorcido, maravilloso, bizarro. Su universo barroco.
martes, 10 de enero de 2017
Al salir a dejar las bolsas de basura del día detrás de la rendija en la plaza de los sueños, me doy cuenta que el contenedor verde ya no se encuentra ahí. Leo en la rendija al menos cuatro direcciones distintas sobre el actual paradero del contenedor. Ninguna me lleva a puerto. Recorro más de una cuadra con las bolsas de basura, hasta que se avista en la Avenida un pequeño basurero. Deposito allí los bultos. De vuelta, el espacio baldío donde se hallaba el contenedor sigue ahí, ahora repleto de cajas y de desperdicio. Al parecer, bajo la plaza de los sueños ya no existe el espacio que delimita la antigua basura de sus habitantes. Denótese y destáquese la metáfora.
Uno de los libros que le encuentran a Prairie en The Oa es La Ilíada de Homero. Otro dice relación con El libro de los ángeles. De acuerdo a una segunda lectura, Prairie, más allá de la realidad de lo que contaba, sería, de este modo, un "ángel", no en el sentido religioso del término, sino que en su sentido etimológico original. Un ángel, del latín angĕlus, que a su vez deriva del griego ἄγγελος, 'mensajero'. Prairie además compartiría con Homero la cualidad oral del imaginario que despliega. Todo lo que cuenta lo hace saber a los suyos en una suerte de reunión íntima. Prairie, entonces, sería algo así como la mensajera de un metafísico cuento de hadas, la relatora de su propia novela de formación sobre dimensiones y resurrecciones. Que haya sido verdadera o falsa la totalidad de su historia no influye en su cualidad de ángel, puesto que su mensaje ya ha sido entregado. (Aunque no comprendido). Su ficción ya ha dibujado alas sobre la realidad de los otros.
lunes, 9 de enero de 2017
¿La Cumbre del Rock chileno?
El dilema sobre el nombre del evento del sábado: ¿Cumbre del rock chileno o Cumbre de la música chilena? La interrogante viene dada precisamente por el cuestionamiento a las bandas que integraron los recitales. El creador se da el lujo de señalar que el concepto de rock como género musical, sobre todo en español, ya se ha vuelto demasiado "abstracto" como para establecer una categoría definitiva que aúne la totalidad de las bandas y su diversidad de registros y sonidos. Dice que el rock desde su concepto tradicional se sigue asociando a las bandas clásicas de los 60 y 70. Y que las bandas latinas, como por ejemplo, Soda Stereo, Charly García, Los Prisioneros, Caifanes, ya han superado el obstáculo de la autenticidad sonora, estilística. Y tiene, en parte, razón. A falta de una definición convincente y unívoca sobre el sonido del evento, recurre a ese viejo lema atractivo pero ambiguo por su uso indiscriminado, y explica: "El rock tiene más que ver con la actitud y la lógica de la independencia musical, que con la sensación de que si la batería suena más fuerte o la guitarra tiene más distorsión, eso me parece un concepto bastante obsoleto”. Esa parada ya la había planteado Lester Bangs en los setenta, de que el rock and roll es una actitud antes que un estilo musical. De que incluso se puede hasta escribir o pintar de forma rockera. Lester Bangs, sí, el mismo que dijo que el rock había muerto en 1973.
El problema con la fórmula "rock=actitud" es que no pretende definir el límite de lo estrictamente musical. Camufla con una frase vitalista una incapacidad estética. Y tiene doble filo, porque esta frase, quizá de origen primitivo, proveniente del rock más visceral, acaba siendo promocionada como la flor de la rebeldía y de la originalidad, en un evento que presenta más bien una versión acomodaticia del sonido eléctrico. El público acaba conforme con lo que vacila, la endorfina, la adrenalina recorre sus cuerpos ante las vibraciones rítmicas, pero sigue sin comprender el trasfondo rockero de su experiencia. Esto se pudo apreciar de forma un tanto patética en los dichos de Alex Anwandter, después de su show, los cuales aclaran su no identificación con el rock al constituirse "tradicionalmente como un club de hombres. Y este 2017, si necesitamos algo, no es un club de hombres”. Lleno de euforia, se da además la libertad de agregar un comentario políticamente correcto, señalando que debería haber "más igualdad y más respeto para las mujeres y para la comunidad gay", como si el rock, desde su óptica, fuese una especie de música originariamente patriarcal, cosa que, viéndolo fríamente, resulta una soberana estupidez y una ignorancia suprema. (Dónde deja entonces a bandas como Queen y como Heart, iconos del rock liderados por un homosexual y por mujeres, respectivamente). Polémicas como esta hacen pensar que la nomenclatura rock ya ha perdido todo su sentido auténtico, y que se ha extraviado entre ilusas interpretaciones posmodernas, tanto así que hasta se ha propuesto que el evento se llame solamente "La Cumbre", con un solapado ánimo de integración y diversidad.
Mención aparte, sin embargo, merece la despedida definitiva de Jorge González, que por su estado actual ya ha ido construyendo una suerte de leyenda del rock chileno, a pesar de evidenciar en carne propia, desde el trono, que su discurso contestatario está siendo permitido por la maquinaria que él mismo, con su acidez temprana, buscaba combatir. El escenario habla, después de todo, sobre figuras emergentes en coexistencia con figuras establecidas, cada una brillando y sonando con colores propios. Se puede ver en las presentaciones de Mon Laferte (que irá al Festival de Viña), Francisca Valenzuela, Javiera Mena, Pedro Piedra. Algun@s de est@s intérpretes caen mejor dicho en la categoría rock-pop, o derechamente en el electro pop. Por eso mismo, muchos se han cuestionado dónde quedan bandas con un sonido como Arena Movediza o Tumulto, y se ha hecho patente la necesidad de responder a la pregunta "¿qué es el rock?", y sobre todo, "¿qué vendría siendo el rock chileno?"; pregunta que, pese a su indeterminación, ha dejado que muchas bandas únicas hagan de las suyas, demostrando que pueden resignificar a su manera, a veces de forma irresponsable, a veces de forma descarada, el rock, ese clásico sinónimo para la energía desatada, para el descontrol orgánico.
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