miércoles, 17 de agosto de 2016

Cabros y cabras en clases hablando de los pinches del fin de semana, de quien se comió a quien, de cómo les ha ido en los que ellos juzgan que es el amor (como si hubiese una definición unívoca para eso). Las generaciones actuales, en ese sentido, más despiertas que los propios profesores a su misma edad. La sobreinformación, la concepción posmoderna de democracia, el escepticismo hacia lo establecido son, sin duda, sus principales agentes. Y no debería culparlos por su caótica rebeldía y precocidad, por hacer tan a tiempo cuestiones que uno mismo todavía, a los veintitantos, experimenta, no con total satisfacción. Rimbaud ya a sus 20 había hecho toda su obra para luego exiliarse al África. Gonzalo Rojas, en cambio, hablaba de "demorarse" lo más posible. Ellos parecen venir de vuelta de alguna fiesta todo el tiempo. Uno todavía busca la dirección exacta de lo que cree que entiende por juventud. Antes de que sea demasiado tarde para proclamarse, muy a pesar de todo, vivo.

martes, 16 de agosto de 2016

Arbeit macht frei

Cuando se hallen sobrepasados, saturados, por el exceso de pega, no puedan quitarse de encima el estrés que cabalga sobre ustedes, y solo piensen en el final del día durante toda la jornada, pero aún así sus cercanos insisten con eso de que la pega dignifica, recuerden que en uno de los campos de concentración de Auschwitz se dejaba leer la consigna "Arbeit macht frei" (el trabajo os hará libres). Mediten sobre eso. Es una buena terapia.
Leí por internet una frase extrañísima: "La feroz justicia moral de los buenos comúnmente sirve de máscara a su demonio".
Me entero que hay ciertos alumnos que se fugan del instituto, el cual a pesar de mantenerse cerrado es sorteado fácilmente por ellos, casi siempre durante los recreos, mediante maniobras cada vez más astutas. Y el hecho me pone en una disyuntiva moral. Por un lado, el yo profesor se preocupa, en el sentido de que se genera un ambiente más o menos inestable, que mueve a buscar una pronta solución presionado por las autoridades; y, por otro lado, el yo rocanrolero se entusiasma, pensando que se trata de un signo inevitable de nuestra decadencia educativa. Y que más vale mandar todo a la mierda cuanto antes. No puedo superar esa escisión entre estar del lado de la institución y estar del lado de los beligerantes. Hay allí una disyuntiva donde debería haber una conciliación.

lunes, 15 de agosto de 2016

Vi nuevamente Seven de David Fincher por Cinemax. También habían transmitido Gone Girl, del mismo director, la madrugada pasada. Hay sin duda, entre ellos, un vaso comunicante. En Seven el psicópata logra su cometido. Después de haber matado a cinco pecadores, entonces se entrega a los policías protagonistas. Su plan era ser asesinado por uno de ellos y así cumplir con los dos pecados restantes: la envidia y la ira. En ese instante, durante el último brochazo de la obra, los roles se invierten: el perseguido se vuelve el perseguidor. Algo similar ocurre en Gone Girl con Rosamund Pike en el papel de Amy. Su plan maquiavélico era precisamente desaparecer y luego presumirse muerta, con tal de forzar a su marido hacia ella, exponiéndolo a él y su relación a una ignominia pública. En ese proceso, cae un ingenuo pretendiente de nuestra psicópata. Todas las sospechas sobre su desaparición recaen sobre el marido. Él consigue lavar su imagen frente a la televisión, pero eso solo formaba parte del plan. Cuando ya no es necesario desaparecer, Amy vuelve con su hombre de forma inusitada, moviendo las piezas del ajedrez de tal manera que él se vea obligado a aceptar la relación. Podríamos decir que, así como en Seven el propio policía cae preso del juego del psicópata “redentor”, en Gone Girl el esposo es literalmente “cazado” por su propia mujer. La obra maestra en Seven era el asesinato serial de los pecadores por “mandato divino”. En Gone Girl lo era el matrimonio perfecto hasta las últimas consecuencias. Lo mejor, sin duda, es que en ambas películas gana el villano de forma indiscutida e inexorable. Y en ambas nos hacen creer, desde ese punto de vista, como espectadores impávidos, que ellos tienen el control todo el tiempo, que toda la trama y la fábula va encaminada hacia la satisfacción de sus deseos, para finalmente pensar en las palabras de William Somerset (Morgan Freeman) en Seven y decir que el mundo –según Hemingway- es un buen lugar por el cual vale la pena luchar, pero que, después de todo, solo se puede estar de acuerdo con lo segundo.
Día Lunes, todavía despierto, pero afortunadamente no para trabajar, sino que para regresar al sueño profundo de nada...

domingo, 14 de agosto de 2016

Me dispongo a ver Suicide Squad de David Ayer, pero al enterarme sobre la mala prensa del Joker de Jared Leto, no puedo dejar de pensar en el otro Joker interpretado por Ledger en la película de Batman, el Caballero de la Noche. Pareciera que más allá de tener un fanclub, el personaje se te hubiese metido en el inconciente proclamando soberanía como el guasón auténtico. DC Comics está en aguas divididas por estos dos guasones tan disímiles uno de otro. Sin embargo, hay un factor que mueve a ver la película más allá de la pugna: Harley Quinn. Y cómo no, un festín gráfico y una banda sonora de miedo.

sábado, 13 de agosto de 2016

El desaparecido Richey Edwards

Richey Edwards, guitarrista de los Manic Street Preachers, un enigma para sí mismo y para el rock británico de los noventa. Leo por ahí que el 1 de febrero de 1995, a sus 27 años, Richey volaría hacia Estados Unidos junto a James Bradfield, el vocalista de la banda, para la gira promocional del disco The Holy Bible. Sin embargo, nunca lo hizo. Ese mismo día, a las siete de la mañana, había salido del hotel Embassy, situado en Londres, y se dirigía con su auto hacia Cardiff. A partir de allí, nunca se supo nada sobre él. Regular guitarrista pero, en cambio, un letrista único y atormentado, añadiéndole oscuridad y personalidad a los “Maniacs”. La escritura fue el medio en que plasmó toda su enrevesada vida interior –tal como lo pensase el poeta Cesare Pavese-. Lo más inaudito de Richey como personaje fue que, a diferencia del tan bullado Club de los 27, donde todos conforman, sin duda, un escuadrón suicida, él simplemente desapareció. Dicen haberlo visto en Goa, el estado más pequeño de la India. Otros dicen en cambio haberlo visto rumbo a las Islas Canarias. Nada ha podido ser demostrado. Lo único cierto es que nada se sabía del paradero de Richey. Recién el año 2008 la policía lo declara presuntamente muerto. Pese a no sonar tan fuerte con los Maniacs, quizá su mayor obra, al fin y al cabo, fue su desesperado acto de borrarse del mapa. Pocos artistas pueden darse el lujo no de morir gloriosa o patéticamente, sino que de desaparecer y ser, paradójicamente, recordados en ausencia. Solo por eso, y sin seguir demasiado su música, merece mi respeto.
Señores del poder: El mundo ya es lo suficientemente miserable como para que más encima pretendan eliminar el pan batido...

viernes, 12 de agosto de 2016

Escritura automática

Para la clase de segundo ciclo, aprovechando que quedaba tiempo, se introdujo la poesía contemporánea, luego de una ajetreada ronda de exposiciones pendientes. Solo alcanzó para hablar de la I Guerra Mundial, Tristán Tzara y el surrealismo. Entonces para cerrar la clase, para no acabar en el vacío didáctico, vinieron a la mente, casi como en una epifanía, las técnicas de escritura propias de los dadaístas y surrealistas de la época. Pensé dentro de mí, que por la falta de rigurosidad y la ilusión de libertad que te entregan esas técnicas, podían servir para suplir la falta de ideas producto de una planificación atrasada. Sin dudarlo, expuse al curso el desafío de escribir en una hoja en blanco lo primero que se les viniera a la cabeza, sin filtro alguno, sin censurarse, solo expresar lo que se siente y piensa al instante. “Vomiten sobre el papel lo que tengan en la mente”, les hice saber. La actividad fue un éxito. A pesar de que no la entendieron por la inaudita falta de reglas. Se sentían extraños pero de alguna forma cómodos escribiendo cualquier cosa. “Pueden insultarme si quieren. No importa todo vale. Eso es la escritura automática”. Algunos de ellos ríen. Una de las alumnas replica que se sintió rara haciendo lo que hacía. Otros, no pudiendo escribir, comenzaron a dibujar sin razón, con algunas leyendas debajo de la hoja. No paraban de conversar, era difícil mantener el silencio, pero se mantuvieron absortos ante esa actividad tan fuera de lugar. Así que, colegas de lenguaje, a falta de otra cosa, piensen en sus amigos Tzara y Bretón, usando la escritura automática, el cadáver exquisito e, incluso, el collage dadaísta como métodos para salvaguardar la jornada. La escritura vanguardista, usada de una forma aún más vanguardista, auspiciando la procrastinación curricular.