sábado, 16 de abril de 2016

Siempre ante la gente que anda deambulando desamparada en la calle, extraviada por alguna u otra razón, siento una especie de extraño respeto, incluso una reverencia inexplicable. No ofrezco ayuda de la nada. Solo lo hago si me lo piden. No interrumpo su estado solitario con una insolente muestra de compasión, porque pareciera que están así por un motivo incomprensible para la masa. Ofreciéndole ayuda solo estaría demostrando que soy parte de esa masa. Que solo quiero publicitar una imagen caritativa ante mi circulo social, a costa suya. Que en realidad no comprendo su realidad. El orgullo del solitario, increíble en tiempos de hiperconexión. Hay algo en ese orgullo que se siente con un aire helado, milenario, que traspasa generaciones. Demuestra en el fondo que detrás de todo este espectáculo pirotécnico de palabras, negocios y relaciones infinitas siempre habita un solitario deambulando por las calles de la conciencia, no pidiendo la ayuda de nadie, solo profiriendo como un mantra la siguiente verdad: ayúdate a ti mismo, y ayudarás al mundo.

jueves, 14 de abril de 2016

Samsa enamorado

En la última novela de Haruki Murakami, "Hombres sin mujeres", existe un relato, exactamente el penúltimo, llamado "Samsa enamorado", en el que el protagonista es el mismo de la novela de Kafka, solo que esta vez el insecto despierta convertido, misteriosamente, en ser humano. Intento comprender el símbolo. Luego recuerdo que la imagen, en lugar de onírica, era kafkianamente real. Una metáfora de la desolación amorosa: La abrupta conversión de insecto a ser humano.

Besos y matanzas

Recuerdo una anécdota de antaño. Había un loco en el colegio al parecer de otro curso más chico que tenía escrita la leyenda "kiss em all" en el reverso de la capa. En un principio con otro loco lo tratamos de poser y maricón por tergiversar el sentido del título del album Kill em all de Metallica, de "mátalos a todos" a "bésalos a todos". Hecho completamente injusto, sobre todo porque podría haberse justificado diciendo que se trataba de un homenaje a la banda Kiss, o sea, su frase podría haberse leído como "que haya Kiss para todos", y no como la palabra beso en inglés. Podría haberse defendido como gato de espaldas tratando de salvaguardar cierta clase de orgullo rockero. Ante nuestra ceguera fanática, sin embargo, descartamos esa posibilidad y seguimos aludiendo a la frase "bésalos a todos" solo para echarle más leña al carbón. Esa disputa ridícula entre la frase mátalos a todos y bésalos a todos ocurría, por supuesto, sin que ninguno de los implicados pusiera realmente en práctica lo que defendía, únicamente como un slogan pretencioso, mientras los otros se mataban de verdad y se besaban de lo lindo. Esa disputa ridícula, sin quererlo, se ha transformado en una disputa universal. Un mundo dividido entre los que se besan y los que se matan. Y al medio, los indiferentes, los perdedores, los que solo pueden escribir sobre besos y matanzas.

martes, 12 de abril de 2016

Increíble cómo con algunos amigos uno se ríe de todas las miserias de la vida. Llega a una especie de catársis, de psicología inversa. "Puta que andamos botados, puta que no nos pescan, puta que nos pagan poco, etc". Todo adquiere el matiz de la risa, pese a ser patético, o precisamente por eso. En la amistad las miserias adquieren una dimensión noble. Se le quita esa carga depresiva, tan poco espontánea. O será solamente porque la miseria ama la compañía, como dice el dicho popular. A propósito, Enrique Vila-Matas, en su novela Exploradores del abismo, señalaba que: "No es cierto que la esperanza sea, como alguien dijo, la resistencia del ser ante las previsiones de su mente. No. Es el humor la verdadera resistencia de fondo (...) El humor es el inquilino eterno del vacío".

El profesor fracasado

Una reciente novela del escritor Cristian Geisse versa sobre un Licenciado en Letras que sobrevive haciendo clases en un liceo de Viña del Mar llamado Richard Nixon School. Para colmo, se trata de un personaje que no tenía contemplado hacer clases, sino que dedicarse netamente a la edición y a la escritura. Pero la realidad lo empujó a buscar trabajo de profesor. Dice a modo de reseña que el trabajo es miserable, puesto que son en su mayoría alumnos desinteresados con la asignatura, y con el propio estudio en general. El profesor para ellos vendría siendo el equivalente al paco en la protesta, un tipo que representa la autoridad y al cual hay que fastidiar a como de lugar. Por otro lado, el escaso o prácticamente inexistente vínculo con los otros profesores. Y el trato plebeyo del director y el UTP. Conforman así un argumento dantesco. Para nada estrambótico ni caricaturesco. Muy cercano a lo que en realidad ocurre. 

Los nombres de las nuevas instituciones, a menudo con nombres de grandes personalidades, por citar algunos: Isaac Newton, Charles Dickens, William James, René Descartes, Charles Darwin. Lo curioso es que, según veo, ninguno refleja realmente al personaje citado. Pareciera que el nombre ahí fuera solo un referente remoto, un aval invisible y encicloplédico para un proyecto educativo que choca de frente con la realidad curricular del país, a ratos paradójica, a ratos tragicómica. Es ingenuo pensar de afuera que allí encontrarán grandes teorías físicas, futuros novelistas históricos, filósofos académicos, inclusive científicos evolucionistas. A lo sumo, eficientes empleados. O universitarios que se creyeron el sueño americano. El por qué del nombre solo constata un hecho más crudo: la educación escolar chilena es un nicho de castas. Lo cierto es que a algunos les toca, para sobrevivir, la carne de cañón. Un nido de ratas, corrijo.

El interés de Geisse por los fracasados. Como lo manifestaba también Peter Handke en su novela "El año que pasé en la bahía de nadie", citada a modo de ironía: "Por otro lado, desde siempre he sentido atracción por los fracasados y los que no salen adelante como si ellos fueran como hay que ser. Los veo, desde lejos, literalmente ennoblecidos, o como si, entre nosotros, los de hoy, fueran las únicas figuras que tienen un destino." El interés por aquellos que siendo necios persisten en su necedad hasta alcanzar cierta sabiduría, parafraseando a William Blake, libremente. 

El profesor fracasa, por supuesto. Sin embargo, me sigue pareciendo burgués en su fracaso, a pesar de codearse con los quiltros del sistema. A pesar de parecer el cínico por excelencia. Cínico entendido en su concepto original. No el mentiroso, sino el desprendido. Personalmente creo que el fracaso, si se le pretende abordar por escrito, debiera ir un poquito más allá. El fracaso incluso en el amor. Algo ya rayano en lo patético. El fracaso en conjunto con la soledad. La soledad de un profesor soltero, pateado precisamente por su inestabilidad laboral, trabajando en un oficio part time los fines de semana, arrendando en una pieza o departamento, endeudado por un sueño obtuso, cargando a cuestas con las expectativas de su familia, no teniendo otra opción que la deuda o el exilio y, sarcásticamente, sin contar con el apoyo que se espera de un profesional derivado en la hidalguía. Pese a esto, y muy a su pesar, sigue siendo un burócrata asalariado. Y eso es lo interesante. Se somete a un trabajo que lo sustrae de si mismo, más allá de las clases que resultan un hervidero social, quizá el único lugar dentro de las instituciones que tiene vida, que se muestra simplemente como lo que es.

El fracaso no como renuncia, sino como aquello constituyente del trabajador en general: se sabe derrotado, sin embargo continúa, mete la cabeza al fango para si mismo (y los suyos). Un tío tenía un concepto oportuno en relación a esto: trabajar para salvarse el trasero. Buscar ese punto en que el profesor se vea tan arrinconado que para lo único que planifique y evalúe con sus conocimientos universitarios de contrabando y su cultura aspiracional sea para salvaguardar su trasero. "No lo hago en el fondo por ustedes, sino para sobrevivirlos". Ese quizá sea el punto de no retorno de la educación chilena. Y a su vez, su salto desde la tragedia a la comedia. Aquel punto decisivo en que el profesor pasa de ser un burgués doliente, venido a menos, a ser parte del espectáculo general del fracaso colectivo, de la risotada que deja entrever la pérdida del orgullo, que no por eso deja de ser cómica. Entonces el profesor en ese punto vuelve al término original de la comedia, desde la poética de Aristóteles. La comedia como el estilo de los que no eran nobles, de los que alguna vez lo fueron pero cayeron en la ignominia pública. La pedagogía en Chile, hoy por hoy, como el ejemplo de esa comedia.

"Ricardo Nixon School" de Cristian Geisse.

sábado, 9 de abril de 2016

Me avisan que ha muerto una vecina muy recordada en el barrio de los abuelos. Hace casi unos seis años había muerto también una bisabuela muy querida. Y unos años más atrás, en un incendio, otra persona entrañable de la familia. Incluso por poco no estoy contando esto, si no hubiese sido por algo, llámenle destino, azar o ese cúmulo de factores desconocidos que simplemente bautizamos con el nombre de casualidad. La muerte como el tópico por antonomasia, la gran interrogante que pesa sobre la conciencia: ¿por qué se muere? Se vive como si no existiese y, sin embargo, anda rondando, siempre. No hay romanticismo en el asunto. Se decía del poeta Pezoa Veliz, por ejemplo, que moría abandonado en su casa. Pero no. La muerte es menos elegante. Simplemente moría en un hospital público. La gente pobre muere, pero el mundo sigue. Eso es lo terrible. Muere sin aspavientos. Pero aún así se sigue adelante con la vida, como si pasásemos de ella. Se parece en eso a Dios. No se cuestiona hasta que le toca a otro. Por eso mismo, te recuerda que tiene espacio para todos. Pero como concepto solo nos deja perplejos. Lo que realmente afecta es más bien el hecho irrevocable de la pérdida. La pérdida de alguien más o menos conocido. La pérdida de un pedazo de mundo o de corazón. El desgarramiento. Mi madre decía que ella guarda recuerdos de la vecina. Un día la vio -quizá por última vez- estando yo presente. Sin duda lo que más extrañaba era a su marido. Casi pareciera que después de su partida ella ya estuviese tramitando secretamente su viaje al destino del amor. El amor, nuevamente, de mano de la muerte como almas gemelas, inseparables. La forma en que se da fin a un relato. Eso es lo que importa. Para el oriental no es tanto la muerte sino cómo se muere. No tiene ese tabú que tiene todavía para el occidental. Esa atmósfera de luto y de amargura. Se necesita de tanto en tanto la muerte para recordar que se está vivo. Por eso lo que se lamenta en realidad es la forma, no la muerte misma. Hay una diferencia abismal entre saber de alguien conocido que muere de un infarto en plena calle, de la nada, no habiendo antecedentes, y saber de otro que muere tranquilamente en su cama después de viejo, acompañado de un sinfín de seres queridos. Solo para un indolente eso daría lo mismo. Lo que queda en la retina es el momento exacto en que se deja de vivir. Cómo fue ese momento. Entonces el relato de la vida cobra fuerza, con un clímax y un desenlace oportunos. Todas las palabras, sin embargo, se vuelven insuficientes, porque están hechas de esa misma materia que muere. Porque se vuelven abstractas tratando de explicar aquello aún incomprensible. Aquello imprevisible que te deja a medio camino, que resulta absurdo o que simplemente se burla de la búsqueda de sentido. Pero en eso consiste a ratos ese juego que llamamos vida. Nos demuestra que las excusas son innecesarias, que en el fondo de todo no existen concesiones. Que por eso, parafraseando libremente a Hemingway, "nunca se vivirá bien si se teme morir".

La carta

El día Viernes una chica del primer ciclo escribe una carta a la directora solicitando, en calidad de representante del curso, el cambio de profesor de biología. El motivo era que según ella el profesor no explicaba bien, tenía una actitud prepotente y no enseñaba de una manera adecuada, ya que cuando se equivocaba se le hacía ver el error pero en lugar de aceptarlo entraba en cólera. Ella señala que todo su curso y el del segundo ciclo están de acuerdo con su solicitud. Pensé por un momento que si hubiese sido yo ese profesor, no estaría escribiendo esto con tanto entusiasmo. La carta por supuesto no nació completamente de ella, era parte de una actividad enmarcada en el discurso de género. Claro está, no el que discute el rol de la mujer, sino que el que hace la diferencia entre los tipos y los géneros textuales. Me impresionó no tanto la escritura de la carta como la determinación de la chica. Estaba convencida que la expulsión del profesor era la mejor opción para todos. Es más: estaba completamente segura de que lo que escribía tenía la voluntad suficiente para lograr su cometido. Le repliqué que no podía emitir juicio alguno sobre eso, mientas no se conociera la versión del profesor de biología. Increíble cómo de repente una alumna en apariencia desinteresada alza la voz cuando se trata de algo como eso, aunque pudiera ser que todo se trate de una simple estrategia o de un texto de ficción. A juzgar por sus gestos y la forma en que lo comentaba, pareciera que no. Me creía su cuento solo por el hecho de mirarla a la cara, con ese ademán inusual. Resulta inevitable, sin embargo, no sospechar de cualquiera cuando entra en juego esa clase de crítica. Cuando anda circulando un texto como ese. La realidad parece que se delata a si misma en ese hecho. En qué punto el texto adquiere la fuerza suficiente como para superar la palabra oral. La chica decía que no le gustaban las cartas. Pero se veía impulsada a hacerlo por el motivo señalado. El género nace entonces de un impulso, si se quiere, de un capricho; el tipo textual únicamente de un concepto, frío, alejado del deseo y de la necesidad. Inconcientemente vio nacer en ella una voluntad epistolar. A raíz de un hecho en apariencia injusto. En apariencia verdadero. Me interpela a mi también, en tono de broma: "Ahora sí que me gustó escribir cartas... Ojala que la lean (ustedes, los profesores)". Independiente de la veracidad o la falsedad del hecho, todos somos mejores escritores de lo que pensamos, cuando, como la chica, buscamos provocar algo en alguien o, cuando, como el profesor, nos vemos acorralados por nuestros propios actos.

jueves, 7 de abril de 2016

El simulador de la muerte

Escucho por la radio que en Shanghai ya existe una nueva atracción: el simulador de la muerte. Dicen que ha hecho furor por esos lados. El simulador de la muerte Samadhi te permite ser "asesinado" por tus acompañantes, ser "cremado" en un horno y luego ser "resucitado" y vivir de nuevo el nacimiento a través de un vientre gigante de látex. Los participantes, que pagan alrededor de 68 dólares cada uno, pueden además escribir sus reflexiones finales y últimas palabras, que pueden llevar a casa como recuerdo. Baudrillard se quedó corto. La muerte misma se ha vuelto una simulación entretenida por la que hasta se paga para ser experimentada. Hay algo en el proceso mental del oriental que resulta insólito, y por supuesto, interesante, algo que los hace llevar las cosas a un límite insospechado, alcanzando cuotas inimaginables de bizarría.

El paso de la luz


Primera clase de Expresión oral y escrita para Enfermería. Una de las alumnas, durante la realización de la actividad de la clase, preguntaba respecto a un video que se acababa de mostrar, consistente en un extracto de un reportaje sobre el ritual del Paso de la Luz, ceremonia que realizan las enfermeras de la UNAM durante su graduación. Decía si acaso el análisis de los factores de la comunicación debía hacerse en relación al video o en relación a lo que ocurría durante el rito. Insistía que en ese caso el emisor sería la periodista y no tanto la alumna enfermera que después del ritual acaba de graduarse. Y a su vez la audiencia sería el curso y no el público dentro de ese rito. Sin proponérselo su observación cuestionaba el análisis mismo. Indagaba en el vacío de la teoría. En efecto, la imagen vela la realidad; se agregan capas a una situación comunicativa en realidad fuera de tiempo y de espacio. La única situación en ese momento era la clase misma. Las enfermeras y el profesor de lengua, buscando llegar a algún punto de convergencia. Otra alumna, por su parte, se interesó en el ritual mismo. "El Paso de la Luz", qué quería decir, qué relación tenía la luz y la vela con el ejercicio de la enfermería. "Quizá la vida, quizá vida", elucubraba la agraciada chica. Esta vez su análisis de la situación comunicativa se adentró en el rito del Paso de la luz, como en una suerte de iniciación prematura. No entendía a cabalidad la teoría -siempre distante- de los factores de la comunicación. Sin embargo, comprendía intuitivamente el sentido del ritual. "La vela es el canal", dijo inocentemente la chica, sin entender mucho el análisis pero, en cambio, profiriendo una ingenua y hermosa frase poética. Yo le decía que el canal hace referencia al medio a través del cual es posible la comunicación, en este caso, el oral mediante la voz, explicación acorde al objetivo de la clase pero exenta de la interpretación libre de la alumna. ¿Por qué la vela dentro de ese rito no podía también a su vez ser un canal de comunicación? Esa era en verdad la pregunta del momento. Para efectos del trabajo, su respuesta estaba equivocada. Para efectos literarios, su respuesta era un error necesario. Un error magistral. El necesario paso de la teoría al error, y del error al sentido. 

Ya en el recreo antes de entrar a la segunda ronda de la jornada vespertina, converso un rato con la chica. Me explicaba razones sobre el por qué se decidió a estudiar Enfermería. Razones igual de mágicas que en su extravagante análisis. Reafirmaba a cada rato que era lo que ella "siempre quiso". En el fondo, no dio ninguna otra explicación que esa. Será que ha incorporado el rito del Paso de la luz a su vida. Que para ella la vida no es sino una vela que se pasa a otros. Una suerte de enfermera shakesperiana. No lo sé. El punto es que algo despabiló mi teórico rostro al verla sonreír en el instante en que reafirmaba su vocación. Lo hacía con tanto ahínco que parecía increíble que su expresión acabara por hacerme el día. La pregunta de vuelta no se hizo esperar. “¿Por qué estudió usted Pedagogía?”. De pronto todo el júbilo adquirió el tono de la incertidumbre. El por qué siempre tan inoportuno pero necesario, aunque fuese proferido por sus labios. El por qué como la pregunta indeseable pero a fin de cuentas inevitable. Pensé por dentro repetir la respuesta de la propia chica durante la clase: “Quizá la vida, quizá la vida”, pero sabía que eso no sería ni por asomo espontáneo. Que no estaría a la altura de la circunstancia. Simplemente acabé diciéndole: “Por capricho”. A falta de otro sustantivo adecuado, al nivel de una pregunta capciosa. Años de estudio, y ese por qué continúa intacto (y quizá siempre continúe así). Una vez que acaba el café en el recreo, la chica vuelve a clases. Sonríe porque le gustó reafirmarse frente a alguien desconocido. Yo le sonrío de vuelta, a pesar de no haber respondido a la pregunta fundamental. Porque la chica misma demostró sin quererlo que la teoría fue derrotada, que se evaporaba dentro de su propio fuego, que en una pura lectura fue capaz de dar paso a la luz de la casualidad.

martes, 5 de abril de 2016

Ese pequeño conjunto de hechos que van haciendo el día, que van enhebrando el sarcástico hilo de la vida cotidiana: Haber terminado de sacudir una sábana percudida hacía mucho tiempo, haber limpiado los restos de las arañas asesinadas impunemente contra la pared, haber logrado sintonizar una radioemisora sin interferencia, y ahora, dar con el día de mañana totalmente planificado, sin garantía del éxito, pero por lo menos visualizado correctamente en el archivo. Antes la alegría máxima era acabar con un ciclo cuanto antes, a cualquier costo. Ahora con el tiempo esa pequeña alegría se resume en volver a circularlo. La suciedad de la sábana, la araña en la pared, la interferencia radial, metáforas del pasado que vuelve. En ese tiempo sacudido, asesinado, y sintonizado luego de su interferencia, ahogamos el paso de los días. El presente mismo de esta escritura interfiere, sacude y asesina a sus lectores. No restará entonces otro tiempo que el de ese presente.