Para ir a ver Batman vs Superman sin demasiada expectativa, sin salir luego del cine pateando la perra, solo basta pensar en su director, Zack Snyder. Un gran productor gráfico, un artista de la imagen, de la pirotecnia audiovisual, no un escritor de historias ni de tramas. Snyder no es Nolan, ni por asomo. Hay que ir a ver la película mentalizado en ese disímil enfrentamiento, en esa ya épica batalla entre el superhéroe humano, oscuro, y el extraterrestre, hiperventilado. Lo que atrae en un superhéroe es antitético en el otro. En Batman se trata de su cualidad humana, su traumática y misteriosa psicología. En Superman se trata más bien de su cualidad no humana, su superfuerza al servicio de una moral y una justicia terrestre, mejor dicho, yanqui. En un despliegue de fuerza ya sabemos quien podría ganar. Eso haría la lucha y la película algo demasiado previsible. En un despliegue de inteligencia y de mentalidad, sin embargo, Batman llevaría la delantera. En Batman cohabita el conflicto entre el bien y el mal. Su conflicto es su fuerza. En Superman, por su parte, el bien parece una bandera al uso. Sus atributos de semi dios son su punto débil. El disfraz de Batman es el reflejo de su personalidad. Bruce Wayne como su identidad real. Un empresario multimillonario, poderoso, seguro, que de noche se oculta tras la figura del murciélago para vengarse y tomar la justicia por sus manos. El disfraz de Superman, en cambio, es la forma en que él concibe al ser humano -Como quedó claro en el dialogo de Kil Bill de Tarantino-. Clark Kent como el tímido periodista que para sobresalir desvela su forma original, sobrehumana. Definitivamente, punto para Batman. La película, a pesar de todo, promete un espectáculo de proporciones. No encontrarán ninguna maravilla argumental. Ni mucho menos cine de autor. Hay que ir a verla solamente pensando en los superhéroes como parte de nuestra mitología.
jueves, 24 de marzo de 2016
La dimensión tibetana de la pedagogía
La dimensión tibetana de la pedagogía: encerrarse diariamente sin contacto con el mundo, sin otro panorama que ir del instituto a la casa con motivo del trabajo de planificación y evaluación, el trabajo invisible para el resto pero en el fondo el más pesado, el verdadero. El retiro espiritual de fin de semana no hace falta, basta con ejercer ese trabajo gratuito para declararse un anacoreta de la educación.
La firma
Veo al tipear la planificación del semestre (trámite tramitoso) para mañana, que en mi mano izquierda, a un costado del dedo meñique, tengo un "hola" escrito con lápiz pasta negro. Lo veo y recuerdo súbitamente que en la mañana una alumna me rayó ahí mientras yo apoyaba la mano en el puesto tratando de explicarle a su grupo la actividad de la clase. Había estado tan ocupado que no tuve tiempo de lavarme las manos y borrarlo. Ese hola textual como símbolo de algo más: la invencible distracción, la fe ciega en el trabajo o la soledad. Hago memoria de lo que hice en el día y ese hola fue lo único que perduró. Lo único que pude concluir del día. Permanece ahí, escrito como una firma, tatuado en la piel, recordándome a cada tanto que debo revisar la tarea de su autora, y al mismo tiempo, que no puedo despreciar su saludo imaginario.
miércoles, 23 de marzo de 2016
Hoy en la mañana durante la clase de nivelación de lenguaje para Gastronomía, un alumno de repente bromea sobre el hecho de que su hermano quiere estudiar pedagogía el próximo año. "-Le dije que no estudiara eso. Que mejor estudiara cualquier otra cosa. Algo que le dé de comer. Gastronomía, por ejemplo-". El alumno comienza a reír. Algunos atrás también. Me mira como propiciando la indirecta. Como si en algún momento me fuera a ofender, y darle una cháchara solemne sobre por qué estudiar pedagogía es una opción viable. Pastelero a sus pasteles. Lejos de lo que creerían, me reí con ellos. Les celebré la talla. Y seguí dictando...
Asado hereje
La Fundación Sociedad Atea de Chile llama nuevamente a "asado hereje" para este fin de semana. Al parecer esta vez no es puramente el carrete carnívoro con la excusa de la rebeldía, sino que tiene como motivo la derogación de la enseñanza obligatoria de religión en las aulas. Me considero escéptico respecto a la forma de validarse del chileno ateo frente a la religión. Pareciera que todo se resume en funar cada semana santa solo por el ánimo de hacerlo. ¿Contra qué se rebela comiendo carne? ¿Qué es lo que en cada mordida está queriendo despedazar? ¿La iglesia católica? ¿La religión como tal? ¿La abstinencia? ¿Dios? Mete en el mismo saco la discusión contra la institución ecleciástica, las costumbres relacionadas con la tradición cristiana y la crítica a la creencia espiritual o metafísica en un ser superior. No sabe separar el polvo de la paja. Reduce en cambio la discusión a categoría de gesto ridículo. Prefiere comerse un bistec en Viernes Santo porque eso se siente cool a debatir por qué diablos se sigue celebrando un evento que ya ha perdido el vigor original que antes tenía.
martes, 22 de marzo de 2016
Manhattan Transfer
De la lectura de Manhattan Transfer de John Dos Passos, me marcaron recuerdo las palabras finales de Jimmy Herf luego de perder el empleo y el amor de su querida Hellen, como anticipación de la ingente crisis del 29. Arriba de la estación Manhattan el chofer del tranvía le pregunta: -¿A dónde va?–. JImmy Herf responde: No sé… Bastante lejos-. La siempre tentadora opción del auto exilio, cuando las cosas se empiezan a poner feas. O cuando la ciudad misma te determina a tomar otros rumbos. La falta de destino seguro que plantea el dilema: extravío o apertura de miras. Todos se plantean el viaje como algo idílico, pero pocos se lo han planteado con esa carga existencial. En el caso de Chile el exilio era visto como una salida egoísta. Era un contexto distinto al de la caída de la bolsa norteamericana. Lihn practicó eso llamado "inxilio", desaparecer de la luz pública pero dentro de la ciudad, fuera del ojo de la tormenta pero dentro de ella. En Jimmy Herf tenemos que la tormenta misma lo vio nacer, trabajar y casarse. No puede plantearse escapar de ella sin antes haber experimentado el desarraigo mayor: el del trabajo y el del amor, paradigmas de la vida adulta y por extensión de la vida moderna. Una vez que Herf pierde ambos pierde la brújula. Solo encuentra camino fuera de casa. El mundo abierto de repente se convierte en todo lo que está fuera de Nueva York. Idealiza una salida como una catársis. Sin embargo, no tiene garantía de nada. Desconoce si el mundo que cree encontrar afuera no es acaso todavía más salvaje e impersonal que el anterior. O si es solo otro plano de realidad completamente distinto. Es el gesto kamikaze del ciudadano expulsado. Es la encarnación cesante de la debacle moral. "Una de estas dos inevitables soluciones: marcharse de aquí con una camisa blanda y sucia, o quedarse con el cuello duro y limpio. ¿Pero a qué pasarse la vida entera huyendo de la ciudad de la Destrucción?…”. En cada ciudadano, por burgués y acomodaticio que parezca, vive un Jimmy Herf latente, un sujeto indignado, insatisfecho con lo establecido, pronto a explotar en cualquier momento, como premonición del acabóse. Quedarse o irse, como la canción de The Clash, parece ser el rosario de los fracasados, de la siempre anónima gente, sin armas ni créditos suficientes. Salir de la polis para los griegos era motivo de barbarie. Edipo huyó de Tebas a modo de inmolación por el crimen que cometió. Desarraigarte de tu ciudad de origen pareciera ser de esa forma la mayor condena. En cambio, hoy por hoy, pareciera ser incluso un estado de gracia. En eso el Jimmy Herf de la novela tiene mucho de oriental: el éxodo como camino de liberación, pero un éxodo sin salida, sin rumbo, solo por la necesidad de dejar atrás toda una vida.
lunes, 21 de marzo de 2016
Domingo de Ramos
Dos imagenes sobre Domingo de Ramos ayer: De madrugada prácticamente al alba, tipo seis y media, frente a la Plaza Victoria un grupo de comerciantes vendiendo los típicos ramos en la acera de la Catedral. Un poco más allá, en la esquina con Pedro Montt, unos chicos medio entonados, abrazados, seguramente llegando del carrete. Estaba demasiado oscuro y solitario. Era prácticamente el único paisaje alrededor. Parecía más que la conmemoración de la llegada de un mesías al pueblo, la viva imagen de la tradición ahora convertida en fecha comercial. La imagen entre esos vendedores de ramos y los jóvenes que volvían juntos y ebrios a la casa era el Domingo de Ramos a la chilena. La siempre esperanzadora promesa del retorno en un cuadro desolador y sarcástico. Ya no restan feligreses sino que solo el gesto del vendedor de ramos. El gesto que no busca tanto el cumplimiento de la promesa como el aprovechar su indeterminación para mantener a la familia y perpetuar una costumbre universal. Luego, más tarde, ese mismo cuadro de vendedores de ramos, ahora en pleno mediodía, multiplicados a lo largo de la feria de las pulgas, un verdadero mall de los ramos durante la tarde dominical. La tradición conmemora la entrada triunfal de Jesús a Nazareth, pero muy en el fondo ya no importa su regreso. Porque Jesús y Nazareth son solo símbolos que funcionan como contexto para los vendedores de ramos y su astucia mesiánica. La gente va allí, los ve y les compra. Se da cuenta que hay que mantener viva la tradición, aunque haya perdido su sentido original. Entonces las familias vuelven a casa, con los ramos a cuestas, junto con bolsas de supermercado y de utilería, celebrando la evolución de la creencia, la sobrevivencia del mito sin sus protagonistas, emulando tímidamente el retorno a la tierra prometida.
domingo, 20 de marzo de 2016
El grado cero de la intimidad virtual
Siempre entre tus contactos hay alguien que te elimina por x motivo. Lo más pintoresco de todo es que han sido en su mayoría mujeres. Lejos de tomarlo a la mala lo analizo fríamente, indago en los desvíos que tomó la comunicación para llegar a ese punto tan drástico, las razones que ellas y yo tuvimos para desencadenar una serie de factores que acabaran con nosotros “eliminados” del canal de la red social. Incluso todo eso se puede ver como un fenómeno digno de literatura. Interpretable. Escribible. La primera de ellas, C, recuerdo que lo hizo a raíz de una frase de George Bataille publicada en el muro, a su juicio machista, de la cual no recuerdo nada por ahora. Lo peor esa vez fue que ni siquiera se animó a rebatir el posteo. Optó por la drástica vía de la eliminación, sin siquiera acusar recibo, como en un concurso virtual de antipatía o simpatía. Luego la segunda, G, aprieta el botón del pánico luego de publicar algo en contra de lo vendido que es el festival de Lollapalooza (que, a propósito, hoy se viene más juvenil, según los medios). Esa vez al menos comentó algo. Pero al parecer la diferencia irreconciliable de puntos de vista la incomodó y ocurrió lo que ocurrió. Una tercera, M, colega igual que las anteriores, tuvo una razón también relacionada con un posteo. Fue el posteo sobre el chiste de Edo Caroe a Camila Vallejo. Creyó que al haberlo publicado e indicara que lo encontraba notable estaba implícitamente compartiendo el sexismo de la frase. Admiraba el juego de palabras, no tanto su implicancia. Como G, ella comentó su desacuerdo con la broma, cosa que me parecía legítima, incluso deseable para iniciar un debate, pero al rato ya no la veía conectada. Había pasado lo que temía. Optó nuevamente por el botoncito para mandar a la cresta. A grandes rasgos, las razones de la eliminación fueron problemas de interpretación no tanto por lo publicado como por un malentendido de la situación comunicativa. Viéndolo desde otra posibilidad, si hubiese habido quizá una confianza mayor, cualquiera de esos casos se podría haber arreglado perfectamente con una cita cara a cara, una cervecita o un café para entrar en dialogo y conversar sobre ello como si fuese solo otra anécdota polémica en un itinerario más grande. El problema de fondo fue quizá el hecho de que se hayan tomado de manera demasiado personal el asunto. Como si de ello dependiera su reputación, cuando en su gran mayoría el perfil de la red social no corresponde del todo con nuestra vida real. Es un maquillaje, una performance, una construcción (no sé si literaria o netamente cibernética). El punto sin embargo es que a veces sí puede llegar a apoderarse de nuestra reputación, creando un doppelganger virtual que actúa en nuestro nombre, inventado por nosotros, que a veces se sale de las manos, como en aquellos casos que cité. Un doble a ratos indeseable, a ratos demasiado ficticio, extravagante u obsesivo, fiel reflejo de nuestras virtudes, obsesiones y demonios internos.
Aquellas que me conocen saben perfectamente que el personaje que publica por acá poco o nada tiene que ver con la persona real. Que se trata más bien de un ente que todo lo vuelve relato. Que a veces incurre en un humor raro para dar una impresión fuera de lo común. Que después de todo no representa necesariamente el sentir y el pensar de la persona real, aunque su imagen y sus palabras parezcan contradecirlo. De todos modos, me parece fascinante el fenómeno de la ruptura, ahora virtual. Indagar en esos roces de significado, en esas palabras arrojadas contra el muro en ausencia de nosotros mismos. Cobra un matiz inclusive tragicómico. Digno de una obra de Beckett o de Ionesco. Es porque ellos pensaron algo genial: el drama y la comedia humana, desenvueltos a raíz de la madeja del lenguaje, del dialogo que siempre desafía los límites de la comunicación, que en su mayoría resulta absurdo y deriva en el absurdo. Por esta vía, por ejemplo ¿Aquellas que te eliminan lo hacen también necesariamente en persona? Pareciera que sí, que existe una relación inextricable entre la imagen del sujeto que de acuerdo a la red social dice ser su amigo y la persona real con la que interactuaron y vivieron antes de llegar a ese punto de no retorno. Hay un punto en que resulta imposible separar al doble virtual del real, solo por el hecho de que sus conexiones cobran tanta carne y significación que sencillamente ya no existe una separación sin que exista también un desgarramiento, como ese ser que nació con su gemelo a cuestas pero que deben vivir juntos de por vida para no matarse mutuamente. Pero recordemos que eso se da incluso en la relación humana pre internet: nuestra imagen del otro, en estricto rigor, no coincide del todo con la de ese otro. Todo encuentro conlleva, creo yo, una ruptura. Parece a estas alturas la ley de la sociedad y de la vida misma. Por otro lado ¿Qué pasa con aquellas que te “eliminan” de su vida real pero continúan conectadas ahora solo por medio de la red social? Un fenómeno todavía más bizarro. ¿Qué se supone que hablemos cuando por casualidad nos topemos en la calle? “Oye, sigues siendo mi amigo en facebook pero no estoy ni ahí con verte”. “Ah qué bien, entonces, sigamos siendo amigos virtuales, pero si te veo en la calle seremos perfectos desconocidos”. ¿No habrá acaso un dialogo humano más absurdo y propio de nuestra época? Eso era impensable por lo menos hace 20 años. No existía ese desdoblamiento tan radical, tan beckettiano. Una solución a la antigua, mediante la comunicación “antigua”, cara a cara, sería seguir hablando como si no pasara nada, como si lo que ocurrió con la comunicación entre nuestros perfiles no significara nada, o como si lo que ocurrió entre nosotros por fuera, por malo que fuese, no desembocara en que cada uno acabara siendo solo el amigo virtual del otro. Se podría hacer la vista gorda, recordando ese pacto implícito de silencio, esa ley de hielo en persona, pero únicamente canalizada por la red como su jurado del diablo, medio lo suficientemente impersonal como para mantener las distancias necesarias. El grado cero de la intimidad virtual. Acorde al acuerdo de las ausencias paradójicas. Como sea, algo de tu imagen muere un poquito en el corazón de aquellas entrañables ex amigas, y algo de ellas también muere en uno al eliminar sin piedad ni arrepentimiento. Lo que resta después de todo es la cantidad de espíritu que se pone en eso. Las palabras como el resabio de algo que pudo ser pero tuvo en cambio un final irremediable, las palabras como evidencia de una imposibilidad. Releo aquellos mensajes previos a la eliminación no tanto para entender qué pasó, como para disfrutar de otro relato con un final catártico. Porque a la larga todo encuentro –ficticio o no- supone también su ruptura. Nos acabamos de conocer, pero eventualmente podremos volver a desconocernos. O vivir por siempre en el anonimato personal pero seguir conectados mediante nuestras ausencias. Sin embargo, sabemos que nuestras imágenes virtuales también mueren para el mundo una vez que salimos y la vida nos planta uno frente al otro. Nos desafía a un impacto sarcástico, porque la realidad lamentablemente no cuenta con ningún botoncito de pánico que nos diga que queremos dejar de vernos y hablarnos y desaparecer de la vida del otro por completo. Ni tampoco nada que nos haga solamente cerrar sesión cuando vemos que las cosas toman rumbos peligrosos. Se elige entre eliminar o agregar porque es más fácil que matar o dejar vivir, o que simplemente amar u odiar sin concesiones. Mentimos todo el tiempo, simulamos que lo que existe allí es más real que nunca. Que detrás de toda esa mascarada aún existe un rostro conocido, un carácter entrañable, y no solo un infinito tráfico de información y de vacío.
sábado, 19 de marzo de 2016
Night club
Reviso el bolsillo superior de la chaqueta. Saco un volante con una pregunta de Freud impresa: ¿Qué hay en la mente del Hombre? Recién recordé que me la habían dado afuera del night club a una cuadra del departamento. Leo lo que dice atrás: Mujeres, y muchas otras cosas más, que encontrarás en un ambiente grato e íntimo.... Psicología de madrugada.
miércoles, 16 de marzo de 2016
El subrayado
En la clase de nivelación de lenguaje para Geomensura vespertino, un práctico sobre el subrayado como técnica de comprensión lectora. La guía de desarrollo tenía un texto sobre la ontología del lenguaje, escrito por Rafael Echeverría. "La ontología del lenguaje. La vida como obra de arte". Uno de los alumnos se fijó en el tercer párrafo, donde habla del camino del poder como el camino de la creación. Preguntó cuál sería acaso ahí la idea principal y el tema central. Le señalé que la idea principal debía ser expresada mediante una oración, y el tema central mediante una frase. Luego preguntó sobre las ideas secundarias del párrafo. En la parte en la que el texto versaba sobre el ser humano como creador, el mismo alumno en cuestión preguntó respecto a Nietzsche. ¿Por qué dice que el ser humano se trasciende a sí mismo y deja de ser su propio contemporáneo cuando se define creador? Le expliqué que esa pregunta era más bien una idea secundaria, y venía a complementar la idea principal que consiste en que el ser humano (de acuerdo al texto de Echeverría) era ante todo un creador. El alumno siguió entonces más abajo y habló de la parte en que el texto determina la relación entre creación y libertad. ¿Será acaso también una idea principal? Me preguntó extrañamente intrigado. Le respondí que esa idea era también secundaria en relación a la principal. Haciendo caso omiso de mi explicación, el alumno subrayó con rojo la parte de Nietzsche y de la creación como libertad, destacando esas partes como si fuesen verdaderamente -a su juicio- principales. "El subrayado es una técnica que se puede tomar o dejar. Es un ejercicio de conocimiento y memoria (hubiera dicho también, de "voluntad de poder")". Eso fue exactamente lo que dije antes de pasar al desarrollo de la guía. La idea preconcebida. Siempre insuficiente. El subrayado. El subrayado, en cuanto huella, determinaría el estilo soberano del lector. El estilo de aprender. El estilo de pensar lo que al lector se le venga en gana. La libertad. La libertad y la creación tomadas de la mano. Puras. Bajo ningún altar. "A propósito, ¿qué libro me recomienda de Nietzsche?", preguntó el alumno. Le dije, para acabar: "El ocaso de los ídolos, o cómo se filosofa a martilazos".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
