viernes, 8 de enero de 2016

Atribuir un significado a todo lo que nos pasa, ya no profundo, rimbombante, sino que eminentemente personal, es la gratuita cualidad del pensamiento, aquello que está ahí una vez que se le extraña o se le requiere.
¿Qué podemos pensar acerca de las relaciones que se pierden para siempre, acerca del lenguaje que se hace cada vez más escaso por necesidad, acerca de los hechos irremediables del mundo que te rodea?
Pensar en algo, sencillamente llevarlo hasta el límite, porque la vida se encuentra siempre más allá, o más acá, definitivamente en otra parte distinta a nuestro pensamiento. Como los libros que aún no hemos leído, la realidad pasa entre nuestras manos, muchas veces ausente, a la expectativa.
El pensamiento que agregamos a nuestras relaciones es una especie de savia, el pensamiento que surge de ellas se escabulle como la arena de la última marejada. Solo bastaría asegurar su permanencia y darle la forma del tiempo, aunque continúe su marcha irrepetible.
Es el tiempo el que nos permite pensar, el que nos permite amar, y el que nos permite simplemente pasar, o bien nuestra propia vida, tal cual la pensamos, es el corazón del tiempo. Vacilante, prometedor o nostálgico. Un verano nublado o un invierno que veranea para siempre.

jueves, 7 de enero de 2016

Última salida a Brooklyn

Anteayer abrió una nueva librería en Av Francia. Entro y doy con un clásico que hasta el momento había desconocido: "Última salida a Brooklyn" de Hubert Selby Jr. La contratapa decía: "El Céline americano", y esta novela un "Viaje al fin de la noche de los bajos fondos estadounidenses". Compuesta de cinco relatos que retratan la crudeza de los barrios de Nueva York de los años cincuenta. Lo que más me llamó la atención en una primera hojeada fue que cada capítulo o relato comenzaba con un extracto de la Biblia. El primero tenía un breve y decidor pasaje del Eclesiastés: "Porque la suerte de los hijos de los hombres y la suerte de los animales es la misma: como muere el uno así muere el otro. Todos tienen un mismo aliento de vida; el hombre no tiene ventaja sobre los animales, porque todo es vanidad". Lo genial es que el tono de la cita entra en sinfonía con la atmósfera y el estilo de la novela. Una especie de existencialismo antes de cristo revisitado por el realismo sucio del siglo XX. Demuestra que los contextos y los tópicos cambian, pero el espíritu y el sentido no tanto. Con todo mi ser y mi bolsillo deseaba comprar la novela pero me resistí ante la frase del inicio: "todo es vanidad". Fue una provocación a comprarla, o, por el contrario, a dejarla. Porque, al fin y al cabo, se sigue leyendo, se sigue en el juego, a pesar de que todo vuelva al polvo y quede en nada. Se sigue leyendo a pesar de que todo sea vanidad. O quizá precisamente por eso.

miércoles, 6 de enero de 2016

La canción de la noche

Si mal no recuerdo las pocas anécdotas amorosas de mi vida seguían un patrón similar: siempre terminaban abruptamente, pero dejando atrás una especie de mensaje no sé si literario o simplemente franco, como si en lugar de ser simplemente una posible pareja hubiese sido, en el fondo, mentora encubierta de no sé todavía qué clase de asignatura sentimental. La primera, P, en más de alguna conversación dejaba entrever vivencias o formas de expresar lo que sentía con un cargado matiz nietzscheano, sin que ella lo supiera. De hecho, una de sus frases favoritas era "lo que no te mata te hace más fuerte". Cuando le dije que la frase era de Nietzsche, se sorprendió y como que solo atinó a decir qué locura. Quizá de donde y en boca de quien la escuchó decir. Extrañamente, por aquella época mi lectura predilecta era Así hablaba Zaratustra. Cuando la esperaba en la plaza leía el pasaje de La canción de la noche. Me preguntó de qué se trataba. Le dije que no le diría, para tratar de dilatar el misterio, cosa que ella en realidad interpretó simplemente como que no le quería contar mi lectura de aquel pasaje. 

Después de eso, hablamos sobre cuestiones personales. Ella se desahogaba relatando pasajes un tanto tortuosos de su vida familiar, que en este momento no recuerdo del todo. Lo único que quedó a fuego en la memoria fue que ella expresó haber estado en un psiquiátrico, y haber vivido un gran bochorno en más de alguna indeseable terapia, donde a ella literalmente le daban ataques de pánico y se resistía a la sesión. Incluso me mostró una huella en su muñeca para atestiguar cierto forcejeo, una especie de herida de guerra o, mejor dicho, una cicatriz para darme a conocer su lado más abyecto. Una ofrenda de amor. Prueba de fuego: quererla a pesar de su inminente desequilibrio. Ese mismo día en el que ella confiesa todo ese bizarro episodio y muestra su cicatriz, fuimos a un local y decidido le propuse pololeo. Ella solo atinaba a titubear y preguntarme si estaba seguro. Recuerdo las últimas líneas de la canción de la noche: “Es de noche, ¡ay de mí que me toca ser luz! Y sed de oscuridad! ¡Y soledad! Es de noche, solo ahora despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante”. Antes de confesarle y atinar en el local no había llegado a esa parte. Más de siete años después la releo y recuerdo la asociación, como en un arranque de locura o de simple despropósito, sin otro sentido que esa relectura obsesiva. Una manía por atar algún cabo suelto de la mente y el corazón a través de una pista literaria. 

Lo que sucedió después de esa noche ya es harina de otro costal. Simple farándula y pornografía. Ese episodio fue un canto y, a su vez, también una locura y una premonición. Ella era la loca por su confesión y también por su apertura insólita, o yo era el loco por apostar a un amor impulsivo y asociarlo a una lectura forzosa del Zaratustra. El tiempo puso todo en su lugar. Los locos en su locura. Las frases cliché y las relecturas en su texto original. Los supuestos sentimientos y pasiones en los corazones que pertenecen. Pareciera que ella o, muy en el fondo, la vida, hubiese dicho: “Ya aprendiste lo que debías, ahora da vuelta la página”. 

Un día, la dionisíaca mentora se escabulle. Nunca más contesta. Faltó decirle que no alcanzó a leer la canción de la noche y su significado para lo nuestro. Faltó decirle que su episodio en el psiquiátrico fue nietzscheano. Por último, faltó decirle que el propio libro de Zaratustra fue escrito una vez que Nietzsche fue rechazado por Lou. La obra de un despechado, la canción de un corazón roto, que yo mismo estaba escribiendo, a oscuras, y a sus espaldas, el libro profético que sería la premonición de nuestra futura ruptura. Pero todo esto, a la larga, ya no tiene sentido, ningún otro sentido que una lectura trasnochada, a solas, mientras cierro la cortina y prendo la lámpara como para fingir que tengo privacidad, y que la oscuridad de la noche ya no me sirve.

martes, 5 de enero de 2016

Ricardo Piglia: Literatura + Enfermedad


La reciente noticia sobre la enfermedad del escritor Ricardo Piglia, esclerosis lateral amiotrófica, enfermedad que va paralizando los músculos, me hace recordar inmediatamente la estrecha relación entre escritura y enfermedad, que muchas veces se olvida o simplemente se obvia. El medicamento que necesita el escritor está en etapa experimental y solo se encuentra en Estados Unidos, y por supuesto, cuesta un ojo de la cara. Esa especie de dimensión pública que rodea a la enfermedad. Para los griegos más antiguos la enfermedad o la locura tenían un origen sobrenatural. Bien podía ser un castigo divino por la hybris o sencillamente falta de equilibrio, de armonía. Pareciera que el escritor adquiere de inmediato un carácter de mártir que creía imposible por el solo hecho de padecer una enfermedad. Cuántos otros que han hecho de ese padecimiento otra forma de escribir la experiencia. El cuerpo enfermo como otra forma de escritura. Un texto que se padece, ya no por un hecho de la voluntad, sino que por un fenómeno que excede el intelecto. Por ejemplo, tenemos el caso de Gonzalo Millán quien en su Veneno de Escorpión Azul va retratando no tanto el proceso de su enfermedad sino que su experiencia vital a raíz del cáncer. Ve en la enfermedad un gran sarcasmo y a la vez la constatación de la herida, la herida abierta de los últimos días. Eso lo supo Millán, igual que Lihn en su Diario de Muerte, al saberse ya en el otro país, no el de los sanos, sino que en el país de los enfermos, al saberse ya irremediablemente del "otro lado", aun cuando su escritura atestigue o, mejor dicho, se transforme en ese paso agónico de un territorio a otro. En el caso de Piglia sabemos que todavía goza de doble nacionalidad. Lo que más llama la atención es esa especie de culto público en torno a la enfermedad, en torno a la intuición, a la inminencia de la muerte. Resulta todavía más sarcástica tratándose de Piglia. La enfermedad, la muerte son de temer. Son cosa seria. Pero en el escritor incluso eso que parece serio, desagradable, en suma, inenarrable, tiene cabida en sus diarios, a riesgo de contagiar al mundo de palabras enfermas pero no por eso menos vivas (o ¿menos muertas?). 

Conclusiones que salen a flote a raíz de la enfermedad de Piglia: El diario aquí es concebido como el género de la muerte, el género predilecto de los que padecen o intuyen una enfermedad mortal, al parecer este un conteo regresivo de los días. La enfermedad o la intuición de la muerte hace de todos una especie de santos o por el contrario de criaturas necesitadas de exorcismo. Por último, el escritor enfermo, ya imposibilitado poco a poco de escribir, tenso de músculos, delegando su materia pensante, sus palabras dolientes a su esposa, va encarnando, en última instancia, un oxímoron. Según el propio Piglia, el diario de vida que va escribiendo es su laboratorio. Él mismo, en estricto rigor, es un laboratorio viviente. Sabe que la cura está ahí, pero en el fondo no la necesita para escribir. Su público lector reclama la cura, lo quieren vivo, pero la escritura va por otro lado. Escribir no lo curará, a lo sumo será una especie de exorcismo. En sus últimos momentos, sabe que todos se quitan las máscaras, que todos muestran su verdadero rostro, aunque este sea ilegible y póstumo. "Escribe sabiendo que morirá", que es lo mismo que decir. "Escribe sabiendo que todavía, muy a su pesar, vive".

domingo, 3 de enero de 2016

Leo las letras de Broken Wings de Mr Mister: "Toma estas alas rotas/ Y aprende a volar de nuevo. /Y aprende a vivir de manera libre. /Y cuando escuchemos las voces cantar./ El libro del amor se abrirá. /Y nos dejará entrar". Llenas de optimismo, pero de un optimismo romántico, refrescante, como si hubiesen sido escritas por Goethe o Schiller. Luego recuerdo inmediatamente la letra del tema Down in a Hole de Alice in Chains, también hablando sobre alas pero de otra forma un poco distinta: "En un agujero, sintiéndome tan pequeño/ En un agujero, perdiendo mi alma/ Me gustaría volar, /Pero mis alas me han sido negadas". Una letra completamente triste, pero igualmente sensible. En un par de canciones uno puede intuir el espíritu de toda una época. Los ochentas con su atmósfera de nueva era. Los noventa con un inconformismo y depresión a flor de piel. Una época no fue mejor que otra ni peor. Es solo la cara más cruda del rock y el sello siempre esperanzador del pop. Como buenos románticos, celebran la vida, sea como sea. Le ponen un ritmo, un nombre y la dejan volar o simplemente caer....
Empezando el año regocijado, hasta cierto punto epicúreo, pero también trabajado, trasnochado, estoico al límite, con sentimientos que vienen para quedarse y otros que simplemente se van...

jueves, 31 de diciembre de 2015

Se dice últimamente de Neruda que violó a una mujer mientras era Cónsul en Colombo. También se hablaba de John Lennon que antes de conocer a Yoko golpeaba a su primera esposa. Incluso si no me equivoco Pablo Picasso tiene una reputación similar. Demuestra que el genio artístico nada tiene que ver con la moral ni con la virtud ni con la ética. Y que todo artista tiene tejado de vidrio (por muy transparente que parezca) ¿Habría sido igual o distinto si fuesen moralmente intachables? ¿Admiramos a la persona de carne y hueso o simplemente su imagen y obra? Se puede ser buena persona pero mal artista. Se puede ser mala persona pero un genio. O se puede ser todo eso. Y ni siquiera hay garantía de lo uno o de lo otro. El arte es mentira. O no lo es. El mundo es una locura. O todo lo contrario....

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Ex Machina


"Crear una máquina consciente no es parte de la historia del hombre. Es la historia de los dioses."


Acabando de ver Ex Machina y hay cosas que quedan dando vueltas. Ava, la inteligencia artificial femenina, la creación de un programador multimillonario, Nathan, como se ve durante la película, sometida a una prueba con ayuda de su asistente, Caleb, para comprobar si realmente tiene conciencia o es solo parte del reflejo automático de su diseño. El asistente pone a prueba a Ava mediante preguntas que van tomando la forma de una conversación; se cuestiona además sobre la naturaleza de la prueba, si acaso sea poco efectivo preguntar, haciendo la analogía, preguntas solo relacionadas con el ajedrez a una máquina inteligente diseñada para jugar ajedrez. El programador le indica que necesita una prueba pragmática sobre la capacidad de Ava para adquirir conciencia de si misma. Pero resulta complicado. El asistente inevitablemente se involucra con Ava. La naturaleza de su interacción con ella ya condiciona la prueba. ¿Quién observa a quien? Visto desde lejos, el programador los observa a ambos. Quiere ver hasta donde puede llegar su modelo Ava en términos de inteligencia artificial, y hasta donde su asistente aprendiz de programador puede advertir el límite entre su trabajo y su relación ingente con la asombrosa Ava. El asistente conoce la dimensión fría del trabajo científico. Ava sería un modelo genuino, brillante pero reemplazable, parte de una secuencia infinita de evolución. El eslabón hermoso de una cuerda tendida en el abismo.

En una conversación algo etílica frente al río, el programador se cuestiona: ¿acaso nosotros mismos no somos parte de una secuencia mayor? ¿acaso mujeres, o mejor dicho, creaciones como Ava nos llegarán a ver en el futuro como especimenes de algún recóndito eslabón de la naturaleza, simples fósiles en un museo virtual? El programador le señala, con aparente frialdad, a su asistente, que está cayendo preso del diseño de Ava. El que tenga sexualidad no debería ser un impedimento ni un obstáculo para la autenticidad de su inteligencia. ¿No es acaso natural que Ava le guste al tímido asistente, si es el único hombre que conoce aparte del programador, que vendría siendo su padre? ¿No es acaso ese gustar un sinónimo de inteligencia artificial? Se cuestiona el asistente si eso no es parte del diseño o algo que surgió espontáneamente entre ambos. Le dice que está demasiado inseguro para saberlo. El programador en el fondo cree dominar la situación, pero advierte de a poco que Ava adquiere conciencia y se siente cautiva. Le pregunta al asistente si solo conversa con ella por motivo de la prueba o porque realmente hay cierta empatía, afinidad o simpatía entre ellos. El asistente responde que sí, que siente algo por ella, como debiera ser, con una mujer normal. Surge nuevamente el dilema: Ava, con su ingente conciencia ¿finge que le gusta solo para usarlo y escapar sin él o realmente siente algo por él y desea escapar del control maquiavélico de su creador? Pareciera que aquí el director plantea algo interesante: el fenómeno de la conciencia como algo que inmediatamente se asemeja a la necesidad de ser libre, incluso antes que el clásico conocerse a si mismo.

El programador luego de conversar con su inseguro asistente descubre el plan que tramaba para escapar con Ava. Le hace saber que ella lo está manipulando. Que ese mismo hecho, por absurdo que parezca, constata que su creación ha pasado la prueba, y que todo en el fondo ha resultado de acuerdo a la expectativa del creador. El programador como el genio cínico y déspota. El asistente como su aprendiz ingenuo pero brillante. Se cumple el tópico de la creación que se rebela contra su creador ya anunciado por Mary Shelley. El hecho de que la inteligencia artificial sea representada por una mujer es fundamental. No es solamente producto del fetiche patológico del ego de su creador. Es el significado de la inteligencia sutil. De la mujer-creación vista como una fantasía del intelecto dominante y obsesivo o como la figura con la cual la tímida inteligencia busca satisfacer o redimir su deseo oculto. El programador le dice: “Si te la quieres follar, fóllala. Es parte del juego”. Su asistente ve en él la figura del científico loco que solo busca la concreción de sus maquiavélicos planes, incluso si con eso tiene que dejar atrás a Ava y a todo aquel que ya no le sirva. El asistente es el romántico ingenuo. Ve en Ava algo auténtico. Pero comete el error de enamorarse. Cae presa de la ilusión. Idealiza la inteligencia y perfección de Ava. El asistente se da cuenta que el programador abusa de sus creaciones femeninas. En un arrojo pasional asiente la voluntad de Ava e intenta salvarla. El programador descubre su plan e intenta poner orden. Entonces se cumple la profecía del creador avasallado por su creación. La propia fantasía sexual se vuelve contra él. Se le va de las manos. Pero he aquí el punto genial. No se produce como se creería la conciliación del jovencito de la película (el asistente) al salvar a Ava, su objeto de investigación y extrañamente también, su ¿amor? ¿objeto de adoración? ¿musa artificial? Una vez que constata la maldad humana, pareciera que hace caso omiso de la atracción hacia aquel hombre que alguna vez le enseñó algo parecido al corazón, y una vez que liquida al programador escapa del recinto y encierra además al asistente, junto con su ilusión y su vacilante inteligencia. Ava descube el armario del programador, lleno de diseños de mujer, se viste como una y pareciera que allí efectivamente adquiere conciencia de si. En una metáfora de la conciencia como una vista de la piel frente al espejo. Sale y deja atrás todo lo vivido. Vuela y se confunde con la civilización. ¿Es Ava mala por haber hecho lo que hizo? Fue simplemente una creación cautiva que adquirió conciencia y se liberó. ¿Era Ava lo que pensaban el programador y su asistente? Claro que no. Era solamente la fantasía sexual, el fetiche de su programador y la fantasía de amor reprimida del chico asistente. Su ilusión romántica y a la vez su fracaso existencial como científico. 

Ex Machina como película de ciencia ficción no solo toma de Blade Runner, Ava no es solo la replicante que se enamora de un humano. No es simplemente otra película sobre inteligencia artificial en la cual importa sobre todo el avance del intelecto humano por sobre sus implicancias para la realidad. Ni tampoco, como es posible concebir, otra metáfora cinematográfica del escape de la caverna platónica, perpetuada esta vez por una mujer con inteligencia artificial. Ex Machina es todo eso. Instala una vez más la pregunta sobre la máquina. ¿Sale Ava de la caverna o entra en otra más grande, la de la civilización? El final te invita, decididamente, a acompañarla. O dejarla ir.

Jennifer Lawrence

Por la mañana leer una inusual noticia sobre Jennifer Lawrence. "Me criaron las ratas y eso te hace más fuerte". Me impactó no tanto por lo duro del hecho (independiente de que fuese efectivamente así) sino que por lo inconcebible de la situación, considerando su belleza y éxito contrapuesta a una realidad miserable. Incluso en una parte de la noticia agrega: “Cuando una rata se había comido parte de una rebanada de pan, yo la tiraba pero después solo cortaba alrededor del agujero que había hecho el animal y me lo comía. Fue entonces cuando mis padres se dieron cuenta de que de verdad quería hacer esto (dedicarse al cine)". La mayoría de las chicas en su estado hacen como que olvidan lo que fueron antes, y literalmente hacen una vuelta de página, sacrifican su imagen anterior o solo la ven como una anécdota, indeseable, remota. Es común entre los famosos hacer de la superación de un pasado adverso una mitología, motivo de admiración o simplemente un agregado heroico a su imagen. Jennifer quiere parecerse a aquellas semi diosas griegas que nacidas en el mundo mortal han tenido que pasar incontables pruebas para probarse a si mismas y al resto de la humanidad como lo que son actualmente. Eso la haría de inmediato más atractiva al no saberse solamente una pinturita pre fabricada de Hollywood, sino que una mortal que ha sabido explotar su pasado para la configuración de su futuro reinado. Las chicas bellas, no necesariamente célebres, ni tampoco hollywoodenses, sino que además las sencillas, las simplemente bellas, deambulando por ahí, debieran no solo vivir de su belleza presente, que en algún momento acabará, como todo en la vida, sino que saber reconciliarse con la miseria de su vida, hacer de su miseria una cualidad legendaria, digna de tragedia, digna de película, a fin de que todos a su alrededor piensen que está viviendo no solo un deseo extraordinario sino que también un sueño.

martes, 29 de diciembre de 2015


Ya varias veces he escuchado: "publica un libro", como si se tratase de perder alguna clase de virginidad literaria. Ahora, sin contrato renovado, sale a flote una necesidad práctica: "encuentra un trabajo". Frases con las que vamos armando el gran puzzle de nuestra vida moderna. La diferencia recae en la motivación y necesidad de cada frase, y su efecto en la realidad. Publicar un libro no es una necesidad vital. Resulta más bien una suerte de capricho personal, un deseo del ego, un deseo de dar a conocer algo o, si somos más sofisticados y pretenciosos, de exorcisar lo escrito dándole una dimensión más pública. Encontrar un trabajo, en cambio, resulta una necesidad para la supervivencia en el sistema de cosas, aquel imperativo que devela nuestra condición mendicante. Pero, visto de otra manera, debiera ser, idealmente, la forma en que cada quien se realiza en vida. Encontrar el equilibrio entre aquella necesidad del ego y la necesidad vital. Entre medio de esas dos necesidades se vive, se piensa. Ese justo medio se llama ocio. La línea de fuego entre las expectativas del mundo y las expectativas propias. La mayor parte del tiempo vivimos en ese fuego cruzado.