jueves, 29 de mayo de 2025

Juan Villoro en la Conciencia narrativa, conferencia: "la supervivencia de la especie ha dependido, en gran medida, de las historias que se cuenta a sí misma".

miércoles, 28 de mayo de 2025

Tornado en Valparaíso: un desastre desconocido

“Un tornado arrasó a mi ciudad y a mi jardín primitivo”.

Sumo, Mejor no hablar de ciertas cosas

Un tornado arrasó Puerto Varas el día martes. Los vientos fueron feroces, dejaron una decena de heridos y destruyeron muchas viviendas. Sin duda, somos un país atravesado por desastres naturales, sobre todo sismos e inundaciones, pero sobre tornados no habíamos tenido suficiente registro. Al menos, hasta ahora. Según dicen, este extraño y amenazante tornado se manifestó debido a un fenómeno climático conocido como “la mancha cálida”, una zona del mar que ha subido su temperatura más allá del límite, provocando una acumulación de vapores de agua que aumentan la energía necesaria para la aparición de vendavales y huracanes salvajes.

Fue tanta la potencia del tornado en el sur que puso en alerta a todo Chile. Y, de paso, trajo a la memoria, cual escombro que vuela a través del tiempo, el registro de un tornado ocurrido en Valparaíso en el año 1991. Sí, Valparaíso también sufrió en su momento la arremetida de un tornado. Ocurrió durante la mañana del 19 de junio, en la zona intermedia entre el puerto y Viña del Mar, específicamente entre los cerros Recreo y Barón, alcanzando el sector de Rodelillo. Aquella vez, el tornado derribó antenas de radio, arrancó techumbres en el plan y en el cerro, dejó muchos lesionados e incluso provocó la desaparición de un niño.

El tornado porteño se mostró implacable. Voló una Comisaría de Fuerzas Especiales en Santos Ossa, atacó postes, casas y árboles en la República independiente de Playa Ancha, arremetió contra la Terminal Agrícola y Pesquera y contra la Maestranza de la Municipalidad en Portales. A medida que seguía avanzando, el viento soplaba cada vez más fuerte, seguido de truenos, rayos y relámpagos. Un gran estruendo asoló el anfiteatro de Valparaíso y sembró el pánico entre los porteños, sin miramientos ni contemplaciones. La Avenida España quedó afectada, llena de carteles de publicidad arrancados por las ráfagas de viento. La antena de radio Valparaíso cedió, y los servicios telefónicos quedaron caídos, dejando incomunicada a mucha gente de la comuna.

Lo ocurrido en Puerto Varas puede ser una señal, considerando que nuestro puerto ya fue afectado en el pasado, ¿será posible que un nuevo tornado pueda ocurrir en Valparaíso? ¿Estaría la “ciudad patrimonio”, nuestra ciudad estoica, preparada para enfrentar una amenaza de tales magnitudes? La ciudad se resiente, otra vez. El daño de Chile es el suyo propio. Mira con un trauma severo cualquier otra calamidad ocurrida en su país. Pareciera que el tiempo la embiste, destinada a perecer. Aun así, aguanta, porfiada.

Por Valpo han pasado amenazas de tsunami, inundaciones, lluvias torrenciales, una gran cantidad de temblores y terremotos, mega incendios, destrucción de inmobiliario público, “estallidos sociales”, la amenaza de explosión de un gasómetro, el deterioro progresivo de su forma y de su esencia. Nada de eso ha logrado tumbar por completo la ciudad. La han herido, sí. De gravedad, a punto de pasar a ser una sombra de lo que fue hace mucho en un pasado glorioso. Sin embargo, Valparaíso permanece de pie, desvencijado, desmoralizado, pero de pie. Si no está la suficiente voluntad para mantener a flote nuestra embarcación, si no basta con la iniciativa ciudadana ni con la agencia política de lado y lado, la ciudad, nuestra ciudad encontrará la forma de enfrentar el vendaval que venga, aun a costa de su futuro.

Reencuentro con el amigo misántropo.

Nos reencontramos con un amigo de hace más de veinte años, “el misántropo”. Llegó desde la Cuarta Región. Allí trabaja en una termoeléctrica. Me invitó a la casa de su padre, donde se está quedando a alojar por unos días. El caballero me saludó y me estrechó la mano. No recordaba haberlo conocido. El misántropo dijo que sí, que ya habíamos hablado una vez, exactamente hace diecisiete años, cuando fui a su departamento en Avenida Alessandri. No pude recordar nada, aunque me dio gusto saludar al padre de mi amigo más longevo. Me ofreció una botella de Kunstmann. El misántropo le pidió una botella de vino para el frío. Así, brindamos por ese reencuentro tan ansiado.

Conversamos largo y tendido sobre cuestiones nostálgicas: nuestras andanzas en el colegio, nuestra etapa “anti-parafernálica”, la época en que vacilábamos metal e íbamos a las tocatas en Valpo, en la Cantera, en el 2120, sobre todo las veces en que hueveábamos en el plan de valpo, de carrete por las noches, sin otro rumbo que la dispersión y el fracaso. Recordamos esa vez en que salimos mojados de una disco, porque llovió torrencial, con los bolsillos vacíos y sin esperanza de compañía femenina. También aquella vez en que tomábamos chela un día domingo de verano por la tarde, en la terraza de una antigua pensión en Chacabuco, al ritmo de Metallica, Mercyful fate y Slayer, y tantos otros, mientras veíamos cómo se oscurecía Valpo y filosofábamos sobre el goce en la miseria de la existencia. Pero, después de tanto tiempo, las cosas han cambiado demasiado y, en cierta forma, para mejor.

Todavía recuerdo aquella vez en que me llamaba desde su pega en la termoeléctrica para avisarme que sus compañeros lo molestaban por su encierro y su soledad. Aproximadamente hace ocho años atrás. Le decían que no se quedara encerrado, que conociera a alguien con quien compartir los tiempos muertos, que lo intentara y que no tuviera miedo, en una suerte de patética charla motivacional. Él decía solo escucharlos con indiferencia, pero por dentro igual se tomaba en serio su condición, más aún en un lugar tan alejado, en el que la rutina y el contexto casi exigen seguir la rueda de la obligación, bajo unos parajes desoladores, marcados por la vida rudimentaria y el sedimento de la industria. Insistía, sin embargo, en que la pega no era mala, pero que se sacrifica mucho en el proceso: la vida social, el esparcimiento. Se trataba de un lugar que le evocaba el sentimiento de extranjería constantemente.

Decía que lo que le pasaba entre esos metales fríos y esos ruidos mecánicos era algo indescriptible. Pese a eso, nunca se resignó y continuó trabajando, asumiendo esa pugna interior. Así fue cómo logró superar su estado de marginación, armando un proyecto de vida llevadero, volcándose al sacrificio y dejando atrás esa paradójica libertad del hedonismo barato. Fue en esas noches ruidosas de soledad industrial que consiguió una dirección, noches infinitas y soterradas que eran muy semejantes a alguna carátula de doom metal o incluso a algún pasaje de la novela Pedro Páramo, con cerros de carbón y chimeneas humeantes de fondo, mirando hacia el negro horizonte.

Hoy por hoy, al misántropo ya no le queda el epíteto: es un ingeniero eléctrico, padre de un chico de tres años y mantiene una buena relación con su señora en la casa que con mucho esfuerzo lograron armar, en el pueblo donde vive hace casi una década, alejado del mundanal puerto, del feroz y melancólico puerto. Hizo su vida allá, formó su familia, armó su hogar, su pega. Sobre todo, se alejó de ciertas compañías mediocres y abajistas y borró sus redes sociales, la mejor decisión que pudo haber tomado, le repito. Ahora se siente más libre que nunca: vive la vida, la vida real, la verdadera vida.

Sin embargo, mi compadre me confesó que se aburre terriblemente en el pueblo donde vive, un pueblo chico, costero, rodeado de pocas casas, donde todos se conocen y todos conocen la vida de todos los otros, más exotismo que vida ciudadana, pueblo chico, infierno grande. Decía que los vecinos del otro pueblo cercano eran demasiado cahuineros y dados al chisme y al conventilleo, cuestión que no podía soportar. Siempre mi compadre ha sido bajo perfil, aún lleva dentro de sí la anti parafernalia, aunque bien canalizada, en virtud de la superación y de la disciplina interior. De esa manera, logró lo que logró, sin aspavientos, borrándose del mapa, del inmenso mapa de las relaciones superficiales y los culebrones tóxicos.

La fábrica donde trabaja, decía el misántropo, sigue igual de gigantesca. Me mostró una foto en su celular y efectivamente el complejo termoeléctrico era lo más parecido a una ciudad llena de tubos y cañerías, una estética y una arquitectura muy similar al sector industrial de Con Con, que, de noche, emula un escenario cyberpunk en plena Quinta. En aquella termoeléctrica de la Cuarta, es donde mi compadre se quema las pestañas hace casi una década. Allí, a punta de garra y puro aguante, se forró y armó una vida más o menos tranquila y ordenada.

¿Quién lo hubiera creído? El más “satánico” del grupo, el que vacilaba Deicide, Emperor, Vital Remains, Mar de Grises y Uaral, que decía “fallar en la vida y en el amor”, que cantaba a pecho descubierto tanta lírica depresiva, ocultista, hoy es todo un padre de familia. Le dije todo eso y se río, porque sabía que era cierto, aunque, más allá de los vaivenes de la vida, sigue siendo el mismo: auténtico, piola como él solo, quitado de bulla, responsable, pero con una intacta afición por lo oscuro, volcado en el metal y en el imaginario popular. En eso seguiremos siendo muy parecidos, en eso nos hermanamos, en la actitud vital, pese a los diferentes caminos que acabamos tomando y a la gran diferencia en el enfoque de nuestras respectivas carreras. Él, un técnico más volcado a la cosa operativa. Yo, en cambio, un “humanista” irremediable, en el sentido de mi obsesión por las letras. Decía que nunca se le dio el humanismo, que lo suyo siempre fueron los números, la cosa técnica, concreta, manual incluso. Siempre lo veía arreglando una que otra cuestión, fondeado entre cables. Hay que tener una predisposición desde chico para eso, porque, en el fondo, era algo a lo que mi compadre siempre estuvo acostumbrado.

Le pregunté que cómo lo hacía en sus turnos para no aburrirse. Dijo que siempre se estaba pendiente de algo, tanto en los turnos de día como de noche, había que vigilar de manera constante los medidores, que no se recalentaran las tuberías. A veces, en los tiempos muertos, se ponía leer -¿a leer?-, le pregunté. Él dijo que sí, que leía, pero cuestiones relativas a generadores y potenciómetros, un imaginario de ingeniería eléctrica. Había creído que estaba leyendo alguna novela o algo por el estilo. Hubiera sido bizarro. Para mi amigo, abocado de lleno a su pega, lo más parecido a la literatura era algún ensayo sobre el futuro de la generación de la energía en Chile y el mundo, no por nada la central en donde él trabaja alimenta a todo el país de manera transversal. Hay ahí, sin duda, un potencial literario. Se podría escribir una novela con sus puras anécdotas en la termoeléctrica, porque en cierta manera, la literatura también abastece de energía a sus agentes y tiene sus cortocircuitos, sus sobrecargas y sus apagones.

A propósito de apagones, le pregunté al misántropo cómo vivieron el apagón de febrero. Me comentó que fue fatal, que, por suerte, él no estaba de turno cuando fue ese apagón de más de cinco horas, que tuvo que hacerse cargo con su equipo de todo el mantenimiento de la central durante la madrugada. El responsable, según contó, fue sumariado y despedido. Terrible. Al tocar el tema del apagón, mi compadre se explayó largo y tendido sobre sus posibles causas, haciendo uso de tecnicismos y de explicaciones enrevesadas que, francamente, no alcancé a pillar del todo. Solo presté atención a cuestiones generales, como el hecho de que los generadores rotativos mantienen un equilibrio autónomo en la alimentación de energía, lo cual vuelve necesario el uso de plantas con esas características. Uno solo de esos conductores tenía una presión que podía literalmente matar a cualquiera, de una sola vez, como un disparo a quemarropa. A un trabajador de su central ya le había pasado. Muerte súbita. Estás terrible expuesto, le dije. Afirmó con la cabeza. Dijo que lo que provocó el apagón fue la mala respuesta en la línea de transmisión que se ubica cerca de donde él trabaja, entre Vallenar y Coquimbo. Al sobrecargarse, se desconectó y los sistemas de protección no fueron activados de manera oportuna. El equipo que estaba a cargo de esas maniobras no reaccionó a tiempo o no lo hizo de la forma que había que hacerlo y pasó lo que pasó. Una reacción en cadena, le repetí. Exacto, contestó el misántropo. Una reacción en cadena en la caída del sistema eléctrico país. En definitiva, un oscurecimiento total. “Blackened”, repitió, nombrando el tema de Metallica que abre el disco And Justice for all. “Blackened is the end”. Oscuro será el fin.

Y como todo tiempo tiene su final, ya se hacía de noche y hacía un frío realmente diabólico. Me levanté y me despedí de mi amigo. Un abrazo apretado y luego un estrechón de manos a su padre. El misántropo luego me encaminó hacia la salida. Me dijo que se quedaría por unos días, y volvería el fin de semana a la Cuarta para retomar su rutina industrial. Vuelta a la realidad, le dije. Asintió. Vuelta a la realidad, la realidad de la fábrica, la realidad de la maquinaria pesada que alimenta a todo Chile, y de la cual es, en parte, responsable. Vuelta a las amanecidas, entre tuberías candentes y focos mal iluminados. Quizá sea como dijo Varg Vikernes, el único integrante de la banda Burzum: "la oscuridad es tan esencial como la luz, ya que ambos son partes fundamentales de la existencia humana”. Él, que desde muy cabro siempre vaciló el imaginario de lo oscuro, ahora procuraba la generación de la luz en todas las casas y en todos los rincones.

lunes, 26 de mayo de 2025

El último capítulo

Ejercicio narrativo de Escritura creativa.

La puerta de salida retumbó en todo el departamento, seguida de un sonido de pestillo. Alguien había salido sin avisarle y lo había dejado cerrado con llave. Afuera de la pieza sintió el maullido de un gato, un maullido agudo y molesto. Estaba solo. No podía dejar de escribir ese capítulo de su novela, un pasaje desgarrador y sentimental. No ahora. Había mucho en juego: su propia reputación. Sin embargo, una sensación de encierro lo abrumó. Sintió una terrible migraña. Abrió levemente la ventana de la pieza, sucia por la humedad. El cielo estaba despejado. Una brisa le refrescó la cara por un instante.

Se levantó de su asiento y prendió el ventilador. Luego, buscó en el cajón del velador algo para aliviar su dolor y un par de toallitas húmedas. Recordó, en esos segundos, a su ex. La vio acostada en esa cama próxima al escritorio. La vio tocándose la frente, hablando en voz baja, casi un murmullo. Se acercó a ella. Algo le quería decir, pero no consiguió descifrarlo. Supo que debía mojarle su rostro cansado para aliviarla. A lo mejor así ella le confesaría su secreto.

La pieza, de pronto, se oscureció. Se levantó para apagar el ventilador y dejar que la brisa fresca volviera a despertar sus sentidos. Su ex ya no estaba ahí, solo la cama deshecha, cubierta por unos cuantos libros carcomidos, después de una tortuosa semana de edición. El gato volvía a maullar en el living del departamento, con más y más fuerza. Lo llamaba para salir, pero fue más fuerte su oficio, así que permaneció encerrado, absorto frente a la pantalla y el teclado de su ordenador.

Tenía en mente un giro drástico. Debía concluir esa misma noche, de lo contrario, lo olvidaría y lo perdería todo, y no estaba dispuesto a eso, de nuevo. La pieza se encendió, la invadió un calor repentino. Solo estaba él y la página, jadeante, empujándolo a continuar. Al rato, volvió a sentir el pestillo y la puerta de salida que retumbó. Fue tan fuerte que esta vez lo detuvo y lo impulsó a salir de la pieza, para ver qué pasaba.

Caminó hacia la puerta, lento y nervioso. Al abrirla, encontró todo el lugar desmantelado. Estaba prácticamente vacío. Se topó con unas maletas llenas de ropa y alcanzó a ver a su novia, junto a su gato, fumando en el balcón. Apenas se acercó, la novia se dio la vuelta, lo observó con mirada afilada y lo obligó a irse para siempre del departamento. Le repitió que ya estaba harta, que viviendo con él no llegaría a ninguna parte y que vendería todo para viajar y comenzar una nueva vida fuera del país. Impactado, no lo podía creer. Antes de pensar en alguna locura, se tomó la cabeza, luego respiró hondo y cerró los ojos. Al abrirlos, supo que ese era el cierre que necesitaba, el que siempre había estado buscando. Se encontraba de regreso en su habitación, aún más iluminada que antes. La novela, su verdadera y única confidente, lo esperaba, por fin, con las páginas abiertas.

domingo, 25 de mayo de 2025

Se le achaca a Soublette una reminiscencia constante a su "pasado nazi" (como si el pasado stalinista no fuera reprochable), una predilección por el esoterismo, una vuelta al origen y a la tradición, como respuesta al mundo moderno. Pero yo digo que esas son precisamente las cuestiones que, bajo mi perspectiva, constituyen la auténtica "contracultura", hoy por hoy. Frente al materialismo filosófico, la búsqueda espiritual. Frente a la iconoclasia rampante, la reivindicación de lo sagrado. Frente a las ideologías utópicas, la inclinación por el misterio. Frente a la falsa superioridad moral, el trabajo interior con la sombra y la piedra bruta. Todo se resume en una búsqueda espiritual en integración con la propia tierra, conceptos que podrán sonar arcaicos, retrógrados y hasta "reaccionarios" para el progre y el moderno promedio. A Soublette le hubiera venido muy bien la siguiente frase, atribuida a Gustav Mahler: "La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego"

Gastón Soublette: “este país está vacío espiritualmente” (extracto)

Los discursos políticos han estado centrados en lo material, en lo económico, pero no hay una reflexión profunda sobre cómo queremos repensar el país.

-De eso no hay idea. Siempre para el chileno los problemas son económicos en el fondo, lo cual es muy chato. Por eso este país está vacío espiritualmente. Escucha a los políticos cuando los entrevistan, olvidándose de lo que están diciendo, ve su gestualidad, la rapidez con la que hablan, la irresponsabilidad del uso del lenguaje, da la impresión que están locos, con mucho caldo de cabeza. Todo lo que dicen son puros lugares comunes y usan con una tremenda irresponsabilidad palabras como libertad, unidad, progreso, y a la larga no hay nada de eso. Yo veo que esto no tiene destino.

Pero usted nació en un país que ya no tenía destino, porque venían mal las cosas desde antes.
-Sí. Yo nací en un país que ya no tenía destino. Si hubiera nacido en pleno siglo XIX, con esta gran cultura rural, llena de sabiduría, a lo mejor habría sentido que vivía en un país que tiene sentido.

¿Vivir en el Chile actual no tiene sentido?
-Desde cabro chico que vengo escuchando que la vida es un problema, no es un don. Eso le hace mal a una persona, porque si asumes que la vida no es más que un problema y que básicamente es económico, te matan el alma.

¿Chile no tiene alma?
-Chile tiene un alma profundamente enferma y neurotizada. El modelo de sociedad actual está en crisis terminal.

Tiempo atrás usted aseguraba que el mundo se había muerto hace rato.
-Sí, decían que el mundo se iba a acabar el 2012 y cuando me entrevistaron dije que no había que recurrir al 2012 si el mundo ya se había acabado hace mucho tiempo.

¿Cuándo se acabó?
-El mundo empezó a acabarse con las guerras napoleónicas y acabó con la Segunda Guerra Mundial. Tú te preguntarás cómo es posible si estamos todos vivos. Te explico. Vamos a la etimología de la palabra “mundo”, que viene del griego “cosmos”, que significa el orden. ¿Cuál es el orden que se acabó? El orden de la cultura occidental cristiana. Puede que haya dejado de ser cristiana pero siempre había un orden, una cultura grandiosa. Ese orden terminó. Lo que queda es un constructo financiero, político y militar, y eso no es una cultura humana. Y la prueba es que se mantiene con la apariencia de orden nada más que por la fuerza de la ley. Ahora, si en algún momento le abres la compuerta al caos…

¿Qué pasa?
-En Nueva York se hizo un experimento hace 30 años en el que se apagó la luz a propósito. Y dejaron libres a las turbas, que invadieron la ciudad, rompieron las cortinas metálicas de todas las tiendas, saquearon todo. Y los policías se retiraron para permitir a esta gente que hiciera lo que estaba haciendo. Y se filmó todo y con ello se evidenció el grado de caos en esta apariencia de orden. Hablé con una persona que era un alto cargo de la ONU, que vio todo ese experimento, y me dijo que era la apariencia del fin del mundo. El caos está en cualquier parte, si apagas la luz en París va a pasar lo mismo. Cualquier cosa que haga disminuir todos los mecanismos de seguridad hace estallar el caos inmediatamente. Ves lo que ocurrió en el sur tras el último terremoto, cómo la gente invadió y robó todo lo que pudo. Esa es la prueba de que el orden no existe y esa es la explicación que yo daba para afirmar que el mundo se acabó.

sábado, 24 de mayo de 2025

La Gran Discordia (poema)

 Del imaginario gragkiano (2006-2007 app)


Aquí viene la virulencia

Que caerá sobre cada huella humana

Será la entropía higiénica

que acabará con los conceptos eternos

de la moral y la ética.



La agricultura del pensar

marginará a su ovejero

así, la lana del caos será trasquilada

para tejer el velo de Maya

que cautivará a parásitos y filósofos.



Se expondrán las vísceras del tiempo

y la carne de la galaxia

traerá las almas en pena

que vagan en el espacio

sobre vibraciones intempestivas

y la Tierra será la tumba de todo paraíso.



Aquí viene la virulencia

La invencible virulencia

liquida ya la necedad

de tapizar el cielo de quimeras

cuando bajo el poder de Dionisio

se implora la potencia de la carne

por sobre los verbos

por sobre la paja de los templos

por sobre el yo y la ilusión del más allá.



Aquí viene el corazón del tiempo

poniendo en marcha su incesante caos

su fracción de todo y de ente

será el agente que revele toda máscara.



¿Quién te hizo verdad para decir: descubriré tu rostro?



Entre ellos, su falacia hermenéutica

y la tiniebla de la incógnita

hay solo un lamento de siglos

Es la lírica de los malditos

Los cautivos del velo de maya

atados a la magnánima Discordia.



La Gran Discordia, que prescinde de toda

pureza del espíritu

está ya aquí en cada rincón del universo

y en cada reducto cerebral

cumpliendo su obra perenne

escrita con el fluido de un vicio

llamado historia.



Aquí viene la virulencia

Que caerá sobre cada huella humana

Será la entropía higiénica…

Nada, para siempre

Discordia para todos

y la Tierra será la tumba de todo paraíso.

viernes, 23 de mayo de 2025

“La literatura es una forma de trascender nuestra época. Como diría Chesterton: de liberarse de la degradante esclavitud de ser hijos de nuestra época”. Juan Manuel de Prada.

miércoles, 21 de mayo de 2025

Parásitos de la conciencia (digresiones y líricas infectas) Hacia un manifiesto parasitista

A J. Pinto.



¿Y si te dijera que nunca hubo un antes del virus

Que la normalidad pretendida

era igual de mórbida, solo que deambulábamos en ella,

anestesiados, plagados de ilusiones e hipocresías?

La división creada por el patógeno no es tal,

Siempre estuvo ahí, injerta en la mirada del extravío

estirando el elástico de nuestro maniqueísmo.


Para Camus, “cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella”. De acuerdo a La peste, la normalidad es un orden ilusorio. De hecho, la existencia de nuevas normalidades confirma el absurdo mismo de la existencia, ya que si esta tuviera sentido por sí sola, esa sería la norma, pero las circunstancias que se presentan indistintamente en la novela y en la realidad han demostrado justamente todo lo contrario. El virus no es lo absurdo. El virus solo expone la fragilidad de la norma, la falta de articulación de un sentido unívoco.


La bizarra sensación después de ver la película de Cronenberg, El almuerzo desnudo: la sensación de escribir frente al pc como el bicho que te encomienda una misión y, en un acto de onanismo compulsivo, imaginar que uno hace la de Guillermo Tell y asesina virtualmente a sus posibles conquistas. Es el precio de volverse un exterminador, de hacer del antídoto el virus, de escribir nada más que por un impulso adictivo.

...

Parra, cuando le explica a Benedetti, acerca de su famoso cuento "Gato en el camino": "el cuento propiamente tal yo no lo concibo, como tampoco concibo la novela propiamente tal. Me interesan más bien en su estado de bocetos, o de bichos más o menos informes; me interesa más un renacuajo que la rana completa: me interesa más el insecto a medio camino, que el insecto perfecto. Tal vez debido a eso no he persistido en el trabajo de la prosa, que es más coherente que el poético". A raíz de la anécdota, aspirar a lo mismo. Relacionada con la frase de Mallarmé: "yo no he creado mi Obra sino por eliminación", se puede llegar a una aspiración realmente auténtica en la vida, frente a tanta obsesión por la integridad, por el cumplimiento de proyectos concebidos como totalidades: familia, estudios, compromiso. Generalmente uno no puede asimilar la vida sino a través de fragmentos, en nuestros momentos más fortuitos a cuentagotas o inclusive en forma de descargas en los de mayor intensidad.

Uno debiese aspirar a ser el significante de su propia vida como un Libro mallarmeneano, o como el punto seguido de un artefacto parriano. Esa manía occidental de poner punto final allí donde solo existe el umbral hacia otra página en blanco. Ese engendro de la eficiencia y sombra del progreso entrometida incluso hasta en la intimidad emocional. Uno debería tener por objetivo ser un destello milagroso dentro de una vida prestada. La escritura no me pertenece, la mente no me pertenece, soy un vástago de la sociedad porque ella vive en mí. Uno debería pretender escribir, o aspirar a vivir, siempre en miras de lograr la página en blanco absoluta. Dejar que las ruinas de tus proyectos (edificios artificiales) escriban en tu lugar.

Yo no aspiro a la felicidad, yo aspiro a la obra. Uno tiene por obligación actuar siempre como la piedra que contiene en sí tanto el comienzo como el ocaso de aquellos edificios. Yo no quiero familia. Solo quiero pensarme como el parásito de mi creación, el proceso entre la mano que la arroja y el rostro amoratado. Esa es la vida que te escribe, el insecto que intuye su muerte al multiplicarse por mil.


Hoy en Chilito resulta más artístico, turístico, montar cuantiosas ferias del libro con todo su gueto de amiguismos y de inversiones, que la existencia de escrituras que simplemente se dispongan a recrear lo humano en su intemperie. El circo estéril de la crítica ha promovido el hermetismo de los criterios por sobre la intuición del gusto que aflore del órgano de lo cotidiano. Si, por ejemplo, figuras como Teillier lograron instalarse en círculos literarios, fue precisamente porque sentían ese habitar poético siempre a pesar de la crítica, operando casi siempre como un acecho dialéctico de aquellas voces circundantes a la tradición, para envolver esas manchas tarde o temprano bajo su paradigma.

Lihn hablaba de escribir correctamente poesía, más en relación al oficio que a una lógica de producción, oficio posible a raíz, y muy en el fondo, a pesar del impulso vital: "el mismo Rimbaud/que probó que la odiaba (la literatura) fue un ratón de biblioteca,/y esa náusea gloriosa le vino de roerla". Sin embargo, Rimbaud se fue al África. Lihn destinó su escribir al inxilio. El Chico Molina, conocido como Bartleby chileno, no escribió nada. Son lecciones que vienen de la voluntad para canalizar el caos propio, más que ejemplos morales. Se tiende a caer en un academicismo que se fagocita a sí mismo, parasitando a sus huéspedes con el fin de prosperar, cuando hay que escribir fuera de la ley. O también se cae en vanguardismos que afloran al ritmo de la bebida energizante de la imagen, quedándose solo en lo espectacular, en su pista de baile, no en su transmutación, cuando hay que escribir siempre a raíz del silencio y organizar el ruido interno.

Qué patética la vanguardia que "quiere ir" adelante del resto, pero detrás de un sueño americano: plata, libros, mundo ¡nada de eso es el bien peligroso de las palabras! Hay que concebir una escritura que excave en el África interna -su punto de subdesarrollo, su tercer mundo- y que haga de su tinta combustible en la zona baldía de los maestros. Duchamp fue vanguardia no por contingencia histórica, sino porque su gesto es el del asco frente al orden establecido. Su asco fue el estilo del siglo. Hoy, sin embargo, vemos la prostitución del ritmo interno arrasando en las ferias y en los museos, avalados por la teta del estado, cuando el sentido de la poesía, a decir de Holderlin, era el de ser "la más inocente de las ocupaciones", inocencia como fuerza y recreación.

Prevalece la poesía que propicia el espectáculo, la pantalla donde los egos se masturban, "en línea" con los intereses de narcos editoriales. En palabras de Duchamp: urinarios del pensamiento al servicio de la cloaca de la contemporaneidad. Frente a ese caos, solo queda reinaugurar los vómitos joviales, la higiene desaforada que nos reconcilie con nuestra respiración, nuestro anonimato y nuestra oscuridad.


¿El virus ha muerto?

Ha dicho Jorge Zamora, disidente activo de la plandemia, que “todo lo que está ocurriendo hoy en día se produce gracias a que las personas creen básicamente dos cosas: 1 que el virus existe y 2 que la PCR detecta enfermedad”. Según él, no se descubrió un nuevo virus, solo se hizo un constructo virtual consistente en secuencias genómicas que no son originales, sino que fueron dispuestas como si de un Frankenstein virtual se tratase. Sarscov 2, para Jorge Zamora, no existe en la realidad y es tan solo un constructo virtual binario. Sí, tal cual se oye. Zamora es uno de los pocos chilenos que se la juega con una tesis tan atrevida, y se propuso hacerlo con argumentos racionales y científicos. Él sostuvo que, al no haber aislamiento ni secuenciación del genoma del virus, sencillamente no se puede afirmar su existencia a ciencia cierta. Similar a tomar la foto de un OVNI y suponer su estructura completa para afirmar que existe, asimismo, con el Sarscov 2 suponemos su estructura en fotos, pero no ha sido individualizado su genoma real, y con eso es imposible afirmar que este presunto virus tenga siquiera la capacidad de enfermar y, por ende, de matar. Zamora, para seguir argumentando su temeraria tesis, citó a Wu Zunyou, jefe del Chinese Center for Disease Control (CDC), quien declaró este año que “el virus no fue aislado”. Sin virus aislado, no puede existir genoma del mismo. Por ende, no puede haber pandemia.

Lo dicho por Zamora resultaría inmediatamente censurado por los talibanes del Ministerio de la verdad de Bil Gates, redes sociales y farmacéuticas asociadas y coludidas. Y eso es lo realmente preocupante. Ya no tanto el contenido de su tesis, de por sí provocadora y transgresora, sino que la falta de debate y aun de disenso científico en torno a este bicho, ya no se sabe si real o imaginario.

¿Y qué pasa con los millones de muertos? Esa misma pregunta se le hizo a Zamora en una transmisión en vivo. Él simplemente respondió que el problema radica en el engaño de las PCR, que realmente no detectan el supuesto virus. Lo que hacen es identificar ciertos síntomas asociados a otras enfermedades afines, para luego ser clasificados arbitrariamente, y de acuerdo a protocolos dudosos, como “positivos” falsos o verdaderos.

Si todo lo dicho por Zamora resulta ser cierto, solo cabría pensar en las desastrosas consecuencias para la ciudadanía engañada y en la aterradora verdad tras toda esta trama conspirativa. Los que llaman conspiranoicos a tipos como Zamora caen en el juego de la verdad “científicamente comprobada” por los medios oficiales y atacan al mensajero pero no al mensaje, falacia del hombre de paja muy usada hoy por hoy para aplacar cualquier atisbo de crítica tachándola directamente de “negacionismo”. Todos los que desconfían del relato de la pandemia pasarían a ser negacionistas. En última instancia, solo se pueden debatir dos grandes posiciones enfrentadas: la de los promotores del origen natural del virus, provacunación y obedientes de las medidas sanitarias; y la de los promotores del origen artificial del virus e incluso negadores del mismo, antivacunación y desobedientes de la narrativa plandémica. Como ha venido siendo la tónica en materia de ideas, durante todo este tiempo, ambas posturas maniqueas se mantienen en pugna, en un estrecho conflicto por la verdad y el poder.

Que el virus ha sido usado por “manos negras”, me inclino a pensar que sí.

Que el virus no tiene un origen tan espontáneo como creemos, me atengo al beneficio de la duda.

Ahora, que el virus no existe y todo no es más que un macabro circo para someternos, me resisto a creerlo del todo, pero una intuición me lleva a pensar siempre en el peor de los escenarios como factible, a juzgar por la dramática sucesión de hechos acontecidos a lo largo y ancho de esta coyuntura histórica.

Después de todo, mantengo el sano escepticismo y solo puedo afirmar que los virus no están vivos, y que incluso son llamados, en ciertos tratados de medicina, “partículas zombie”. Estaríamos ante la amenaza constante de un zombie invisible, seguido de cerca por el miedo que alimenta la maquinaria.

Así, el virus es verdad y es mentira. Verdad en cuanto discurso del poder. Mentira en cuanto su inexistencia puede probarse.

El virus es vida y es muerte. Vida porque sobrevive en nuestra mente. Muerte porque parasita lo que vive.

“Un virus en acción es casi invisible, la luz fusela su cuerpo. Se lo puede observar bien con el microscopio Electrónico, únicamente Después de muerto”, rezaba Gonzalo Millán, en Letra muerta, del libro Virus.

Solo nos queda el pensamiento y su respuesta inmune

El lenguaje y su imbatible viralidad.


Ocaso de metal

Las palabras apuntan al final de finales

Hierven mentes y corazones

El desastre se vuelve la norma

Hombres y bestias azuzan el fuego

Descalabro de la razón

Traición de la luz

Se cierne la noche sobre el páramo

Se hunden las naciones

Se demuelen las obras

Las hienas del poder muerden la carne

La materia se resiente

El mal se vuelve metálico

Y los profanos pagan su deuda

El diablo renueva temporada

La Tierra precipita la agonía

Tras su rostro, reflota el horror

El vacío nihilista, hambriento de furia

Falso Dios de este mundo

Carcelero de ilusiones

disemina la mentira, cual peste

sobre su imaginario oxidado

Ya no hay misión, ya no hay sentido

Los bastardos acometen su crimen

Ecos sin voz se estrellan contra el muro

Sombras sin sustancia

Revelan lo real

La sangre ardiente y el alma desnuda

Se cierne la noche sobre el páramo

Se destruyen los proyectos

Se asfixian las gargantas

Los buitres de la discordia rapiñan la carne

La materia se retuerce y se revuelve

El caos se vuelve ácido

Y los blasfemos (de toda laya)

Montan su teatro

El absurdo renueva temporada

El cielo se precipita a su agonía

Tras la máscara, reflota el horror

El vacío absoluto

De lo que no tiene nombre

Ocaso de metal, cae el conjuro

Sobre los enemigos de espíritu

Ocaso de metal, cae el hechizo

Sobre los parásitos de la consciencia.


No estoy contra cogito ergo sum, pero, sin embargo, dudo de que haya una certeza equiparable a Dios y a los conceptos elementales y artificiosamente elaborados por la cualidad fracturadora de la mente.

La palabra duda, más aún, el hecho de dudar, envuelve su etimología y definición en un orificio autófago para quien la erija como concepto. El querer establecer de ese artificio una certeza es precisamente y se vuelve en ese orificio, y hasta lo que dije, cabe la duda, se ve envuelto.

Conceptos parafernálicamente físicos: Pensamiento, yo, imaginación, ensueño, verdad, etc, etc, etc. no son más que espejismos que la mente [ese virus extra humano] incrustada en este animal bípedo proyecta y hace perfectible por medio de los cinco sentidos del susodicho animal. Apoyo a Burroughs al decir que: “el lenguaje es un virus”, pero el virus es para mí mejor dicho la mente, y, junto con ello, un parásito ontológico que corroe nuestra susceptibilidad haciéndola justamente susceptible, y por consiguiente, hambrienta de retribuciones ¿Respuestas?

Etapa final= fractura.

Por lo dicho, el pensar puede volverte como un orificio autófago, aunque creo o dudo que lo sean o ya lo somos o lo soy. No se puede imaginar una vida humana (con todas sus fracturas) en un cuerpo artrópodo, por ejemplo (como si Kafka supo hacerlo, pero solo siguiendo una línea humanoide).

De esa forma, la figura humana necesita de la oscuridad flemática de una pangea.

El caos inicial es la pangea máxima.


Una poética de la oscuridad

Echar a andar el engranaje del pensamiento para constatar que no produce sino su propia y adhesiva repetición. Quizá sea posible concebirse, fuera de la rutina o dentro de ella, entre sus grietas, uno mismo como una máquina de excretar frases, simples sentencias que sean embriones de pensamiento total, a la manera de haikus o de parábolas indias, pensar así como ritual cognitivo para tu vida tanto psíquica como cívica, pensares equivalentes a musculaturas y respiraciones: un sístole díastole de escritura. El momento en que la letra entre sangrando en la vena y salga divorciada de algunos de tus orificios, de tu sistema completo, a la manera de una criatura, como el músculo del brazo o el sudor de una fiebre, ese puro proceso de adicción y de expulsión podría ser lo único, el placer y el deber escribir. Que los textos actuaran como molinos que emulen la violencia creadora de la sangre.

Ahora bien, es preciso que esa máquina de ficción en su curso inmortal purifique la falsa antinomia de los conceptos: la vida desconoce exclusividades, contiene las contradicciones porque son brochazos de un lienzo cósmico, no porque se borren a si mismas en él. Los conceptos binarios son como fisuras de un sistema nervioso: yo no amo sin odio, yo no vivo sin morir, yo no intuyo el núcleo sin la superficie. Las cicatrices del pasado pueden ser surcos donde florezcan nuevos sentimientos, eso lo sabían los griegos: el paroxismo de las cosas diluye sus opuestos, pero para llegar a esa verdad es preciso atravesar todo lo intrincado de las oposiciones del mundo, sentir la adversidad en tus órganos, ser tu mismo en algún punto el engendro de la adversidad de tu mundo civilizado.

Para conquistar la abismal pulcritud de una realidad pura como hoja, es preciso que te deshagas y que seas más negro que la tinta. De esa forma iniciática se podría llegar a escribir en cierto punto de inflexión. Se trata de una poética de la oscuridad, como ya lo revisaron Lihn, Millán y otros metapoetas. Por eso, en parte, la crueldad de la que hablaba Artaud, a nivel ético, siendo duro consigo mismo para que, en ese acto, germine una nueva apertura en y desde los otros, incipientes pero inherentes a esa cosmovisión.

Con todo, y por todo lo anterior, no puedo ser positivo, no puedo simplemente obviar el proceso vital del conocimiento, el ruido y el aceite de esa máquina. Para, al fin, ser o deber ser, debo contaminarme de ese ruido y de ese aceite, para saber, para aprehender, concebirlo todo, para intuir la la paz auténtica de toda esa mecánica, una ecología de la mente. Por eso, escribir implicaría volverse negro e indescifrable como tinta hasta que la página en blanco -tu realidad- aparezca virginal y total, como una ventana abierta después de tu primera y última noche de bodas.

No es posible escribirse por entero, ergo, hago de mí una obra por correspondencia absoluta. Nadie ama a nadie, por lo tanto, en esa nada es posible que seamos oscura significación, como un vacío oriental: prodigios de oscuridad, sombras de mundos.

martes, 20 de mayo de 2025

Esto no es una arepa: el tostador es chileno

Frente a la polémica de la empresa Ilko y la denominación del clásico tostador de pan como "parrilla para arepas", cabe aludir al origen del artefacto. Se trata, por supuesto, de un producto cien por ciento chileno. El historiador José Pedro Hernández expuso que el tostador se creó en el campo y luego se popularizó en los años cincuenta, con el auge de la migración hacia las ciudades. Eso sí, no tendría ninguna patente industrial, por lo que se ha usado en diferentes partes de Latinoamérica. Incluso habría llegado hasta Europa. El solo hecho de que no tenga patente explicaría, tal vez, por qué Ilko hizo esa modificación, buscando adaptar la función del tostador al mercado venezolano, y no al revés.

Tras el cambio, se generó un parte aguas, entre quienes defendieron su apropiación cultural y quienes apelaron al elemento identitario del artefacto, propio de nuestro país. En virtud de todos esos recuerdos de niño, cuando nuestra bisabuela nos servía pan amasado en esa clásica rendija de hojalata, y también tostaba algunas sopaipillas que nosotros mismos moldeábamos a mano, prefiero reivindicar el carácter nacional del tostador, que se identifica con nuestra industria y con nuestra cocina, a la vez que con nuestra memoria.

Al momento de calibrar el fuego, tratábamos que el pan batido o la hallulla no se quemaran. Nada mejor que unas tostadas con margarina o con queso. El tostador era muy práctico para el desayuno y para la once, aunque había que procurar dejarlo a fuego lento. Esas cenizas dejadas por la masa en el suelo, ese olor a quemado que lo envolvía todo, también nos pertenecen. Y no, no se trata de restringir su uso al venezolano ni a cualquier otro, se trata de respetar la idiosincrasia del tostador, y no hacerlo aparecer como otro objeto al servicio de la producción en serie y de la mercadotecnia sin arraigo histórico ni color local.

En señal de protesta, el otro día, publiqué una foto en la que aparece un pan batido entero encima del tostador y, debajo, la leyenda: esto no es una arepa. Se trataba de imitar lo que hizo Magritte con su ya famoso: esto no es una pipa. No es el sentido literal, es la representación que nos hacemos del tostador lo que cuenta.