miércoles, 18 de noviembre de 2020

En la Universidad un compañero de curso me hizo un comentario super extraño, no recuerdo en qué contexto, antes de entrar a una clase x: “en volá el Palomo no existe”. Era en modo talla, en todo caso. No en mala. Lo quedé mirando con cara de extrañeza. Atinó a reírse, pero no pude seguirle el hilo. ¿A qué venía esa duda sobre mi existencia? El compañero empezó a explicar su ocurrencia, señalando que “en volá eres un actor, o suplantaste al verdadero Palomo”. En ese momento no dije nada, y me fui para la sala, limitándome a sonreír. Ahora me pregunto, a casi una década de ese acontecimiento: ¿qué chucha pasó? Puede que, fuera de hueveo, lo haya dicho por algo. Lo he estado pensando seriamente ahora último. En instantes de introspección y de soledad, sobreviene esa talla metafísica de aquel compañero como un maldito mantra ¿Quién cresta soy? ¿Y si de verdad no existo? ¿Y si aquel hermano mayor no fue una mera leyenda, y efectivamente nació en mi lugar? ¿Y si nunca mis padres se separaron cuando era pequeño? ¿Y si nunca tuve esta puta necesidad de llenar un vacío? ¿Y si nunca, en consecuencia, tuve relaciones sentimentales fallidas? ¿Y si nunca me sentí apartado de todos los demás? ¿Y si todo, en cambio, deja de acabar de forma abrupta, y consigue continuidad y plenitud de una vez por todas? En volá no existo como creo existir ¿la persona que creo ser no corresponde a la persona que efectivamente es? Sería, en todo caso, mucho más deseable plantearse la posibilidad de ser el actor de reparto de una historia que otro escribió. Tu existencia sería una farsa. Tu vida toda sería un montaje, pero al menos contarías con un auspicio por participación. Aceptar la propiedad y autenticidad de tu historia, por dura o indeseable que parezca, implica, por lo tanto, aceptar que nadie la auspicia. Nadie la sostendrá por ti. Nadie más que tú. Trágate esa píldora, y sigue el rollo.

martes, 17 de noviembre de 2020

Giuliana Llamoja

La poeta y abogada se hizo conocida en los medios de su país por un horrible crimen: matar a su madre con más de 60 puñaladas, el año 2005. Se justificó alegando defensa propia. Sin embargo, las pruebas apuntaban a que ella fue la agresora, y tampoco existen evidencias del maltrato que supuestamente la madre le habría ocasionado a su hija, motivo que Llamoja siempre repite para hablar sobre su animadversión hacia ella. La condenaron a 20 años en un principio. Más tarde, le rebajaron la pena a 12. Finalmente, solo cumplió un tercio de esta pena, y salió en libertad en el año 2009. Dicen que tuvo mucho que ver la influencia de su padre, un juez connotado (o sea, en buen chileno, "la sacó barata"). Su hermano nunca estuvo de acuerdo con esta resolución, y esperaba que Giuliana pagase de verdad y se hiciese justicia. El crimen develó la tortuosa relación de la familia Llamoja.

Al salir, Giuliana se dedicó a retomar su vida literaria. Publicó el 2010 un libro llamado "El amor y la Vía Láctea". Hasta fue entrevistada para la televisión por Jaime Baily. Dos años después, el proceso judicial en su contra fue retomado, emitiendo una orden de detención por incumplir requisitos de libertad condicional. Se supone que esa orden quedó sin efecto, y hasta el día de hoy lleva una vida relativamente exitosa dentro del medio literario peruano y, sobre todo, al recibirse de abogada. Su caso es, por decir mucho, curioso, con tintes surrealistas. ¿Cómo se entiende que una parricida confesa haya tenido ese destino tan favorable? Muchos detractores la califican como "la reina de la impunidad y la corrupción judicial peruana". De todos modos, hizo de su historia algo absolutamente novelable.

La literatura, en consonancia con la vida, tiene eso de sarcasmo y humor negro que subvierte el orden lógico de los acontecimientos, dando lugar a historias completamente fuera de guion. A pesar de lo execrable de su crimen, (jamás podría aceptar estar con una parricida) hay algo en Llamoja que atrae, algo inevitable, algo de mujer fatal, un instinto tanático envuelto de belleza y de poesía.

El singular caso de la peruana Giuliana Llamoja se emparenta en algo con el de María Carolina Geel. Si bien las víctimas y las motivaciones fueron distintas, ambas guardan una relación estrecha con la literatura, y ambas, pese a lo infame de su reputación, salieron bien libradas. Llamoja vive feliz de la vida, haciendo de la poesía su pasión y del derecho su vida; y Geel fue incluso indultada por el presidente de su tiempo, a pedido de Gabriela Mistral. ¿Homicidas redimidas? Ante los ojos de la sociedad, es muy posible. La justicia a veces pareciera inclinarse hacia un lado de la balanza. En este caso, una joven matricida jugó sus cartas y ahora es una mujer libre de culpa. ¿Su conciencia estará igualmente libre? No lo podemos saber. Solo ella, en su fuero interno, puede responder eso.

Leamos un poco de sus poemas para comprender su sentir, sin moralina. Con la mirada estética, artística, libre de prejuicios y consideraciones morales. 

DeciderEs noctuRnOS 

si mi carne no entiende al espíritu 
y mi espíritu se resiste a mi carne 

SEÑOR 

NO ME DEJES SER YO, SINO SÉ TU Y HAZTE HOMBRE. 

Dejemos entonces de jugar a la santidad 
si puedo dejar de ser mujer 
y empezar a ser trigo... 
... trigo y entender al ser 
que vivo. 

SEÑOR 

He roto las alas en media estación 
Grávidas pululan las golondrinas 
Han llegado a tu ventana con un horizonte enmarcado de distintos soles 
Sol blanco, sol verde
Blanco blanco verde Verde 
pero sol, al fin y al cabo 

SEÑOR 

No me dejes ser yo sino sé tú y hazte como yo. 
Confíname entonces en la pantomima de tu mirada inefable 
O échame en tus brazos 
Y hagámonos UNO 

UNO porque no sólo de pan vivirá el hombre 
y en esta viandante cena 
que me duele tanto y tanto 
el pan que me debes es el que jamás yo he de pedir.


ANIMALES NOCTURNOS 

Has abierto la puerta pero no hallaste a Aleister Crowley
Escarbaste en el lecho de las vastas galerías
El jadeo de las antiguas y cálidas flores mutiladas buscándolo
La angustia ignota de quien va solo a la batalla del contagio con todo placer
Se escondió en el follaje sin tibieza susurrando su hambre
Y el goce de las desdichas que gritan el pecado de la bestia que liquidó el lenguaje
De los cristianos que insisten en murmurar mis defectos
Y reconocer la perfección del vals
Que danzan los cuerpos con un bastón ilegible en su brutal extrañeza
Te conjuran
Tú que perseguiste el sacrificio de las águilas en el fuego de las sábanas
Mírate aterido ebrio tras los sórdidos despojos
Como el soldado que pacta con el enemigo
Entregaste mi túnica mi demencia pronunciada por
El ulular de los lirios torpe cuerpo de actitud temblorosa y
Aquí estoy en
Cada esquina como un monumento
Graznando partituras perversas en la que copa que el
Vino derrama
En las cenizas
Tras el inocente resplandor que ocultan las legiones de
Ángeles coléricos de primitivos mortales condenados
Por el salvaje instrumento de tortura que
Escarba en parentesco de los cuervos y los ídolos que
Han hecho de su ruina un sudario destinado a secar la sangre armoniosa que recorre
El albedrío de los ahogados en las legiones ocultas
Para atravesar el césped destruyo animales nocturnos
Fieras sacrificadas por Aleister Crowley 
Imagino tus dominios
El sendero que persigo
Hoy tomaré tus piernas las hundiré entre las raíces de cualquier árbol e Invocaré tu nombre
Bautizaré a tus hijos y los coronaré con
La baba que expulso en la orilla
Con la rabia que se inocula en la puerta que no terminas de abrir
Trataré de expresar lo que nadie sabe
Las abluciones y los remedios mágicos
Que harán de ti un hombre puro
Y serás todo claridad
Tu origen bárbaro no te traicionará ni las palabras extranjeras que
Pronunciadas por un gélido epitafio nos
Digan that is enough that is enough ya basta ya basta
Es la humedad de la desgracia el invencible relámpago sepultado en el lenguaje
Donde te hallas desnudo y con frío
¡Agitemos la hiedra de las paredes!
Los agujeros de los muros
El sermón de los curas que ahogan niñas para la ceremonia de su iniciación
Y hay una mujer que canta
Cuyo eco madura en la fuerza de cualquier garganta
Con el ruido seductor de la belleza de un trueno en pie y
Una estatua bendecida por las niñas ahogadas por los curas
Con mi dedo rozo tu cráneo Aleister Crowley
La mitra que gobierna nuestra casa devastada por
Aquellas vírgenes más puras que esta grieta
Pero yo te llamo ven a mí y yo te llevaré a todas ellas
Escanciaré vino en su sexo sinfónico
Alistaré sábanas blancas misterios gozosos
Cerraré sus ojos para siempre
No quitaré mi mano
Estaré lista para impedir que profanen el sacrificio de tu eternidad
Y no podrán con mi delirio
Porque es demasiado tarde para arrancarnos los ojos y
Desmembrar esta córnea si intentan capturar mi luz
Mañana tomaré tu cuerpo
Escribiré con tus pies mi rostro mutilado por el tiempo

Y seré más de una en la harina de tus huesos



lunes, 16 de noviembre de 2020

Y yo me pregunto: si Johnny Depp perdió el juicio civil contra la revista The Sun por difamación a raíz de la causa que le achacó su ex esposa Amber Heard, (cuestión que casi le significa el fin de su carrera) ¿Qué le deparará al resto de los mortales en materia legal?

domingo, 15 de noviembre de 2020

Tito Fernández, "El Temucano": el cantante caído y el gurú iniciado

Mucho se ha especulado respecto a la faceta oculta de Tito Fernández, “El Temucano”, a propósito de las acusaciones por supuesto abuso sexual y violación, de parte de tres mujeres que participaban de la denominada logia Tallis, de la cual Fernández habría sido maestro. Más allá del proceso judicial que lleva en su contra, sus incursiones en el esoterismo nos conducirán a un terreno hasta ahora desconocido, uno que dice relación con ritos secretos en el límite de lo prohibido, revelaciones e incluso encuentros con seres sobrenaturales. Primero hay que remontarse a los años 70. En un texto escrito por Carlos Ravest Letelier se habla sobre un grupo de artistas chilenos conformado por Humberto Fernández, Gloria Benavides, Marcelo Hernández, Jorge Cruz y Patricia Chávez, quienes emprendieron en el año 74 una gira por el Norte Grande de Chile, lugar en el que habrían sido testigos de un encuentro cercano con Ovnis en la carretera interprovincial. 

Durante el trayecto, Marcelo Hernández habría divisado una ampolleta a un costado de la ruta, la cual luego se encendería de tal forma que asemejaba una luz blanca aumentando su intensidad y cubriendo gran parte de la carretera en medio de la noche como un pequeño Sol. Para Tito Fernández, esa luz blanca era un Ovni. Más adelante, aparecerían otras luces que se iban haciendo más intensas a medida que avanzaban. El grupo de artistas se encontró luego con unos camioneros que también divisaron aquellas luces profusas. Entonces, con los focos de los camiones apuntaron hacia ellas, para evitarlas y continuar así la ruta de regreso, hasta llegar a una aduana en donde habría desaparecido la caravana lumínica. Al volver del misterioso viaje, muchos ufólogos se contactaron con El Temucano para poder analizar a fondo la existencia de un contingente espacial que podría haber aparecido en el salar de Atacama, justo después de aquel incidente.

La experiencia ufológica vivida por Tito Fernandez lo inspiró a escribir un libro titulado “El mensaje de Sirio”, en el cual explica las consecuencias del contacto personal con aquel “ente” en el corazón del desierto nortino. Según El Temucano, el ser alienígena se habría contactado luego con éste de manera telepática, para compartirle una serie de conocimientos ocultos relacionados con el sentido de la existencia, la personalidad del ser humano, los diferentes cuerpos y el paso hacia otras vidas. Fue así que se dedicó a estudiar en profundidad estos temas a raíz de aquella experiencia, para llegar a fundar una ONG llamada Centro Integral de Estudios Metafísicos, en cuyos archivos se almacena una gran cantidad de conocimientos asociados a dicha revelación. Se podría llegar a afirmar, con certeza, que este episodio –o su interpretación- llevó a El Temucano a desarrollar un camino a través del cual pasaría de ser un simple aficionado a un verdadero maestro espiritual. 

La tan renombrada logia “Tallis”, considerada de carácter sexual y mágica, sería aquella a la cual podrían acceder ciertos aprendices una vez conseguidos ciertos niveles a partir de su ingreso al Centro Integral de Estudios Metafísicos. Esos niveles se distribuyen de acuerdo a una jerarquía como en una sociedad secreta. Primero, los aspirantes; luego, los estudiantes; después, los hermanos, ordinarios; para pasar a los oficiales, los vigilantes, los sacerdotes y sacerdotisas y, finalmente, el maestro, que, dentro de la jerarquía, se encuentra un nivel más abajo que “Dios”. Según consta en el reportaje que se reveló a la luz pública, El Temucano era el maestro de esta logia, y el impulsor de CIEM, el Centro especializado en captar a personas motivadas quizá por búsquedas personales o inquietudes intelectuales. 

Las mujeres querellantes habrían participado activamente tanto del CIEM como de Tallis, según ellas, inducidas por su vulnerabilidad emocional, su obediencia dentro de la jerarquía y su profunda devoción. Después de la denuncia, una de las antiguas aprendices ha confirmado la cualidad de líder de Tito Fernández dentro de la logia y también ha afirmado la existencia de la jerarquía, en circunstancias en que su otrora maestro lo ha desmentido completamente, señalando que él era solo un mensajero de un contenido escrito por los verdaderos maestros, los sabios que estaban siendo motivo de estudio en aquel entonces.

En una entrevista que le hicieron al cantautor, preguntándole sobre este aspecto esotérico, él mencionaba algo sobre los Siete Principios Universales. Hacía énfasis en el Principio de Causa Efecto. La lógica de la iniciación guarda directa concordancia con este principio. Entonces, de acuerdo a esto, las aprendices eran quienes acudieron a él por voluntad propia. Ellas fueron las que aceptaron estudiar en el CIEM para luego ir avanzando en los siguientes niveles. La opinión pública, en cambio, sostiene la tesis del sometimiento mental, la relación de poder que habría generado El Temucano sobre sus aprendices o sus “víctimas” para aprovecharse de ellas, denegándoles así cualquier atisbo de responsabilidad respecto de lo sucedido. 

Tito Fernández ha insistido en que se ha creado un auténtico “Frankestein” a raíz del caso. Dice que se ha mezclado su participación en el grupo Tallis con una serie de situaciones consideradas delictivas, satanizando su figura de manera –a su juicio- injustificada. Todo indica que a esa vereda apunta, lamentablemente, la prensa: al aspecto exotérico que ha llegado a criminalizar a El Temucano, pasando a llevar su derecho a la presunción de inocencia, sin respeto por el debido proceso legal. Por esto, para seguir ahondando en esa faceta suya, con mayor altura de miras y profundidad, habría que empezar a desligarla del caso penal que la ha expuesto de la peor forma posible; abstraerla de la causa en su contra para poder indagar en el porqué de sus motivaciones, en el contenido de sus reflexiones, en el trasfondo que trasuntan. De modo que, detrás del bullado caso judicial, hay todo un universo de relaciones que han ido configurando el camino esotérico emprendido por El Temucano hace décadas. 

A pesar de lo enrevesado que pueda parecer este universo, en el que se confunden ufólogos, rituales chamánicos, psicología transpersonal y personajes televisivos, es posible rescatar ciertas obras del cantautor, asociadas a la sabiduría ancestral o al misticismo, tales como el Curso básico de Metafísica, el Libro Patrón, el Libro de las Afirmaciones Positivas, El Cuaderno Mágico, El camino del silencio, El libro de las oraciones, El Tarot o El libro maestro de la Astrología. Basta con leer un poco de esta obra legada por Fernández para comprender el auténtico fondo del asunto, en donde, por ejemplo, se cita a Gurdjeff como maestro místico del Cuarto Camino; o en donde se cita el mismísimo Kybalion, estudiado a su vez por John Baines (Darío Salas Sommer), el fundador del Instituto Filosófico Hermético al cual Fernández perteneció durante los años ochenta. Tenemos entonces que detrás de El Temucano hay mucho más que Tallis, que CIEM o que una teoría de la conspiración repleta de charlatanería. Detrás de El Temucano se puede leer una genuina historia de iniciación a la chilena. Él mismo lo dijo: Él no es ningún maestro. Los maestros son otros. Mataron su reputación, pero su leyenda le sobrevive.

Friedrich Nietzsche. El nihilismo: escritos póstumos (extracto)

"Se nota en mis primeros escritos una buena voluntad de horizontes no cerrados, una cierta prudente precaución frente a las convicciones, una desconfianza ante los embrujos y los astutos engaños a la conciencia que lleva consigo toda creencia fuerte; podrá verse en ello en parte la cautela del niño escaldado, del idealista engañado — más esencial me parece el instinto epicúreo de un amigo de las incógnitas que no quiere dejarse quitar fácilmente el carácter enigmático de las cosas, y finalmente, lo más esencial de todo, una aversión estética contra las grandes palabras virtuosas y absolutas, un gusto que se defiende de todas las oposiciones cuadradas, que desea una buena porción de inseguridad en las cosas y elimina las oposiciones, como amigo de los matices, de las sombras, de las luces de la tarde y de los mares infinitos".

Volumen IV (1885-1889)
Aquello de que los callados tienen las mentes más ruidosas suele parecer cliché, pero para aquel que, como su servidor, se sienta aludido, esa frase retumbará en su interior como en el loop eterno de una discoteca imaginaria a punto de vaciarse. Como bien decía Pavese en su Oficio de vivir (referente ineludible), "lo que más secretamente tememos siempre ocurre".

sábado, 14 de noviembre de 2020

El psicópata de Meiggs

El caso del colombiano Diego Ruiz Restrepo, el llamado “Psicópata de Meiggs” se hizo mediático hace poco por la crudeza de los hechos. El tipo deambulaba impune e indocumentado por Santiago y Estación Central, siguiendo un patrón común de violencia: atacaba preferentemente a personas desposeídas. Los ataques ocurrieron de plano durante el mes de noviembre. Según las pruebas, Diego Ruiz es un caminante solitario que salía a cazar a sus víctimas en situación de calle durante la noche. Los medios se preguntan si se trata de un asesino en serie. Descartan tajantemente esa posibilidad, por la sencilla razón de que la categoría de asesino en serie debe corresponder a un individuo que mata siguiendo un intervalo de tiempo y de acuerdo a un método fríamente calculado para burlar a la justicia. Sus crímenes entrarían dentro de una especie de programa o, si se quiere, de estructura. Diego Ruiz, al actuar durante solo algunos días y de manera impulsiva, no entraría dentro de esta definición. Su carácter de psicópata le viene dado por su sangre fría y falta de arrepentimiento al momento de realizar los crímenes, aunque no por la racionalidad en su ejecución, característica que sí lo volvería un asesino de corte serial a la manera clásica. 

Carlos Pinto nos entrega una visión más ampliada respecto a este caso, dando como antecedentes a verdaderos asesinos seriales provenientes de Colombia (porque, para él, Diego Ruiz sería más bien un “asesino múltiple” de corte explosivo). Sin ir más lejos, mencionaba a Pedro Alonso, el “Monstruo de Los Andes”, considerado quizá el mayor asesino serial de la historia, con más de 100 muertes confesas, y se estima que sean muchas más. Su foco estaba puesto en niñas y adolescentes. Lo más execrable de todo es que alcanzó a ser detenido en varias ocasiones pero, por motivos extraños, desapareció del mapa y hasta el día de hoy no se sabe nada sobre su paradero. Con esto, Carlos Pinto daba a entender que en Colombia han existido psicópatas asesinos en serie conocidos por el impacto y extensión de sus crímenes. Todos, además, tenían móviles particulares y apuntaban a cierta clase específica de víctimas.

La Doctora Cordero, por su parte, nos ofrece luces respecto a las posibles motivaciones del “psicópata de Meiggs”. Ella apuntaba al entorno de violencia y de represión en que seguramente se crio el sujeto, lo que lo convertiría, más que un serial killer, en un “asesino compulsivo”, lo cual no implicaría ininmputabilidad (aplicable para locos y dementes), sino que daría cuenta, según ella, de una organicidad cerebral (sic) que impulsaría al asesino a realizar sus ataques de manera secuencial, pero en un solo tiempo. Otra explicación para su actuar viene dada respecto al clásico dilema: ¿el psicópata nace o se hace? Para la Doctora, se hace, se fabrica. Basta con referirse al entorno familiar de Diego Ruiz, un entorno fuertemente evangélico, desde el cual, según la Doctora, podría haberse generado un “tufo” de mesianismo en la idea de acabar con los pecadores, a partir de una lectura psicopática del Antiguo Testamento (libro, por lo demás, bastante cruento, y que versa sobre un Dios vengador, a todas luces, cruel, criminal; por qué no, psicópata). Entonces, Diego Ruiz podría haberse adjudicado el derecho de acabar con los indigentes, creyéndolos agentes de pecado o sujetos indignos merecedores de la muerte, como un auténtico Luzbel encarnado, imponiendo, a su manera, un orden y una justicia en la tierra, solo legítima dentro de su mente perturbada. 

De todas formas, las lecturas conjuntas sobre el caso (la de Pinto y la de la Doctora) únicamente nos permiten esclarecer el perfil del psicópata colombiano, con tal de profundizar mejor en su intrincada naturaleza. Los detalles sobre los hechos de sangre y el grado de penalidad que le correspondería a Diego Ruiz son materia de investigación policial y le corresponderá a la justicia determinar la verdad y el destino del responsable. Dejémonos de ajusticiamientos chovinistas y de sesgos xenófobos; los psicópatas pueden estar ahí, aquí, en todas partes, y existen producto de una muy reconocible anomalía social, como la prueba viviente del descalabro de la moralidad.


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Madre mariposa

Te preferí de entre una serie de chicas. Rubia espectacular, audaces facciones, baja estatura, figura curvilínea, acento extranjero. Desde el momento que apareciste supe que eras la elegida. Entraste al rato para comenzar a entrar en acción. Fuiste siempre muy clara desde el principio, estableciendo las condiciones sexuales para el acto. No hubo ningún problema. Como toda una profesional, comenzaste a limpiar con toallitas húmedas las zonas erógenas de ambos. Medidas de higiene necesarias. Una vez terminado el protocolo, algo de música para encender el ambiente. Bossa Nova puesto de manera muy tenue. La cama era de esas con cortina. Sin pensarlo demasiado, nos vimos imbuidos en una amalgama de tocaciones, miradas coquetas, besos; luego, oscilaciones, penetraciones, vaivenes; y, posteriormente, frenesí, conforme el placer ascendía y alcanzaba su punto orgásmico. Siempre acababas antes, mordiéndote los labios. Lo de uno tardó un poco más, y es algo que últimamente ha ocurrido muy a menudo. 

Antes de que acabara el tiempo, exhaustos a la orilla de la cama, nos dimos el tiempo de conversar. Estabas de espaldas, pensativa con la mano entre el mentón. Me arrimé a tu lado para preguntarte algunas cosas. Decías sentirte agobiada por el encierro del local, y por el hecho de no conocer a nadie por estos lares a excepción de tus compañeras de trabajo. Además contabas algo sobre tu hija en el sur de Chile, y tu objetivo era juntar el dinero necesario para ir a verla. Yo te decía que esa historia era admirable, y que demostraba que chicas como tú son tan estoicas y determinadas como cualquier otra fuera de este rubro, a ratos tan discriminado por su contexto y sus características. “La pega es pega”, decías, con la seguridad de quien no tenía nada que perder, trabajando en esto. Mientras tanto, mirabas fijamente la luz tenue del velador, con la música brasilera no dejando de sonar. 

De repente, me puse a llorar a tu lado, al confesarte que había sufrido un golpe emocional muy fuerte en mi vida hacía poco, y que valoraba mucho que tuvieras esa perspectiva, blindada contra todo prejuicio, concentrada en lo esencial: el amor, el amor a tus hijos y a tu vida. Producto de la emoción, soltaste también algunas lágrimas. Dijiste que ningún cliente antes se había abierto con ella de esa forma, ni tampoco quebrado al confesar este tipo de cosas. En ese momento, mucho mejor que la complicidad hipócrita de un cura, y que el consejo interesado de un psicólogo, era la compañía sincera de una prostituta la que logró curar mi derruido corazón, y aliviantar en algo mi conciencia atormentada. Me ofreciste unas toallitas para las lágrimas, y te levantaste para vestirte porque ya habían tocado a la puerta y se acababa el tiempo. Agradeciste todas aquellas palabras, y te fuiste a refugiar con las otras chicas, tus compañeras, para continuar la jornada, y planear así, de a poquito aquel ansiado reencuentro con tu hija en el Sur, quien sabe por qué motivos, tan alejadas una de la otra. Le avisé al portero que abriera la puerta de salida con el símbolo de la mariposa y salir así de regreso a la intemperie, el símbolo de la mariposa que poetizaba, a su vez, la singularidad de la belleza y la transformación.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Bocanada

Pediste que primero te enviara un uber desde tu ubicación a mi departamento, con unos mensajes llenos de corazones y cariño impostado. Prometías que esa hora sería inolvidable, como lo sugería la página en que te dejabas ver tan sensual, tan atrevida, dispuesta al mejor servicio profesional. Llegaste al rato después que tú te decidieras a pedir el uber por tu cuenta para luego reembolsarte el pasaje. Eras tal cual lo proyectaba aquella imagen virtual. Tu elegancia destilaba una presencia de chica con clase. 

Al entrar encontraste grato el espacio, solo que demasiado frío, pero afortunadamente para ambos, había preparado dos copas de Casillero del diablo, con tal de entrar en calor. Te bebiste esa copa lentamente a la vez que mirabas insinuante hacia mis ojos. Procuraste que la transacción fuera hecha en el momento, para evitar malos entendidos y no cortar las respectivas pasiones. Luego, pediste que pusiera algo de música. Busqué La ciudad de la furia unplugged en youtube con Andrea Echeverri. Te sentiste completamente cautivada por la elección, señalando a Cerati como tu ídolo de adolescencia. Fascinada, recordaste el album Bocanada de su etapa solista, uno de tus albumes favoritos (y, en cierta manera, una ironía sobre lo que se venía más tarde: “nuestras bocas, llenas de nada”). Fue así que, mediando una curiosa coincidencia, te presentaste como oriunda de Córdoba pero residiendo en Santiago hacía ya muchos años atrás. Pese a que tu acento no era propiamente el de una argentina, sí lo era tu estampa y tus facciones. Decías trabajar en Viña hace poco, y con poco te referías exactamente a dos años. Te dije que eso era demasiado tiempo, pero respondiste que no lo era para tu rubro. A pesar del contexto, afirmabas con seguridad que el trabajo iba bastante bien. No a menudo te salían viajes. Esta se trataba de una excepción honrosa. 

Seguiste pues con tu ánimo desenvuelto. Yo me volteaba para mirarte a los ojos, a medida que bajábamos las copas. Siempre en control de la situación, parecías disfrutar a concho la escena, no descuidando tampoco el tiempo que corría, conforme lo hacía también el deseo y su negocio. De un momento a otro, entonces, subimos las escaleras rumbo al lecho. Recuerdo que dijiste que de chica las odiabas. Subiste de todas formas, con la confianza en la luz y la premura de la pasión. Ya en el lecho, y sorprendida por mi colección de libros, clavaste la mirada en la edición Cátedra de Rayela sobre el estante. Comentaste que Cortázar era tu segundo amor platónico. Enseguida pasaste al baño para cambiarte. Al salir te tropezaste con el desnivel. Te pegaste en las rodillas y culpaste a tus tacones altos. Te ayudé a levantarte, no sin antes acariciar la zona del golpe. Mencionaste que no fue nada, que no me preocupara. Bajé al living a buscar el notebook y me apresuré a llevar la música a la habitación. Esta vez sonaba El rito. Bajé el último concho del vino y, al darme vuelta, volviste con una lencería oscura con bordado rosa. La turgencia de tus relieves moviéndose al compás del sonido, sumada al vaivén de esos labios mordiendo una y otra vez su comisura, me empujaron de inmediato a tu encuentro, aunque antes escribiste en el buscador de youtube un verso revelador: “vamos despacio para encontrarnos”, parte de la letra de Lago en el cielo, a modo de preludio y, en cierta manera, de subtexto (el tiempo es arena en mis manos, y oro en las tuyas) 

Fuimos, de esa forma, despacio, con tus movimientos felinos sobre las sábanas. Bajaste lentamente hacia mi bajo vientre, procurando recorrer toda la zona con tu boca y tu aliento, hasta lograr poco a poco la excitación del miembro. Soplabas sobre el glande y orbitabas el tronco, procurando que estuviera lo suficientemente erecto. Entonces sacaste el condón de entre tus manos para colocarlo en tu boca y hacerlo calzar mientras lo hundías profundamente. La succión volvía el encuentro cada vez más fluido. Así, llegaba el momento en que entrara en ti. Antes de eso, descendí cuidadosamente a través de tu abdomen para arribar a tu clítoris y estimularlo con el dedo índice. No parabas de gemir. Todo parecía fluir dentro de la intensidad del instante. Sin embargo, algo me detuvo, algo me desconectó de inmediato del acto, cortando de manera abrupta la química generada. Preguntaste qué pasó. Te pedí que me perdonaras, que me dieras unos minutos, que no eras tú (que lo estabas haciendo excelente), sino que era yo. Notaste la interrupción e intuiste que mi mente se había desconectado de su foco, se había desenchufado del coito para irse a otra parte. Te confesé que sí, que efectivamente se habia arrancado mi conciencia hacia otra parte. Me preguntaste si estaba nervioso, estresado, avergonzado o algo por el estilo. Te respondí que era la falta de actividad sexual en cuarentena, unida a un ansia y a una angustia por un reciente dolor emocional. No quisiste ahondar en detalles y comprendiste con plena paciencia y empatía. De ese modo, hice un hueco en la cama y nos abrazamos durante largos minutos. 

Piel con piel, el cariño estimulaba los sentidos que habían sido adormecidos, producto del bochorno. Y, sin mediar aviso, te diste vuelta para regalarme un beso, uno delicioso hasta el punto de la asfixia. De pronto nos vimos envueltos en esa marea de ósculos sin timón, contigo debajo y yo arriba, y la química comenzaba a retomar su perdida fórmula. Lograste que entrara en ti esta vez con éxito, tanto así que te dejaste llevar y pedías que llegase hasta el final. Entonces, finalmente, “tú me llevaste para que te llevara”. Acabamos de lo lindo, jadeando contra el techo de la habitación. Te acercaste y poniendo tus dedos en mis labios dijiste que me parecía al Guasón con tanto rouge en la boca. Repetí que fueron tus besos, así fue que comencé a tararear ese clásico de Chico Trujillo. Reíste de nerviosa, o quizá imbuida en la situación. Te canté que tus besos me hicieron hablar con Dios. Respondiste con una sonrisa, y señalando lo extraño de escuchar eso de parte de un profesor de lenguaje. “Sin duda, eres un experto en lengua”, dijiste, muy bromista, antes de comenzar a incorporarte. 

Volví del baño para arrojar los residuos de nuestra exquisita colisión. En el momento que regresé a la pieza, tú ya te acomodaste, pediste un uber de regreso y te vestiste con suma eficacia. Antes de que te fueras, dialogamos rápidamente en torno al acto, en una especie de espontáneo control de calidad. Confesaste que lo mejor fue el final, y que no acostumbrabas a dar besos. Repetiste que esa excepción la sintiera como un premio, no como un regalo. Y es más, señalaste que mis besos también eran “como caramelo”, porque, de lo contrario, jamás habría osado sacrificarse, en pos de una boca y una lengua temeraria, por no decir contagiosa. Te encaminé así fuera del departamento, donde te esperaba el mismo uber que te traía en un principio. Me tomaste la mano con desenfado hasta la salida, simulando un afecto fugaz. No paraba de repetirte que tu magia o, mejor dicho, la sagaz ilusión de tu magia, me había vuelto el alma al cuerpo, luego de una temporada de sequía y de infierno. Antes de despedirte definitivamente, solo atinaste a decir: “Llámame si me necesitas”. Eran pasadas las nueve. El toque de queda ya estaba pronto a empezar. Diste vuelta la cara dando un último beso imaginario a través del vidrio. Miraste al chofer, indicando con el dedo hacia destino desconocido, y tu figura se fue disolviendo con el ruido del motor del vehículo. Seguramente esta será la primera y última vez que nos veamos, pero con tu recuerdo aún palpitante en los sentidos bastará para velar estas noches desesperadas. Solo es pleno el placer que sabe partir a tiempo.



viernes, 6 de noviembre de 2020

Hay veces que pienso en los hechos imprevistos de la vida como giros dramáticos en los acontecimientos. Claro, resulta mucho más estimulante pensar que todo lo que vivimos se va construyendo cual narrativa, asumiendo que uno es el personaje principal de una obra sobre la cual adquirimos protagonismo de manera paulatina, a ratos errática. Concebirlo de esa forma implica estetizar literariamente la falta de control absoluto sobre nuestras acciones y la de los demás sobre nosotros. O es que precisamente por eso la vida con toda su materia oscura se resiste a ser usada de guión predecible y rebasa todos nuestros lineamientos, dejándonos fuera del margen u obligándonos a replantear las líneas que habíamos trazado. Una de dos: o uno escribe su propio destino, tachándolo en el proceso; u otros lo escriben por nosotros a su antojo, de manera unívoca.