Se propagó con rapidez una declaración de Chomsky respecto al coronavirus como una supuesta conspiración para hacer estallar una guerra bacteriológica y combatir la expansión de la economía china. En esta se sostenía que el plan estaba pensado tan maquiavélicamente que pretendía un impacto geopolítico a nivel mundial, con sabrosos detalles que incluían a la CIA, el grupo Bildeberg y el sionismo de Israel. Todo estaría maquinado de tal forma que los focos de infección serían propagados de manera estratégica en Italia, (con Salvini como su ministro, traidor a los ojos de Trump por solidarizar con Putin). Luego los focos se extenderían hasta el Medio Oriente, pasando por España y el resto de los países vecinos, aprovechando el brexit británico para debilitar la Unión Europea y, de ese modo, propiciar el escenario ideal para la aparición de una “vacuna milagrosa" controlada desde el mercado estadonidense, y con ella, la instauración de un nuevo orden, un capitalismo fortalecido con Estados Unidos como potencia hegemónica. Contrario a esto, hace poco se descubrió que toda la supuesta declaración no correspondería a algo que haya dicho Chomsky. Sería otro fake news en medio de la pandemia. Frente a esto, han salido medios científicos como The Lancet a desmentir cualquier atisbo de teoría conspirativa, argumentando que es inviable la tesis de la creación artificial del virus y que todo apunta a un origen en la vida silvestre. La evidencia genómica indica que el SARS-CoV-2 habría surgido a partir de mutaciones y selección natural. Lo mismo habría sucedido en el 2009 con el Ah1N1. Fenómenos que de repente impactan en la población mundial y que, merced al desconocimiento, son estudiados desde el reducto de la ciencia pero también desde el aparataje de la ideología de turno. Ha salido, en cambio, la verdadera postura de Chomsky respecto al coronavirus y su impacto. Se resume básicamente en que los países asiáticos han logrado contener mucho mejor la pandemia que la Unión Europea, y que Estados Unidos ha minimizado sistemáticamente la gravedad de la crisis (“las camas de los hospitales se han suprimido en nombre de la eficiencia”), develando en el fondo la grieta del sistema que pudiera llevar eventualmente a una recesión económica y una catástrofe ambiental de proporciones, si es que no se toma la conciencia necesaria. La inclemencia del virus surca los límites entre lo posible y lo imposible, y la verdad histórica parece también verse infectada en ese proceso, ahogada por la urgencia y la contingencia. La anécdota de Chomsky y la fake news deja entrever que la información es el principal poder hoy por hoy pero también su principal virus, a riesgo de volverse precisamente viral y no poder medir su influencia en las mentes, tal como el de los patógenos en los sistemas inmunes. Chomsky llama, entonces, de manera solapada, a filtrar esa información desde nuestra capacidad crítica actuando como anticuerpos, (solo recordar las 10 estrategias de manipulación mediática), leer concienzudamente cada enlace y texto referente al tema, no caer preso del pánico colectivo y adoptar una estrategia racional frente a los hechos, puesto que el problema no sería solo el virus en sí mismo, sino la repercusión que tendría este en el tejido social, un organismo que, de no estar preparado para lo que viene, podría caer en una saturación del sistema, una “infoxicación” de datos falsos, políticas erráticas y enfermos en alza. La mentira se propaga también cual virus en estos tiempos. Informarse implica también verse contagiado. La mejor vacuna contra esa infoxicación de los medios sería, ante todo, saber leer, leer entre líneas.
lunes, 23 de marzo de 2020
sábado, 21 de marzo de 2020
viernes, 20 de marzo de 2020
La cuarentena llama a la reflexión, cual cuaresma laica. Ante la paralización de nuestra rutina, nos repliega hacia el adentro. De modo que el afuera se vuelve territorio prohibido, vetado a nuestra subjetividad, a riesgo de volverse susceptible. De todas formas, fiel a mi lógica interna, algo me impelía a salir. Debía comprar algunas cosas para abastecerme. Ese impulso propio de quien ve demarcado un límite por fuerza mayor. La señora de la casa, serena, aunque preocupada, me señalaba que ella se quedaría dentro, avisando que me cuidara, porque, de lo contrario, la contagiaría y “moriría”.
Ya afuera, se notaban las consecuencias del estado de catástrofe. Ningún alma en las calles, en circunstancias que asomaban los estudiantes y el copioso tráfico desde el interior. Ahora nada, excepto unas cuantas personas con mascarillas y frotándose las manos como si de eso dependiese su vida. Yo hice lo mío con el alcohol gel que me había regalado la señora de la casa. Lo unté sobre mis palmas inertes de forma un tanto desconfiada. Acaso el alcohol gel tenga el efecto del agua bendita frente al pecado. Un efecto sugestivo. Entonces, con esas manos húmedas, protegidas de la intemperie, me asomé hacia el centro de la ciudad. Parecía día domingo. El día anterior un amigo que andaba por estos lares avisaba sobre el atropello y muerte de una mujer a la altura del puente cancha. Lo contó con tal impacto que parecía una muerte absolutamente extraordinaria en medio de la crisis general. Mientras tanto, en los medios continuaban informando sobre el aumento de casos a nivel país.
A medida que iba caminando, el panorama se iba asemejando más al 18/10. Filas insufribles a las afueras del super, y a las afueras de las notarías y bancos; gente nerviosa hablando sobre la pega o sobre su pronta vuelta al encierro. Inclusive me tocó observar el arribo de militares surcando en vehículos en Av España. Era cierta la medida que iría a tomar el gobierno. ¿Cuál sería su función en todo este despelote? ¿Serán acaso los milicos los anticuerpos del poder? Nadie lo sabía. La poca ciudadanía por ese entonces se agolpaba cual microorganismos demasiado desorientados, tanteando apenas el terreno de su autoconservación.
De todos modos ¿qué hacía expuesto ante esa amenaza invisible? La misión era comprar un poco de comida para los días venideros. El hambre no podía prevalecer, tampoco la voracidad, la rapacidad acaparadora. Agarré la bolsa de mercadería. En el negocio más cercano en calle, unas mujeres compraban Lysoform. Un caballero afuera tenía un puestito de alcohol y jabón. Yo compré para la once y el almuerzo de mañana. Luego tomé la micro casi vacía de vuelta al cerro. Caminando hacia él, un hombre mayor me pidió unas monedas para regresar a casa. En eso me preguntó sobre el modo de propagación del coronavirus. Si es entre personas o permanece en el aire. Le respondí que entre personas. Agarró conversa sobre el supuesto fin de todo esto. “No se sabe”, le respondí, dubitativo. Parecía querer reafirmar en alguien más lo que en su fuero interno ya sabía. La incertidumbre completa ante la sensación generalizada. La exposición al virus obliga a replantearse todo, incluso la posibilidad de un mañana. El hombre mayor se despedía así con el codo para evitar el contacto. La gente ante la menor alarma quiebra aquel pacto de normalidad que se tiene tan internalizado. Lo que parece cotidiano de un momento a otro adquiere ribetes peligrosos. Pero es la conversación, aun la más anodina, pese a la distancia del contagio, todavía el único reducto político en tiempos de miseria y de acabóse.
Vuelto en casa, la señora me recalcaba que volví entero, en una pieza. “Cuidadito con contagiarme, mira que no respondo”, señalaba medio en broma, medio en serio, notoriamente preocupada. Le decía que no se preocupara, que afuera todo se veía sospechosamente tranquilo. “Ningún alma como día domingo”, le repetía, pero ambos sabíamos que ese silencio casi sepulcral de las calles era el campo propicio para el virus que aguarda el menor descuido del transeúnte imprudente, del caminante aún incrédulo, de sus propios pasos y de los demás. El adentro aún aguardaba el miedo, pero el miedo consciente, vuelto conversación, reflexión ante la convalecencia. El espacio público adquiere el cariz de la barbarie. El privado, el de la seguridad. Entre ambos, como un cuerpo, media todavía el lenguaje, el único virus con el que creemos estar a salvo.
Trump ha llamado al corona el “virus chino”, no sin antes definirse como un presidente en tiempos de guerra. Un diplomático chino le devuelve el garrotazo, declarando que fue el ejército yanqui el que llevó el virus a Wuhan, sugiriendo que se trataría de un arma biológica. Maduro, por su parte, apoyó la declaración del diplomático, aunque sin otro sustento que el alcance ideológico de la pandemia. Europa y Asia se resienten; el llamado Nuevo Mundo sufre en primera plana las consecuencias devastadoras del contagio, elevando medidas sanitarias de emergencia. Italia, España y China, los países que protagonizan los principales focos de infección. Todo indica que el coronavirus se propagará pronto por todo el globo para desplegar su dominio silencioso, su vuelo de murciélago nocturno por entre las tinieblas de nuestra historia occidental. Y lo realmente estimulante ahora mismo es el dilema humano que surge merced al pánico generalizado. En Chile, por ejemplo, se abre la brecha para discutir las implicancias del “estallido social”: un gobierno que aplazará estratégicamente las elecciones para una nueva Constitución ante la inminencia del virus; una oposición que apunta los dardos hacia una posible teoría conspiracional de parte del poder, (como en el caso de Jadue, criticando la negativa del Colegio Médico al uso del interferon 2b, fármaco cubano, y asegurando que existiría una “guerra bacteriológica”); y una ciudadanía que desconfía cada vez más del poder institucional y que lo acusa de utilizar el miedo colectivo como estrategia de control de masas. Naomi Klein sostiene al respecto: el shock es el virus en sí mismo. El shock como agente inmovilizador, como desarticulador de la cohesión social, caldo de cultivo para la clásica del “divide y vencerás”. Por su parte, Zizek relee el fenómeno desde el cine, visualizando nuevamente a Kill Bill. El virus sería un golpe al corazón al sistema capitalista, un golpe de efecto retardado, que eventualmente lo precipitaría a su colapso y deseable deceso. Argumentos neomarxistas, por un lado; conservadores y progresistas, por otro. Incluso relecturas de La peste de Albert Camus, novela que, por cierto, alcanzó un inesperado superávit de ventas durante el impacto mundial de la pandemia. Una de aquellas relecturas sostiene, como es típico en Camus, que el virus, cual agente del absurdo, interpela directamente la ética del individuo, retrayéndolo hacia el egoísmo en pos de su propia salvación o moviéndolo hacia la solidaridad en pos de la supervivencia de todos. Punto aparte de estas aristas que van surgiendo espontáneamente en torno al virus como anticuerpos culturales que reaccionan a su invasión, resulta necesario recordar que el virus, en cuanto microorganismo autónomo, se abre camino a través del tejido de la sociedad, totalmente indiferente, valiéndose de nuestra biología para multiplicarse, y eso constituye un hecho científico que rebasa cualquier otra interpretación al paso. Literalmente, el virus nos quiere habitar, y, a su vez, nos expulsa. Independiente de su origen orgánico o experimental, replica esa lógica propia del patógeno, inmunizado contra el medio circundante, a riesgo de volverse irreductible en la naturaleza. Como en La guerra de los mundos del buen H G Wells, quizá a la larga, sea ese agente patógeno el que nos sobreviva, frente al cual los extraterrestres no pudieron hacer nada, a pesar de acabar con media civilización. Pero he aquí que el virus vuelve a interpelarnos y desafiarnos: o nos mata o nos vuelve inmunes. Entonces, el meollo del progreso humano, su ambición, su proyección, su límite de vida, se debate entre su sometimiento frente a lo hostilidad o su completa asimilación. Aceptar el virus en nosotros implicaría aceptar nuestra parte de caos en todo esto; también, aunque resulte contraproducente, nuestra cuota de responsabilidad en la debacle. Lo que tenemos de perecible, para concebirnos, ilusamente, imperecederos, en lo que dure la inmunidad. Paradójica condición del virus humano: necesariamente enfermarse, para volverse consciente y seguir (sobre)viviendo.
Apuntes sobre el coronavirus
1.- Con el coronavirus he llegado a pensar en la cuarentena como estado existencial, o en el ostracismo (voluntario o no) como forma soterrada de supervivencia, como mecanismo sociopolítico totalmente integrado. El virus se propaga cual lenguaje de la entropía. Nuestra historia es la historia de la cuarentena frente a la inclemencia.
2.- Coronavirus, el virus rockstar: irrumpe de golpe con origen incierto, se vuelve más masivo que cualquier otro espécimen de su género, y probablemente arrase con todo y tenga un final insospechado, volviéndose leyenda.
3.- Unos dicen que el virus es una conspiración farmacéutica; otros, que simplemente es una mutación de una enfermedad infecciosa, una peste negra posmoderna. Sostengo que el virus es, ante todo, un fenómeno de vida o de muerte, según sea la óptica moral del afectado.
martes, 10 de diciembre de 2019
jueves, 21 de noviembre de 2019
La revolución de la chaucha
"En agosto de 1949 el general Oscar Reeves, Director General de Transporte y Tránsito Público del gobierno de Gabriel González Videla, decretó la entrada en vigor de nuevas tarifas para la locomoción pública de la capital. De ese modo, se subió el precio de $1 a $1,20 en los autobuses y tranvías, y a $1,60 en los microbuses y trolebuses. En la práctica, ello significó que el pasaje más barato subiera en 20 centavos de peso, es decir, una “chaucha” o moneda de poco valor de acuerdo al lenguaje popular chileno, refiriéndose a la palabra mapuche que los indígenas araucanos solían utilizar para denominar la papa temprana que dejaban para cosecharla más tarde.
La ciudadanía, al contrario de lo que esperaba el gobierno de la época, reaccionó espontánea y violentamente ante la medida. El 16 y 17 de agosto de 1949 se desencadenaron en la ciudad de Santiago violentas protestas y manifestaciones contra el alza del pasaje, protagonizada mayoritariamente por estudiantes (principalmente de la Universidad de Chile), obreros y empleados organizados en la JUNECH (Junta Nacional de Empleados de Chile). Todos ellos, al grito unísono de “Micros a un peso”, desataron el caos en la capital, cortando calles y levantando barricadas, volcando micros y derribando el tendido eléctrico, así como destruyendo las vitrinas y escaparates de los locales del centro capitalino y apedreando las fábricas ubicadas en los alrededores.
Por orden del Gobierno de González Videla, quien le pidió al Congreso que le otorgara “facultades extraordinarias” para hacer frente a la violenta situación, Carabineros y luego efectivos del Ejército salieron a las calles a proteger la propiedad pública y privada y a resguardar el orden público, enfrentándose inevitablemente contra las personas que protestaban en las calles. Estos enfrentamientos dejaron un saldo de un centenar de heridos y una cifra todavía indeterminada de muertos, que según las estimaciones de la época oscilaban entre las 4 y 30 personas.
Curiosamente, en esos días se encontraba en Santiago el famoso escritor Albert Camus, quien acababa de dar una conferencia en el Instituto Chileno Francés de nuestra capital. Camus anotó en su diario que se había tratado de un “día infernal”, agregando que “la tropa con casco y armada ocupó la ciudad. A veces disparaba al blanco. Era el Estado de Sitio. Durante la noche oía disparos aislados. Día de disturbios y revueltas. Ya ayer hubo manifestaciones. Pero hoy esto parece un temblor de tierra”.
Todo esto ocurrió casi setenta años antes del "estallido de octubre". Motivos similares, efectos idénticos. Según Camus, en "El hombre rebelde" (libro que escribiría años después) no era precisamente la revolución como teleología, como finalidad última, sino que la rebelión constante el espíritu que movía al hombre crítico, renegando de la tiranía en nombre de la libertad. Por consecuencia, el absurdo de la existencia no impedía la acción, al contrario, suponía un incentivo.
¿Y qué mejor escenario para aplicar la filosofía del absurdo que nuestro chilito, con sus propias piedras precipitándose al vacío, y sus propios Sísifos tratando de atajarlas?
Es la historia, (nuestra historia) nuevamente, volviendo sobre sí misma, reescribiendo el guión de su propia fuerza centrífuga.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
Gabriel León, bioquímico, "el científico pop", en el matinal de CHV, hablando sobre el impensado nexo entre las ciencias duras y el estallido social, sostenía que: "La desigualdad es inherente a nuestra especie". El argumento biológico siempre da la sensación de inmanencia, de una certidumbre teórica pero a la vez de una condición irreversible. Sin embargo, siempre hay un margen de error que permite pensar que las cosas no están determinadas por su "naturaleza", sino que por su grado de arbitrariedad. Ahí es donde entran las malogradas ciencias sociales. Su inexactitud abre la brecha para lo variable, pero también cae en el juego del desequilibrio.
El término "primera línea", la línea de cabros que encabeza una marcha para enfrentarse a la represión policial, podría emparentarse conceptualmente con el sentido original del avant garde francés (guardia delantera), relacionado con aquella primera fila de soldados que va delante del cuerpo principal de combate, solo que aquí el término es resignificado para hablar desde la otra vereda, la de los civiles en posición de lucha contra los dispositivos de poder. Curioso que aquí la primera línea cobre más bien un sentido territorial, de apropiación de la jerga militar para darle otro enfoque a la disputa en la calle, la vía pública, auténtico escenario campal entre dos fuerzas, a todas luces, antagónicas.
Aparte del avant garde, tenemos otro caso de resignificación en el propio vanguardismo europeo de principios de siglo XX. Los vanguardistas habrían sido aquellos que, desde el nicho de la alta cultura, con todas sus connotaciones burguesas, se propusieron romper con la tradición artística para apostar por una renovación de las formas y un rechazo a todo lo que hasta entonces había sido concebido como arte. De ahí habrían tomado lo de vanguardia: porque estaban en la avanzada intelectual de la época, en "primera línea", pero no precisamente desde la pura calle atacando en legítima defensa, sino que desde un temprano underground cultural como espacio de resistencia y de creación.
Considerando que el Cabaret Voltaire no pueda ser calificado ni por asomo como una sofisticación de una barricada, se trata de realidades, de experiencias y de contextos disímiles, pero que comparten un mismo espíritu: la repulsa contra lo establecido, el rechazo a los poderes fácticos, aunque, en el caso del vanguardismo, la batalla se dio en el estricto plano del arte y de la cultura burguesa como instituciones en decadencia; en cambio, en el caso de "nuestra primera línea", la batalla se gesta sencillamente en la calle como espacio vivo (incluso, hasta "encendido") y como tópico, a punta de piedras, palos, fuego, neumáticos, mobiliario público y, en realidad, lo que venga a la mano para reaccionar al ejercicio del poder institucionalizado. De acuerdo a esto, la "primera línea" podría ser llamada, con justa razón, una muy particular clase de "vanguardia". Así, ese gran Caballo de Troya que conforma a los vanguardistas de la calle encarna su propia épica, (toda insurrección requiere también de una épica) a través de la infra historia que se levanta para resistir la opresión que cae sobre sus cabezas y la de su gente. Destruir, hacer tabula rasa, pero también allanar el camino para la fuerza colectiva.
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