martes, 2 de julio de 2019

Carl Sagan dijo "somos polvo de estrellas". José Maza repitió su frase en un libro homónimo. No faltará aquel que, obviando la metáfora, e inspirado por la ciencia, incursione en el jale.
Otro perro callejero entró a la sala de clases hoy día. Esta vez para quedarse. Lo más sorprendente fue que los cabros lo recibieron con total calidez. Una le daba ramitas. Otra le acariciaba el lomo. Pasó por mi mente echarlo, pero ya que el perro era de lo más piola, y no amenazaba la clase, lo dejé tranquilo. De tal forma, el perro se paseaba entre los puestos, algo inquieto. Cuando dejé de pasar contenidos, un alumno se levantó y con las ramitas intentó encaminarlo hacia la puerta, sin éxito. Sucedía que el perro era demasiado tímido, y en cuanto alguien se le acercaba con la intención de echarlo, se corría. Así que durante un tiempo muerto copié la táctica del alumno, nuevamente sin resultado. "Déjelo ser", repetía la alumna que había acariciado su lomo. "Déjelo ser". Entonces abrí la puerta de salida y la dejé en esa posición sin siquiera pescar al perro. Fue de ese modo que el célebre can, en cuanto captó que el exterior se veía despejado, se levantó y salió corriendo. Le conté sobre esto a la secre. Ella recordó a otro perro que el año pasado se había vuelto la mascota del instituto. Tanto así que incluso venía regularmente en período de ensayos. "Era un alumno más", repetía con una sonrisa copiosa, al borde de un ladrido de orgullo.
Mejor compre estas gafas y vea las cosas como son



lunes, 1 de julio de 2019

jueves, 27 de junio de 2019



El otro jueves me llamó la directora para informarme que en la clase del miércoles, después de cerrar el instituto, la señora del aseo encontró una botella de vino vacía en un agujero que se encontraba en el baño de hombres. Dio por hecho que unos alumnos de mi clase habían llevado esa botella al baño, seguramente bebiendo de lo lindo, a escondidas de quien suscribe. Da la salvedad que el baño en cuestión se encuentra justo en el salón de clases, con el perímetro suficiente para contener ambos espacios. Yo le dije a la directora que me parecía raro, porque de ser así lo hubiese sabido. (Algún jugo irían a dar, propio de borrachos, y yo sé en carne propia qué se siente dar ese jugo). Sin embargo, ella insistía en que aquella botella había sido traída por ciertos alumnos de mi clase, de manera furtiva, sin advertencia. Le repliqué que eso por ningún motivo estaba permitido, pero que primero existía algo llamado presunción de inocencia, según la cual nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario con pruebas fehacientes. La directora parecía entender aquel punto, pero señalando que uno como docente se podía dar cuenta de quienes podían incurrir en actitudes extrañas y no correspondientes al protocolo escolar. Con eso daba a entender que uno podía desarrollar alguna suerte de intuición o sexto sentido que le permitiese saber lo que hacen sus alumnos en todo momento; inclusive, según su criterio, ese sentido o intuición debiese ser parte orgánica e integral de las capacidades del profesor. Para tratar de entender la inquietud, y considerando lo delicado del hecho, le expliqué a la directora que no se preocupara, que en cuanto volviera a ver a los chicos les comentaría sobre lo sucedido y, de paso, les haría ver que ese tipo de cosas no pueden suceder bajo ninguna circunstancia en el contexto de clases. Se lo expliqué de esa manera, aun sabiendo que la posibilidad de que los alumnos hayan efectivamente traído esa botella de vino y la hayan bebido en el baño pueda tratarse nada más que de una hipótesis infundada, una soberana volá. De ese modo, la directora cortó con la tranquilidad que le procuraban mis palabras y la promesa de que hiciera valer alguna vez en la vida una mínima regla disciplinar. 


II 

Llegó así el día en que vería a los chicos, a los supuestos borrachines. Me llegué a imaginar una situación en que los cabros dijeran que “pa qué con esa”, que por qué los trataba de alcohólicos si están pagando por ir a clases. Incluso me los imaginé agarrando pal hueveo el asunto, organizando alguna suerte de tomatera, a propósito del bochorno, para cerrar el fin de semestre (a lo Baudelaire, su máxima educativa: "hay que estar siempre borrachos"), una tomatera auspiciada completamente por el profesor, producto de haber levantado falso testimonio. "Rájese ahora usted", me los imaginaba diciendo. Pero todo eso no sería sino un rollo demasiado divertido, que sería desmentido pronto, en el momento que me puse a hablar con la secretaria del instituto. Le expliqué lo que me había dicho la directora. Ella dijo que efectivamente encontraron una botella de vino vacía en el baño, solo que, contrario a la versión de la directora, no creía que hubieran sido alumnos los responsables de haberla traído. –Yo pienso que la botella siempre estuvo ahí-, sostuvo la secre. –A lo mejor desde antes que fuera instituto, unos curaos inauguraron el lugar-, le comenté a la secre, mientras subía la escala. Era evidente que se lo tomaba a la chacota, confiando en la imposibilidad de la versión de la jefa. Por un instante, y movido por el desenfado de la secre, descarté de plano aquella versión sin razones. Finalmente, llegado el horario de clases, conspiró en mi mente la idea de contarles a los cabros el hecho como una anécdota bizarra, pero fue más fuerte el olvido dionisiaco, y preferí dejarlo pasar. En resumidas cuentas, la botella de vino vacía sigue ahí en el baño del instituto, imperturbable; ninguno de los cabros se dio por enterado (al menos hasta donde se sabe); y el destino del contenido de la botella seguirá siendo materia de misterio y de especulación etílica.

miércoles, 26 de junio de 2019

Chile, el país de lo apócrifo.


La nueva novela de misterio policíaco chileno, el caso Fernanda Maciel, solo demuestra una vez más la vigencia de Edgar Allan Poe en el terreno de lo institucional y lo criminal. Desde TVN se preguntaron ¿Errores en el procedimiento o sofisticación en el asesinato? luego de atestiguar la excesiva demora en la investigación, específicamente, en la búsqueda de los restos de la chica. Carabineros en conjunto con la PDI habrían recorrido hasta cinco veces una bodega durante dieciséis meses, sin éxito alguno, y resultó que el cuerpo siempre estuvo enterrado dentro del perímetro del hogar. bajo dos metros de escombros, cemento y cal. Ninguna sofisticación tuvo lugar aquí; el error fue más bien en la perspectiva subjetiva del procedimiento. Analogando el caso de la joven Maciel con La carta robada de Poe, el victimario simplemente fue "más vivo" y escondió el cuerpo en aquel sitio a simple vista más evidente, pero totalmente a salvo del enfoque de la investigación. En otras palabras, tanto pacos como ratis cayeron en la misma trampa que cayó el prefecto en el cuento: no buscaron primero en la mente del oponente.
Ando un poco retirado de la contingencia educativa, para serles franco, y eso que soy profe, aunque trabajo en preu. Actualicenme: ¿Quién fue al cementerio? ¿Con qué objeto? ¿a quién funaron? Y luego ¿a quién tildaron de inconsecuente? ¿De qué novela política funeraria me estoy perdiendo?

martes, 25 de junio de 2019

La imagen más hermosa de hoy Lunes: la de un perro culiando con una perra bajo la llovizna justo a la salida del instituto. Era un perro que había entrado furtivamente y se había guarecido del frío en el entremedio de la escalera que da hacia la oficina de la directora. Minutos antes, lo había echado de la sala, acaso sin otra justificación que su condición animal (en otras oportunidades, había pasado piola, contagiando ternura entre el alumnado). -¡¿Quién como él?!- comentaba un cabro al paso, entusiasta, mientras entraba a la clase, y veía cómo sus compañeras se mofaban de la escena.
"Yo llegué a la televisión no por haber vendido un palo, ni por un terremoto, ni tampoco por caerme en bicicleta o porque se muriera mi pájaro, sino que llegué para transmitir momentos históricos de nuestra nación, la forma de hacerla progresar y una verdadera alternativa patriótica para Chile“. Jorge Rivas,el Niño poeta.