Curiosidad del momento: Richard Branson, el dueño de Virgin Records, responsable de haber publicado a los Sex Pistols a fines de los setenta, es el mismo que hoy organiza el Venezuela Aid Live en Cúcuta. Negocios son negocios.
sábado, 23 de febrero de 2019
viernes, 22 de febrero de 2019
Confesión del día: Siempre que intento tender un puente hacia los otros, irremisiblemente, por abc motivo, vuelvo a la condición de soledad inicial, cuestión a la que ya me he ido acostumbrando, amen de los fracasos y la dispersión. Aplíquese esto para el amor, para el intento de publicarse, para las relaciones sociales en general y, en particular, para la búsqueda de alguna pega fija, y no al simple hecho de andar picoteando por aquí y por allá, siempre alternando pero nunca permaneciendo.
miércoles, 20 de febrero de 2019
Polémica Live Aid. El del año 1985 fue en beneficio de los países de África Oriental, y estuvo compuesto en su mayoría por: Led Zeppelin, Eric Clapton, David Gilmour, Judas Priest, The Beach Boys, Bob Dylan, Paul McCartney, David Bowie, U2, Black Sabbath, Queen, Phil Collins, The Cars, Ozzy Osbourne, Inxs, Mick Jagger, Duran duran, B.B King, Tina Turner, entre otros. El del presente año, auspiciado por Richard Branson, fundador del Grupo Virgin, y a desarrollarse en el lado colombiano de la frontera de Venezuela, contará con los siguientes artistas: Maluma, J Balvin, Gusi, Miguel Bose, Paulina Rubio, Luis Fonsi, Lele Pons, Alejandro Sánz, Mau y Ricky, Maná, Cholo Valderrama, Carlos Baute, Carlos Vives, Juan Luis Guerra. Como respuesta a ese Live Aid, Maduro organizará un recital que llevará por nombre “Manos fuera de Venezuela”, en el paso fronterizo con Colombia. Se desconocen los artistas de este recital así como también las facilidades que puedan dar las autoridades venezolanas para el cruce entre uno y otro extremo de la frontera. Más allá de las disputas políticas que marcan y diferencian cada versión del Live Aid, se extraña la presencia de música rock en la versión actual, en comparación con la de los años ochenta, cuestión sintomática de nuestros tiempos cada vez más “progresistas” y menos imperialistas.
Mi paso por DICOM
¿Cuántos de los presentes en línea estarán en DICOM, esa entidad que registra de manera sistemática y en forma de lista negra aquellos deudores morosos que están inhabilitados para diferentes actividades financieras? ¿Quienes, estando en aquel purgatorio económico, se hallan ahí pero no se percataron hasta el momento de querer pedir un crédito, de modo que la noticia sobre su estancia en Dicom les llega en forma de una condena capital? Muy a mi pesar, yo me encuentro entre este vergonzoso grupo. Intuía más o menos que me hallaba inhabilitado para pedir cualquier clase de crédito, al cachar que tenía una deuda pendiente con el Banco estado, una deuda que, a estas alturas, merced a la carga del tiempo y la indolencia, ha ido creciendo bajo unos intereses prácticamente impredecibles, sumándole a esa deuda la imponderable del CAE; pero no fue hasta que intenté pedir un crédito social a la caja de compensación 18 que el sistema mismo me chocó encima como en un proceso inverso de puerta giratoria.
El asunto se explica, grosso modo, más o menos así: luego de una serie de trámites y llamadas expectantes, a la espera de solucionar una situación puntual con el empleador que me impedía poder iniciar la operación crediticia en la caja 18, el ejecutivo central de la caja me sugirió que fuese otra vez a la sucursal de Valpo y hablara con alguien del call center para que este se comunicase con él inmediatamente, en el momento que saliera a flote aquella situación invalidante. Una vez que esto ocurría, y el ejecutivo hablaba por teléfono con la secretaria del call center, esta misma me informaba que efectivamente el empleador ya había pagado una deuda que tenía con la caja, pero que el auténtico impedimento pasaba más bien por una cuestión de índole administrativa. La premura de la secretaria por cortar y ceder el paso a otro cliente era inevitable pero, en cierto punto, inaguantable, ante la falta de resolución del asunto. Llamé entonces a mi empleador y este, adelantándose a la jugada, me confirmó que ya había conversado con el ejecutivo de Santiago, indicándole que ahora el problema le competía a él mismo, puesto que se trataba de un desajuste en el cambio de administración. De hecho, en el registro de la caja figuraba el administrador antiguo, y, a causa de no haber actualizado los registros, cualquier clase de solicitud de créditos quedaba bloqueada hasta poder regularizar aquel cambio.
Salía de la sucursal con una irónica sensación de tranquilidad: por un lado, los impedimentos para sacar crédito quedaban aclarados, y me eximían de la responsabilidad, delegándosela al empleador; y, por otro, permanecía exactamente en la misma posición en la que estaba hasta antes de ir a pedir el crédito, solo que con la conciencia sobre la regularización de mi estado en la caja de compensación. Fui así, con aquella conciencia en mente, una vez más a la sucursal de la caja, a preguntar por anticipado el tema logístico del crédito, en caso de que el problema del empleador se solucionase antes de tiempo y quedara hipotéticamente libre para pedirlo. Me atendió la misma joven de la primera vez, aquella en que me di cuenta de la morosidad del empleador con algunas cuentas pasadas. Me dijo exactamente lo mismo de siempre: que no estaba autorizada a brindar información de ese tipo, por lo menos hasta que el problema fuera regularizado de manera definitiva (y que tampoco estaba autorizada para dar información respecto a cosas que atañen a la relación del empleador con la caja). Claramente ofuscado, con la intención de presionar pero dejándole un espacio a la serenidad, le consulté si podía hablar con su supervisora para que ella pudiese darme alguna respuesta más satisfactoria. Lo hacía para que la supervisora entrara y pudiera llamar directamente al ejecutivo de Santiago con tal de resolver esa simple pregunta anticipada en el acto. Justo antes de que la joven se dignase a llamar a la supervisora, evitando un conflicto mayor, se animó a preguntarme lo más importante, aquello que debía haberme preguntado desde el principio, y que habría significado conocer desde antes la posibilidad de entrar al universo milagroso del crédito o derechamente irme desterrado, con la cola entre las patas, hacia ese sitio cual cliente cargando su morosidad como un pecado: ¿Está usted en Dicom? Los segundos que siguieron a esa interrogante fueron duros. Nunca en la vida había siquiera razonado que un crédito de tipo social pudiese tener como antecedente excluyente el Dicom. Era lógico desde el punto de vista comercial, bajo los parámetros de realidad actuales, pero inconcebible desde mi completa ignorancia en el tema. La respuesta afirmativa se demoró pero se dejó pronunciar con la seguridad de la resignación. Ya no cabía más réplica en ese momento. Solo alcancé a pronunciar una muy corta sacada de madre, dirigida más al aire que a la joven en cuestión. Dirigida a aquello impalpable que no podía explicar y que me mantenía en una condición ignominiosa. Cualquier intento por pedir el crédito, desde ese instante, resultaba igualmente inútil, aun arreglando el tema del cambio de administración, por lo menos hasta que intentara regularizar las cuentas pendientes que me mantenían atado a aquella zona penitente, el Dicom, el purgatorio de la morosidad, el círculo del infierno restante, en clave financiera.
A dos semanas de enterarme, no necesariamente de estar en Dicom, sino que estarlo me relegaba a una zona sin créditos, aún no sé si el empleador habrá resuelto el tema del cambio de administración (que ya no viene el caso), y tampoco sé, francamente, en qué momento voy a pagar de una vez por todas las deudas que mantienen “sucios” mis papeles. Uno carga sus deudas como culpas. Eso cualquier moroso lo puede saber en su fuero interno. Se vive al día tratando de ocultar esa situación. Se vive derrochando, ahorrando con desenfado, derrochando otro poco, obviando el hecho casi como si fuese una mancha de nacimiento, pero la deuda crece, y sigue creciendo, y uno, para salvaguardar la honra, se resta deliberadamente del mundo comercial, hacia una suerte de zona marginal que te mantiene sobreviviendo, más o menos bien, pero totalmente ajeno al paraíso de los buenos ciudadanos, aquellos que han obrado de acuerdo a los dictámenes del mercado y han pagado cada una de sus deudas, manteniendo a raya su profunda moral, su sentido del endeudamiento. Estar en Dicom supone, para los renegados como uno, firmar un contrato implícito, asumir las condiciones pero pasarse por la tangente las consecuencias, viviendo la vida como destinado a un auto exilio que uno mismo creó al no leer la letra chica de nada. Ya no resta otra explicación al Dicom que un profundo hedonismo sin medida, o que una necesidad a toda prueba, desprovista de cualquier recurso ante la calamidad.
lunes, 18 de febrero de 2019
Asperger
No deja de ser absurdo pero, por lo mismo, interesante, el hecho de que la psicología con sus denominaciones juegue muchas veces más en favor de la imaginación que de la lógica estricta. El lenguaje posee a quien lo posee, es una especie de cúmulo de arena que, una vez en la mano de tal o cual discurso, le hace creer al que lo posee que es el dios del desierto y que puede hacerlo florecer, aunque, en efecto, este siga más desierto que nunca. Lo digo por conceptos como el del síndrome de Asperger, asociado al nivel de intelecto en desmedro de la capacidad social y comunicativa. Se ha dicho de Einstein, de Steven Spielberg, incluso de Yeats, hasta de Mark Zuckerberg, que tenían el síndrome, como si se tratase de un titulo nobiliario ganado merced a la fama o a la distinción, como si con eso se volvieran una especie de enviados que, a cambio de la "desviación", pueden ganar el derecho a la inmortalidad, en contra de los neurotípicos mortales que, a su alrededor, y al amparo de los psicólogos como sus sacerdotes, simplemente figuran cual entes comunes y corrientes, testigos de semejante milagro de la mente. No sé hasta qué punto el diagnóstico del síndrome pueda resultar tan antojadizo, y servir para que algunos "genios" se adjudiquen a sí mismos una especie de poder sobrenatural o de estigma espiritual, una verdadera camada de luminarias, elegidas mediante una maniobra comercial, que toda su vida fueron discriminadas, pero que, gracias a la ciencia y al sopor mediático, obtienen la venganza en vida que han deseado, el pedazo de paraíso que reclaman como criaturas expulsadas, creyéndose unos superhombres nietzscheanos en clave freak.
sábado, 16 de febrero de 2019
Bruno Ganz, el ángel Damiel de El cielo sobre Berlín, para los más cinéfilos; Hitler en la película La caída, para los medios más hollywoodenses; y, a su vez, el protagonista del video "Hitler se entera" extraído de una escena de La caída, para los fanáticos de los virales. El único actor que pudo interpretar magistralmente tanto a un ángel como a Hitler, y, por si fuera poco, a una parodia de este último. De hecho, en algunas partes, lamentan la muerte del ángel de la película de Wim Wenders, y en otras, ya esperan el video "Hitler se entera de la muerte de Bruno Ganz".
miércoles, 13 de febrero de 2019
Atardecer y transmutación (relato onírico)
El sueño de anoche sí que fue cuático: Soñé que iba caminando dentro de algo similar a un instituto, subiendo escaleras para dar con un piso o una sala x. El instituto se hallaba a su vez dentro de una embarcación muy parecida al Logos Hope que arribó hace poco a valpo. A medida que iba subiendo escaleras, perdía la noción del tiempo y del espacio y no sabía si iba en calidad de estudiante a alguna clase para recuperar un ramo, o si iba en calidad de profesor a dictar alguna cátedra atrasada. En ambos casos, la situación emocional era insostenible. Subía y subía y no daba con ese piso o con esa sala, mientras los minutos apremiaban, y sonaba el estruendo general (sonido de buque) que indicaba que las clases estaban por comenzar. En eso me topé con un loco que iba bajando apresurado a no sé dónde. Se trataba de un loco parecido a aquel compañero de la U que gustaba de hacer referencias o frases apócrifas a autores conocidos, en clave parodia. Se confundía entre el gentío pero se lograba distinguir porque iba con un libro en la mano, un libro que comenzó a tomarse mis pensamientos. Fui siguiendo al loco, sin siquiera alcanzar a detenerlo, y ya el nombre de aquel libro aparecía en mi mente sin explicación. El libro se llamaba Transmutación y figuraba en mi cabeza como atribuido a Bolaño. Yo pensé, qué chucha, no podía existir un libro con ese nombre, al menos que se tratase de otro libro inédito que la editorial en nombre del autor ya va sacando por osmosis, de manera fantasmal, publicando mucho más que cuando Bolaño estaba vivo; pero luego, ya habiendo perdido al loquito, volví a retomar la búsqueda de mi inicial paradero, no sin antes reflexionar sobre el libro que tenía yo guardado en la mochila y que no había advertido hasta ese entonces. Me detuve rápido, aún con el tiempo apremiando, para llegar adonde tenía que llegar, y abrí la mochila para sacar de su interior un libro derruido. Tenía la forma de aquellas ediciones Anagrama que intentan aglomerar en un solo tomo ciertos intentos de novela total, barrocos por pretenciosos, bizarros por ambiciosos. Al tomarlo el libro era un mamotreto muy pesado, algo viejo con algunas páginas sueltas y una superficie de portada algo viscosa por la manipulación descuidada. El nombre del libro lo recuerdo perfectamente bien. Se llamaba Atardecer. Pero no aparecía atribuido a nadie. Debido a la urgencia del momento, desistí de hojear el mamotreto y lo guardé para así volver a buscar el lugar al cual tenía que ir. Después de eso, francamente no recuerdo nada más, excepto la imagen viva de aquellos libros y sus nombres, que seguían conspirando en mi mente conforme el sueño se hacía más difuso e indescriptible.
¿Qué era lo que se transmutaba? ¿Qué era lo que atardecía? Cuando me pregunté esas dos cuestiones me acordé que en realidad el lugar al que debía ir quedaba fuera del Logos Hope, al cual solo se podía acceder por un pasaje que antes pertenecía a una edificación antigua y que era tomado de vez en cuando por algunos drogos que se ponían a pitiar y cambiar el mundo. Al intentar pasar por ahí sin ser advertido por los locos, uno de ellos me detuvo. Se trataba de aquel loco que había seguido en un principio. Estaba acompañado de otros wnes apenas retratables entre la bruma del humo y la densidad del sueño. Sin mediar aviso, le pasó de lo que estaba fumando a otro de por ahí, y sacó de entre su amplia chaqueta un libro. Ese libro era el famoso Transmutación. Hizo el ademán de dármelo, no sin antes pedirme algo a cambio con la mano izquierda. Intuía que este loco quería el libro que tenía en la mochila. Le di entonces el libro Atardecer. El loco lo recibió y se lo pasó al otro que tenía el pito, para así recuperarlo y volver al vicio. Había otro loco a su lado, mirando fijamente, esperando que sucediese algo. ¿Qué era lo que debía pasar? A esas alturas, ya no sabía si debía efectivamente llegar a aquel lugar que buscaba en un comienzo o simplemente debía quedarme ahí a resolver algo pendiente con estos compadres misteriosos. De modo que, para evitar el aturdimiento, intenté rápidamente virar de ahí. Sin embargo, el compadre que miraba fijo me detuvo, y me obligó a quedarme. Todo indicaba que faltaba algo más por hacer. Así, el loco del libro se acercó y señaló rápidamente hacia el que tenía en mi poder: Transmutación. Los otros se arrimaron a un lado esperando que sacara de nuevo el libro. Comencé a abrirlo, y el compadre indicaba con el dedo la página que debía colocar, ante la mirada absorta del resto. Buscaba nerviosamente, a medida que el loco urgía más en la búsqueda de aquella página solicitada. Hasta que di con una página casi al final del mamotreto. Tenía dentro la inscripción de una pirámide con un punto en la parte superior, muy similar a la de Anagrama, (entremezclada con la illuminati). Cuando retiré la vista de la página, el loco y los demás comenzaron a mostrar la figura que tenían inscrita en diferentes partes del cuerpo. Era el mismo símbolo del libro. Al cachar que no podía concebir el sentido de la situación, el loco del libro se me acercó una vez más y me sostuvo la muñeca izquierda, fugazmente, junto a otros que intentaban sostenerlo. Alcancé a forcejear con él, no entendiendo nada y siendo amenazado por lo incomprensible de las acciones, hasta que el loco simplemente me bajó la manga para revelar el símbolo que tenía yo mismo inscrito en la piel de la muñeca: el símbolo de la pirámide del libro. Miraba hacia el símbolo en la muñeca, y luego agotado giré hacia el rostro de todos estos locos. En el momento que di vuelta la cabeza de manera instintiva para evitar su mirada, y volvía para guardar el libro, el loco del principio soltó rápidamente su mano de mi muñeca, dejando al descubierto el símbolo de la pirámide, y acabando con esto el sueño de forma abrupta.
martes, 12 de febrero de 2019
El gran silencioso
“Con el tiempo, he responsabilizado mucho a mi medio familiar, su visión de las cosas del mundo y de la vida. Hubo una determinación por el tiempo histórico que nos tocó vivir y, por otra parte, una determinación familiar. Madre comunista, dos hermanas comunistas. Se almorzaba materialismo histórico y se cenaba materialismo dialéctico. Eso hoy me da un poco de molestia. No tuvieron la capacidad emotiva de enseñarme otros caminos posibles. Me hubiera gustado que me mostraran otro tipo de cuentos, otras literaturas”. Cuenta Ricardo Palma Salamanca en su última entrevista a The Clinic. Durante su período en el CAS, confesó haber leído a los franceses, a los rusos, a los gringos. Lo que me llamó más la atención fue que mencionó el Viaje al Fin de la Noche de Céline, con quien aprendió que una persona “no puede ser evaluada sólo por su postura política”. También mencionó a Ernst Junger, leyendo su libro Radiaciones; Junger, que fue soldado del ejército alemán. Encontró en este un autor que se permitía ver la vida desde distintas fronteras y convertirse en varias personas, “sin quedar atrapado en una sola”. Además leyó a Mijaíl Bulgákov y a William Faulkner. Finalmente hizo, junto a otros presos del Lautaro, una revista literaria que se llamaba Incesto. Conversábamos sobre esto con un amigo vía inbox. El cambio que llevó al ex guerrillero a declararse un “reformista”, luego de un profundo proceso de madurez y asimilación de sus fantasmas, y luego de una lectura atenta de otros referentes distintos a los de la izquierda tradicional, supuso desmitificar su figura de héroe, de la cual dice estar hastiado, para volcarse al exilio del anonimato y a una aspiración mucho menos colectiva y más personalísima. De hecho, señaló en la entrevista que está en las antípodas de los discursos pomposos y que, hoy por hoy, su principal aspiración es “pasar desapercibido”. Incluso, dijo que su mayor sueño es el olvido. Se trata de la postura del guerrillero veterano que busca dejar atrás la carga histórica de sus acciones para ir hacia una búsqueda individual. Sin proponérselo, Palma Salamanca, el nihilista renovado, está adoptando la figura política ilustrada por Ernst Junger, la figura del “gran silencioso”, de aquel que se retira de la vida pública con tal de oponerse moralmente a todo lo que lo rodeaba y por fin reencontrase consigo mismo y ser su propia autoridad. El que otrora fuera el ícono revolucionario de Chile escogió, como salida, el camino íntimo del silencio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)