lunes, 10 de diciembre de 2018

Las clases que tomarán los dueños de Penta, Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín, por delitos tributarios, se enfocarán en un curso que repasará las tres corrientes clásicas de la ética: virtudes, utilitarismo y deontología. Todo será durante el período 2019 en la escuela de posgrado de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI) y, según consta, tendrá que ser financiado por los propios acusados. Igual loco imaginar una clase de "castigo moral" que implique precisamente el estudio de la ética como forma de reparar cierto perjuicio público, pero a través del mismo mecanismo burocrático de la política. Qué tendrán que decir, a la larga, Délano y Lavín, sobre Aristóteles, sobre Kant. Qué otro concepto de virtud, qué otro imperativo que no sea el de su propia moral amparada bajo la lógica del interés.

domingo, 9 de diciembre de 2018

A 38 años de la muerte de John Lennon: El edificio del cual salía al momento de ser asesinado por Chapman, era el mismo en el que se rodó El bebé de Rosemary, y el mismo en el que habitaron figuras como Crowley y Boris Karloff. El siniestro edificio Dakota.

Chaquetas amarillas

Cerca del bandejón de Av Argentina que da hacia la Ruta 68, unos cuantos "chaquetas amarillas" estacionando vehículos por el atochamiento de Lo Vásquez, entre ellos, el loquito que está de punta en Av Colón frente al depa. Otro del grupo andaba motorizado rumbo a Barón. Parecía ser un repartidor de pizza. Los chaquetas amarillas de Chile andan en todos los rincones, asediando el perímetro de los vehículos que se estacionan y que luego tienen que partir para volver a su destino original. Por otro lado, los chaquetas amarillas de Francia, los "gilet jaunes", no dejan de recorrer el límite entre lo rural y lo urbano, en plena carretera, y, ahora, en el centro de la vida pública, generando el descontento y emplazando a los peces gordos, de hecho, al mismísimo presidente Macron, a raíz de una nueva manifestación disidente que fue in crescendo, merced a una situación política insostenible. El color de la chaqueta fluorescente usada por los conductores franceses, pasó de ser el emblema contra el alza del diesel y la gasolina, a ser lo equivalente a la capucha revolucionaria de por acá; un aditamento que, sin embargo, descubre el rostro, en un proceso inverso al enmascaramiento. No deja de ser curioso el paralelo entre los chaquetas de Chile y los chaquetas de Francia. A simple vista podrá parecer una relación dicotómica, pero eso sería reducir el alcance y la implicación ideológica del uniforme. Mientras que los chaquetas de Francia se preparan para proclamar la libertad, la igualdad y la fraternidad en un brío que se confunde con el del tráfico consuetudinario, nuestros chaquetas locales continúan en su labor kafkiana, estoica, anónima e ilegal, moviendo la masa total de las máquinas que persiguen, con la esperanza de juntar el molido suficiente para salvaguardar su jornada de pega clandestina. El uniforme amarillo reflectante, resignificado por la contingencia, se ha vuelto, de este modo, un uniforme beligerante, al filo de la ley, pero desde diferentes flancos, según sea la forma de la bandera y la idiosincrasia de su portador. Los colores de Francia y los de Chile, si uno se fija, son exactamente los mismos. Quizá no falte mucho para que los colores de las chaquetas tiñan y contaminen por completo la mentalidad adherida a su simbología.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Noam Chomsky, 90 años (post repetido): A Chomsky se le criticaba, durante las pruebas de gramática, que, por un lado, se declaraba anarco sindicalista y anti sistema y, por otro, establecía jerarquías gramaticales con sus modelos lingüísticos. En la desesperación académica, subyacía el animal salvaje que toda escritura reclama, pero, en el mismo proceso se sacrifica la lógica de ese su sistema. El universo de esa lógica, tan poco anárquica en la realidad pero coherente en la abstracción, expresaba dos facetas de un mismo rostro. Rechazábamos el orden abstracto porque solo veíamos el impulso revolucionario, siempre tan agramatical, potencialmente infinito. Lo recuerdo ahora que leo algo sobre un discípulo de Chomsky, y presenta también un lado b: poeta. En uno de sus libros señala que "el lenguaje sirve también para no hacer sentido". Se llama "Cualquier hombre es una isla". Un libro de lingüística, y también de poesía. En el fondo, a pesar de reprobar el ramo, la anarquía también tenía su propia gramática, su estructura profunda.
Afuera el sonido de los pajaritos por la mañana se confunde con el de los vehículos marchando a la pega. Por dentro, lo único que suena son las ganas de seguir durmiendo.

jueves, 6 de diciembre de 2018

50 años de Beggars Banquet

"Sólo hay una manera de ser un intelectual revolucionario, y es renunciar a ser un intelectual", era la frase que postulaba Jean Luc Godard cuando filmó su registro audiovisual sobre el proceso de creación del album. Lo que Godard buscaba era retratar algunos pincelazos del contexto de la revolución del 68 en consonancia con la repercusión musical del rock and roll, y, en especial, con el tema que abre el Beggars Banquet: Sympathy for the devil, que podría leerse como un manifiesto contracultural o como un mantra ritual que invoca de forma un tanto sarcástica algunos males de la historia. Para escribir la canción, Jagger se habría inspirado en Baudelaire o tal vez en la poesía francesa del romanticismo, cuestión que resulta particularmente significativa en relación a la mirada del propio Godard sobre la banda y sobre el impacto de su época. Bajo este prisma, Sympathy for the devil no hablaría literalmente del "diablo", sino que de su personificación en la propia naturaleza del hombre. Sympathy for the devil representa así un himno descarnado sobre la condición humana: encantado de conocerte/espero que sepas mi nombre/pero lo que te desconcierta/es la naturaleza de mi juego.


Carta de Dios

Una nueva subasta millonaria se ha hecho en Christies. Se trata de la "Carta de Dios" de Einstein que fue enviada al filósofo judío alemán Eric Gutkind, un año antes de morir. La carta en cuestión había sido una respuesta a un libro escrito por Gutkind, "Escoger la vida: la llamada bíblica a la rebelión", el cual Einstein criticó de forma rotunda. En uno de los extractos de la carta se deja leer lo siguiente: "La palabra "Dios" para mí no es mas que la expresión y el resultado de la debilidad humana. La Biblia es una colección de leyendas venerables pero primitivas". La carta habría adquirido carácter de culto por su definición de la postura del científico frente a la religión formal. No se sabía nada respecto a la posesión de la carta hasta antes de la subasta, excepto que al parecer estaba en manos de los herederos de Gutkind. Desde la metafísica religiosa, pasando por el escepticismo científico, hasta llegar a la hegemonía financiera. Al ser vendida, la "Carta de Dios" pasó inmediatamente a formar parte del Mercado, el único ente que, hoy por hoy, sí juega a los dados con el universo.
Con un amigo hablábamos sobre este hilarante caso. Decía que el loco había hecho de su secta Tallis una verdadera majamama entre masonería, ufología, Castaneda y sexo, y hasta folklore. El Temucano, en la pura línea del Maharishi de los sesenta, el "Sexy sadie chileno", al cual le vendrían perfectamente las letras de los Beatles: You made a fool of everyone.
José Maza y sus dichos contra el horóscopo: “¡El horóscopo es otra estupidez como la tierra plana! Imagínate, yo soy Capricornio y bueno, ¡hay un millón y medio de Capricornios!”, expresó, añadiendo que “yo soy lo que soy porque mi madre y mi padre tenían toda una estructura y en mi casa me criaron de cierta manera, no porque yo haya nacido en enero”. Ante los dichos de Maza, Pedrito Engel salió a defenderse, únicamente diciendo en su twitter que "cada uno cree en lo que quiere", restándole importancia a la tesis del astrónomo. Efectivamente, y como se desprende de este pseudo debate, cada uno cree en lo que quiere creer. Y es que para Pedrito Engel, la creencia es más influyente que la evidencia científica. En cambio, para Maza, el hecho de que seamos "polvo de estrellas" no significa que por eso debamos estar buscando símbolos arcanos ni constelaciones enrevesadas en la noche para poder justificar nuestra existencia. La *polémica aquí instalada es la clásica entre la astronomía como ciencia que estudia las leyes que rigen los astros y la astrología como un conjunto de tradiciones que sostienen que es posible reconocer una influencia de los eventos celestes sobre los sucesos terrenales. Merced al show mediático, el conocimiento de ambas partes se vuelve profano. Maza peca de positivista y cientificista en su materialismo y Engel de charlatán en su uso light de una serie de saberes esotéricos. Sin embargo, ninguno de los puntos de vista aquí puestos en disputa debería descartase de plano, solo por una maniquea rencilla televisiva, porque al aprendiz de astrónomo, por ejemplo, no le bastará con leer minuciosamente su ascendente en el diario si eso no le alienta a querer comprender cómo diablos se comportan los astros en la galaxia; y a la señora dueña de casa, al trabajador de sol a sol, al vendedor de la calle, al enamorado de turno, no les bastará con un estudio impersonal de los hechos y fenómenos del espacio, si todo eso no tiene alguna mínima implicancia sobre su vida y sobre su destino, si eso no habla de alguna forma a su corazón, a su deseo arraigado, a su ética más íntima.

*Si dejamos de lado el tema mercantil, el gran desgaste siempre ha sido justificar lo que uno cree frente al patíbulo de la opinión pública, sobre todo hoy en día donde la tribuna de patio se trasladó a las redes sociales.
Aplicando Ockham y sus monos con navajas, efectivamente el astrólogo tiene cierta ventaja punitiva en una polémica que pesa menos que el gas de la risa.

* Y si miramos la polémica desde otro ángulo, no sería otra cosa que un bluff, un voladero de luces para acaparar la atención y desvirtuar el foco sobre dichos como estos: http://culto.latercera.com/2018/12/04/jose-maza-entrevista2/

miércoles, 5 de diciembre de 2018

La cena (relato onírico)

Se encontraba sentado a una mesa en la cual se realizaba una cena, tal vez, una cena familiar, bajo una luz apenas perceptible. En aquella mesa, no conseguía distinguir completamente los rostros de los comensales. Al momento de mirarlos, su visión se volvía difusa. Una joven se levantó de su puesto, sin pedir permiso, y se retiró. Mientras tanto, los comensales conversaban, aunque no conseguía entender bien de qué. Se levantó para ir a la cocina a buscar un cuchillo, ya que en su puesto no había ninguno. Allí en la cocina la luz era todavía más tenue que en el comedor. Aprovechó de buscar un poco de champaña, para brindar por no sabía qué cosa, en ocasión de la misteriosa junta.

Al volver al comedor, la joven de la mesa estaba de espaldas, en el umbral de la cocina, tratando de que nadie viese su cara. Antes de intentar hablar con ella, y pedirle que se diese la vuelta, agarró el cuchillo que estaba buscando. Era el primero que encontró sobre el fregadero. En ese momento, con el cuchillo en mano, intentó acercarse a la joven. Volvió hacia el umbral, pero, al momento de doblar la mirada, ella ya no se encontraba ahí. Había desaparecido sin más.

Casi en el instante que advirtió su desaparición, se asomaron otras de las personas que estaban en la mesa, recorriendo la cocina y el resto del lugar con premura, en señal de querer dar con el paradero de aquella joven. De pronto, el cuchillo que sostenía comenzó a brillar con intensidad. Emanaba de él una luz extraña. Se sintió agobiado. No entendía nada. Corrió hacia la salida de la casa. La luz del cuchillo le sirvió de guía. Avanzó por el pasillo, ante la sorpresa de varios de los comensales allí presentes, hasta dar con la puerta de salida, y así poder escapar de aquel mitin.

Afuera se podía ver que la casa estaba situada en lo más alto de un cerro. Era de noche, y solo la luz del cuchillo permitía iluminar el espacio. Abajo se veía repleto de árboles. Alrededor solo alcanzaba a distinguirse mucho césped y malezas. Al bajar por unas escalas, decidió acercarse a un barranco, muy cuidadosamente, para poder tener una vista panorámica del lugar. Miró en dirección opuesta a la casa, hacia el fondo donde estaba la cresta de una loma, y se dio cuenta que había un árbol gigantesco sobresaliendo, no solo por su tamaño sino que por la amenazadora luz que emanaba directamente su copa.

El cuchillo resplandecía por el contacto con la luz del árbol, tanto así que quemaba, por lo que decidió soltarlo y arrojarlo al vacío. Cuando esto ocurrió, la gente de la casa comenzó a salir intempestivamente, con cuchillos luminosos, mirando hacia el árbol que seguía imponente por su luminosidad en la boca de la noche. Al intentar acercarse a algunos de estos sujetos para pedirles explicaciones sobre lo ocurrido, se mostraban esquivos y se alejaban caminando en dirección hacia el árbol, barranco abajo. Volvió entonces a la casa, para ver si allí se encontraba todavía alguno de los comensales. Tan pronto cruzó el umbral de la puerta, su consciencia se fue a negro, de manera intempestiva.

Al volver en sí, se encontraba dentro de la casa, sentado a la mesa, frente a frente a la cena. El cuchillo de los comensales ya no se iluminaba, solo estaba dispuesto para rebanar el pedazo de carne que nos habían servido. Ninguno de ellos quería comenzar el banquete, porque parecían estar esperando a alguien. En el momento que uno de los comensales se levantaba para ir a buscar al invitado restante, la luz de la casa se cortó definitivamente. De inmediato, a través de la oscuridad, comenzaron a encenderse una serie de luces de colores que iban conformando lo que parecía ser un árbol de navidad. Pero no. No había ningún árbol dentro de la casa, en el momento en que se desarrolló la cena y tampoco en el momento en que todos salieron.

Las luces de colores seguían ahí, revoloteando, cada vez más intensas. Los comensales se levantaron, algunos asustados, otros inquietos. Muchos de ellos comenzaron desesperadamente a cuestionarse y a buscar alguna respuesta a tan inexplicable fenómeno. Algunos salían de la casa, nerviosos. Otros, intentaban hablarse y calmarse en medio de la conmoción. En el instante que todos dejaron a un lado la mesa, y las luces iban bajando su destello, alcanzó a divisar una sombra apareciendo desde el umbral de la puerta principal.

Al disiparse las luces, uno de los comensales corrió hacia la puerta y se topó con la joven desaparecida que venía entrando lentamente, a paso ligero, con el rostro taciturno. Vestía un vestido blanco largo hasta la rodilla, sin mangas. Traía en sus manos una caja envuelta en papel de regalo. La desplazó hasta el living ante la mirada atónita del resto. Cuando la abrió, una luz similar a la de aquel árbol gigante emanó desde el interior. Algunos de los comensales ya se habían marchado. Los pocos que se quedaron a presenciar la luz de la caja se acercaron a ella, hasta percatarse que los cuchillos volvían a tener ese brillo.

No faltó mucho para que, luego, la propia gente comenzara a emanar aquel brillo extraño desde su cuerpo, cada vez más fuerte a medida que sus emociones se aceleraban. También dentro de él mismo se sentía un calor, hasta cierto punto, asfixiante, producto de aquella luz enigmática. Al ver que todos comenzaban a convertirse en verdaderas luminarias humanas, debatiéndose unos con otros, cuestionándose o bien escapando de la casa, la joven también empezó a iluminarse de igual forma. Entonces, ella fue hasta la cocina, de nuevo, con un andar calmo, aunque algo nervioso, y trajo un poco de la champaña que quedaba aún en el refrigerador, la puso sobre la mesa e invitó a sentarse al resto de los comensales que, todavía cuestionados, lograron mantener el control y poco a poco acostumbrarse a esa luz interna.

Antes de dar las doce, la joven intentó que todos los que permanecían ahí se reunieran para hacer un brindis. Justo en ese momento, la luz de cada uno de los presentes llegó a su máximo de intensidad posible, fulminando y devorando todo el escenario a su paso, y volviéndolo todo un espacio tiempo en blanco, dentro del cual solo alcanzaba a distinguirse, de manera nítida, el umbral que daba a la cocina.

Cuando, en medio del caos, miró hacia todas partes para divisar a la joven, el escenario completo de la casa se diluía. No tuvo noción alguna de cómo ocurrió, pero después de eso, volvió al momento en que se levantó de la mesa en medio de la cena y fue a recoger la champaña. Esta vez, la joven estaba de frente en el umbral de la cocina, con una copa ya servida. Se acercó hacia él lentamente con el cuchillo que él mismo había tomado en un principio. A medida que iba avanzando, no despegaba su mirada de la suya, apretaba su cuchillo, y no podía evitar sentir perturbación ante su rostro pálido, inexpresivo. Ya a menos de un metro de distancia, la joven dejó de avanzar, sonrió y, de un momento a otro, chocó de improviso su copa con la suya, ante su expresión estupefacta, y dijo: Feliz Navidad. Entonces, todo se vino a negro, por última vez.