"La pereza es casi tan fuerte como la vida", declaraba Céline en el Viaje al fin de la noche.
martes, 1 de mayo de 2018
domingo, 29 de abril de 2018
Nic Pizzolatto, creador de True detective, afirmaba que las acusaciones de plagio en su contra por las reflexiones del personaje Rust Cohle son inconsistentes, porque sus diálogos no eran tanto un popurrí de Thomas Ligotti, Cioran y Nietzsche, como planteamientos inspirados en la filosofía pesimista que bebe de las fuentes de aquellos autores. «Cohle, como cualquier pesimista, tendía hacía esta filosofía y la expresaba en sus propias palabras. Las ideas filosóficas no son exclusivas de ningún escritor», añadía Pizzolatto. De esta pura idea de defensa del parafraseo se deriva otra idea subyacente: el pensamiento, el verdadero, no reclama derechos de autor. Toma para sí algo que lo enraíza con un espíritu en común. El pensamiento no tiene copyright, por ende, el pesimismo tampoco lo tendría. Las ideas o son de todos o son de nadie. Todos tienen derecho al pensamiento, por ende, al pesimismo. Saber expresarlo con un estilo particular vendría siendo el quid del asunto. El quid de su desenfado, de su desarraigo,
sábado, 28 de abril de 2018
"¿Cacha Perdona nuestros pecados, profe?". El cabro que preguntaba veía un episodio con una compañera en la sala de computación. Le explicaba que sí, pero que no la seguía. Entonces, la chica que lo acompañaba me mostró una foto. Era Alvaro Rudolphy. Ella decía si conocía al personaje. Le repetía que no, que solo al actor. Así, tanto el cabro como la cabra, al notar que no tenía idea, volvieron a ver el capítulo, sacando la vuelta para la investigación que debían hacer. Ya saliendo, en la sala de profes, la secretaria nueva se arrimaba a un costado del lavabo para limpiar unas tazas sucias, repitiendo que a nadie se le había ocurrido lavarlas. En eso, ya no me acuerdo cómo y a propósito de qué, salió la mención de Verdades ocultas, otra teleserie que, por supuesto, no había visto. En el momento que la secretaria lavaba lo sucio, y yo espantaba a las hormigas que comenzaban a encaramarse por entre la mesa, ella comenzó a explayarse sobre el culebrón, con suma confianza. No le importaba si la había visto. No le importaba, de hecho, si me interesaba. Le afirmaba todo lo que decía, en cambio, como queriendo que la mención al contenido se diluyese lo antes posible. Una vez terminada la limpieza, volvía con toda soltura a su oficina. Ni siquiera sentí la necesidad de recomendarle lo que estoy viendo por internet. La verdad oculta de la secre era su pasión por la telenovela. El pecado que se les perdonaba a los chicos, por su parte, era que prefirieran ver tele. La escuela. En qué momento la escuela se había vuelto tan televisiva.
viernes, 27 de abril de 2018
Noticia reciente: unos auto denominados Incel, célibes involuntarios, han generado una rebelión. Según los medios, sería acción del resentimiento, de la moral del macho gama en contra de la del alfa. "¡Derrocaremos a todos los Chad y Stacy!" grita un tal Alek Minassian, al cual se le atribuye el atropello de personas en Toronto, y que toma como referente a Elliot Rodger, un asesino múltiple que el año 2014 protagonizó una masacre, motivado precisamente por su falta de suerte en el plano sexual amoroso. En la arenga, Minassian identifica a los Chad con los populares, los que acaparan toda la atención, y a las Stacy, con su equivalente femenino. Más allá del dudoso origen de esta conspiración virtual, no hay caso de Incels tan militantes y extremos como estos en Chile, al menos no a nivel público, pero el grupo Incel (o, mejor dicho, su denominación yanqui) responde, más que a un hecho de sangre, más que a un puro despliegue de violencia sociópata, a una cuestión de fondo, a un fenómeno mundial: el dilema del rechazado vs el integrado, lucha orientada por el carácter y la líbido ¿Pero qué será lo que los lleva a organizarse y matar? ¿El puro resentimiento? ¿Un mero impulso tanático? ¿Una inadaptación que estalla en forma de cólera? Cuántos otros Incel, anónimos, sin el coraje suficiente, criando un rencor silencioso. Y acaso, cuántos Incels históricos en el terreno del arte y, por qué no, de la literatura, no declarados, tal vez sublimados con el tiempo, solo que sin tal nivel de locura ni megalomanía.
miércoles, 25 de abril de 2018
Rumbo al metro Hospital, ayer, un loco de teatro que irrumpía con un monólogo contra rutinario. ¿En qué sentido? en el sentido de que aludía al aburrimiento y la displicencia de la gente que no lo pescaba, y de eso sacaba un gran speech, con su toque de crítica a la contingencia de por medio (recurso manido). Al final, el loco pedía uno que otro aplauso o al menos un mísero gesto kinésico, apelando a la modestia, en realidad, como recurso para ganarse las monedas. A eso él le llamaba "mendigar con estilo". Pero, de pronto, en el punto trágico de su monólogo, preguntó claro y fuerte: "¿Quién quiere morir realmente ahora? Sean sinceros, queridos pasajeros". Primera vez que escuchaba esa pregunta de parte de un artista del metro. Nadie respondía. Indiferencia intrigante. Hasta que una guagua soltaba un llanto al aire, sin dirección, al fondo. "Parece que alguien por fin se manifestó" decía el loco. Recién, una que otra mueca espontánea. Cuando veía que el loco se acercaba a la guagua, la mamá soltó la palabra y dijo: "No quiere morir, por si acaso, solo tiene hambre". Risas en todo el vagón. Luego, la gente seguía subiendo y bajando, como si el show del compadre no hubiese sido sino un soplido. En todo caso, se fue agradecido. A veces el metro, en su fugacidad hamletiana, se llena de esos momentos hilarantes y patéticos.
De la basura en un edificio (de conserje) recuerdo haber rescatado un par de libros. Un policial, La esmeralda cuadrada, de Edgar Wallace, y una enciclopedia filete, La II Guerra Mundial en Imágenes de David Boyle. Incluso otros sobre Pinocho que olvidé y acabé regalando (parece a una ex). Eso, a propósito de unos trabajadores de la basura en Ankara que habían creado una biblioteca con puros libros desechados. Un compadre escritor decía estar en contra de la idea de Borges, del libro como objeto sagrado. Habrían libros que merecen ser rescatados del basural y otros que merecen permanecer ahí, indefinidamente. El libro per se no sería objeto de devoción. La basura como la anti biblioteca, como la antología del desperdicio. Sacar de ahí algo o echarlo vendría siendo lo mismo que leer o dejar de leer. La lectura como un acto de reciclaje o de desecho.
martes, 24 de abril de 2018
El jueves unos alumnos me preguntaban si se podía hacer alguna clase afuera en el patio. -¿Como educación física?-, les preguntaba. Decían que sí. La pregunta claramente era una travesura, aunque declarada con tal seriedad que parecía formar parte de algún plan suyo. No estaba del todo en desacuerdo con la idea, sobre todo cuando, a ratos, la sala de clases agobiaba por lo hermética y lo redundante. Eso sí, les hice saber que debía ser con previa autorización de la UTP. Una alumna saltó de inmediato en señal de protesta, indicando que no sería lo mismo, que no sería divertido con la venia de la autoridad. -No pos, profe, la idea era que saliéramos a la mala-. Un grupo asentía los dichos de la compañera con entusiasmo. Rebeldía en ciernes. Convicción unánime. Les sonreía admitiendo su postura, pero sabiendo que no sería tan fácil cumplir sus deseos. -Es bonito soñar. Veremos qué se puede hacer-. Apenas vislumbraban la posibilidad, celebraron luego con un eh! largo y estridente. Lo decía en el fondo para no matar su sueño, para que conservaran su valioso ánimo intacto, acaso sin otro respaldo que las palabras y que una promesa de protocolo, sabiendo que con un desmadre metodológico, en el contexto y situación actual, podría arriesgarse demasiado, que una merlinada como esa podría encumbrarte tranquilamente al paraíso constructivista, o bien, condenarte al infierno de la incertidumbre laboral, en el cual, de todas formas, se persiste y permanece.
Nunca me ha tocado organizar un día del libro. Y esto se debe a la sencilla razón de que nunca en el día del libro me ha tocado clases. La otra vez, la coordinadora del departamento de lenguaje anunciaba las actividades para el susodicho día. Las volvía a repetir luego en la oficina, estando yo presente, en una seña indirecta de mi hipotética participación. Me di por aludido, solo con la salvedad de que no cumplía horas lectivas. La coordinadora solo alcanzó a mencionar que me tendrían considerado para cooperar en lo que fuese, aunque ese día no me correspondiera venir. Sugería que hiciesen trueques de libros, que armaran alguna clase de biblioteca improvisada o que, en su defecto, hicieron alguna especie de lectura colectiva, qué sé yo, algo bonito, algo que sonara más o menos edificante con tal de dejar tranquila la conciencia del departamento, y el alma lectora del colegio. Bueno, hoy era el día en que se supone esas sugerencias serían tomadas en cuenta. Como no me tocó ir, no supe ni qué se hizo finalmente. Mañana, por supuesto, será el día en que toque dar con la lectura atrasada de la situación, y en el que toque rendir cuentas al departamento completo por mi participación fantasmal, como quien vuelve a un libro leído a medias por inevitable postergación de la vida.
domingo, 22 de abril de 2018
Nos habíamos perdido en el Máscara con unos amigos. Fue cuando di con una chica bailando al fondo, con la cual intercambiamos un par de palabras y temas, para luego ir a beber algo. Los amigos se habían ido, o habían virado por las suyas. La chica decía ser abogada. La perdí pronto de vista en cuanto acabó el especial de Morrisey. Me había alcanzado a pagar su parte de la cerveza. Llamada perdida del amigo. Ya iban de regreso a casa. Salgo del local, vuelvo al depa y recaigo aún con la euforia de la noche y la pista sonando en un loop eterno. En eso, recuerdo que soñé una serie de cuestiones relativas a un robo en un establecimiento gigantesco (muy parecido a una escuela penitenciaria) y un escape a través de un camino extrañísimo. El robo se le adjudicaba a alguien, pero, sin motivo, la culpa psicológica recaía sobre mí (y debió ser producto de que el día antes había comenzado a ver la primera tanda de La casa de papel). Sonaba un timbre como de escuela para entrar a clases o para salir a recreo. En este caso, avisaba una latente persecución. Nadie perseguía, pero corría solo. Lo que me perseguía era una sombra, o tal vez, la tiniebla de una conciencia culposa. A medida que salía del establecimiento y me internaba en el camino, este iba tomando la forma de un callejón escasamente pavimentado, casi de arena, como el de ciertos cerros de valpo. En particular, tenía la forma de una explanada de Playa Ancha. Mientras más avanzaba, el aire se iba haciendo más asfixiante y el ambiente se iba tornando más denso, adquiriendo el cielo un tono medio cósmico, porque en la trayectoria la sensación era la de estar cruzando túneles de tiempo anacrónico. Un pasaje tomaba la forma de una bajada de la infancia, entre Francia cerca del Trafón, y a la salida de ese mismo pasaje, adquiría, en cambio, la forma de la subida Carampangue. Avanzando un poco más hacia el mar, inconscientemente, aún sin tener la noción de la costa, el terreno colindante fue tomando luego el relieve del Batán, aquel pasaje eriazo del barrio de mis abuelos, hoy por hoy, vuelto uno de los tantos antros improvisados a merced del espíritu de la calle. No iba hacia ningún lado en particular, pero solo precisaba correr, arrancar. La geografía de los espacios que se iban abriendo no guardaba ninguna relación con sus dimensiones, digamos, reales, pero tenían, para efectos del viaje, un sentido subjetivo, uno del todo emocional, al punto que la culpa por aquel robo ficticio iba distorsionando todo a su paso, cada vereda, cada esquina, cada recuerdo de cada esquina transitada. Solo una vez que volvía hacia lo que parecía una pequeña plazoleta perdida en una calle central, totalmente deshabitada, el espacio dejaba de adquirir esa mutación amenazante. Era algo parecido a Aníbal pinto, pero solo con unos cuantos sujetos anónimos pululando alrededor de una niebla espesa. El local en donde debía estar el Máscara permanecía cerrado. Tenía la forma de una antigua botica. Solo alcanzaba a salir por ahí una anciana con un pequeño niño, con siluetas débiles, apenas identificables. Del resto solo recuerdo la oscuridad y energía de la pista de al fondo, el quiebre diegético y, posteriormente, la asociación aleatoria del viaje. Y la culpa que había dejado de conspirar, al momento que una jaqueca me empujaba a la vigilia.
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