viernes, 23 de marzo de 2018

Llama la atención que a raíz de la sacada de chucha a Kast se haya viralizado en las redes en forma de meme la llamada "paradoja de la tolerancia" de Karl Popper, un teórico político liberal, y no, en cambio, "En defensa de la intolerancia" de Slavoj Zizek, un marxista lacaniano. Será porque el meme de Popper señala que "debemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes", y no como explicaba el esloveno en su libro, "criticar el discurso de la tolerancia como mecanismo de legitimación del multiculturalismo liberal".
El mensaje gmail de hoy decía lo siguiente: Our response to the Facebook data scandal. Un mensaje automático de un tal grupo Minds. Explicaban más o menos que "la privacidad y el control del usuario eran la fundación y la razón de ser de su grupo". Decían además que leyera durante algunos minutos las noticias sobre las violaciones de Facebook a la privacidad de sus usuarios (el ya archisabido caso de la empresa Cambridge Analitica que obtuvo datos de la página utilizados luego para la campaña de Trump). Para tal efecto, en el correo colocaban un enlace a un blog de Minds. Lo raro era que al dar clic en el enlace este se demoraba mucho en abrir y te comenzaba a dirigir hacia otro lado que tardaba en cargar. En el proceso me pasé el medio rollo y preferí recular. Desistí de ingresar a ese inexistente blog y cerré la ventana. Sin embargo, entré en modo seguro mediante otro enlace a la página oficial de Minds. Otra plataforma social que se habría valido de la campaña #eliminafacebook para atacar por la retaguardia informática. Al abrir Minds cerré inmediatamente el correo, pero la conexión se iba poniendo lenta. Afloraba una sutil paranoia. Se trataba, a fin de cuentas, de una plataforma aún desconocida.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Martes 20 de Marzo. Día internacional de la felicidad. Día del equinoccio de Otoño. La imagen es más que clara, apologetas del estío.
La chica en apariencia más tranquila del curso llegaba hoy a confesarme que había traído en su pendrive el cuento que el otro día me había prometido traer. Lo había hecho durante el ejercicio de narración de la primera semana. Al momento de decirme eso, algunos compañeros suyos se rompían la cabeza tratando de escribir sobre algún héroe cotidiano, y otras alumnas tratando de terminar un trabajo pendiente. A esta chica solo le importaba, por lo pronto, mostrarme ese cuento suyo lo antes posible. Lo malo que cuando me lo pidió no había traído el pc para poder leerlo. El pendrive colgaba de su cuello mediante una cadena larga. No se podía saber si lo tenía así por una pura moda juguetona o porque realmente era tan importante ese cuento que debía tenerlo atado a si misma todo el rato. Ningún compañero ni compañera parecía haber notado ese hecho, o quizá sí, pero con tal disimulo que hizo que ella pasara totalmente desapercibida. El caso es que terminó la clase, ella seguía con el pendrive en el cuello pero no habíamos podido leer su misterioso cuento. Le había dado la chance de leerlo en la sala de profesores donde sí habían computadores habilitados, pero había decidido en cambio marcharse ante la premura del resto de sus compañeros de curso. En vista de las circunstancias, la lectura hipotética de ese cuento virtual se postergaría para la próxima clase. Antes de irse, eso sí, la chica me entregó una hoja que había estado redactando en silencio. "Mire, un adelanto del cuento. No alcancé a terminarlo". A lo lejos se marchaba ella por esa puerta con paso parsimonioso. Entonces, intrigado, con esa hoja en mano, la puse un rato sobre la mesa del profesor, y al disponerme a leer se trataba nada más y nada menos que de una página vacía, con evidentes borrones de lápiz grafito y una pura inscripción arriba del nombre: una nota siete, también translúcida luego de haber sido borrada.

lunes, 19 de marzo de 2018

Cuando revisaba un par de guías ayer domingo, sonaba en la radio la última parte de Another Brick in the wall, la del solo de Gilmour. Evoqué de inmediato el video clásico, la escena en la que los cabros chicos incendian el colegio y dejan la patá rebelándose en un acto anárquico. Durante la parte en la que arrastraban a su profesor autoritario, estaba revisando una pregunta reflexiva, no recuerdo cuál. Pero fue suficiente para plantear una especie de desafío. Queda formulado de la siguiente manera: Si ustedes, profesores llenos de vocación o de estoicismo laboral, se encontrasen en una situación idéntica, frente a frente a sus alumnos quemando la institución que les significó tantas horas de realización o de tortura ¿cuál sería su reacción inmediata?: 

1.- Un estupor irremediable, que les impediría tomar cartas en el asunto, y que los tendría a ustedes de rodillas, contemplando con impotencia el despliegue de destrucción de sus otrora alumnos, como en el relato mítico de la mujer de Lot o como en aquella escena realista de Tarkovsky en la película Sacrificio. 

2.- Una indignación inconmensurable, que los llevaría inútilmente a hacer todo lo posible por detener la cagá, llamando a los bomberos, a los pacos, a los colegas, a todo el mundo educativo, haciéndose las víctimas de un acto irracional que los dejaría literalmente en la calle, mientras tratan de apaciguar el ánimo exaltado de los cabros, ya imbuidos de un espíritu y una determinación fuera de serie. 

O 3.- un orgullo inexplicable, que les haría embargarse de emoción ante tan inaudita muestra de repulsa, y que incluso les impulsaría a animar a sus alumnos, colaborando con el desastre y siendo cómplice activo de la quema que liberó a esas jóvenes almas de una represión y un adoctrinamiento salvajes. 

La respuesta de cada uno, colegas, podría determinar su carácter y su futuro pedagógico.

domingo, 18 de marzo de 2018

"Hay algo en el ambiente. Andan todos en otra", mencionaba una prima al paso, aduciendo algo similar a una realidad país. Síndrome Marzo, dirían algunos, pero en verdad lo que hacía era dibujar con metáforas una sensación interna reflejada en el medio circundante. Es cuático darse cuenta de cómo lo que creemos un análisis de lo más cotidiano está siempre preñado de símbolos y de asociaciones. Nunca damos con el sentir general exacto sobre lo que sucede alrededor, porque no es otra cosa que lo que nos sucede a nosotros mismos todo el tiempo, solo que envuelto de floritura conceptual, relectura y otras yerbas.

sábado, 17 de marzo de 2018

Breve tour por la Interzona

Burroughs hablaba de aquella zona, de aquel sitio que abarcaba toda la Ciudad de México hasta Panamá, en coordenadas que eran trazadas por la mano invisible del delito y de la alucinación. Una zona en la que solo cabía la danza bizarra de las sensaciones anómalas, de los agentes estupefacientes, de las percepciones inundadas por la implosión de los químicos con las hormonas y las ideas de acueducto. Durante el ambiente de día jueves en la Avenida E no fue difícil pensar en aquella ingente fosa proveniente del Almuerzo desnudo, dado que la noche, luego de una lectura de poesía, reclamaba lo suyo, su respectiva porción de megalomanía y de locura, para coronar el tiempo, su exceso o su deceso.

Los de la iniciativa en verdad fueron tres: A, G y M. No se podía saber si G y M se habían sugestionado lo suficiente como para propiciar una velada en aquel lugar, o si A, envuelta de una intrepidez espontánea, había provocado que los otros se sumaran e improvisaran un destino tan temerario, motivados quizá por una convocatoria íntima pero no del todo completa en la lectura por el derecho a la filosofía, y por el sabor amargo del último shop antes de retirarse de la Piedra Feliz. Otro par de comensales se había restado minutos antes de decidir arribar a la Interzona, porque al otro día tocaba levantarse temprano para volver al círculo virtuoso de la rutina. Como intuían que se trataba de un viaje furtivo, de un deseo loco y de pocos, que funcionaba como el remate perfecto para una noche que les había sumido en una introspección peligrosa, A, G y M se dirigieron sin chistar hacia el sector que colinda la plaza de Neptuno con la subida E. –Si vamos allá no se vayan a espantar-, replicaba A tratando de que la experiencia una vez entrada a la Interzona no fuese como esa brisa feroz que te engancha luego de un mal viaje en ácido. –Pero descuida, si esto es cotidiano para nosotros. Valpo es así-, le respondía G, con un M que asentía con entusiasmo, expectante de revivir por algunas horas aquellos tiempos de ranciedad estudiantil.

Una vez subiendo por E iniciaban las primeras intuiciones sobre lo que se vendría, reminiscencias de aquel antro que cobraba forma por su salvaje libertad, su dudosa legalidad y su ilusión de desenfreno. Los guardias en la puerta, en todo caso, andaban agujas. A M le revisaron hasta el sombrero por si portaba alguna sustancia ilícita que no fuese la que el propio sitio suministraba casi como en una exudación natural. A y G pasaron sin problemas. A había dejado en claro que iría a atender un tema con alguien dentro de la Interzona. Subía las escaleras. G fue junto con M a buscar espacio en el segundo piso del lugar. Arriba estaba repleto de jóvenes almas dándose un festín de alcohol, y otros tantos dándose uno de polvillo blanco, algo muy parecido a aquel Polvo de ángel que circulaba en el GTA San Andreas y que era mencionado también de manera subliminal en el álbum de Faith No More con la garza en la portada.

A propósito, la música típica de la Interzona, con ese sonido saturado de parlantes deshechos, seguía siendo la misma: un playlist de lo más granado del rock y el metal vibrando como el telón de fondo para el cóctel dionisíaco que entre líneas blancas y humo grisáceo se iba armando. No había excusa para echar pie atrás. Solo era cosa de bajar y pedir lo de siempre en la barra para ponerse a tono. Arriba A conversaba con gente del medio, rostros amables aunque embadurnados de distorsión. Sorbían G y M las primeras birras. Luego con A empezaban una apasionada conversación sobre el romanticismo. –El romanticismo es rebeldía-, repetía M, asintiendo el desplante y el argumento de A, siempre segura, colocándose de tal forma que lucía expresiva a pesar del trasnoche. Después salió algo sobre Los perros románticos de Bolaño. No se sabía muy bien a raíz de qué. Ser de valpo, durante esos instantes, era un poco como ser perro. Estar en la Interzona un día jueves en la madrugada era, en ese sentido, lo más porteño del universo.

Así pasaban las horas hasta que se asomaba la señora dueña, dispuesta a cerrar el boliche. Música fuera. Luces prendidas. Era hora de que la Interzona cerrara y de que sus visitantes, imbuidos de su propio delirio mal parido, regresasen al exterior con tal de seguir el jaleo indefinidamente hasta que las estrellas colapsaran, o con tal de virar cada uno hacia destino desconocido. Volver a la casa luego de haber salido de la Interzona era para algunos una tarea imposible. Para otros, un hecho surrealista. Los más conservaban el espíritu de llevar la Interzona en sus mentes y desatar todo su desparpajo en la plaza de Neptuno, a esa hora repleta y sin ninguna clase de avistamiento policial.

G y M no podían creerlo, aun conociendo el contexto. Brindaban entre borrachos y estupefactos. A se arrimó con otros compadres que allí configuraban un grupo clandestino. Tranzó un par de palabras con sus compañeros, palabras de camaradería mediadas por la intensidad, antes de desvanecerse de manera progresiva la órbita del sentido común. No quedaba, a esas alturas, otra forma de saberse romántico que perdiendo la noción del tiempo. No quedaba ya rastro de aquella gravedad inicial en honor al derecho por la filosofía. La Interzona les había convocado y ella misma les había desterrado, solo para avistar en los otros la mirada ida del caos citadino. No podían parar el hueveo, porque, para la Interzona, en sus mentes y corazones, siempre lo hubo y lo habrá.
"¿Y qué se supone que haremos con las horas de permanencia que quedan volando?", era lo que se preguntaba el colega de física en la sala de profes. "Las horas que quedan volando", una imagen desafiante por lo poética y, en cierto modo, por lo científica. Una colega parvularia y otro de historia trataban de seguir la discusión alegando también sobre la indeterminación respecto al propósito de las horas de permanencia que, según ellos, se destinan para planificaciones y evaluaciones, pero que también muchas veces involucran otras tareas como actividades extra curriculares, preparación de reuniones, hasta pequeños favores un tanto licenciosos, dispuestos por parte del director. Qué hacer con esas horas fuera del aula, que de todas maneras se contarán en la liquidación, aunque sin un quehacer unívoco, siempre sometido al arbitrio de la comunidad y a decisiones que exceden el currículo. "Está bien destinar una hora para realizar algo puntual, pero nada que ver que dispongan de esas horas casi de forma sistemática para cualquier cuestión", repetía la parvularia, compenetrada, seriamente preocupada por esta tergiversación del tiempo curricular. Agobiado también por esa hora que quedaba volando, que sería contada en la planilla pero no sabiendo todavía si destinarla exclusivamente para atender, planificar o evaluar, volvía sobre el punto inicial de la conversación un poco para romper el hielo. Dije entre mí: Si esas horas que se supone cubren todo lo referente al trabajo fuera de clases fueran suficientes, entonces el problema no radicaría en el tiempo sino que en su forma de concebirlo, digamos, de invertirlo, para usar un término más pragmático. Concebir o invertir el tiempo de permanencia. ¿Qué es lo que permanece: el tiempo que ahora destino para todo lo que supera el ámbito de la clase, o la imprecisión sobre qué hacer o no hacer dentro de ese tiempo? ¿Qué era lo que se discutía: la indefinición sobre el sentido de esa hora de permanencia o el no poder tomar el control sobre ella para destinarla hacia lo que se estime conveniente?. Luego de profundizar en esas disquisiciones, soltaba una réplica que simplemente confirmaba lo previamente pensado. 

Después de haber terminado de hablar, el meollo del problema persistía volando, sin ánimo de concluirse. Los colegas parecían más interesados en dilatar el hilo de aquella discusión que en ofrecer una salida eficiente y coherente. Dada la premura del dialogo y la prisa por volver a clases, todos parecían regodearse en alcances filosóficos sobre el tiempo, su condición maleable o inaprensible, o en la persistencia de cierto estado constante de diligencia y de reflexión, acaso con uno que otro recreo o hueco de ocio para "arreglar al mundo" y volver luego a la realidad de rehacer lo deshecho. Cuando subían al paso sincopado del timbre, el colega de física, marchando a la vanguardia, muy adelante, alcanzó a dar una tímida vuelta y a proclamar unas palabras poco legibles dado el ruido general. Solo la parvularia, elegante, taciturna, lo iba siguiendo a un par de metros. Se le escuchaba decir: "Y nos fuimos volando", durante el momento en el que efectivamente todos desaparecían para volver a ocupar el espacio de las salas vacías y el tiempo muerto de lo que nunca permanece del todo vacío.

viernes, 16 de marzo de 2018

Stephen Hawking


I

Algunas teorías que dejó volando Stephen Hawking antes de morir: 
1.- Nuestro planeta podría morir en 200 o 500 años producto del calentamiento global. Ante lo cual la humanidad solo tendrá un limitado tiempo para abandonarlo y evitar una extinción inevitable. Esta afirmación se opone a una que habría hecho antes, respecto a que a la especie humana le quedaría alrededor de un milenio de vida en la Tierra. 

2.- Para tal efecto, Hawking habría presentado en la Sociedad Real de Londres un proyecto de búsqueda de vida extraterrestre. De hecho, el científico creía más en la existencia de seres extraterrestres con grandes civilizaciones sobrepoblando el espacio que en la existencia de Dios. Para Hawking, el encuentro con estos seres, dado el escenario apocalíptico ilustrado, sería más una realidad que una especulación. 

3.- El año 2004 habría reformulado su teoría sobre los agujeros negros, cuestionando que estos fuesen una suerte de pozo sin fondo en el Universo. Los agujeros negros, bajo su nuevo precepto, sí tendrían un fondo y una dimensión determinada aún inabordable para el intelecto humano. 

Y ustedes, cibernautas virtuales, ¿a qué teoría suscriben?



II


La relación de Stephen Hawking con el rock era archi famosa. Por ejemplo: 
-El octavo álbum de Jean Michel Jarré, Chronologie, de 1993, está inspirado en Una breve historia del tiempo. 

-Los Pink Floyd samplearon la voz del científico de un comercial de empresa de telecomunicaciones, y la incorporaron al tema “Keep talking” del álbum The division bell. 

-Se dice que también los Radiohead tomaron prestada la voz de Hawking para el tema Fitter Happier del Ok Computer. Sin embargo, años después, Thom Yorke reveló que en realidad se trataba de la aplicación ‘Simple Text’ de Macintosh, la cual el propio físico usaba para comunicarse con el mundo. 

-Brian May, también astrofísico, colega y amigo personal de Hawking, compuso en su honor un solo de guitarra llamado Last Horizon, incluido en su álbum solista Back to the light. 

-El año 2016, Hawking se presentó junto a Anathema en un concierto para interpretar el tema Keep talking de Pink Floyd, con el uso del efecto “talk box” en guitarra. El concierto se había dado en el contexto del festival Starmus. 

Queda científicamente comprobado: el rock es música para inteligentes.



Los de séptimo tuvieron que ejercitar su pluma hoy. Siempre tengo esa manía de comenzar antes probando su capacidad escritural antes que su capacidad curricular. El ejercicio consistía en imaginar un héroe o heroína y relatar una pequeña historia sobre él o ella, siguiendo la estructura del género narrativo. Al ir revisando los textos, un par de alumnas sentadas al principio de la tercera fila aseguró que el personaje en cuestión sería un profesor de lenguaje. -Conste que es un personaje de ficción, no es precisamente usted-, replicó la alumna C, tocando con el codo a la otra compañera, su amiga, en evidente señal de estar tramando algo. Y aquí viene lo peculiar: En el texto de la primera un tal Gabriel quedó loco por una tal María, a lo cual llegaba un tercero, un tal Juan, que se llevó a María. Entonces Gabriel se convierte en "saiyajin", golpea a Juan, salva a la susodicha y -consecuentemente- viven felices para siempre. En el texto de la segunda, la chica más risueña y sarcástica, en cambio, el personaje Gabriel no queda tan bien parado. Su texto ilustraba una ciudad llamada Zootopia en la cual ocurría un insólito asesinato de animales. Estos se escabullían despavoridos y atacaban a la gente de la ciudad. Ante eso, llegaba una heroína desconocida y los guarecía a todos en un refugio, pero solo faltaba un personaje, justamente Gabriel, que personificaba al último animal suelto. Este no lograba llegar a salvo al refugio y moría en la salida de Zootopia, y pese a su muerte, todos en el pueblo vivirían de ahí en adelante felices para siempre. La pequeña autora de este texto, al notar que hacía un gesto negativo con la cabeza, captando la alusión indirecta pero en el fondo impactado por su chacotera imaginación, volvía a escudarse en el hecho de que los textos que ellas escribieron solo representaban una realidad ficticia, y que no tenían nada que ver conmigo. Mientras se justificaban, sonreían con ternura y cinismo. Y tenían toda la razón. Habían aprendido la materia solo para mofarse, y de paso, habían representado a su propio profe como un personaje más, un personaje de ficción digno de la máxima suerte pero también digno del peor de los destinos. Flor de heroísmo. Flor de tragedia. Habían textos de otros alumnos que superaban con creces al de estas en ortografía, redacción, caligrafía, hasta en trama, pero las creaciones de este par de revoltosas fueron, sin duda, las más salidas de madre. Las únicas capaces de tan simpática osadía.