Anti máxima del humorista: todo, absolutamente todo es susceptible de hueveo.
viernes, 23 de febrero de 2018
jueves, 22 de febrero de 2018
Me meto a Linkedin, al notar una serie de notificaciones pendientes y un período extenso de inactividad. Lo hago como último recurso ante la falta efectiva de oportunidades laborales. Cuando entro para revisar las ofertas, doy en la cuenta que nunca he conseguido un empleo real gracias a la página, solo, en el mejor de los casos, un crecimiento exponencial de la red de contactos (en su mayoría conformado por gente que ya conozco) y una evolución del perfil profesional sumándole cuento al curriculum vitae y a las supuestas aptitudes que luego otros deben evaluar y calificar para subir puntaje dentro del sistema, tal cual si fuese el avatar de un videojuego de rol. De todas formas, a pesar de esta falta de traducción a la realidad, al entrar al sitio invade una inexplicable sensación de tranquilidad, nada más que un placebo producto de las operaciones anteriormente señaladas. Como que en ese teje y maneje la paginita inconcientemente te hace sentir un wn importante mediante un algortimo y una simulación ampliamente efectiva. Es el nuevo maquillaje virtual para los marginados del profesionalismo. Una careta que al menos te sube a la nube como un wn potencialmente competente. Así Linkedin se siente como la auténtica droga de los desempleados. Una droga dura por lo sugestiva.
"Ana te amo" fue la frase que encontraron marcada sobre la piel de la ballena varada en Magallanes. Al fallecimiento y el encuentro con la ballena en plena costa se suma la calamidad de la profanación de su cadáver. Lo curioso es que todo ocurrió días antes del llamado "Día Mundial de las Ballenas". Sernapesca denunció el hecho con una foto a la que agregaron una cita de Gandhi sobre la asociación del respeto animal con la grandeza de la nación. Como si no bastara con eso, resulta que el rayado sobre la ballena no se puede sancionar legalmente, puesto que la sanción solo aplica para los especímenes vivos. Se abre un gran vacío legal, tal como un vórtice submarino en medio del océano. Asimismo queda abierto un gran vacío moral frente al Ana te amo inmortalizado sobre la piel de la ballena muerta. No se sabe en qué circunstancias varó la enigmática bestia, ni tampoco es posible determinar un castigo efectivo contra los autores de la frase. Una muerte desconocida a ultramar. Un rayado de amor profano. Misterio y sarcasmo total.
martes, 20 de febrero de 2018
Unímides: Un sonido, un planeta, un destino
Un sonido. Un planeta. Un destino. Tres palabras que aisladas no tienen sentido pero que al escuchar el último disco de Lourdes Liss se confunden y se imbrican de tal manera que forman una sinergia, a la vez que una metáfora. Unímides, el planeta, el imaginario del cual proviene nuestra artista, y del cual confluyen sus intuiciones, le otorga un contexto, una dimensión a una serie de composiciones que inician al melómano en un recorrido de turbulencia, pasajes minimales y cadencias eléctricas.
Mi anécdota con Lourdes es particular. Comencé viendo su videoclip, Bajando, de madrugada. Imágenes con glitch, fotogramas y pinturas sobre negativo, que se superponían a un ritmo calmo pero inquietante, para luego dar lugar a una explosión sónica que evoca lo mejor de Sonic Youth de la época Goo. Fascinación fue poco. Y bajo esos distorsionados riff de guitarra, esa desmaterialización del rock, como dijese Simón Reynolds sobre el concepto del post rock, se puede apreciar finalmente un clímax que lejos de atar cabos lo que hace es sobrevolar el vértigo hacia una experimentación plástica, acústica. Porque el trabajo de Lourdes hay que entenderlo más allá de la música. Tanto su imaginario, su puesta en escena como su arte visual funcionan como un puro golpe estético que o puede volverte adicto a su osadía o encantarte con su sobrecogedora creación.
En una entrevista ella misma había afirmado que el trabajo hecho con Bajando fue de los primeros. Sin embargo, en el disco Unímides este corte cierra el álbum con un broche único. Los temas que introducen y desarrollan el concepto van dibujando un mapa, un temerario y apasionado mapa a través de la geografía del planeta del cual Lourdes se siente una auténtica habitante. Además, cada melómano que escuche con atención y se sumerja en estos espacios sonoros puede a su vez sentirse parte o sencillamente perderse en sus inmediaciones sin esperanza de retorno. Por dónde es el tema que corona esta idea y esta iniciación. Pasé mis días aquí/Por donde quiero estar/quiero estar/quiero estar. Luego sigue la segunda canción, And, con un feeling más rockero, dando el arranque con un riff marcado que luego se diluye para servir de puente hacia CD, que Lourdes llama Cantos débiles. Aquí el ritmo adopta una atmósfera que sugiere una salida, digamos, un llamado hacia un exterior vasto, como se puede apreciar en el propio videoclip del tema. Lourdes se halla inmersa en un inmenso espacio verde. Después la oímos pronunciar de fondo aquí estoy con cantos débiles/sombras se caen vacías, mientras podemos ver su rostro en un juego de colores y de oscuridad, que da paso hacia otro exterior, pero esta vez citadino. Lourdes vuelve a la calle de noche para graficar la idea de la sombra y así acaba ingresando a una sala de baile, culminando en un interior destellante de energía, sensualidad y misterio. Ese final con ella rodeada de otros bailando bajo el mantra de los cantos débiles, podría calzar a la perfección con alguna escena musical de Twin peaks, o alguna otra escena de espíritu oculto a la vez que surrealista.
El siguiente corte, Me quedo, refuerza la perspectiva del espacio y del recorrer. El mapa se va trazando junto con el viaje. Me quedo/pero sigo andando. Los ecos de su dulce voz van sumando capas al ambiente, combinando con un ritmo sincronizado que da pie para un toque de sintetizadores a modo de remate. En ese breve silencio, (porque en Lourdes el silencio tiene un terreno insospechado) se genera la conexión necesaria para el arranque de Quiero más, tal vez su tema más oreja, aquel tema que la propia Lourdes ha llamado en más de una ocasión “alma de single”. Y le hace justicia, con un riff de guitarra sencillo pero enérgico, sin sonar demasiado estridente como para opacar al resto de las sonoridades. Entonces nuestra artista comienza a cantar para posteriormente arremeter con un notorio y significativo ¡Quiero más!. Al escuchar esa parte uno puede distinguir casi como en una ilusión sinestésica o producto de la euforia que ella canta a viva voz ¡Poesía! para así sumarla al estribillo de la canción, formando un versátil juego de palabras que rima con el espíritu de la melodía. De ese modo, en un contraste de altos y bajos, uno se ve impelido a exclamar ¡quiero más! hasta el infinito, para efectivamente querer más de ese riff y de ese canto a contrapelo. Pero el deseo debe seguir su recorrido obligado, y no encausarse en su propio abismo, por lo que Lourdes te guía hacia la próxima estadía de su mapa y de su planeta. Risas santas. Un tema que podría considerarse como minimal en el sentido de que sigue un mismo hilo conductor a través de las notas iniciales. Pero los matices son los que hacen más intensa la experiencia como pasos y como desvíos a través de un sendero visible. Ella canta, en una pasaje, quien quiera estar/quien quiera estar, de tal modo que todo aquel iniciado es invitado a seguir la ruta sonora. Aunque como la propia Lourdes se pregunta con suma emoción Quién inventó toda la soledad. En el fondo, nos habla de la ausencia y de la necesidad de reconocer ese vacío como un catalizador, o tan solo como una inspiración, una excusa para seguir adelante.
Y así el disco continúa con el corte Tu mal, el cual apuesta por un mayor uso del aparato sintetizador, y nos conduce a una experimentación con una lírica profunda. El siguiente tema, Saltan, el último antes del ya clásico Bajando, es de hecho uno de los que guarda relación con la tónica del riff memorable envuelto en toques electrónicos y voces etéreas, y permanece fiel a esa línea hasta el final. Lourdes luce decidida a cantar con el sentimiento que la caracteriza, y su estilo a este punto va creando una onda que transgrede el precepto de la belleza unida a la simple armonía predecible. Aquí la belleza ha demostrado también producir saturación, ruido, enigma, como lo suele evidenciar Bajando, con su arrollador despliegue de potencia que culmina con todo la travesía. La belleza será convulsiva o no será, nos parece susurrar al oído a modo de confesión. La disonancia tiene un sitio especial reservado para lo sublime.
Aquellos que emparentan a Lourdes con el shoegazing de los noventa no están del todo equivocados. Se escucha a ratos en Unímides reminiscencias de Slowdive y de Lush, y no es menos cierto que ella acoge la postura de la frontwoman que caracterizaba a dichas bandas. Pero sería injusto limitar su propuesta únicamente al shoegaze y al noise. Para ser sincero, no había escuchado algo parecido desde Sien, aquellos exponentes chilenos del sonido dream pop de principios de los noventa, solo que Lourdes Liss, estandarte del nuevo siglo, abraza con mucha más decisión la impronta subversiva y vanguardista de una Kim Gordon o, por qué no, de una PJ Harvey. Confieso en este momento estar cautivado, cautivado por el concepto espacial y hasta cierto punto cósmico de Unímides. Y envuelto en los velos de maya de Lourdes, entre sus texturas, su imagen, su actitud. Y es que se trata justamente de emprender una aventura y naufragar o si no volver sin remedio a la zona de confort, esperando por la próxima musa de la electricidad. Aún me acuerdo de las palabras que alcanzamos a tranzar antes de aquel concierto en El internado. Ella decía sentirse nada más que una médium de la música que su propio mundo interior le comunicaba. Ese mundo, Unímides, sería el lugar de la creación a la vez que el de la inspiración. Todos aquellos que nos sabíamos inspirados por Lourdes podemos decir que de alguna u otra forma también habitamos su imaginario. Somos parte de su sueño. Y ella es parte del nuestro. Nuestra nueva princesa del underground local.
lunes, 19 de febrero de 2018
El Consejo Nacional de Educación (CNED) rechazó tres asignaturas para la malla obligatoria de los estudiantes de tercero y cuarto medio. Entre ellas, Filosofía. Un panorama desolador para el "amor a la sabiduría" en un contexto en que escasea el peso del pensamiento y sobra la balanza indolente del funcionalismo. Todavía recuerdo con particular atención a aquella joven profesora de filosofía de la Media que, una vez, luego de exponer a Nietzsche como el "profeta del pensamiento contemporáneo", me sugería, por otro lado, buscar a un filósofo aún más influyente: Schopenhauer. Escribió su nombre al final del cuaderno a modo de recordatorio. O de firma indirecta. Una firma que confirmaría años después una improbable simpatía con los pensadores del pesimismo.
¿Qué pasará ahora con aquellos cabros que no tendrán la oportunidad de conocer ni a Nietzsche, ni a Schopenhauer, ni a Sartre y tantos otros, por culpa de una agenda cada vez menos filosófica y más utilitaria? ¿Qué será de sus vidas sin la oportunidad de conocer el nihilismo ni el derecho al asco existencial? Ni siquiera les será lícito el rigor de la lógica. Mucho menos la capacidad crítica para cuestionarse todo este vertedero. Más de alguno seguirá viendo en la filosofía una disciplina añeja, repleta de academicismos. Unos pocos seguirán, en cambio, la senda autodidacta, haciendo la ya clásica de Merlí: cagándose en los preceptos y formándose un criterio propio con lo que hay a la mano. Porque, después de todo, la cuestión seguirá siendo, -en una paráfrasis al poeta Holderlin, releído por Heidegger-: "¿Para qué filósofos en tiempos de miseria?".
domingo, 18 de febrero de 2018
Llegando al paradero de Pedro Montt con Edwards, El Tuga junto a otro mimo, chacoteando de lo lindo con los transeúntes y las micros aceleradas. Cuando pasaba de largo, sonó de fondo la marcha imperial de Vader. La gente se dio vuelta. Había sido una patrulla. Risas descontroladas. El ajetreo se escuchaba cada vez más a lo lejos, cuando de repente sonó una versión de Stevie Wonder y otro par de peatones trataba de cruzar rápido sin involucrarse en el show. Sujetos cortos de genio, ciudadanos que no estaban pal hueveo. Me hubiese gustado filmar ese breve momento aguafiestas en medio de la algarabía, si no fuera porque no corrían precisamente del show sino que del caregallo veraniego, buscando la sombra a toda costa como quien busca su orgullo en el anonimato.
Una mujer grande, tocando de manera nerviosa, en toda la esquina, el botón verde del semáforo, un acto reflejo, total y completamente inútil, con la sola intención hipotética de que ese botón haga lo suyo de una vez por todas y cambie de color el semáforo para cruzar la calle. Me pregunto ¿Alguna vez esos botones han cumplido su bendita función? ¿Quienes los crearon habrán pensado en el nerviosismo y la automatización que generarían en los transeúntes desesperados, irreflexivos, que por su apuro no se han puesto a pensar ni por un segundo que dichos botones jamás han servido para otra cosa que para distraer la atención, hasta que el color habilitado para el cruce de la calle cambie de color por sí solo? ¿O será que aquellos botones están ahí solo para generar un efecto placebo momentáneo y que los peatones -tal cual perritos de pavlov- lo presionan de forma inconsciente más para calmar el ansia del tiempo y el movimiento que efectivamente para provocar el cambio al color verde, cuestión que hasta ahora, al menos en la experiencia, no resulta más que una programación en falso, digamos, una acción inconducente, una verdadera simulación de algo vacío, la nada?
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