domingo, 17 de diciembre de 2017

Todavía hay suficiente marketing en la apostasía del no voto. Pero sus razones resultan del todo inconsistentes y hasta volátiles. Ayer le escuchaba a un par de personas el típico argumento del "para qué votar si al otro día igual iremos a trabajar". Un amigo trataba de explicarle que la política general influye hasta en esa pseudo posición de inercia. Su postura acaba siendo más pasiva que activa, una desidia por ausencia. Es el precio de desentenderse de decisiones que, mal que mal, superan nuestro radio de acción inmediato. Pero, como decían ciertas mentes pensantes, también la acción de no votar implica no tanto una ignorancia como una repulsa. Tenemos, por ejemplo, la clásica frase del "si votar cambiara algo, sería ilegal" de Emma Goldman. La frase se ha vuelto la pancarta de moda entre los más anarquistas, una desobediencia civil que apuesta a no jugar el juego de la democracia, pero que se limita, después de todo, solo a eso: a no jugar. También otro que se pronunciaba al respecto era el mismísimo Borges, al señalar que la "democracia es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística". De hecho, más allá de ideologías y colores políticos, quienes votan se convierten al momento de la verdad en solo un número, pero uno que, pese a su condición, puede simular un avance o un retroceso dentro de un orden de cosas establecido. Lo que no logra visualizar quizá, la masa desertora, es que el no votar la convierte igualmente en un número, un número prescindible, por opción o falta de esta, tal cual si fuesen los ángeles neutros del infierno de Dante, ángeles ni negros ni blancos, simplemente ángeles espectadores, pululando entre los rincones, esperando a que acabe de una vez por todas el juicio final para continuar con su rutinaria posición contemplativa. Como sea, sabemos que tanto el acto de votar como el de no votar son ambas posibilidades del sistema, perfectamente reguladas bajo leyes que aseguran a sus ciudadanos la ilusión de estar cambiando algo, o al menos, de preservarlo, in secula seculorum. Al final del día, se decidirá qué clase de número seremos o seguiremos siendo.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Después de ver Los últimos jedis, se hacía tarde, y la salida era la de emergencia. Algo en el ambiente se sentía perturbador, a pesar de los aplausos unánimes de la gente. Un leve dolor de cabeza comenzaba a aflorar, producto de la experiencia, el encierro, el calor. ¿O tal vez por una perturbación en la Fuerza? La cosa es que iba bajando la escala de emergencia, y afuera juré que había una joven vestida de Rey. Quise ir a saludarla, pero algo en el interior (nuevamente ¿la Fuerza?) me impedía hacerlo. La joven iba acompañada de sus padres. ¿Habrá sido solo una proyección o el propio personaje iba poseyendo la forma de la fanática?. Al notar que se perdía entre el gentío del cine, quedé todo el tiempo con la idea de decirle que Rey era la única que salvaba la nueva saga. Intuía la respuesta, y luego me imaginaba diciéndole que fuese testigo de cómo morían los viejos ídolos de la franquicia, para dar paso a los nuevos, en un intento de reciclar una lucha que ya parece tener sus días contados producto de su propia redundancia. La idea de esa Rey rescatada entre el aparataje comercial y los voladeros de luces galácticas, era posiblemente la perturbación que sentía al comienzo, que había cobrado forma y que buscaba salir a flote en todo el recorrido desde la salida de la sala hacia la calle. O a lo mejor, no era nada más que una obsesión cinéfila producida por la saturación de la fórmula y de la emoción. Ya ida Rey, su imagen, veía cómo todo el exterior del cine lo cubrían las luces artificiales de Navidad y la oscuridad de la noche que iba aumentando con los postes en mal estado. Era la metáfora del destino de la cinta, o quizá, la del destino de la propia saga. Sin embargo, algo en ese descenso a lo oscuro me indicaba que todo estaba, en cambio, destinado a repetirse indefinidamente, acaso sin un clímax ni una conclusión honrosa: la resistencia contra el imperio, el jedi contra el sith, la nobleza contra el odio, o en última instancia, el pasado contra el futuro, o la verdad contra la mentira, cada uno de ellos, solo aspectos superficiales de esa gran fuerza centrífuga, de esa gran fijación perpetua en la que la guerra de las galaxias había convertido nuestras vidas.

jueves, 14 de diciembre de 2017

En toda la esquina de Condell con Edwards, un puesto de libros, entre ellos best sellers y clásicos. Desde John Green a Arthur Miller. Frente suyo, un loco sentado bajo la sombra de un árbol, vendiendo discos. Desde Deep Purple a Deftones. Más allá, casi al llegar al próximo árbol, una joven haitiana se ponía a un costado de la acera a ofrecer los ya populares Super 8. Al pasar justo uno de los clientes masticando un bocado, aparecía un sujeto con megáfono, vociferando algo sobre el gobierno a viva voz. No era ni evangélico ni vocero eleccionario. Simplemente, cuando el resto vendía, se dedicaba a gritar una cuestión referente a la política. Si no fuera por la connotación negativa del término, diría que cada una de las escenas descritas, al alero de la plaza de la victoria, podrían conformar, con toda justicia, un micro cosmos del libre mercado.

Wu

Durante la presentación del libro La mató por amor de Viví Ávila di con una palabra desconocida en el ejemplar, una palabra dentro del cuadro sobre estereotipos léxicos de hombres hacia mujeres, en la práctica social de mantenerse virgen hasta el matrimonio. Entre tantas otras acepciones, cada una más soez que la otra, se hallaba Wu, solo mencionada una vez dentro de la muestra. Ni siquiera la autora sabía a ciencia cierta el significado de la extraña acepción. Y dijo que era bueno, pese al desconocimiento, puesto que eso ampliaría a futuro el corpus de posibilidades semánticas a analizar. El Wu sin duda sonaba a concepto oriental. Acaso algún concepto del anime, que se da mucho en la terminología juvenil. Pese a esa intuición inicial, el único antecedente sobre la palabra seguía siendo su fonética y su clasificación dentro del estereotipo léxico de la virgen. Buscando luego la acepción, el término Wu tenía una relación directa con el budismo desde la cultura china. Podría ser traducida de manera muy tosca al lenguaje occidental como "nada", "ninguna cosa", o "sin". Cualquier cosa que aludiera semánticamente a ausencia, vacío. Sería, en ese sentido, de acuerdo a la tradición, la respuesta que el maestro zen Zhaozhou le daría a su discípulo cuando este le pregunta sobre si un perro tiene o no la naturaleza de Buda. El Wu pasaría a significar que la respuesta a la pregunta sería tanto sí como no, correcta a la vez que incorrecta. Esta pregunta y su respuesta vendría a ser una de las formas en las que los neófitos se inician en el conocimiento del budismo zen. Para aquel chico que mencionó la palabra Wu, como forma de referirse a las mujeres que desean mantenerse vírgenes hasta el matrimonio, tal vez la palabra no tenía otro trasfondo que la arbitrariedad, pero lo cierto es que Wu encierra una ambivalencia, y al mismo tiempo, una carencia. Se menciona la palabra, luego la aludida resulta virgen. Encarna la pureza, asociada al vacío. La nada acompaña su lenguaje. Se menciona la palabra, luego puede y no puede llegar a ser. Encarna la indefinición. La nada acompaña su existencia.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Le pelaron los manuscritos originales a Parra desde su casa de Las Cruces. El hecho lo denunció su nieto. Se habría dado cuenta cuando el propio Parra decidió hacer un inventario. Los dardos apuntarían a un coleccionista, César Soto, a la dueña de una galería de arte, Isabel Croxatto, y a la pareja de Juan de Dios Parra, Constanza Franz. El nieto sostiene que la filosofía de su abuelo como artista fue nunca regalar ni vender uno de sus cuadernos, ni siquiera a su propia familia. Por lo que estos solo pudieron haber sido robados. No quedaría otra explicación a la desaparición de los manuscritos del antipoeta. Se demuestra así, de la peor manera, que hasta a la antipoesía le duele el acto del robo. Como hubiera dicho el propio Parra en uno de sus artefactos: "Aquí (en Chile) ya no se respeta ni la ley de la selva". (No vaya a ser que Parra pase a la historia sin Nobel y, ahora, para más remate, sin sus manuscritos originales).

martes, 12 de diciembre de 2017

Richard Dawkins en su Gen egoísta adoptó el término "meme" para referirse a una unidad teórica de información cultural que sería transmitible genéticamente, de mente en mente, o bien, de generación en generación. Meme vendría de una semejanza fonética entre gene y memoria. La memética, en resumen, sería el estudio de la evolución cultural a través de sus unidades mínimas. El meme de Internet que todos conocemos, con toda su jocosidad y crítica solapada, sería así un préstamo del concepto de Dawkins, un "secuestro de la idea original" pero aplicado a la red social. Siguiendo esa idea, la evolución completa de la cultura humana, de acuerdo a la teoría memética, podría llegar a ser explicada solo analizando sus memes y sus interrelaciones.
Me confesaba un amigo que trabaja en Huasco, vía inbox, que estaban preocupados por él porque estaba solo y se demostraba medio misántropo. Le decían los compadres de la pega que no se quedara encerrado, que conociera a alguien con quien compartir los tiempos muertos, que lo intentara y que no tuviera miedo, en una suerte de patética charla motivacional. Él decía solo escucharlos con indiferencia, y algo de estoicismo, pero por dentro igual se tomaba en serio su condición solitaria, (de lo contrario no se hubiera molestado en comentarlo) más aún en un lugar tan alejado, en el que la rutina y el contexto casi exigen seguir la rueda de la obligación, bajo unos parajes desoladores, marcados por la vida rudimentaria y el sedimento de la industria. Insiste, sin embargo, en que la pega no es mala, pero se sacrifica mucho en el proceso, la vida social, el esparcimiento, en un lugar que le evoca el sentimiento de extranjería constantemente. Repite que sus colegas lo hueveaban con hacer una campaña para encontrarle una compañía para las noches y los ratos de ocio, pero aún así confiesa que ya, a sus 30 años, se ha convencido de la soledad. Decía que hasta el auto placer le resultaba algo culpable, como si tras cada acabada estuviera restándose a sí mismo, intuyendo el dedo acusador del mandato social. Que lo que le pasaba resultaba algo inexpugnable, no sin cierta resignación, pero, a pesar de resignarse y aceptarlo, continúa en la pugna, aludiendo a que la sensación de destierro debe ser parecida incluso a la de los exonerados políticos de la época de Pinocho. Hay algo en eso que tiene mucho de exageración, de pesimismo deliberado, pero también de realidad. El dilema profundo entre estar afuera y pertenecer a otra parte. Se llega a cierto punto en que no se sabe si esa soledad fue elegida o fue producto de una suma y resta de circunstancias. ¿Cómo acaso saberlo sin caer en una interpretación arbitraria? Le comentaba que al menos que no tuviera una familia o algo consolidado por esos lares estaba cagao, no podría soliviantar su estado de marginación, como lo exige nuestro querido orden de cosas, para todo proyecto de vida moderno: una casa, una linda pareja, una visión, aunque sea vaga, de futuro. Entre tanto, sosiega día a día la paradójica libertad de la soltería bajo la estricta ley del hedonismo, con alcohol, meretrices y reflexión, en esas noches que deben asemejarse a las noches infinitas y soterradas de alguna carátula de doom metal o algún pasaje de Pedro Páramo, con cerros de carbón y chimeneas humeantes de fondo, mirando hacia el negro horizonte.
Es raro, pero siempre que se recuerda algún pasaje de sueño debe contar con un mínimo de caracteres para poder ser escrito y convertido en anécdota. Eso sería solo para el 1% de los casos. El otro 99% quedaría en la bruma del inconsciente. Lo mismo pasaría con la memoria. Una pura construcción literaria. Y ¿qué sueño o qué recuerdo no la es?

lunes, 11 de diciembre de 2017

Un youtuber chino, Wu Yongning, conocido en la web como rooftopper por su habilidad para realizar acrobacias en estructuras elevadas y sin ningún tipo de protección ni seguridad, había muerto hace un par de días atrás luego de caer desde lo alto del edificio Huayuan International Centre de 62 pisos en China. El hecho quedó registrado por la cámara que lo estaba filmando en el momento de la funesta maniobra. Generalmente la mente y el espíritu del rooftopper, junto con el de otros deportistas extremos, se condiciona para lo peor. Sabía, en cierta forma, que tras cada paso en falso podía estar contenido el acabóse. En cada arribo hacia la cima la caída latente podía ser mucho más pesada. Conforme su nervio buscaba el equilibrio, la distensión podía resultar mucho más devastadora. Eso Yongning sin duda lo comprendía, y el resultado fue digno de una tragedia olímpica, eso sí, inmortalizada bajo la óptica indolente de la conexión en línea. Todos lo vemos caer, y no podemos volver a observar el momento de la caída sin sentir también el vértigo de la imagen frente a la pantalla y la reproducción del vacío. Él cayó producto de su pasión y su obsesión, consiguiendo cierta gloria y un heroísmo absurdo en el error. Nosotros, al mirarlo, también caemos, presos del morbo de nuestra propia vacilación, consiguiendo, en su lugar, una perplejidad adictiva. Decía Kundera: "Aquel que quiere permanentemente llegar más alto, tiene que contar con que algún día le invadirá el vértigo". Al igual que aquel que quiere permanentemente sentir más de cerca, de manera vicaria, la experiencia de la caída, la experiencia de la muerte.
El solemne sonido de la llovizna pegando en la ventana, un día Lunes desocupado de fin de año, me sirve, a estas horas, de arrullo mental.