lunes, 6 de noviembre de 2017

El Sábado por la mañana las puertas del preuniversitario permanecían herméticamente cerradas. Daban las nueve y nadie llegaba. El auxiliar se había atrasado o bien se había tomado el día libre. A medida que corrían los minutos, y teóricamente comenzaba la hora de la clase, iban llegando como nunca alumnos de manera puntual, que en situaciones normales hubiesen llegado tarde, aglutinándose en la esquina de Pudeto con Freire sin entender demasiado el porqué del cierre abrupto, persistente. A las nueve cinco exactamente llegaba la coordinadora con las otras profesoras, presenciando en vivo la inusual aglomeración del alumnado en plena calle. "-¿Qué onda, se tomaron el preu?-" decía una de las colegas, tratando de sacarle la ironía a una situación tan embarazosa. "Esto me recuerda a la universidad" replicaba otra, siguiéndole la onda. La coordinadora sugirió al rato armar una lista con cada uno de los alumnos asistentes reunidos en la calle. "-Debería ser como en la U: hacemos la lista y despachamos al curso", repetía ahora el colega de Historia que había llegado de pasadita creyendo que lo de afuera era realmente una suerte de manifestación. Justo ante el llamado de la coordinadora arriba la secretaria del preu, con su expresión siempre confiable, aunque a paso firme, nervioso. Explicó a todos que el encargado de la puerta se había tomado el día libre pero que a ella le había correspondido abrir el preu, habiéndolo olvidado completamente en el camino. La coordinadora sugería que llamase al auxiliar para que le entregase las llaves. Pero la comunicación en ese momento resultaba inútil. Ya no había forma alguna de entrar que no fuera improvisando una maniobra temeraria o demasiado ilógica, rayana en el despropósito.

Ante la desesperación por entrar al lugar, entonces se comenzaban a maquinar las ideas más absurdas. Una de las colegas chacoteras proponía que escalásemos hacia el preu desde el patio de la casa contigua para dar hacia el patio trasero de la instalación. Otra, que todos los presentes, profes y alumnos probasen con sus propias llaves a ver si por alguna coincidencia o extraña posibilidad una de ellas pudiese abrir las puertas. La colega del principio, por su parte, entre gestos cómplices, agregaba una humorada, diciendo que se podría perfectamente hacer clases afuera, usando de pizarrones los muros de la calle y esquivando los vehículos cada vez que se atravesasen. A algunos cabros apegados a la puerta cerrada del recinto esta idea hasta les cayó en gracia, dado lo ridículo del hecho y el clima general. Unos a lo lejos también se veía que sacaban fotos hacia la puerta y hacia los profes tratando de abrirla. En ese instante la coordinadora hablaba con la secretaria quien había asumido plenamente la responsabilidad del imprevisto. El rostro de la secretaria ya no reflejaba aquella espontánea jovialidad. A pesar de su belleza expresaba ahora una disimulada preocupación, un nervio tan sutil como particular. Así, sin previo aviso, se marchó, por consejo de la coordinadora, a buscar a unos cerrajeros al centro de Quillota. Andaba con unos zapatos de tacos. Me pidió amablemente -dada nuestra confianza- que se los cuidara mientras se encaminaba a tratar de salvar la jornada, para dar por fin con la llave milagrosa.

Durante la espera, algunos alumnos comenzaban a irse. Otros pocos se quedaban a un costado de la puerta, argumentando que no deseaban malgastar el viaje en vano solo por un desliz administrativo. Las colegas, por otro lado, no paraban de sacar tallas, tal vez camuflando lo inaudito de nuestra expulsión involuntaria con una superficialidad acorde al humor del momento. Una de ellas de hecho estaba creando un meme con la secretaria. El meme decía que "a todos los presentes que se habían quedado afuera por su culpa les debía una convivencia". El resto de las colegas también sacaba sus celulares en señal de que el meme habría sido compartido en un grupo interno. El colega de historia miraba fijo hacia la puerta, en el preciso instante en que un grupo de cabros hueveaba afuera de la puerta sacándose selfies. La cuestión iba tomando un rumbo tragicómico. El tiempo pasaba y ya daba el final de la hora de la primera clase. En la práctica todo el tiempo de la espera afuera de la calle equivalía a las dos horas pedagógicas inexistentes, porque justo a las diez y media se veía venir a la distancia a la secretaria, con paso apurado, desprolijo, rumbo hacia el preuniversitario para abrir de una vez por todas las puertas. Las profesoras ya habían guardado sus celulares y se disponían a entrar. Los pocos alumnos que quedabn afuera lo hacían al rato, tratando irónicamente de sacar la última vuelta.

Cuando llegaba hacia la oficina, aparecía de improviso la responsable, la secretaria, con el rostro algo tenso, pero siempre esbozando esa sonrisa, esa sonrisa que si no fuera por aquella puerta infernal de la mañana habría rimado de forma perfecta con su ánimo desenvuelto. Le entregué sus tacos sin mayor preámbulo. "Ahora se viene lo mejor. Explicarle todo al jefe de la filial", decía ella, no sin cierta decisión. Solo traté de expresarle que no tenía nada que temer, tocándole el hombro, y yendo rápidamente a abrir la puerta -para colmo, cerrada- de la sala de clases. La llave para la puerta de la sala también estaba entre sus manos. Su apertura generaba un eco tal en la sala vacía que podía escucharse hasta el fondo. Una vez abierta, las llaves volvían a su poder. Ya comenzada la clase, solo podía percibirse el suave vaivén de la manilla apretada, como si fuese simplemente el susurro de una apertura todavía improbable.

viernes, 3 de noviembre de 2017

La pregunta parecía simple pero no lo era ¿cómo enseñar poesía a los cabros sin caer en el desencanto y el aburrimiento? ¿cómo explicarles que no es una cuestión lejana ni rimbombante sino que una cuestión cotidiana, incluso demasiado próxima? Algunas de las técnicas enseñadas en aquel taller tenían por nombre Bola de nieve y Avalancha. Cuando los colegas ponían en práctica la Bola o la Avalancha en el papel, tomaban palabras al azar puestas ahí originalmente por el abecedarium dictado en la pizarra. Lo hacían de tal manera que ese menjunje de palabras fuera cobrando una forma y una estructura determinadas. Pensé de inmediato en los clásicos ejercicios dadaístas. La escritura incomprendida de estos poetas kamikaze, vuelta luego una estrategia didáctica al uso (y a veces abuso) de las nuevas generaciones de escribientes. Incluso el propio cut up de Burroughs, la escritura automática de Bretón. Cuántas otras técnicas, nacidas como proyectos de avanzada para luego acabar en la hoja y en la mente de algún cabro diletante de la poesía por salvaje costumbre o simplemente por una osmosis inexplicable. La cosa era que en el taller se trataba de soltar la mano, de desenredar la lengua. El derecho a la educación, según los dichos de la propia tallerista, era a fin de cuentas equivalente al propio derecho a la expresión. Y el asunto consistía en encontrar a como dé lugar la manera de ir metiendo la poesía en ese corsé curricular, que solo sabe de contenidos funcionales y objetivos especulativos. Todo se resumía en cómo volver necesario algo en apariencia tan inútil como la poesía. Acaso lo más inútil, en una sociedad que reclama a gritos cualquier clase de retribución o negociación. Muchos estaban de acuerdo finalmente en que debía hacerse necesaria (la poesía) en conjunto con la música, la lírica o el desenfado de una melodía furiosa, propiciando el ritmo, contagiando el sentido. De esa forma, luego de una serie de actividades comprometedoras, el taller remataba con el ejercicio meta poético de la propia lectura, la propia exposición de los colegas frente a los otros en un espectáculo activo y pasivo, no sin cierto coraje, miedo o vergüenza. El clímax de la situación apuntaba al hecho de que todos allí, aficionados a la palabra, podrían hacer plausible esta posibilidad en un contexto real de abulia o desinterés generalizado. Pero eso, como el propio ejercicio de la escritura, no podría saberse sino hasta el enfrentamiento de las ideas con su correspondiente realidad. La poesía podría estar allí, en ese hipotético e imaginario escenario ideal, pero también podría estar perfectamente, y con justa razón, en otra parte, remota y todavía desconocida, abierta al límite infranqueable del aprendizaje

jueves, 2 de noviembre de 2017

miércoles, 1 de noviembre de 2017

“Fue importante en mi vida como estudiante, porque era una persona distinta: Tenía un carácter extraño. No era una persona que destacara, no era un gran alumno, no era un gran líder. Pero tenía algo muy especial, una riqueza espiritual” Sebastián Piñera, hablando sobre su antiguo ex compañero del Verbo Divino: Rodrigo Lira.
Vuelvo a la pieza luego de un miércoles con onda dominical. Ya no digamos que vuelvo a casa. Sería mucho decir. La pieza tal cual. Con la cama deshecha, con unas cuantas cuestiones sin revisar, y con la ventana semi abierta a través de la cual había caído algo de agua sobre el velador. Ese pequeño charco sobre el velador refleja el exterior de la pieza, pero a la vez se posa sobre el interior. No refleja otra cosa que el punto intermedio entre esa humedad poblada al aire libre y esa sequedad puertas adentro en la que con suerte caben los libros, la ropa y la falta de vergüenza. Nada de lo que he descrito en rigor me pertenece. Nada en estricto rigor es mío. Ni siquiera ese pequeño charco de agua producto de la entropía inevitable del medio ambiente. Como mucho solo su reflejo sobre mi persona, y un par de recuerdos desventurados en el bolsillo del pantalón.
Jorge Olguín ayer, en una entrevista al paso, dijo algo más o menos así: "Ojalá nuestros niños se disfrazaran del Trauco, del Chupacabras, del Ruende, de la Pincoya. Ojalá adoptaran la mitología local como forma de sembrar el miedo".
Rumbo a Viña, casi al llegar a la Torre Barón, una montonera de pancartas presidenciales, puestas ahí al lado de donde pasan los autos, a modo de aviso publicitario. Justo a un costado de ellas, bajo la carretera de Av España, un grupo de clochards, de vagabundos anónimos se guarece del frío y de la intemperie, instalando incluso carpas y colchonetas. Se divisaba a uno de los más desprendidos sacar la pancarta en mejor estado, arrastrándola con cuidado a través de la carretera, procurando ilusamente no ser visto. La acomodó de tal forma que le sirviera de abrigo, antes de que acabase el período eleccionario, y antes de que la acción del viento y la velocidad de las máquinas acabaran por liquidarla.

martes, 31 de octubre de 2017

95 tesis

Un día como hoy, hace 500 años, se dice que Martín Lutero fue a las puertas de la Iglesia de Todos los Santos, de Wittenberg, y clavó allí sus 95 tesis contra la indulgencia católica que iniciaron la reforma protestante. Había establecido que la única forma de lograr la salvación era la fe, -su interpretación personal- y que el comercio de “bonos” que asegurasen el ingreso al cielo ponía a la Iglesia al mismo nivel de un burdel. 500 años después de la reforma luterana, los burdeles siguen siendo lugares decentes.
Decían en La Ritoque que algunos creyentes iban a velar a sus muertos en la víspera del día de todos los santos (traducido en inglés como "All Hallows Eve"), el 31 de Octubre en la noche, precisamente el momento que se asocia, desde el culto celta, con el renacimiento de los espíritus tanto buenos como malos. Rito católico contra tradición pagana. O tal vez, ese contra sea solo superficial, y los muertos no sean sino una proyección paranormal de los propios miedos de los mortales. La vida no sería para ellos sino una oportunidad para conspirar en medio del desconcierto general. Decían además en la radio que ciertos laicos no entendían el misticismo de la cuestión pero, en cambio, no discutían la existencia de la celebración masiva, adoptando el feriado con total conformidad y sumándose a la orgía consumista de la noche de brujas. Cosmovisión religiosa y perspectiva secular. Ambos juegan, en resumidas cuentas, con la misma piñata, porque cada quien agarrará del suelo su propia ración de sentido, aunque no fuese para otra cosa que para las mismas tonterías y travesuras. Unos velarán a sus muertos en un acto de genuflexia sublime y aparatosa. Otros simplemente enarbolarán su propio hedonismo una noche en que para ellos la existencia de los santos y los muertos justificará para siempre su aburrimiento resucitado.